MANIFIESTO

Una ciudad al borde del precipicio

La barranca es custodiada, justo en el borde, por figuras humanas
que son guardianes que la naturaleza esconde

Ilustración: VIVIANA REYES

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Pocos espacios naturales han de ofrecer la sensación de interrumpir de tajo la expansión de una ciudad como lo hace la Barranca de Huentitán, al norte de Guadalajara. Frente al paisaje que se percibe desde el Parque Mirador, en el último borde de concreto antes de que el territorio se vuelva bosque, el sentimiento es avasallador y la oposición es rotunda, pues la barranca surge como testamento de un mundo vasto, diverso y complejo que la urbanización no termina de entender, ni de consumir.

 

A la Barranca de Huentitán, un cañón de más de 8 mil metros de profundidad que abarca aproximadamente mil 136 hectáreas de terrenos boscosos, con ríos y varias especies endémicas de flora y fauna, se le acercó por el sur el sueño metropolitano de Guadalajara. En tiempos de la conquista fue escenario de batallas entre indígenas Caxcanes y soldados españoles. A principios del siglo XX vio batirse a las fuerzas armadas de la revolución mexicana, y de la rebelión cristera poco después. En la actualidad, los conflictos que vive la zona son menos bélicos a los de épocas pasadas, pero en esencia, tratan de lo mismo: cumplir la promesa de bienestar a la que nos hicimos acreedores luego de tantos siglos de organizar nuestra vida como sociedad.

 

La Barranca de Huentitán ha llegado a los años más recientes como una zona redescubierta por habitantes de Guadalajara que hallaron una forma de hacer ejercicio y aventura al recorrer el camino empedrado que la desciende. Un área natural que diversos residentes de las colonias que la bordean se organizan para proteger de las afectaciones que conlleva ser el bosque periférico de la ciudad en más de un sentido. Ha sido, también, una oportunidad para las últimas administraciones municipales y estatales, de proyectar las acciones por medio de las cuales los gobiernos suelen aferrarse a un lugar en la memoria de la ciudadanía: la obra pública, el edificio, el monumento a la modernidad y a la incansable búsqueda por el pase al primer mundo.

 

En la portada de este número, ilustrada por Viviana Reyes, la barranca aparece custodiada por figuras humanas, como guardianes que la naturaleza esconde de la vista demasiado acostumbrada al embrollo citadino, pero que se manifiestan en la conciencia de quienes nacen acá, de este lado del precipicio, para crear la tensión entre las fuerzas que mantienen a la ciudad justo en el borde: ni un paso más, ni uno menos. Esa es la tensión que nos propusimos relatar en la presente edición de Territorio.

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