CONTRAPESOS

Tres tristes trampas,
o por qué me gusta Wendy Sulca

Eso creen todos.

Yo pensé que el Gerson,
tu carnal, era hijo de Medrano.

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Escuchado en un camión de la ruta 142

Creer

 

Parece más difícil descreer que convencerse. Una idea se puede instalar en mi mente con la facilidad que tiene un borracho para pegarse a la botella, pero librarme del prejuicio me exige todo un acto de voluntad y compromiso desde el primer momento. Una vez vi un a grupo subir al escenario y uno de los músicos llevaba puesta una camiseta del América. Todavía no tocaban y yo ya sabía que no me iba a gustar su música. Cuando empezaron a tocar lo confirmé. No tengo nada contra el América, yo no jugaría futbol mejor que ellos. A veces hay cosas que sólo sabemos desde el principio, es así. No vamos por ahí dando el beneficio de la duda a todo lo que se nos cruza en el camino. No creo que sea la manera de vivir.

 

Hace un par de semanas, Carmen Campuzano se presentó como DJ en un bar que está cerca de mi casa. Tampoco creí, ni por un segundo, que el evento valdría la pena. De Carmen Campuzano sólo conocemos una historia: que es fiestera hardcore. Puede ser que también tenga la receta del postre más delicioso que va a probar uno en la vida, pero más nos importa saber cuánta coca ha pasado por sus fosas nasales. Somos esa clase de personas, y se pone peor. No me sorprende que además de de protagonizar escándalos en programas y revistas de chismes, ahora Campuzano sea DJ. Es más, me parece hasta natural. Ella ha sido ese personaje fiestero desde que tenemos noticia de su existencia. De ahí a su interés por las tornamesas no parece haber mucha distancia. De ahí a que su música resulte en algo realmente excepcional, creo que la brecha es más amplia. Conozco personas que han incursionado en la música electrónica como quien se mete de lleno a estudiar una ciencia exacta, pero algo me obliga a pensar que de ninguna manera es el caso de Carmen Campuzano. No fui a verla, y creo saber que no me perdí de nada. ¿Estoy mal si me dejo guiar por esa alarma interna que se activa cuando parece haber un bodrio cerca? ¿Debería deshacerme de todas las ideas preconcebidas en cada ocasión? Para empezar, hay que quererlo, pero cuando se trata de DJ Campuzano, nomás no se me da. Esa falta de voluntad es lo que más me intriga.

 

 

Saber

 

Una vez vino Wendy Sulca a la ciudad. Cantó en un bar que no deja que las bandas locales empiecen a tocar si no hay 100 personas en el público. Pero Wendy Sulca es Wendy Sulca. Es la niña peruana que canta canciones folclóricas en plan de cumbia andina, sólo que ya no es una niña. La gente la hizo famosa a fuerza de compartir una y otra vez sus videos de Youtube. Les daba risa lo exótico de la propuesta y lo cutre de sus producciones. En este país aprendimos que en el videoclip ranchero, el artista es el jefe de la hacienda: monta briosos caballos, toma tequila añejado en sus propios barriles y enamora a la modelo en turno. El pueblo originario rara vez entra en este contexto. Cuando el videoclip ranchero es hecho por el pueblo originario, las reglas del juego se voltean. Un videoclip de música folclórica que no persiga la conocida estética del ranchero fresa, a más de una persona le va a parecer chistoso. Más si el video viene de otro país. La gente se permite la burla porque lo ve desde una cultura visual ajena, si no es que totalmente opuesta. A Wendy Sulca, internet nos la vendió como una comedia que no alcanzaba a ser consciente de sí misma. Nosotros nos hicimos cargo del resto, y ahora la comedia está del otro lado.

 

De por sí a Perú no le va bien con eso de la xenofobia. El videojuego más jugado en la actualidad se llama League of Legends. Hay comunidades de usuarios en todo el mundo. Entre los usuarios de Latinoamérica, ser peruano es sinónimo de ser malo para jugar. Lo usan como insulto, te dicen “peruano” si te quieren dar a entender que eres inferior a ellos por tu pobre desempeño en la partida. Por otra parte, los comentarios que la gente deja en los videos de Wendy Sulca no son más progresistas. Hay personas que relacionan los rasgos de la cantante y de quienes aparecen en el video, con el hecho de que no les guste la canción. Y lo expresan con palabras de odio. También hay quienes piensan que la gente ofensiva no debería existir. Y lo expresan con palabras de odio. Entonces Youtube se convierte en un foro de debates acerca del racismo, si por debate entendemos un intercambio de insultos que tiene como único fin determinar quién está más pesado para ofender. Echar un vistazo rápido a ese vertedero de opiniones es como destapar una cloaca purulenta que contiene las peores formas de entender la otredad. La gente se prende en cuanto alguien suelta la bomba del racismo. Pasa en todos lados, y todo el mundo quiere tener la opinión correcta. Ahora que el problema tiene nombre y cara, por supuesto que mencionan a Donald Trump en Youtube, así se trate de un video de Wendy Sulca. Y la niña sólo quería cantar.

 

 

Padecer

 

Yo no voy a sufrir porque me guste otra cosa. Me gusta Wendy Sulca porque suena bien, y porque de niña la pusieron a cantar acerca de tomar cerveza. Algo tienen los niños cuando cantan cosas de gente grande. Uno sabe que a esa edad, no era que Wendy quisiera refugiarse en la bebida para olvidar un amor, como la canción sugiere. Pero escucharla es otra cosa. El efecto que produce su voz en mi mente, me planta una firme convicción de ir por caguamas a la tiendita. Me gusta Wendy Sulca porque en sus canciones hay un locutor que manda saludos y anima a la gente. Es la voz de un adulto que menciona regiones del Perú, dedica las canciones a sus conocidos y grita las onomatopeyas que siempre vienen al caso en la música festiva. En una canción dice algo acerca de que hay que cuidar a los niños, lo cual me hace pensar que también actúa como una especie de guía moral. Nunca roba protagonismo, deja que Wendy cante su propia historia, pero a la vez pareciera que la niña no se da cuenta o no hace caso de su presencia. Es algo muy curioso.

 

Me gusta Wendy Sulca, pero debido al aura de chiste que se le impuso donde vivo, no está bien que me guste en serio. Tendría que ser irónico al respecto. Tendría que decir que es mi gusto culposo para justificarme. Que sientan culpa los curas pederastas, porque la música no se puede disfrutar si se supone que la vergüenza debiera ser un ingrediente añadido. No tendría sentido su existencia. Así nos guste Pitbull, así nos guste la rola de Maná con Steve Aoki. Lo bueno no es lo único disfrutable. El concepto de los gustos culposos pretende que sólo haya una manera correcta de vivir en un mundo que ofrece millones de formas de experimentar la música, como si lo provechoso fuera únicamente escuchar de Pink Floyd para arriba. Su efecto colateral es hacer que los trovadores tengan éxito.

 

Resulta muy conveniente ponerle nombre y cara al problema. Así nos olvidamos un poco de nuestros rollos internos. El malo es Donald, que habló mal de los inmigrantes, nosotros no, porque estamos del otro lado de la barda. Quisiera ponerle nombre y cara a esa situación que impregnó la idea de los gustos culposos en la música. Voy a imaginar que tal situación tiene forma de persona, una que además siente orgullo de compartir en redes sociales la nota del mexicano migrante que le contestó algo inteligente a Donald Trump. Le añade un comentario en tono de “pa’ que vean que somos bien chingones”, va y se encierra en el baño. Echa una cagada y se fuma un tabaco.

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