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REFLEJOS

Todo en orden

Los juegos de poder en la familia tienen distintas caras y etapas. Crecer en un ambiente religioso y supersticioso cargado de prohibiciones, tabúes e ignorancia, facilita la manipulación como estilo de vida

Por MARÍA JOSÉ SESMA

El domingo hay comida familiar después de misa. Una tía siempre llega tarde y todos se molestan por tener que esperarla para comer. Hay algo en sus miradas que carga el ambiente de tensión, especialmente los domingos o durante los eventos importantes como Navidad. A veces las cinco hermanas se encierran a hablar en un cuarto y salen mostrando gestos de reprobación o resentimiento. De repente alguna llora, pero la escena se mantiene debajo del agua. Sus esposos no lo advierten y si se dan cuenta no se involucran. Ven el fútbol y toman cerveza. Prefiero irme con ellos.

 

****

 

La casa de mi abuela es una caja negra, el punto más oscuro de la noche. Las cortinas del jardín están abiertas, la negrura invade la atmósfera profundamente, no hay diferentes densidades ni olores, simplemente un color negro traslúcido.

 

Las personas no ocupan un espacio importante, sus huecos se pueden sentir. Estoy acostada en una cama donde debería estar la mesa del antecomedor. La cama entonces se convierte en la mesa misma. Al darme cuenta que detrás de mi cabeza está la ventana y a mis pies está el espejo, tengo la peor sensación. Hay algo ahí. Una presencia peligrosa e intimidante, un monstruo oscuro hecho de aire, reposa en las habitaciones de la casa. Abro los ojos, sigo encima de la mesa, siento que he dejado de respirar, que me convertido en un mueble. Mi cuerpo no responde, he perdido movimiento de la cintura hacia abajo. De hecho siento la mesa inclinada hacia mi cabeza. Despego la parte alta del cuerpo, totalmente adormecida y a través de esa pesadez puedo ver que a mi lado está mi hermana, mi tía está del otro, resignadas y sin miedos las dos en un sueño profundo, están viviendo su realidad lejos, en alguna parte de la imaginación. Me despierto con muchísimo miedo, respiro agitada para sacar ese miedo de mi cuerpo. —Es sólo un sueño, no pasa nada —me digo. Oigo que se abre la puerta de mi cuarto, el espejo está ahora más cerca de mi cama. Hago varios intentos por enfocar y ver bien. Cuando lo logro el espejo está en su lugar. La puerta está cerrada.

 

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Mi prima Patricia tiene tres años y moretones en los brazos. Estamos a cuarenta grados. Su mamá insiste en que no se quite el suéter durante la fiesta. Patricia ha visto a su mamá llorar mientras lava los trastes y también la ha visto ordenando el refrigerador en la madrugada. Algunos días entra a su cuarto, le grita y avienta los juguetes por todas partes aunque no haya motivos. Mi prima era ruda, mandona y gritona. Un día de repente cambió. No volvió a tener un cabello sin peinar, su cuarto comenzó a lucir impecable, se convirtió en una muestra de elegancia y educación. Eso ocurrió cuando ella tenía siete años.

 

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Hoy toca revisión de clóset para comprobar que los cajones estén como deben estar. Mi mamá avisa desde su cuarto con un grito melodioso y por eso mismo aterrador. Se comienza por los cajones de arriba. Me pongo muy nerviosa porque tengo que aparentar que no tengo miedo, aunque sé lo que me espera. Cualquier resistencia de mi parte puede hacer que ella piense que escondo algo. Es sólo cuestión de tiempo para que encuentre algún desperfecto y la escena se convierta en un caos, un caos que a veces tarda más en llegar. El tiempo en este clóset es relativo y eterno.

 

No puedo salir de aquí hasta que ella piense que todo está en orden, cosa que nunca sucede.

 

Estoy agachada en una esquina viendo como me pega, cuando esto pasa tengo que mirarla a los ojos.

 

 

—¡Voltéame a ver que te estoy hablando! ¡Pon atención! ¡Debe haber una separación entre cada bloque de camisetas! —me grita.

 

 

Tiene que parecer que estoy aprendiendo una lección, no puedo cansarme porque eso hace que se desespere más. La única opción viable, comprobada por pocos pero aleccionadores años de experiencia, es aguantar, mostrar sumisión absoluta y fingir respeto. Cuando termina, viene el castigo correspondiente. Por precaución es mejor no hacer ningún ruido durante una media hora para no despertar un segundo arranque o llamar su atención para que regrese a mi cuarto.

 

Mi hermano me dijo que él nunca tuvo revisión de clóset.

 

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Me encanta estar enferma, es como si por un momento te ayudaran a ir más lento, a no forzar, a no sentir ansiedad ni prisa. El cuerpo me dice basta, es hora de descansar y de no hacer nada. Entiendo que puede ser desesperante pero entro en una burbuja de comodidad. No es por la atención que se recibe, es porque no hay que tomar atajos, y dado que siempre he sido una persona de atajos, enferma es la única situación en la que puedo andar el camino largo y disfrutarlo, porque no hay de otra.

 

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Mi mamá me está llamando, me dice que vaya a su cuarto. Llego y está en su cama leyendo.

 

—Mijita quiero que me digas la verdad ¿Te regaño mucho? De verdad que lo hago por tu

bien. ¿Crees que hay algo que deba cambiar, algo que te moleste o que no te guste? Con

confianza dímelo. Para eso estoy, para que nos comuniquemos y digamos lo que sentimos ¿Ok? —me dice.

 

 

Yo le digo que no, que todo está bien. Que es muy buena madre.

 

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Cada año es el recital de baile español. Todas las mujeres de mi familia, desde mi abuela hasta mis primas, somos parte del espectáculo. Los ensayos son muy divertidos porque jugamos en el teatro cuando las luces están apagadas, subimos hasta el tercer piso, que es donde vive el fantasma.

 

Llega el día, el vestuario es complicado: son calzones largos, medias, zapatillas, falda, delantal, camisa y chaleco. Este año voy de aragonesa. Mi peinado será un chongo, con broches incrustados, relamido con espray. Tengo cinco años. Mi mamá me sienta en la barra de su baño para maquillarme: sombra azul o verde, la línea negra del párpado su-

perior y después la del inferior, con la que siempre me lloran los ojos. –¡No los cierres, te digo! –me grita.

 

Trato con todo mi esfuerzo pero me resulta imposible mantener los ojos abiertos. Se me corre el maquillaje y ella se desespera. Me manda a mi cuarto para que regrese cuando los ojos me dejen de llorar.

 

—No me gusta la línea de abajo —le digo.

—Así es esto —me responde.

 

En el segundo intento el ojo vuelve a llorar ahora a causa del rímel. Siento la respiración de mi mamá en la cara y esa claustrofobia insoportable. Trato de esperar, de tener paciencia, pero cada vez aguanto menos. Si me desespero me va peor. Mantengo los ojos abiertos, trato de no moverme o respirar mucho, porque mi respiración le da asco.

 

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Mi abuela se metió a clases de control mental y se operó las muelas del juicio sin anestesia con esa técnica.

 

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Cumplo quince años. Mi mamá organiza retiros religiosos en un monasterio de Atlanta donde los días trece de cada mes se aparece la virgen. Esta vez vienen ocho señoras, mi mamá y yo. Se supone que el viaje es mi regalo de cumpleaños. Es un retiro de una semana en el Monasterio Benedictino. Hay un monje que se llama Pablo María con el que

mi mamá se dedica a salvar personas perdidas, me dijo que él me iba a hacer oración. Yo lo he visto hacerla muchas veces y las personas siempre caen desmayadas. Yo no quería ser parte de eso. Era mi turno. Puso su mano en mi frente y empezó a hablar. Dijo que iba a tener una carrera política y que iba a ayudar mucho a los niños. Sentía que me estaba empujando e incliné mi peso hacia el frente. De repente me caí y me detuvieron. Tuve un segundo de inconsciencia.

 

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Compré una perrita de dos meses. Cada vez que la cargo me dan ganas de ahorcarla. Es extraño porque he tenido perros desde que nací y siempre me han gustado mucho. Le hablo a mi mamá para contarle y me dice “Ah sí, ya sé cómo. Seguro viene del lado de tu papá”.

 

Ya tengo veinticinco años. Soñé que había un nido de avispas en el armario. Me despierto y siento que todo está lleno de pulgas y garrapatas. Lavo las sábanas a mano porque la lavandería está cerrada. Baño al perro y en eso me doy cuenta: algo anda mal. Yo también tengo eso.

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