ASTROLABIO

Sin muros

La metáfora del panóptico vigilante que provoca la autoregulación en nuestra sociedad ha sido cambiada por la de una cárcel sin celdas y un vigilante invisible pero omnisciente

Por LUIS MORENO /

Ilustración: FABIÁN RIVAS

Print Friendly and PDF

Regulación, dominio. Las dos palabras vienen de la misma semilla, pero contienen distintas connotaciones. A todos nos queda claro que un gobernante preferirá usar la primera; un cínico puro, en cambio, optará por la segunda. Al final, será el mismo fruto: controlar, ya sea uno o miles de cuerpos, una o miles de mentes, un territorio, una vida o hasta la civilización completa. Una simple barra de metal puesta perpendicularmente a la entrada de un vagón del metro, desbarata los nudos de personas que pugnan por ingresar a ellos en hora pico. La epidemia de peste negra del siglo XIV puede verse como una natural forma de control poblacional. El control se gana o se pierde. Ojalá, dicen algunos ascetas inseguros, siempre se mantuviera. Es una posesión invaluable cuando se es consciente de este ejercicio. Una válvula donde lo apolíneo y lo dionisíaco abren sus puertas intermitentemente. Control sobre el control ¿Quién puede decidir cuándo soltar las riendas, borrar los límites, perderse y luego regresar a los cauces dominados del río de la sangre? ¿Quién puede hacerlo sin columnas en el desierto o sin cuevas alejadas del mundo? Hemingway, al parecer, dio con la fórmula secreta: “escribe borracho, edita sobrio”.

 

Nosotros, de Zamiatin; su hija 1984, de Orwell (y la nieta Brazil, de Terry Gillian); Un mundo feliz, de Huxley, y Fareinheit 451, de Bradbury. Con estas cuatro obras, me atrevo a afirmarlo, podemos explicar todas las demás novelas distópicas. Las realidades explicadas en estas narraciones presentan sociedades vigiladas, esclavizadas, controladas de manera férrea y directa, o bien, de manera sugerente, casi imperceptible. D-503, Winston Smith y Guy Montag, al principio de sus respectivas historias, forman parte del pulpo, del puño, de la maquinaria; se dan cuenta de la opresión, intentan salir de su control saliendo de la institución a la que pertenecen, y los tres son víctimas del poder, aunque con finales más o menos distintos. Sólo John el Salvaje, el Míster Salvaje de Huxley, tiene un viaje distinto; el fiel lector de Shakespeare siempre estuvo fuera del orden, incluso cuando las circunstancias lo obligaron a adentrarse en la sociedad, por eso, su única salida fue la soga que colgó de la clave de un arco dentro del faro en el que se refugió.

 

Las sociedades disciplinarias que Foucault describió en Vigilar y castigar, donde el concepto del panóptico permitía ejercer el poder y dar forma al tejido social mediante ciertas instituciones de tipo carcelario donde el encierro era obligatorio, llámese fábrica o escuela, se parecen más a las sociedades descritas en las novelas distópicas que a la nuestra actual. Foucault la vislumbró y, junto con Deleuze, le dio nombre y apellido: sociedad de control. Aquí ya no se necesita el encierro, las murallas son prescindibles, incluso la amenaza del castigo, pero no el castigo. Esto otorga una falsa sensación de libertad. Cambiemos una imagen mental para continuar sin perder el hilo. Cambiemos la F capital del filósofo francés por una blanca f minúscula sobre un fondo azul. La tecnología al servicio de quien controla. Esa tecnología de la que nos sentimos tan orgullosos. La red social, ingenuo el que no lo haya pensado más de una vez, no es sólo el lugar que podemos usar para estar en contacto con nuestros seres queridos, odiados o necesarios. La red es nuestro nuevo panóptico y entramos en él voluntariamente. Vomitamos nuestra vida feliz, nuestras actividades envidiables. En este nuevo sistema social, algunos soltamos la sopa sin sueros de la verdad, sin amenazas, sin big brothers observándonos. Nos delatamos al subir la imagen de nuestro último viaje, al publicar nuestro logro atlético del fin de semana y al publicar cuánto amamos a nuestra mascota. Regalamos la selfie al mundo aún a sabiendas de que esta imagen puede ser la foto de nuestro expediente. Y también nos delatamos al no hacer nada de lo anterior. Les estamos ahorrando esfuerzo. Nuestras filias descubren nuestras fobias, y viceversa. Mostrándonos, nos delatamos; ocultándonos, nos censuramos, y ésa es otra manera de control.

 

Aunque haya soñado con participar en las justas y salir victorioso. Aunque lo haya planeado tiempo atrás: a Zaragoza nunca entraría. Don Quijote sabe que su único autor es Cide Hamete Benengeli y eso él lo acepta, lo respeta, lo tiene por verdad. El Caballero de la Triste Figura siente que ejerce el más preciado regalo de los cielos: la libertad. Controla su historia controlando las riendas de Rocinante, cambia de rumbo y se dirige a Barcelona, sin saber que es ahí donde llegará el final de sus aventuras. El mentiroso historiador moderno, el hideputa de Avellaneda, no se saldrá con la suya. El caballero sonríe, satisfecho. Ignora que Cervantes, el verdadero autor real, sonríe también, aún más satisfecho.

Print Friendly and PDF

Territorio

¡Suscríbete!

Casa

Recibe reportajes, crónicas, entrevistas, 
0 invitaciones especiales a nuestros eventos.

Común

Plural

Tienda

© 2017 Territorio.

Contacto: redaccion@territorio.mx

Enviando formulario...

El servidor ha detectado un error.

Formulario recibido.