PROXIMIDAD

Un leve aire de familia(s)

Las y los jóvenes en México

Por J. IGOR ISRAEL GONZÁLEZ AGUIRRE /

Ilustración: DANIELA CADENA

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La familia, como institución, se ha erigido como uno de los temas más espinosos de los últimos años en México. La discusión pública en torno a ésta ha puesto de relieve la existencia de distintos núcleos conflictivos que trascienden por mucho al mero ámbito de lo familiar, y toca a diversas esferas de lo social. Con ello se ha evidenciado la prevalencia tanto de intensos procesos discriminatorios como de visiones estereotipadas arraigadas profundamente, que de alguna manera han pretendido eliminar la diversidad que caracteriza a una realidad como la nuestra. Desde una perspectiva conservadora, se alude a un modelo unitario para demarcar a la familia. Ésta –la óptica hegemónica- apuesta por una configuración compuesta únicamente por parejas de diferente sexo, hetero-normadas; todo ello situado dentro de un marco “normativo” místico-religioso, principalmente católico, que gira en torno a la noción del matrimonio.  Por otra parte, a contracorriente, se plantea la existencia de una diversidad de modos de ser y organizarse como familia. Desde una óptica progresista, la existencia de familias (así, en plural) busca trascender –sobre todo por la vía de la legislación- los límites impuestos por las visiones hetero-normadas.  Así, estas posturas muestran posicionamientos sobre la importancia del modelo organizativo uniparental, y  enfatizan un acceso igualitario a los derechos de las familias compuestas por personas del mismo sexo. Vistas así, las batallas por la familia son también una variante de las antiquísimas batallas entre el espíritu y la razón; y evidencian que el ensamblaje de lo social es un proceso que tensiona aquello que muta y aquello que permanece. Esta discusión nos coloca frente al espejo de lo que somos hoy, pero también ante el horizonte abismal y contingente de expectativas acerca de lo que podemos ser.

 

La discusión contemporánea en torno a la familia –en un país como el nuestro- tiene una cantidad significativa de aristas, unas más incendiarias que otras. No obstante, hay cuando menos dos aspectos problemáticos que han sido evidenciados por la discusión pública: El primero radica en que se tiende a negar la historicidad propia de toda arquitectura institucional. La vigencia de dicha arquitectura tiene, siempre, un límite, y requiere ser actualizada constantemente. Aunque con mayor lentitud que otras instituciones, la familia en tanto dispositivo organizativo para ordenar lo social, se adapta a los tiempos. El ritmo de cambio de las instituciones suele ser pausado y sin demasiadas espectacularidades ni estridencias. Por ello no es extraño que se asuma erróneamente (sobre todo por parte de los sectores conservadores y las buenas conciencias) que las instituciones son de naturaleza inmutable, como si éstas estuvieran dadas de una vez y para siempre. Luego no es extraño que desde una visión estereotipada se postule un modo único de ser familia, sancionando de forma negativa a quien adopta trayectorias distintas a lo que se considera por algunos como “normal”. Ante esto basta recordar un dato: de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía  (INEGI) puede decirse que de los casi 29 millones de hogares en México, apenas el 40.7 % están constituidos por parejas heterosexuales, casadas y con hijos. Lo que prevalece es la diversidad de modos que tenemos para ser y hacer familias. Incluso hay esfuerzos clasificatorios que han señalado la existencia de cuando menos once tipos de estos dispositivos organizativos*.

 

El segundo aspecto problemático implica suponer que las instituciones son un estado fijo que puede ser alcanzado y no un proceso que se reconfigura de manera constante y en función de distintos factores. Dicho de otro modo, la configuración de la institución llamada familia –así como sus significados- está atravesada por distintos ejes. El ser familia cambia no solo en relación con el tiempo y el espacio; también se constituye alrededor de aspectos como la clase, los niveles educativos, el género, las redes de apoyo con las que se cuenta, etc.  De este modo, no es descabellado pensar en la(s) familia(s) como un ámbito en el que convergen los cambios y las permanencias sociales.

 

En el contexto descrito resulta pertinente preguntarse ¿quiénes son algunos de los principales artífices de estos cambios? ¿En dónde se sitúan las permanencias? Son las y los jóvenes quienes se constituyen como uno de los sectores forjadores de la reconfiguración de la institución familiar contemporánea. Esto se inscribe en un cambio generacional de más amplia envergadura. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Valores en Juventud 2012, puede decirse que para prácticamente la totalidad de los jóvenes (98.9 %), la familia sigue siendo una de las instituciones más importantes (la política, en contraste, le resulta relevante apenas al 37.7%).  No obstante, 7 de cada 10 jóvenes argumentan que el matrimonio como tal es una institución profundamente anticuada. Recordemos que de acuerdo con la misma encuesta, el 84.2 % de quienes integran este sector poblacional estarían a favor de tener como vecinos a parejas que vivan juntas sin estar casadas. En consonancia con lo anterior, una cifra similar (66.4 %) no está de acuerdo que las labores del hogar sean cosa exclusiva de mujeres; mientras que 62.1 % considera que es crucial que el hombre colabore con las tareas del hogar (aun cuando la mujer no tenga un trabajo fuera de casa). En este mismo sentido, se observa que 6 de cada 10 jóvenes están en desacuerdo con que tener un empleo sea más importante para el hombre que para la mujer. En estas cifras comienza a atisbarse por lo menos un germen, un indicio, que sugiere una transformación generacional en torno a diversos aspectos de lo social. La familia es uno de éstos. Pareciera que poco a poco el discurso de la igualdad de género comienza a permear entre algunos sectores de la sociedad. No obstante, aún falta mucho por avanzar. Todavía persisten cifras que ponen de relieve algunas inercias más difíciles de contrarrestar. Es cierto que todo muta, pero también es cierto que todo permanece. Así, por ejemplo, un significativo 47.1 %  de quienes integran el sector juvenil mexicano considera que en las familias donde la mujer trabaja se corre el riesgo de descuidar a los hijos; mientras que poco menos que la tercera parte de los jóvenes (29.4 %) considera que es “natural” que un hombre gane más que las mujeres. Como ya se señalaba al principio, uno de los aspectos más espinosos radica en el caso de las familias homoparentales: el 29.6 % de los jóvenes considera adecuado que las parejas homosexuales tengan el derecho de adoptar. Y un abrumador 47.8 % se muestra en desacuerdo con lo anterior. Este dato hace eco con la cifra que sugiere que 40.9% buscaría no tener como vecino a personas homosexuales.

 

En fin, hay dos lados para cada historia: por cada cifra con signo positivo existe otra que pone de relieve que en ocasiones las cosas cambian solo para seguir igual. En otras palabras, la discusión en torno a la familia es también un dispositivo que nos permite tocar el pulso de las transformaciones y las permanencias sociales más amplias. Resulta fundamental hacer una reflexión sobre la importancia de vislumbrar a la institución denominada como familia a la luz de una perspectiva anclada en lo juvenil. Sobre todo si se toma en cuenta que uno de los umbrales de la adultez sugiere que ésta comienza en el momento en que los sujetos son capaces de reproducirse socialmente, es decir, de abandonar el hogar paterno/materno y conformar nuevos núcleos familiares. Las condiciones materiales para esta especie de “emancipación” son cada vez más complicadas: hoy los jóvenes tienen mayores niveles educativos que las generaciones anteriores. Sin embargo, esto no deriva en un acceso adecuado y digno al mercado de trabajo. Por ende, la permanencia en el hogar paterno y/o materno se extiende y modifica, incluso, la noción de juventud. En términos operativos lo anterior tiene consecuencias graves, puesto que obstruye las posibilidades de futuro para amplios sectores de la población mexicana (recordemos que la tercera parte de quienes habitan el territorio nacional son, efectivamente, los jóvenes). Si a ello se suma que existe un clima de violencia creciente, el panorama se torna sombrío. Hay en todo ello serios desafíos en materia de política pública, de gobernanza, y de procesos organizativos en los planos más locales posibles. Solo el futuro dirá si estamos a la altura de éstos.

De acuerdo con los datos del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, pueden observarse cuando menos tres grupos que engloban a los distintos tipos de familias en nuestro país: 1. Familias tradicionales (compuestas por el padre, la madre y los hijos); 2. Familias en transición (éstas no incluyen alguna de las figuras características de las familias en transición); y 3. Familias emergentes (están compuestas por padres solteros, padres y madres del mismo sexo, o familias reconstituidas). Una buena revisión de estos datos puede encontrarse en la siguiente liga aquí.

REFERENCIAS

http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2016/09/14/mexico-no-hay-solo-tipo-familia-muestra-inegi

https://www.imjuventud.gob.mx/imgs/uploads/ENVAJ_2012.pdf

http://blog.amai.org/index.php/los-once-tipos-de-familias-en-mexico/

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