REFLEJOS

Un juego que dura mucho

Por DAVID CALDERÓN / Fotografía: ABRAHÁM PÉREZ

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El Béisbol es la substancia más precisa, descubierta hasta el día de hoy, para medir las pulsaciones de la existencia. Resuenan como los bates esas palabras. ¿John Ashbery? ¿T.S. Elliot? Irónico el no recordarlo, pues el Béisbol es memoria, una crónica colectiva de la danza atemporal de bates y pelotas; un juego del cual Salvador Dalí reconoció desconocer por completo, pero sentirse a la vez absolutamente fascinado por él como artista; un juego de donde han surgido nombres ya legendarios como Cy Young, Ty Cobb, Joe Jackson, Babe Ruth, Lou Gehrig, Joe DiMaggio, Willie Mays, Mickey Mantle, Roberto Clemente, Sandy Koufax y, cómo no, Beto Ávila, Vicente Romo, Héctor Espino, Fernando Valenzuela, Vinicio Castilla y otros más que han tornado al Béisbol en un Olimpo particular de los recuerdos (reales y ficticios) de cada aficionado al juego de pelota.

Los aficionados lo saben de cierto, los legos lo intuyen: el Béisbol es un juego compuesto de prosodia, de ritmos donde el movimiento a veces es ilusorio, de tiempo detenido en un ‘squeeze play’, en un cuadrangular en la novena entrada –no hay nada como un cuadrangular en la novena entrada–, de un ‘strikeout’ con una recta de humo para salvar la entrada y el juego mismo, de un lance en los jardines, de un robo de base, de un juego perfecto que no fue perfecto porque lo humano es parte de la esencia del juego.

 

Para algunos el Béisbol es eso, un juego que dura mucho. Para otros, el Béisbol no dura mucho ni poco, dura lo que ha de durar. Para algunos el Béisbol es un territorio casi vedado al entendimiento: excalibur en una hoja contable. Para otros, el Béisbol es un territorio donde la magia aún es posible y donde el sentido de lo trágico alcanza alturas insospechadas. Para muestra de ello, el simbolismo de los estadios de Béisbol como el lugar de liturgia de la tribu. Por eso cuando cae un estadio de Béisbol hay un cierto drama colectivo que no se percibe cuando cae cualquier otro tipo de edificación.

 

¿Y qué decir del hombre en la caja de bateo? Batear es un acto de barbarie en nombre de la verdad y la belleza, como no menos bellos son los actos de lanzar la bola y de atraparla, sobre todo el acto de lanzar la bola: ‘pitchear’, el arte mismo de la pausa y de saber dibujar en el aire un venablo directo al corazón del grito.

Y no menos importante, el saber manejar a un equipo de Béisbol. El manager es una suerte de Napoleón moderno, enfundado en casaca y gorra, conocedor de las posibilidades infinitas de la táctica y la estrategia, porque el Béisbol es precisamente un juego de las posibilidades infinitas, ars combinatoria*.

 

¿Pero de dónde surge toda esa mística beisbolera? Surge quizá de la vida misma, porque el Béisbol es vida y apresa las tres reglas de la vida: respeta al Juego, respeta al rival y respétate a ti mismo.

Así las cosas, el Béisbol no es el rey de los deportes, es el Rey sin adjetivos.

 

*ars combinatoria: en su acepción general, procedimiento sintético e inventivo destinado a descubrir nuevas verdades mediante la agrupación de objetos y símbolos diversos.

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