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Yo también fijo, limpio y doy esplendor

El ejercicio de corregir textos supone poseer un nivel especial de conciencia sobre la lengua, pero sobre todo, se debe escuchar y tomar en cuenta todas las voces, desde las que suenan desde una silla centenaria de madera fina hasta las que suenan desde el asiento destartalado de un camión urbano

Por LUIS MORENO  /

Para quienes se dedican a corregir textos, sea de manera profesional, por razones académicas o incluso sentimentales, el proceso será siempre el mismo, si bien existirán algunas modificaciones en el orden o en el empeño. En primera instancia se lee y relee el texto, buscando comprender lo más rápido posible el sentido general de la obra que alguien confió en nosotros para mejorarla. El siguiente ejercicio es identificar los errores de dedo que indefectiblemente aparecen en cada texto que pasa por nuestras manos. Estas evidencias de lo que llamo disgrafía digital (“qeu”, “cpomplemento”), son derivadas en gran medida de la necesidad del autor de entregar el texto lo antes posible para su publicación en las próximas horas, y en las ocasiones más venturosas, en los próximos días, pero siempre con una fecha límite bien definida. Para corregir este tipo de errores, lo único que se necesita es saber leer y un poco de sentido de observación.

 

A continuación, comienza el verdadero trabajo de corrección. Para este ejercicio, es obligatorio armarse de diccionarios, en papel o en línea, y direcciones de páginas dedicadas a la corrección de textos. Gramáticas y Ortografías nunca sobran. Incluso manuales de estilo de medios de comunicación reconocidos y algunas conversaciones profesionales que se han tenido con compañeros o colegas.

 

Es en este proceso en el que aparece, siempre lo ha hecho, una trampa que tiene nombre, edad y hasta domicilio, y que se debe sortear si es que queremos entregar el texto a tiempo y mejorado. La Real Academia Española es la institución, fundada en 1713 que, desde un edificio enclavado entre el museo del Prado y el parque de El Retiro, en Madrid, busca normalizar el uso que hacemos de la lengua casi 500 millones de personas alrededor del mundo, seamos españolas o no. En sus inicios, se erigió como la autoridad encargada de homologar la lengua a partir de los mejores textos escritos en lengua española que hasta ese momento se tenía. A partir de entonces y en muchas ocasiones, los hablantes le han atribuido algo más que autoridad; la han identificado como la dueña de los derechos del habla española, como el sabio pastor que guía al rebaño ciego, como el juez que decide cuál vocablo vive y cuál muere. Desgraciadamente, en la mayoría de estas ocasiones, el organismo y sus miembros se lo han creído completamente. Los 46 miembros de la organización española tienen profesiones distintas y, en primera instancia, algunas de ellas alejadas de las investigaciones lingüísticas. Es cierto que la mayoría llevan la vocación de las letras como centro de sus vidas: escritores, como Javier Marías o Mario Vargas Llosa; periodistas, como Luis María Ansón o Juan Luis Cebrián; filólogos, como Manuel Seco, y lingüistas, como Ignacio Bosque. Pero existe un número de personajes cuya carrera profesional no forzosamente está ligada con el devenir ni el funcionamiento interno de la lengua viva, cambiante y dispersa que es el español. No dudamos que sientan un amor legítimo por la lengua que hablan, ni que posean conocimientos profundos sobre el tema, pero ¿por qué tendría que aceptar a ojos cerrados las decisiones lingüísticas de una bioquímica asturiana, un economista gallego o un médico madrileño para corregir el texto sobre vendedores ambulantes escrito por un periodista sinaloense avecindado en Guadalajara desde hace ocho años? Más que la RAE en sí misma, la autoridad de la RAE convertida en omnipotencia es un engaño. Es como confundir un prefecto de disciplina con un rey. La tarea de la academia es recoger el uso que los hispanohablantes damos a la lengua, sus diccionarios son el reflejo del estado del idioma. No al revés. Olvidemos ya la idea errónea y necia de que cierta palabra no existe porque no aparece en el diccionario. Si en un contexto espacio-temporal, un vocablo surge, se desarrolla y se asienta en el habla íntima de quienes lo habitan, éste no necesita ser reconocido, aunque luego sea recogido por la autoridad del lenguaje en turno. Cuando daba clases de Gramática y Literatura en una universidad de música, les daba a mis alumnos un ejemplo muy sencillo sobre lo que debe ser la labor de la RAE. Supongamos que la palabra “pianar” comience a utilizarse para referirse a la acción de tocar el piano. Si esta palabra se extendiera y se volviese común en varios países y terminara siendo un vocablo que la gran mayoría de los hispanoablantes usan diariamente, lo lógico es que la RAE incluyera esa palabra en su diccionario, por ser de uso común. Eso sería el ejemplo del verdadero poder que tienen quienes hablan una lengua. Sin embargo, muchos creen que es al revés: que la RAE es la que dictamina qué palabra existe o es correcta. Dentro de este supuesto, si la academia no incluyera “pianar” en su diccionario ¿tendríamos que dejar de decirla, de usarla? ¿Censuraríamos a quienes la usaran?

 

Pero el hecho de que La RAE no tenga el poder que muchos creen que detenta no significa que no tenga nada de autoridad. La labor y el ejercicio filológico, lexicográfico y lingüístico, las publicaciones y la posición del instituto ibérico tienen un peso que ningún escritor y sobre todo, ningún corrector de estilo debe dejar de lado. Por eso la trampa casi siempre se sortea. Por eso no desechamos a priori ninguno de sus diccionarios o sus libros de gramática, por eso no ignoramoslos consejos o las opiniones de sus miembros, estemos en desacuerdo o no. Por eso los consultamos. Porque ellos también son hablantes, no los mejores ni los únicos, pero lo son.

 

Bienvenida entonces la trampa. Bienvenidos sean la RAE y todas sus publicaciones, pero también el diccionario de María Moliner, la Fundéu, los foros de Wordreference, el libro de estilo de El País; ellos son autoridad también. Pero como hablante consciente de mi lengua, nunca desvaneceré mi habla personal, mis lecturas de las obras consideradas importantes, mi conocimiento de la lengua en mi comunidad ni las voces críticas hacia la RAE. Todo eso es lo que me permite salir de la trampa. Eso es lo que me permite pensar que uno, como hablante consciente del español, es quien limpia, fija y da esplendor.

 

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Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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