ASTROLABIO

Cuando tenía 18 años, trabajé durante algunos meses en la carpintería de un cuñado. Un día que no había mucho qué hacer o que habíamos ya terminado el trabajo o que no había llegado madera, no recuerdo bien, encontré en un rincón, entre pedacera de MDF, cubetas de Sayer Lack y cajetillas vacías de cigarrillos, un librito. Era una de esas historietas para adultos protagonizadas casi siempre por machos y siempre animosos traileros, albañiles, vaqueros, rancheros y pícaros. No recuerdo el título de la serie (cuánto me habría ayudado ahora mismo), pero este libro era un poco diferente a los Sensacionales que había visto antes: el argumento del texto era el mismo que El Perfume, de Patrick Süskind, con el sexo como leitmotiv absoluto, tal como sucede en este tipo de publicaciones. Al terminar el cómic porno, porque lo terminé, caí en la cuenta de que quien lo hubiese leído antes que yo, habría conocido, en caso de no haber leído los pormenores de la vida de Grenouille, la historia que le valió al escritor alemán la fama mundial, o al menos, habría captado más o menos la idea de que el universo de los aromas es tan poderoso e irrefrenable como el sexo, o quizás más. Me pregunté entonces si esa colección de libritos solía usar obras de la literatura para someterlas a un proceso de “sensacionalización”. Imaginé Madame Bovary, Pedro Páramo, La peste o Farabeuf sexualizadas a un nivel casi infame, como para dar risa. Lo interesante de esta anécdota es que mediante un proceso de algo parecido a un sexploitation literario, una novela se había convertido, debido a los tirajes de este tipo de ediciones, en una historia aceptada y leída por un sector de la población que difícilmente compraría la novela de Süskind. Un proceso de divulgación con resultados sorprendentes, aunque la obra comprada en puestos de revistas se alejara del concepto original del autor alemán. Y sin pagar regalías, supongo. En el caso de El perfume, es casi seguro que si Süskind se hubiese dado cuenta de la metamorfosis de su novela, se revolcaría en el suelo, echando espuma por todos los orificios de su cuerpo. No sé si habría sucedido lo mismo con Flaubert o Rulfo.

 

En una entrada de la página tintachida.com, (un honesto blog que se centra en dar consejos para la gente que quiere vivir de escribir) se entrevista a un escritor que cuenta su experiencia como creador de este tipo de historietas sexuales. No de las que se basan en obras conocidas de la literatura, sino de historias originales. Arguye que lo hizo más que nada por dinero, que ganó una cantidad considerable en poco tiempo, que funcionó como una especie de entrenamiento y que tiempo después lo dejó, un poco desilusionado. De sus opiniones podemos inferir que ese trabajo sólo le significaba una fuente de ingresos, algo para poder mantenerse haciendo lo que le gusta: escribir. No buscaba inmortalidad ni trascendencia ni ganarse a los lectores asiduos a las publicaciones; se atenía a lo que su empleador le indicaba y le pagaba. Irónicamente, la historia de dos ninfómanas que se sacan la lotería y la gastan en comprar esclavos sexuales hasta que uno de ellos las mata o la de un anciano superdotado que revoluciona la vida erótica de las enfermeras del asilo al que acaba de llegar tienen, al menos en México, un alcance en el público mayor que cualquier novela publicada en el siglo XXI o en el XX. Incluso, tienen más alcance que Justine, Juliet, o Los 120 días en Sodoma, aunque en este caso ya no estaríamos hablando de pornografía, sino de filosofía.

 

¿El lector es mero consumidor? Cuando se escribe ¿se piensa en el lector modelo? La teoría de la recepción intenta indagar en estos menesteres. Esta corriente dentro de los estudios literarios da importancia a quien se enfrenta a un libro cualquiera: las interpretaciones que uno o varios lectores dentro de un contexto sociohistórico dan a una obra específica. De acuerdo a esta visión, se podría decir que no hay libro malo o perfecto, sino lectores adecuados en un contexto idóneo. De esto surge el público lector, concepto estudiado tanto por los editores de Anagrama como por los de TVNotas. El sector que comprará el libro o revista que se edita. Así, la diatriba que surge es: ¿crearse un público o darle a un público ya existente lo que quiere, espera y comprende?

 

A riesgo de sonar clasista o caer en juicios discriminatorios, a riesgo de que mi texto sea criticado y atacado por las huestes de lo políticamente correcto, debo decir que ese muchacho de menos de 20 años que hojeó ese pequeño libro encontrado en una carpintería no era el lector que el editor buscaba; que llegó a ese texto por accidente, porque no había trabajo o no había llegado madera y nada más. Como ya había leído el original, no podía caer y decir “qué buena historia”. Ese muchacho descubrió que quien escribió eso y cobró por él, engañó al editor, se burló en su cara. Luego, muchos años después, descubro que Yuri Herrera ya escribió una historia original para El Libro Vaquero y supuestamente, Juan Villoro y Guadalupe Nettel también lo harán. Entonces, tal vez me equivoco, ingenuo de mí. Tal vez escritor y editor eran fanáticos de Süskind y quisieron hacerle un homenaje y llevar la novela a terrenos que Seix-Barral no podría hacerlo nunca, y antes que nadie intentara hacer algo parecido. Tal vez lograron lo que casi ningún programa de la SEP ha hecho antes: crear nuevos lectores de alta literatura. Aunque venga con dibujitos.

Süskind, el cómic porno
y los lectores

Por LUIS MORENORRUIZ /

Ilustración: ALEJANDRA PUGA

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Cuando Grenouille aparece en una historieta porno mexicana, hay que preguntarse si el público se crea a partir de la obra o si se le da a un público ya existente lo que quiere, espera y comprende

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