DESARRAIGOS

Todo menos banda y reggaetón

Es la música que está en la calle y que domina las listas de popularidad, con un pie en ceremonias de Grammys y otro en la escena underground de la ciudad. Al mismo tiempo, son los sonidos que causan más conflicto en la incesante batalla de valores que vive la sociedad.

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“Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron
la onda, ahora la onda que traigo no es onda
y la onda de onda me parece muy mala onda,
y te va a pasar a ti.”

 

Abraham Simpson

Somos personas con gustos musicales, nos hemos expuesto en más de una ocasión no sólo a los sonidos complacientes al oído, sino a esos que incomodan, que sacan de las casillas y que exigen tomar partido: los que amamos o detestamos. Nada mejor para saber lo que nos gusta que determinar aquello que nos fastidia. Así se establece, de entrada, lo que queremos escuchar.

 

Es cosa natural y ocurre en el cerebro, una placentera descarga de dopamina se libera cada vez que un sistema de neuronas clasifica sonidos desconocidos en patrones que eventualmente se vuelven familiares para el oyente. Si un sonido es demasiado nuevo para encajar en un patrón, se produce un exceso de dopamina que ya no resulta del todo agradable. Por eso hay música que molesta, si nos atenemos a lo que la neurociencia y autores como Daniel Levitin han investigado al respecto.

Pero el asunto acabaría justo ahí si no fuéramos una especie capaz de convertir una reacción anatómica en una opinión social. Las aficiones nos unen, los enconos también. Algo nos dice que cierta música es para cierto tipo de gente, por eso es tan fácil relacionar lo que nos disgusta con lo que no queremos ser. Hay un componente aspiracional en nuestra forma de entender la música popular, causante de que ciertas preferencias resulten tan indignantes en estos tiempos como beber sangre de focas bebés. ¿O quién diría en una reunión de feministas que su cantante favorito es Gerardo Ortiz?

 

Hoy en día la música norteña, la banda sinaloense y el reggaetón fluyen por las calles y dominan las listas de popularidad. Aún así, en más de una ocasión estos géneros se ven en el centro de polémicas que dan rienda suelta a expresiones de profundo desprecio, difuminando la barrera entre lo musical y lo personal. Un sector de la sociedad profesa una aversión bastante notable a estos sonidos y curiosamente la situación conecta en algunos puntos con el rechazo que antes se opuso a manifestaciones como el rock, el heavy metal o el rap. Pasa el tiempo, y así como la mente se adapta a lo que de entrada resulta chocante, las sociedades terminan por asimilar la música que en un principio confronta sus valores. Las formas de consumo cultural en ciudades marcadas por la lucha de clases, hacen de la música un campo de batalla donde cambian las caras, las épocas y los estilos, pero el conflicto no deja de sonar.

Leave them kids alone

 

Por más que intentemos no juzgar las apariencias, nuestros gustos revelan algo acerca de nuestro entorno y las circunstancias en que hemos crecido. Cada quien, entre lo que vive y observa, toma referencias que tejen toda una red de asociaciones simbólicas para entender la realidad. Con base en esto es que podemos valorar lo que identificamos como enriquecedor para la personalidad, así como lo que preferimos evitar. El filósofo Pierre Bourdieu hizo investigaciones al respecto y profundizó en el tema hasta sus implicaciones evolutivas. Para él, los gustos reflejan también ese instinto que nos pide ganar un estatus social que asegure nuestra reproducción. Una manera más de comunicar al sexo opuesto que somos la mejor opción para preservar la especie.

 

Cuando llegó a Youtube el video de la banda El Recodo tocando la canción Another brick in the wall de Pink Floyd, causó tanto enojo en redes sociales que incluso algunos medios publicaron notas que recopilaban los comentarios más corrosivos de la gente. La versión original del tema que interpretó El Recodo esa noche en la Semana de la Moto de Mazatlán, está incluido en el disco The Wall, un título recurrente cada vez que la crítica especializada y revistas como Rolling Stone enlistan los mejores discos de todos los tiempos. Un álbum doble conceptual que pertenece a una vertiente y una época del rock en la que cada disco se trabajaba como una obra de arte en sí misma.

 

Se piensa que ser más cultos nos distingue, y la distinción nos vuelve más competitivos en la carrera por la supervivencia. Y en una sociedad de jerarquías, la competencia es hacia arriba: la cultura nos da el estatus que creemos merecer, y nos distingue de las clases que no relacionamos con nuestras aspiraciones. Puede ser que el rechazo a la banda sinaloense lleve en muchos casos un mensaje implícito: "yo no soy como ellos".

 

"No dan una nota afinada tergiversan y distorsionan toda la afinación de sus instrumentos", comentó Horacio Franco en una entrevista para la revista Contenido, y prosiguió: "los hacen trizas de una manera tan insensible pero también tan burda, pero también tan malaleche, pero también tan sucia, pero también tan detestable, que yo cuando oigo esa música me erizo como gato y no la quiero escuchar porque es ofensivo que exista algo así". A Horacio Franco lo catalogan como el mejor flautista de México. No le gusta la banda sinaloense.

 

La música regional mexicana, en especial la de banda y norteño, puede incomodar por sus características sonoras, pero llega ofender si además implica una afrenta a lo que se considera bueno por consenso. Cuando Julión Álvarez declaró que prefiere enamorarse de mujeres que agarren el trapeador, enfureció a más de una persona identificada con las luchas de género. Si no existiera la tendencia a asociar géneros musicales con personas de características específicas, tal vez nadie hubiera entendido a qué se refería el comediante Franco Escamilla cuando dijo: "creo  yo que le están dando demasiado mérito al señor Julión Álvarez, porque se están ofendiendo de un comentario machista de un cantante de banda...".

Ritmos periféricos

 

Es 2007 y los organizadores del festival Vive Latino cometen un acto que el público no perdona: Calle 13, el grupo que se coló hasta en la banda sonora del Grand Theft Auto IV con un "reggaetón que se te mete por los intestinos", aparece en el cartel del mismo evento que metaleros, punks, indies y rockeros han abrazado como un territorio donde el hit del verano tiene la entrada estrictamente prohibida. Cuando toca el turno de que el combo puertorriqueño tome el escenario, la concurrencia se desvive en abucheos, mentadas de madre y lanzamiento de proyectiles hacia los autores de Atrévete-te-te, el sencillo que no ha parado de sonar en la radio los últimos meses. Alguien del público muestra una camiseta con la leyenda “No al pinche reggaetón”. Los músicos tampoco esconden su descontento. “Te voy a decir algo aquí, de corazón, Calle 13 no es reggaetón, a mí todos los reggaetoneros me maman la verga”, avisa el vocalista. "Cuando me tiren un vaso por favor llénenlo de mezcal, pa' beber", dice en otra ocasión. Todo el show es una guerra entre el público, el grupo y los que sí quieren bailar. La anécdota vive en Internet.

 

En 2016, un panorama distinto se dibuja para el reggaetón en México. El género no ha dejado las listas de popularidad, el mainstream le pertenece. La resistencia sigue, pero Calle 13 ya puede tocar en el Vive Latino sin causar mucha molestia. Por otro lado, una generación de exponentes se abre paso en el terreno independiente, ahí donde la gente suele buscar propuestas que transmitan cierta idea de originalidad menos retocada por la industria. El Festival Marvin, que desde hace seis años ofrece una plataforma en la Ciudad de México a bandas poco conocidas, contó en esta ocasión con la presencia de T.Y. en el escenario, un grupo relativamente nuevo que se autodefine como reggaetón mexa. "Estamos explotando el hecho de que somos mexicanos haciendo reggaetón con letra mexicana, quisimos darle esa parte de identidad", explica el DJ y productor Brun OG, la parte que pone la música para los raperos Tony Money y Young Miky en este proyecto.

 

Ellos no son los primeros mexicanos en hacer reggaetón. En 2005 ya estuvieron ahí Big Metra y los veracruzanos de La Dinastía, pero ahora con T.Y. suena distinto, más como una oscura fiesta de madrugada en un antro nebuloso de la ciudad, que como un verano caliente en las playas del Caribe. Young Miky iba en la primaria cuando Daddy Yankee estaba por todos lados con el hit de la Gasolina. Esa oleada puertorriqueña que estalló a nivel internacional en la década pasada, se filtró por las mentes de jóvenes que como él, compartían la inquietud de hacer música propia. "Cuando entré a la secundaria empecé a hacer rap tradicional, me dejé llevar por esas influencias y en ese tiempo había raperos de España y de México que le tiraban al reggaetón, yo seguí esa corriente y también le tiraba", recuerda Miky, quien luego de haber grabado la canción Ven mi niña junto a Ghetto Kids, decidió meterse de lleno al género.

 

Brun OG por su parte, cuenta que de vez en cuando se le acercan raperos que buscan colaborar con él. Hay quien no descarta la posibilidad de darse a conocer entre un público más amplio con un hit de reggaetón. Brun OG empezó nueve años atrás, quería saber cómo se producía este género. Hoy sus pistas suenan en fiestas donde la búsqueda de lo cool es un factor visible en el ambiente. Con T.Y. se presentó en la edición mexicana de Perreo, la serie de fiestas de reggaetón iniciada en Nueva York por Remezcla, una revista que se describe en la web como "la marca mediática más influyente para millenials latinos". El circuito Roma-Condesa en la Ciudad de México, un conjunto de foros y bares que constantemente presenta artistas tanto nuevos como consolidados (de ahí la capacidad que se le atribuye de avalar la música independiente a nivel nacional), ya le dio el sí al reggaetón mexa, pero esto no es algo que ocurre de la noche a la mañana.

 

Las propuestas más arriesgadas e innovadoras de la música, no tienen cabida en los canales convencionales que promueven formas de entretenimiento producidas para el público masivo. Se le llama underground al sector que congrega los sonidos alternativos a las corrientes principales, y en ello radica la credibilidad que se le da, ya que su manufactura no siempre está comprometida por la tarea de generar el mayor ingreso posible. El público ve un gusto más auténtico en lo que no escucha absolutamente todo mundo. Por lo tanto, ofrecer reggaetón en un entorno underground implica un riesgo. El terreno se pavimenta poco a poco desde la música electrónica.

 

El colectivo NAAFI está conformado por DJ's y productores que con el slogan de "ritmos periféricos", comenzaron a llevar a las fiestas underground de música electrónica los sonidos que no se acostumbraban en ese ambiente. Desde hace seis años tocan bajo esas siglas ya sea en fiestas caseras o bares, hasta festivales como el Vive Latino y el NRMAL. Puede que pongan algo de tribal, hip hop o reggaetón como parte del show, o que hablen de perreo en una mesa de discusión junto al productor de Wisin y Yandel en el Museo Jumex. Si el reggaetón está en la mira de quienes procuran lo vanguardista, se debe en buena parte al tratamiento que productores como los que integran NAAFI le han dado al género, a la par de una camada de exponentes que también propone una vuelta de tuerca al sonido y la estética, como los mencionados T.Y., el trío de raperos Los Xxxulos o la tienda de ropa Rosa Pistola. Ello sin dejar de lado la difusión por parte de medios de comunicación especializados, así como la aparente facilidad que ha tenido el ritmo para contagiar a tantas personas desde que se hizo conocido más allá de Puerto Rico. En las fiestas modernas se baila como si fuera 2004.

El hijo desobediente

 

De Vito Corleone a Tony Soprano, de Tony Montana a Walter White, de Nicky Santoro a Aurelio Casillas, las historias de criminales que más han gustado al público son las que dotan al protagonista con el perfil del antihéroe. Los vemos en películas, videojuegos, series y novelas cometer toda clase de actos cuestionables, incluso verdaderas fechorías para conseguir sus objetivos. Y aún así, cuando el relato nos atrapa, llegamos a celebrar los momentos en que les va bien.  “Solitarios, individualistas, en algunos casos fascinantes, cultos y con su propio sentido de la justicia, satisfacen sus impulsos sin tener en cuenta los dictados de lo que es moral. Viven según su propia ley y son atractivos en tanto nos permiten al espectador, de forma vicaria, vivir al límite”, sostiene la autora Isabel Santaularia en el libro El monstruo humano, una introducción a la ficción de los asesinos en serie, en el que explora la fascinación por este tipo de personajes.

 

En México un colectivo de intérpretes de música regional presenta a sus propios antihéroes en ficciones que se extienden de la canción a los conciertos, videoclips y películas. El Movimiento Alterado aparece en los últimos seis años como una vertiente más explícita y violenta del corrido, el género que durante más de un siglo se ha inspirado en hechos verídicos para adaptar relatos a la canción popular. "Estas historias tienen algo positivo y tienen algo negativo, porque estas personas así como a lo mejor han hecho tanto mal, también han hecho algo bueno por su pueblo, por su raza, y por su cultura", aseguró Gerardo Ortiz, uno de los cantantes más conocidos de esta corriente, en una entrevista para la cadena Telemundo.

Los corridos alterados están llenos de referencias a cárteles del crimen organizado y nombres específicos de capos y sicarios, adaptados a una narrativa confeccionada por una generación que busca en el panorama actual del narcotráfico más historias con ese toque de ambigüedad moral, como las de Scarface o Los Soprano. Los hechos y personas reales en que se basan son la materia prima para producir una forma de entretenimiento tan ficticia como las decapitaciones que el rockero Alice Cooper simulaba en el escenario, cuando decidió jugar el rol del villano ante una juventud enfrascada en el ideario rosa del sueño hippie. Es decir, no está comprobado que si un cantante describe actos violentos en su obra es porque los lleve a cabo en realidad. Aún así, la existencia de propuestas musicales centradas en el antihéroe no deja de dividir opiniones de manera tajante. En el caso de los corridos, que toman su inspiración de un entorno hostil, se les acusa de motivar tal hostilidad.

 

"Cortando cabezas a quien se atraviesa" dice la canción Sanguinarios del M1, el We are the world de una agrupación de músicos que responde a una época en que el corrido se pone a la altura de la realidad que lo concibe. Hace veinte años, si el oyente quería, los Tucanes de Tijuana sólo se referían a la fauna y no a las drogas en "Mis tres animales". Donde una vez hubo juegos de palabras, hoy persiste la crudeza de la nota roja hecha canción, en un lenguaje directo y descarnado que ha dejado a la posteridad frases como "van y hacen pedazos a gente a balazos, ráfagas continuas que no se terminan, cuchillo afilado, cuerno atravesado, para degollar".

 

Como en el gangsta rap de Estados Unidos, los cantantes de corridos son ostentosos y dedican temas y videoclips a ensalzar el lado seductor de la vida mafiosa: drogas, sexo, dinero y poder. En el discurso del corrido alterado, vivir al margen de la ley tiene su lado bueno y su lado malo, pero el Estado no concuerda con esa perspectiva. Tal como un padre de familia que prohíbe a sus hijos rodearse de malas influencias, el gobierno censura a los cantantes regionales que contradicen la narrativa institucional en torno al crimen organizado.

 

Se puede pensar que no hay tal cosa como la mala publicidad, pero no todos en la industria musical lo ven así. "El periodo de un gobierno dura seis años en México, si no te dejan cantar en una plaza en todo ese lapso, no sé de qué te sirve", opina Omar Valenzuela, a propósito del veto que se ha impuesto a los corridos en algunos estados del país.

 

Como director del sello Twiins Music Group, Omar Valenzuela apostó junto a su hermano Adolfo por el corrido alterado, para darle la difusión que hoy tiene en México y Estados Unidos. Ellos nacieron de una familia de músicos en Culiacán, Sinaloa, y emigraron a California para establecer su empresa. Trabajaban con artistas de diferentes géneros, pero fue después de haber producido a la banda El Recodo que su trayectoria tomó un giro. Pasaron del pop a incursionar de lleno en el regional mexicano, y se convirtieron en la plataforma que dio a conocer al Komander, Gerardo Ortiz, Noel Torres, Buknas de Culiacán y demás exponentes del corrido actual.

 

"Ellos cantan tal cual escriben los periódicos, entonces se asustan los papás y se asustan los gobiernos", platica Omar. "Lamentablemente nomás se fijan en la música, pero circula el periódico y ves el mismo lenguaje que están manejando los corridos". En esta generación de cantantes, él observa  una nueva apropiación de la banda y el norteño, de la mano de músicos que también crecieron con sus propias influencias y las incorporaron al género. Ya no suenan como sus predecesores. En estas canciones de repente se pueden escuchar arreglos de batería más propios del heavy metal que del norteño, o alguna cadencia que tal vez le deba más a Bob Marley que a Chalino Sánchez.

 

"Todo ya está inventado, nada más se está fusionando. El norteño está muy contagiado del rock, del rap y también del texano, y qué bueno, yo creo que es para bien. A veces  critican a la música regional por ser muy sencilla, y ya con esto les tapamos la boca a muchos", comenta Omar, y añade que después de la tormenta, viene la calma: "con los corridos pasó como en el reggaetón, salieron un montón de cantantes y solamente se quedaron los mejores, que son los que están llenando las plazas". Hoy, ve que cada vez surgen con más fuerza jóvenes dentro del regional mexicano que se dedican a cantar temas románticos. Antes el artista era de discos, hoy es de canciones. Enfocan más sus estrategias de difusión en sacar sencillos por separado. El artista dura en boga lo mismo que la canción, y tiene que sacar otra antes de que llegue el próximo cantante con su propio tema y lo desplace. "Somos una plataforma para estos nuevos talentos y poder brindárselos a la gente, y ya la gente decidirá quién se queda y quién se va", afirma el productor.

Perreando en el mundo libre

 

En un episodio de Los Simpson, el reverendo Alegría recuerda la primera vez que conoció a Ned Flanders, el puritano vecino de Homero. Son los años setentas, y Flanders llega a la oficina del clérigo para contarle algo que le preocupa: "me convencieron de hacer ese baile del bumping, pero se me fue la cadera y mis glúteos hicieron contacto con los glúteos de otro joven". El baile está ligado a la sexualidad como el desayuno a la supervivencia. Podría decirse que un poco de Ned Flanders se manifiesta cada cierto tiempo en las personas, cuando un baile escandaliza por sus connotaciones. De la censura a lo contoneos de Elvis Presley en la televisión, al video viral de la maestra que perdió su empleo por perrear en vacaciones, la danza y el sexo empujan constantemente los límites de lo aceptable en algunas sociedades.

Y aunque ya hace tiempo que las coreografías del rocanrol y la música disco dejaron de asustar, no cualquiera vería hoy con buenos ojos a su pareja perrear con otra persona. El perreo, con la evidente alusión a lo que su nombre indica, puede ser un baile básico y una declaración de principios a la vez. Es expresivo y tiene la desfachatez necesaria para incomodar en la actualidad. Ahí donde al reggaetón se le critica por tratar a sexo femenino como objeto, hay mujeres que se apropian del discurso y le dan un giro que apuesta por la libertad de asumirse como seres sexuales por iniciativa propia.

 

"Es más impactante que lo diga una mujer, porque siempre es feo que una mujer hable de más", opina la rapera Tomasa del Real. De las máquinas de NAAFI han salido pistas para canciones de esta exponente, que en el último año se ha dado a conocer con lo que llama reggaetón del futuro. Ella creció en Iquique, una costa al norte de Chile donde la vida playera transcurre con mucho reggaetón como banda sonora. Sus letras tienen que ver con la calle, con la noche y el amor informal, la distracción en medio de una vida complicada. Confrontan a la idea popera del amor romántico, al exponer la perspectiva de una mujer que sólo quiere divertirse y se pone explícita al detallar cómo. "No le veo nada de malo [ríe]. Es normal, no sé, en el futuro las mujeres vamos a poder decir cualquier cosa y nadie se va a sorprender, es un paso que hay que dar".

 

El deseo de ser feliz ha estado presente en la música popular a través del tiempo y en diferentes entornos. Se ha relacionado con superar las dificultades de la vida hacia la adultez como en Getting better de The Beatles, o con separarse de una persona dañina en Te irá mejor sin mí de Joan Sebastian. Y parece que por cada vez que nos topamos con el cliché de que el dinero no compra la felicidad, alguien hace una canción que propone lo contrario. En el video para el tema Arena modernísima, Tomasa del Real hace eco de la tendencia del hip hop a incorporar marcas de ropa como una afirmación del gusto por el lujo. “Es un mantra de superación porque habla de comprarse cosas, es superficial y ya está”, explica Tomasa. “Es con mucha sinceridad, queremos mostrar ese sentimiento de tener cosas de marca, del dinero, del placer, es un poco como transportarte de tu realidad a otra totalmente diferente”.

 

Para ella, el reggaetón se está convirtiendo en el pop de Latinoamérica. Los niños que nacieron cerca de la última vez que Ricky Martin o Chayanne fueron relevantes en el panorama, hoy son jóvenes que quieren tener sus propios ídolos. “Hay un Nicky Jam o un J Balvin que ocupan esos espacios, y son cantantes de reggaetón que popularmente son muy grandes”, comenta la rapera.

También te regañaban

 

Cada domingo en la explanada del Templo Expiatorio en Guadalajara se reúnen cerca de cuarenta personas para bailar danzón. Predomina gente mayor en el grupo, de unos 60 años en adelante. Hay quien viste elegantes vestidos de noche, y hay quien porta el clásico traje de pachuco, con el sombrero y el enorme saco, el pantalón a la cintura con cadena colgando y los zapatos bicolor. Reviven el baile de una generación que en un momento de la historia fue una juventud vibrante que necesitaba espacios propios para relacionarse y expresarse. Hijos de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, los pachucos eran los cholos de una época muy anterior al rap. Uno de sus bailes, entre mambo y swing, era el danzón, el mismo que hoy se ve como una nostálgica tradición, asociada más con la época dorada del cine nacional que con un divertimento de gente peligrosa.

 

Parece que las ciudades se cuestionan a sí mismas de vez en cuando y la música no queda libre en esta batalla. Es lo que cantaba la Maldita Vecindad con su grito de “hey pa’, fuiste pachuco”. Los hijos vienen con formas de expresión que reflejan su presente y funcionan a la hora de definirse, empezando por lo que no son: sus padres. Y si hoy en día los padres de familia llevan a sus hijos a ver lo que queda de Guns N’ Roses ¿de dónde va a salir la música de una nueva generación que confronte lo que ellos tienen por bueno?

 

Tal vez el error sea esperar que la música de hoy nos entregue un nuevo John Lennon o un Kurt Cobain. Para cada género importan las situaciones, las formas de producción, de distribución y de consumo, así como las inquietudes de sus exponentes y de quienes los escuchan. El asunto es que no parecemos una especie diseñada para que un día todo el mundo esté de acuerdo en que la buena música es una sola. No mientras prevalezca la necesidad de agruparnos, de afirmar nuestra identidad y pertenecer, a nuestra generación o a la clase social a la que aspiramos, pero siempre a la comunidad que empate con nuestra forma de pensar. Desde ahí somos capaces de lanzar toda clase de dardos cuando se trata de establecer lo que creemos en cuestión de gustos.

 

En el libro Let’s talk about love, el crítico musical Carl Wilson toma como ejemplo a Celine Dion para analizar la causa de que un artista sea tan popular y a la vez tan criticado. Como resultado de una extensa investigación, él propone que la percepción del arte en una persona llega a ser un factor principal para reforzar sus afinidades sociales y sus aversiones. Como cuando alguien se burla de Ricardo Arjona en redes sociales y nadie parece discrepar, la apreciación musical serviría para unir a quienes opinan, en ese caso, que escuchar al cantautor guatemalteco es de mal gusto. Por eso, sugiere el autor, la autoridad de la crítica musical no depende únicamente de su capacidad de dar algo por bueno, sino de su poder para excluir todo lo demás. Permite al lector formar parte de una comunidad que concuerda con esa exclusión, y distinguirse como una persona que conoce algo que el resto de la audiencia (por ejemplo, el público masivo que sí escucha a Arjona) ignora.

 

Wilson además menciona un experimento que llevaron a cabo los artistas Vitaly Komar y Alexander Melamid en colaboración con el neurocientífico Dave Soldier, para determinar si puede existir por democracia una canción que sea objetivamente buena, así como una contraparte mala. Para ello realizaron una encuesta en Internet, preguntando qué sonidos debería llevar la “canción más deseada”, la cual debería gustarle al 72 por ciento de los entrevistados, más o menos el 12 por ciento de los mismos. El resultado fue una canción de cinco minutos en plan rhythm and blues, con guitarra, batería, saxofón, sintetizadores, cuerdas y voces femenina y masculina a dueto. La crítica no se hizo esperar, dijeron que la “canción más deseada” sonaba precisamente como Celine Dion, y que a fin de cuentas era mejor la “mala” canción que había resultado del mismo experimento.

 

Podríamos basarnos en los más estrictos estándares de lo que se llama arte y producir música bajo estos lineamientos. Al final, parece que una oposición tendrá que manifestarse como efecto de esa decisión. De lo contrario, nadie escribiría críticas (sólidas o no) a la obra de Mozart o Beethoven. Descalificar al reggaetón y al regional mexicano por sus cualidades sonoras, por el mensaje que transmiten o por la idea que dan acerca de quienes lo consumen, es negar el rol que tiene la música en la constante renovación de valores en que nos vemos inmersos como sociedad; y al mismo tiempo, es cumplir con la cuota de resistencia que encuentra cada contracultura a su paso. Así lo ha reflejado esa tendencia a disentir, presente a lo largo de nuestra historia como seres sociales.

En 1955 Estados Unidos vio la imagen de un joven Little Richard, golpeando como loco un piano a la par que interpretaba una versión más salvaje y frenética de ese estilo rudimentario por medio del cual se desahogaron los afroamericanos en las cárceles y en los campos de algodón. Negro, afeminado y escandaloso, su presencia debió de ser chocante para más de una conciencia en un país que aún hoy en día carga el peso del racismo y la homofobia. Y así empezó a ganar su espacio el rock.

Para cada época y cada contexto, sus demonios sonoros y sus exorcismos. No es nueva la historia de una corriente musical que surge de las clases menos acomodadas para plantarle a la sociedad sus propios miedos en la cara. Lo que asustó ayer, lo que provocó escándalo y rechazo, no se ve ni suena igual que lo que asusta hoy, ni tendrá la misma forma de aquí a unos cuarenta años, cuando al perreo lo vean como el ritmo que bailaban las abuelitas del mundo. Lo que más suena en la actualidad puede no gustarte, y es así. Tal vez se supone que no te guste.

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