PROXIMIDAD

Vivimos en una ficción

Los valores, las identidades y los acuerdos de quienes habitan un entorno determinado, componen proyecciones gráficas en las que algo se muestra y algo se oculta. El mapa representa ante todo, una decisión específica tomada con base en razones personales.

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El mapa es una bisagra, una matriz de convergencia de conocimiento, es intencional y a veces perverso. Al mapa se le ha otorgado como función central representar la superficie terrestre, tarea estrechamente ligada con el desarrollo de las técnicas y el nivel de conocimiento de los territorios, pues no se puede representar lo que no se conoce.

 

A lo largo de la historia hemos tenido mapas hechos a mano alzada y con observaciones a nivel de terreno o desde una torre. Así ocurrió desde el inicio de la humanidad y las comunicaciones, hasta prácticamente todo el Siglo XIX. Después llegaron los métodos indirectos como la fotografía aérea, la restitución y la verificación de campo. Hoy tenemos imágenes de satélite y sistemas de información geográfica.

 

Como matriz de información, el mapa parte de un referente básico, normalmente coordenadas y contornos. En él se colocan puntos, líneas y polígonos que representan hechos y fenómenos sobre la superficie terrestre. Éstos, traducidos a signos y símbolos de representación, son muy variados, lo que da origen a las ubicaciones geográficas absolutas y relativas de cada uno de los fenómenos cartografiados.

 

El mapa se compone por dos tipos de proyecciones: la cartográfica o irreal, invisible, inventada, y la geográfica o real, aunque como parte de ella se pueden proyectar imaginarios, de ahí que todo lo que ocurra en el espacio geográfico es cartografiable y todo lo que pueda representarse en el mapa es geografiable: los componentes de la naturaleza, los de la sociedad, lo que ocurre ahora, lo que ocurrió en el pasado remoto y cercano, lo que proyectamos, lo que imaginamos, lo que ocurre aquí y lo que ocurre allá.

Esa proyección de imaginarios tiene una intencionalidad lícita o ilícita. Los mapas buscan resaltar uno o varios fenómenos y ocultar otros. En el ámbito de la geopolítica y de las relaciones de poder que se manifiestan en el territorio, han sido instrumentos poderosos para apropiar o legitimar algún aspecto del espacio geográfico. En un conflicto de tierras aparecen por espontaneidad todo tipo de planos y mapas, y también todo tipo de calificaciones y descalificaciones.

 

Porque no podría entenderse el tema del territorio si no hablamos del poder. Para superar la inocencia tenemos que entender que el espacio es una disputa permanente. Eso aplica desde nuestros espacios más acotados, como la cama que compartimos con la pareja o la casa en que habitamos con nuestra familia, donde implícita o explícitamente se establecen consensos acerca de qué espacios son de quién. Ese es el principio de la organización del espacio, del origen de las disputas y demarcaciones.

Aún sin ser conscientes de ello, somos sujetos geográficos que toman decisiones con respecto a su ubicación. Somos un tamiz del entorno observable, de ahí que en función de nuestros intereses y conocimientos, proyectamos ciertas cosas en los mapas, por lo que los mapas no sólo sirven para leer un espacio, también para comunicarlo.

 

Esa comunicación siempre es interpretación. Por eso en realidad no conocemos el territorio en que vivimos, sino que lo imaginamos. En la misma Constitución Política se establece que es competencia del Senado de la República resolver los límites interestatales y emitir un mapa legal de la división territorial del país. Ese mapa no existe ni ha existido nunca desde la Constitución de 1824.

 

De ahí que los límites entre uno y otro territorio no sean tangibles ni puedan aparecer como tal en un mapa. En el territorio son tangibles los arroyos, las ciudades, las carreteras, las montañas pero no los límites. Ante este analfabetismo geográfico podría decirse que en lugar de conocer los territorios manipulamos las técnicas.

 

De tal forma que para entender los mapas más allá de lo que ofrece Google Earth, se necesita conocer qué es lo que la gente valora. Las sociedades se disputan los territorios por dos razones básicas: el valor de sus contenidos y su ubicación estratégica. Los lugares que en este momento no tienen valor, no son de nadie y no presentan conflictos. En el momento en que aparece el valor en ese lugar, aparece el conflicto.

 

Por ello es importante saber cómo la gente se otorga valor y le otorga valor a los lugares, dónde ponen los énfasis más allá de las imágenes de satélite. Cómo la gente concibe, apropia, proyecta y disputa sus territorios, a través de qué consensos y en disputa de qué valores.

 

Ese es el problema actual de los mapas, que no se conoce al territorio. La información geográfica genera un mapa sobre una ciudad o una carretera que no se recorre. Existe una desconexión entre la imagen, el proceso técnico y la realidad geográfica, en detrimento de nuevas opciones de participación ciudadana y construcción de prioridades consensuadas en la ciudad. Eso sería fundamental para las políticas públicas, un mapa social que parta de los mapas mentales con que la gente concibe y proyecta sus territorios.

 

Frente a un mapa se toman acuerdos. En un mapa se proyectan identidades. Con un mapa se hace la guerra pero también la paz. El desconocimiento del  territorio en que vivimos hace posible incentivar conflictos en los límites, legitimarlos a partir de la repetición constante de un mapa durante años, poner énfasis en unos asuntos y omitirlos de otros. ¿A quién le conviene que no sepamos leer mapas?

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