PERSONAS

Un estado mental

Temblar en la Ciudad de México.

Por JUAN MANUEL CORONEL /

Fotografía: DAVID BARAJAS

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Los temblores son un estado mental que Roberto Márquez alcanzó a controlar después de cuatro años de escuchar cómo las paredes crujen y ver a sus muebles perder el equilibrio. A pesar de vivir en un quinceavo piso, el joven de 24 años es capaz de mantener, durante una sacudida telúrica, la misma calma con la que ahora maniobra su prensa de café con la que sirve expresos en dos tacitas de cerámica.

 

No es sólo que Roberto Márquez viva en una altura de vértigo, también reta a la suerte. Su departamento está en el último piso del edificio A-1 ubicado sobre Doctor Lucio en la colonia Doctores, un inmueble que Protección Civil de la Ciudad dictaminó en 2014 como inhabitable por los daños estructurales que tiene.

 

Oficialmente, las 55 familias que habitaban el edificio deberían desalojar la torre. Muchas lo hicieron, pero Roberto Márquez y su mejor amiga, Araceli Rodríguez, no. Ahora viven en un edificio fantasma en donde sólo hay algunos despachos en las primeras plantas y el silencio invade el cubo de las escaleras porque sólo quedaron alrededor de 20 departamentos ocupados.

 

Roberto y Araceli toman café mientras miran a la ventana de su cocina y platican sobre su día. Ambos son originarios de Nayarit y vinieron a estudiar a la UNAM. Hace cuatro años lograron obtener la renta de este departamento en las alturas, nadie más lo quería rentar.

 

Desde esta vista privilegiada se alcanzan a ver los edificios de Tlatelolco, ese complejo habitacional que sobrevive en el imaginario chilango como símbolo de la destrucción del terremoto de 1985.

 

Aquel 19 de septiembre quedó en evidencia la debilidad de la Ciudad de México. Bastaron 180 segundos para acabar con íconos de la ciudad como el Hotel Regis o el multifamiliar Nuevo León en Tlatelolco; provocar la muerte de 5 mil personas (cifras no oficiales indican que fue el doble); dejar una cifra de 770 edificios colapsados o dañados seriamente y pérdidas por más de 4 mil millones de dólares. La destrucción sin precedentes mostró también la incapacidad de las autoridades para ayudar a la población, la cual se tuvo que organizar para suplir las carencias en el rescate de las víctimas. Desde entonces la Ciudad de México está siempre preparándose para lo peor, la reglamentación de construcción se modificó para garantizar la seguridad y se realizan simulacros de sismos permanentemente.

Así mira el Centauro sus pies / Foto: David Barajas

El edificio donde viven, llamado heroicamente Centauro, es sobreviviente de ese terremoto y se ha mantenido en pie durante más de 44 años, pero no sin cicatrices.

 

En el terremoto del 85 los dos bloques que conforman el edificio se separaron y para cerrar esa abertura se puso una lámina, la cual sirve ahora a los vecinos para saber, con el crujido del metal, qué tan fuerte es un temblor.

 

“El sonido, me trastorna. Cómo cruje. Son como un acordeón, se estiran como si fuera una tela y se vuelven a contraer. No lo concibes que eso pueda ocurrir. El sonido es como un crujido muy fuerte y la gente gritando. Escuchas las sirenas, los gritos, cómo estallan los transformadores”, narra Araceli Rodríguez, la chica de 25 años de semblante pálido que se muerde el labio inferior al recordar.

 

El último sismo que resintió fue el 18 de abril de 2014 y tuvo una intensidad de 7.2 grados en la escala de Richter. Provocó numerosas grietas, derrumbó la barda del área del lavadero y provocó una hendidura que partió el edificio de pies a cabeza. Además se abrió un abismo en el área de escaleras, en donde los peldaños se separaron del edificio unos 20 centímetros.

 

“Ves ahora las escaleras y las ves separadas y saca de pedo. Mis amigos dicen que se sienten en película de acción cuando tienen que saltar de las escaleras al edificio”, explica Roberto Márquez.

 

Ellos saben que la gente mira al edificio con miedo. Creen que se está cayendo. Observan que la gente no pasa ni a la sombra de la mole de concreto. El edificio Centauro además está en una zona muy concurrida, rodeado por avenidas principales de la ciudad y a pocas cuadras tiene los estudios de Televisa y aún más cerca la Arena México, atractivo turístico de la ciudad.

 

“Cuando tiembla siempre hay gente de Televisa afuera, grabando, queriéndote entrevistar. Somos una atracción turística. Escuchamos que dicen: mira, ya se va a caer y hay gente todavía viviendo allá arriba. Están locos”, asegura Araceli Rodríguez entre risas.

 

Ellos no son hijos del temblor como la mitad de población de la ciudad, quienes nacieron en el 85, tampoco han vivido más de 10 años en la capital, pero aún así saben como pocos lo que significa un temblor en la Ciudad de México. Su edificio se sacude con violencia y aún así, pueden estar tomando café tranquilos mientras miran por el ventanal la ciudad desparramada, inmensa y bulliciosa.

 

 

 

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Durante el terremoto de 1985, en la Ciudad de México, se destruyeron unos 770 edificios; ahora así mira uno de los sobrevivientes / Foto: David Barajas

Eran las 12 de la noche de un 9 de diciembre de 2015 y Carla Rodríguez dormía. Había preparado la comida que llevaría a la oficia el siguiente día, había limpiado la arena de sus gatos, alzado su ropa. En la antesala de su sueño los altavoces de la Alerta Sísmica se activaron pero no era un temblor. “El fin del mundo”, jura que pensó en su letargo.

 

Se trataba de una voz femenina y misteriosa resonando en todas las bocinas de su calle de la colonia Narvarte. Para su mala suerte, una de esos altavoces que se instalaron ese mismo año como sistema de prevenir terremotos, estaba justo en su ventana.

 

Ella igual que todos sus vecinos escucharon una atípica grabación que con un timbre casi infantil y un eco lúgubre decía: pedimos la colaboración de la ciudadanía para encontrar a la mujer que responde por el nombre, Rosa Natalia, Rosa Natalia, Rojas, vestía blusa amarilla, abierta atrás de la espalda. Si alguna persona logra ubicarla favor de presionar el botón de emergencia…

 

El Sistema de Altavoces que se instaló en la ciudad para alertar sobre algún movimiento telúrico, también tiene muchos usos. Transmite mensajes de emergencias como fugas de gas, incendios o accidentes. Se activa en las zonas donde se registra el incidente, a menos que se trate de una emergencia que involucre a toda la ciudad, cosa que aún no ha ocurrido. Además, en un horario de 7:00 a 21:00 horas, se emplea para localizar personas extraviadas.

 

Eso fue lo que escuchó Carla Rodríguez por un error en el centro de mando.

 

Esa misma mañana el Gobierno de la Ciudad de México informó en su cuenta de Twitter: “Con el Sistema de Altavoces hemos tenido éxito en la localización de personas extraviadas, principalmente menores y personas con discapacidad”. Después se disculpó.

 

Esa no sería la única vez que por su ventana se colara la estridencia de la alerta en medio de la noche.

 

Oficialmente, la alarma se activa con sismos de magnitudes cercanas a los 6 grados y se transmite en los 8 mil 200 altavoces distribuidos en las 16 delegaciones de la Ciudad de México. Los altavoces cuelgan de los postes de luz, así que están cercanos a los edificios de la ciudad.

 

Pero esto no siempre ha sido así, pues desde que fueron colocadas, en más de cuatro ocasiones han se han activado por movimientos sísmicos menores a los cuatro grados y han causado caos y confusión a media madrugada.

 

“Una vez escuché la alerta en la madrugada y salí con mis gatos a la calle casi en calzones, todos los vecinos estaban en pijama y al final no se sintió tal temblor”, asegura Carla Rodríguez, mientras busca en el llavero la correspondiente a su departamento. En su colonia los temblores son cosa seria, como muestra, hace cinco años se abrió una grieta en una de las caras de su edificio la cual aún es visible.

 

Este ulular apocalíptico de la alerta sísmica se cuela por las ventanas de más de 2 millones de personas que viven en las 7 mil 233 unidades habitacionales de la ciudad y les hace pensar en un cataclismo, una colisión inminente o que les recuerda a las películas de la segunda guerra mundial donde alarmas similares sonaban presagiando un bombardeo.

 

“No me quejo, pero si vivimos en un estado de nervios y ansiedad. Es como el cuento de Pedro y el Lobo, cuando sea real y grave ya no lo vamos a creer”, dice Carla al entrar a su casa mientras deja su bolsa sobre la mesa y sus dos gatos le rodean las piernas.

 

 

 

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El Centauro se dividió en dos bloques / Foto: David Barajas

El sentimiento comienza muy liviano, muy suave, en el estómago, en la cabeza. Roberto pensó que eran las cervezas que tomaba con uno de sus roomies, Araceli pensó que era un estruendo que salía de su televisor. Parecía la madrugada de un sábado cualquiera, no lo era. Los muebles comenzaron a estremecerse, saltaron de su lugar. Entonces el edificio comenzó a bramar como si lo estuviesen hiriendo. Salieron de sus cuartos, intercambiaron miradas, “trepidatorio”, dijeron al unísono.

 

“Cuando es oscilatorio se siente como cuando estás en el agua, como si fueran olas. Con el otro, como que todo vibra”. asegura Araceli Rodríguez mientras estruja una hoja de papel sobre la mesa para ejemplificar el sentimiento.

 

Esa noche su novio se había quedado a dormir, algo inusual porque a él le daban miedo las alturas y además el edificio. Incluso, pocas veces subía a verla por lo mismo.

 

“Tenía una teoría pendeja de que en las noches y en los fines de semana nunca temblaba. Me dijo que temblaba, yo le respondí que ya se iba a pasar. Entonces el movimiento cambió. Salió corriendo del cuarto gritando”, recuerda la joven.

 

Todo caía, los anaqueles, los libros, los muebles. Araceli vio desde la ventana toda la ciudad y vio cómo todo iba apagándose, los transformadores reventaban uno a uno y la oscuridad avanzaba alrededor. En el ventanal, su roomie se pegaba al cristal para contemplar con gusto el espectáculo apocalíptico mientras lanzaba carcajadas frenéticas. El novio de Araceli se lanzó contra la puerta hincado gritando “Sálvanos, Jesús”. Afuera se escuchaban gritos, sirenas de policía, el crujir de las avenidas.

 

“Yo estaba más asustada de que le fuera a dar un paro cardíaco. No lo iba a poder bajar 14 pisos”, explica con risas Araceli.

 

Después de que tiembla te quedas con la paranoia de que todo se sigue moviendo. Es como si el temblor se te quedara dentro. En efecto el edificio sigue moviéndose durante una hora más después de que el temblor termina y eso es por los cimientos del edificio. Debido a la edad, la base del edificio cuenta con una cisterna llena de agua que absorbe el movimiento, es literalmente un sistema hidráulico rústico que aun así mantiene en pie el edificio. La electricidad nunca se fue tampoco porque el edificio cuenta con un generador propio.

 

Mientras todos volvían a la calma, el edificio brillaba en medio de la noche como un inmenso faro alumbrando las calles. Un temblor más a la cuenta.

 

 

 

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Entre 5 mil y 10 mil personas murieron víctimas del terremoto de 1985, y de la carente cultura de protección civil / Foto: David Barajas

En 2015 se registraron 10 mil 717 sismos en todo el país, eso significa que cada día ocurrieron 29 sismos. La cifra de movimientos telúricos ha ido aumentando cada año, de acuerdo con el Servicio Sismológico Nacional, esto principalmente, a que se cuentan con mejores métodos de monitoreo.

 

Luis Quintanar Robles, investigador de Sismología en el Instituto de Geofísica de la UNAM, asegura que aún con toda la tecnología con la que se cuenta hoy en día, es imposible predecir un sismo. Eso no significa que se deba de vivir en la paranoia constante frente a una próxima catástrofe.

 

“Desde 1985 hemos aprendido mucho, no sólo tecnológicamente sino socialmente. Estamos más capacitados que hace 31 años. Se generó el Sistema Nacional de Protección Civil y hay coordinación entre las distintas entidades involucradas en caso de uno de estos eventos. En suma, el SSN es diferente porque en esos años no contaba con la tecnología ni con el respaldo tecnológico actuales”, asegura el especialista de la UNAM.

 

Sin embargo, nada puede mantenernos tranquilos ante la avasalladora fuerza de un fenómeno natural. No se pueden observar las cifras y no pensar en edificios como el Centauro, también llamado A1, perteneciente al complejo de multifamiliares Morelos, que se comenzó a construir en 1969.

 

Basta con observar fotografías de esos años para contemplar la magnitud de obra. Se construyó donde antes estuvieron colonias de obreros de la cigarrera El Buen Tono. Su arquitectura modernista lo volvieron emblema de innovación en la ciudad. Tenía todos los servicios de punta en aquel entonces, elevadores, azotea, áreas verdes, área de juegos. Los murales que adornan este conjunto y que son un ejemplo representativo del movimiento de integración plástica que proponía llevar el arte a los espacios públicos.

 

Fue diseñado por el arquitecto Guillermo Rossell, quien también colaboró en otro símbolo arquitectónico de la ciudad, el Hotel de México, ahora World Trade Center.

 

Edificios como el Centauro de la colonia Doctores, siguen manteniéndose en pie, y de acuerdo a la evaluación de Protección Civil, es poco probable que se derrumbe. Sin embargo, la colonia Doctores no es sólo una de las 10 más peligrosas de la ciudad en cuanto a delincuencia, también está ubicada en una zona geográfica de riesgo que la hace vulnerable a los temblores de acuerdo con la información del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM.

 

A partir de los sismogramas registrados en Ciudad Universitaria se puede conocer que se trata de una de la zonas de la ciudad donde más se amplifican las los sismos debido a que el tipo de suelo consiste en depósitos lacustres muy blandos, lo que favorece la ampliación.

 

Aún, pese a todos los pronósticos, el Centauro continúa en pie, zurciéndose las heridas de más de cuarenta años y con la amenaza diaria.

 

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Para los casi 9 millones de habitantes de la Ciudad de México, los sismos son un estado mental / Foto: David Barajas

Roberto mira las luces de la ciudad sobre la cornisa de su azotea. El paisaje lo inunda y el viento golpea con tanta fuerza que tiene que sujetarse para no perder el equilibrio y caer del que fuera uno de los edificios multifamiliares más altos de la ciudad en los años 70.

 

Sus amigos no suelen subir a su departamento, a algunos les encanta porque sienten un golpe de adrenalina al saltar en las escaleras o ante la idea en cualquier momento el edificio podría colapsar con ellos adentro.

 

Roberto es arquitecto, sabe que eso no va a ocurrir, al menos no tan fácil. No por nada el edificio se ha mantenido. Pero esa certeza no es lo que lo ancla a este lugar.

 

“Al final este es nuestro hogar, pintamos, compramos refrigerador, estufa, sala comedor. No vamos a dejarlo y movernos”, asegura llenando el pecho del aire nocturno que se siente fresco y limpio.

 

Tan sólo subir al techo, a Roberto le recuerdan todos los bellos momentos que ha tenido en la ciudad y lo repite con una voz baja como para él mismo: “este es nuestro hogar”.

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