FACTOR

Ricardo Yáñez y el periodismo
de creación

Una de las aproximaciones de Ricardo Yánez al lenguaje parte de su afirmación
de que la escritura sin sujeto es un memorándum

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“Como todos los humanos, soy cíclico”, escribe el poeta Ricardo Yáñez en su libro Prosaísmos. “Y he aprendido a respetar el hecho de cuando comienzo a alejarme de algo no estoy sino comenzando a acercármele desde otra perspectiva. Así me ocurrió con el periodismo, que me ha hecho sufrir casi más que el amor y gozar bastante menos que lo otro. Pero de todos modos gozar, gozar en serio. Amo el periodismo aun cuando no ame, según creo, ser periodista”.

 

Para quienes hemos tenido la suerte, el privilegio y también el desafío de conocerlo y participar en alguno de sus talleres (con toda la intensidad que ello implica, que no es poca ni fácil), de los muchos que ha dado a lo largo y ancho del país, Yáñez —trotamundos nacional— ha sido un parteaguas en nuestra aproximación al fenómeno y al trabajo creativo, es decir, al trabajo con el lenguaje, es decir, al arte.

 

Y cuando digo arte, me refiero lo mismo a la poesía, que a la música o a la pintura, que a la fontanería o la electricidad (por aquello de las conexiones), o que a un cierto periodismo conocido como cultural, por ejemplo, pero no necesariamente referido a las llamadas bellas artes, sino a una escritura —llamémosle de no-ficción a falta de un mejor término— que es expresión de la propia visión del sujeto sobre esa realidad que se le presenta y sobre la cual indaga. Pero, sobre todo, escritura que emana de la propia voz, la cual primero hay que encontrar. Una escritura que, por supuesto, tiene cabida en los diarios y las revistas. ¿Por qué no habría de tenerla?

 

Yáñez sabe de ello, pues, además de poeta y tallerista (y cantor y pintor y músico de temporada), es, como ya se ha dicho, periodista.

Mientras me dirijo caminando a su estudio de la calle Liverpool, en la ciudad de México, trato de ordenar mi cabeza al modo de un entrevistador. Aunque no me acuerdo con claridad del contenido, sí recuerdo que existe un texto suyo, que alguna vez leí y me resultó muy significativo, sobre la creación. He aquí el motivo principal de mi visita.

 

Encuentro a Yáñez, de 67 años, atareado frente a una computadora, tratando de reinstalar su cuenta de Spotify, sin éxito. Hacía semanas, tal vez meses, que el autor de Ni lo que digo no acudía a este frágil y triangular espacio, forrado de libros y viniles, desde cuyos amplios ventanales se aprecia, desde la alturas, una estampa descuadrada de la avenida Insurgentes rodeada, claro, de bloques de edificios, también descuadrados, en esta mañana sabatina y brumosa del verano chilango.

Aunque en el fregadero de la cocina hay un altero de platos que recuerdan vidas pasadas, y polvo por todas partes, en realidad el objeto que llama poderosamente mi atención se encuentra en el vértice más iluminado del sitio: una bola de cristal sobre la mesa, alrededor de la cual nos sentamos. Como siempre, he venido a ver a Yáñez en busca de una respuesta, que ni el propio Yáñez sabe a ciencia cierta, porque él lo ha dicho, lo ha escrito, así son los poetas. Y los adivinos. Que es un poco lo mismo.

 

—¿Qué es para ti el periodismo de creación? —le pregunto a quemarropa.

 

Sé que lo más indicado hubiera sido iniciar preguntándole por su estado de salud, pues hace sólo unos días que estuvo en el hospital. Pero lo veo bien. Lo veo como siempre: asomándose, no exento de vértigo pero tampoco de sorna, a una barranca, que a juzgar por la procedencia del poeta, debe ser la de Huentitán. Sentado frente a su esfera de Tlaquepaque, me parece ver al clásico Yáñez, grande, fuerte, estruendoso y delicado, con sus barbas de monje franciscano, que conocí en Guadalajara, a principios de los años noventa, cuando dirigía un semanario fantasmal llamado Paréntesis y daba talleres en el célebre y no menos fantasmal Roxy y llegaba sólo algunas horas tarde a las juntas que él mismo convocaba en el café Madoka, ése que alguna vez calificó de “especular y voyeurista” porque, además de tener las columnas forradas de espejos, tenía también uno de esos cuartos como los que usan los psicólogos para estudiar a sus pacientes sin ser vistos.

 

Me parece ver al mismo Yáñez que solía repetir enigmáticas frases como “lo concreto es lo concreto, pero para llegar a lo concreto hay que dar un rodeo” (Yáñez es también un maestro de la digresión) y que para resolver contratiempos sin contratiempos decía, zanjaba: “Soy poeta y se chingan”.

Es curioso que me parezca ver al Yáñez de siempre, siendo que él, que tiene su lado místico —baste decir el nombre de su santo de cabecera: San Juan de la Cruz—, se la vive advirtiéndonos, sobre la impermanencia. Dios es sí y si, dice el que quizá sea su poema más breve. No en vano uno de sus primeros  libros se llama justamente Dejar de ser (Era) y uno de los más recientes, en el cual reúne lo mejor de su obra poética, Desandar (Fondo de Cultura Económica).

 

Pero, regresando: la pregunta que le hice sobre el periodismo de creación es abrupta, lo sé, pero así tiene que ser porque luego Yáñez, como invariablemente ocurre, se despega de la Tierra y se va.

 

—Mira, en realidad yo ya no recuerdo —contesta con parsimonia.

 

Como buen artesano que también es, comienza a hilar sus palabras, mientras, sentado frente a la computadora el joven Didier Armas, uno de sus más alumnos más recientes, habla por teléfono con alguien de Telmex para ver qué pasa con la señal de internet (Spotify puede esperar). Pero este barco también está equipado con artefactos análogos, como un viejo tocadiscos que nos permite tener a Nacha Guevara de fondo.

 

—Pero sí —continúa —, recuerdo que a mí se me ocurrió, lo que no quiere decir que no se la ha ocurrido a otros: el término escritura de creación, antes de darme cuenta que en Estados Unidos le llaman creative writing, que es muy diferente. Para mí la escritura de creación es, por ejemplo, Humboldt, ¿no? Él no era propiamente un escritor, pero tú lo lees y estás leyendo a un escritor. Tú lees a Sócrates, bueno, que en realidad lees a Platón; o a Jenofonte y tú dices: lo que no escribió Sócrates es escritura de creación. Porque Sócrates se supone que no escribió, pero lo que dijo es escritura de creación. Y como lo pone Jenofonte y como lo pone Platón, pues es escritura de creación. La cuestión es que ahí la sensibilidad está muy presente y el sujeto también, que es lo mismo, vaya. Una escritura sin sujeto es imposible: se llama memorándum (risas). Se puede llamar memorándum y a veces Biblia. Porque se supone que La Biblia no la escribió nadie. No en el sentido real: la gente te puede decir: esto lo escribió Salomón. Esto lo hizo tal, pero a ti te lo… no encuentro la palabra… ¿enjamban? Usemos un término bancario: te lo depositan como si no fuera de nadie. Como si fuera a la vez de Dios y de nadie. Y no hay escritura que no sea de nadie. Siempre es de alguien. Siempre es de un sujeto. Él que sea. Y ese sujeto tiene que aparecer en la escritura, no porque sea tu deber, sino porque no puede desaparecer.

Ricardo Yáñez se inició en el periodismo, como el lo dice, por absoluta necesidad.

 

—¿Cómo recuerdas esos tiempos?

 

—Lo he platicado una que otra vez, pero muy pocas: Yo nunca había leído el periódico cuando me puse a trabajar como periodista: yo compraba el periódico para ir al cine. E incluso, en 1968 (estando en Guadalajara), cuando vi la foto en el Excélsior del Ejército invadiendo Ciudad Universitaria, no leí la nota. Ya con eso (con ver la fotografía), yo sentí que la cosa estaba de la fregada. No quiere decir que yo tuviera razón: quiere decir que así era yo. Y ese periódico tal vez sí lo compré, pero no lo leí. Simbólicamente eso era todo. No había que leer. Me parece, no estoy tan seguro, que es cuando los estudiantes cantaron el himno nacional. Y yo dije: Pues con eso tengo. Tres datos. Entonces no me interesaba estar informado, pues.

 

 Algunos años después, habiéndose mudado a la ciudad de México, Yáñez encontró trabajo como corrector en la sección de deportes del diario Unomásuno. Fue un año feliz, hasta que se dio cuenta, leyendo una novela de Mariano Azuela en la que un monje se da cuenta de que está en el lugar equivocado, que ése no era para nada su lugar. Fue entonces que el director Manuel Becerra Acosta lo asignó a la sección nacional, donde al cabo de poco tiempo terminó enfermo:

 

—Tú sabes como son los reporteros: son como los médicos lanzándose un corazón de lado a lado. Se burlan mucho de quienes no tenemos el corazón duro. Pero además yo no conocía la ciudad de México, entonces gastaba más en transportarme que lo que ganaba. Un día, de hecho terminé tirado a la entrada del periódico. Ahí llegó el médico.

 

 Además del Unomásuno, Yáñez ha trabajado para La Jornada y para la revista Mira que dirigió Miguel Ángel Granados Chapa. Después abrió un paréntesis en el que regresó a Guadalajara para desempeñarse como jefe de redacción, primero, y director, después, del semanario de ese nombre. Y poco después, hacia mediados de los años noventa, se integró a la redacción del diario Siglo 21.

 

—¿Cuál es la conexión entre poesía y periodismo de creación?

 

—Que no hay escritura que no tenga un grado de subjetividad muy alto y que entre más altura subjetiva tenga es más verdad. Me da mucha flojera cuando la gente se refiere a la objetividad. No hay periodismo objetivo. Todo es subjetivo. Pero a veces es subjetivo de la industria del periodismo o de la industria de la política. Es decir que no te dejan ser subjetivo. No te dejan pensar. No te dejan sentir. Y aquí viene lo grave: no te dejan percibir. Te dicen: la nota es así. El estilo editorial de mi periódico va por este lado. Dices: entonces yo no estoy informando: me estoy deformando.

 

—¿Qué es para ti informar, si lo contreponemos a la creación literaria?

 

—Es que no hay contraposición. Información siempre es cuestionamiento. Si yo te informo verdaderamente de algo, tú y yo estamos cuestionados. Mínimamente. Y si yo te informo a ti de algo y eso se publica, la cuestión es para todos. Eso pasa con la poesía: cuestiona a todo el mundo. Entonces es muy difícil ser poeta. Una de las cosas que más gordas me caen es que ahora todo el mundo quiera ser poeta. ¿Tú sabes que en la Universidad de Guadalajara la tercer carrera más demandada es Letras? ¿Sí lo sabías?

 

—No.

 

—Es un horror. O sea: siempre fue Medicina y Leyes.

 

—¿Por qué te cae gordo eso y por qué te parece un horror?

 

—A los médicos los respeto; a los abogados, no tanto. En mis tiempos si tú querías ser licenciado, ya lo eras antes de inscribirte (risas). Es decir, ya te vestías como licenciado, ya hablabas como licenciado, ya eras licenciado. No había que pasar clases. Había que tener algo entre tipología y conducta. Y ahora ése es el miedo que me da con los literatos: ¿Tienen una tipología? Sí. ¿Tienen una conducta? Sí. ¿Van a ir a cuántas ferias del libro? ¿A cuántos encuentros internacionales? ¿Tienen obra? Pero yo no estoy criticando a nadie específicamente. Yo lo que digo es que hay un remolino en el que la gente ya no sabe qué hacer.

 

—Se confunde lo sustancial con la apariencia.

 

—Pero volvamos a la escritura de creación: El verdadero creador no necesita ser poeta, no necesita ser novelista. Puede fundar un hospicio, para no hablar de los artistas. Puede ser alguien que hizo algo por tu vida hace 300 años y tú no sabes qué hizo. Lo que sí es que algo tuvo que haber escrito porque si no, no estaríamos hablando de escritura. Freud, Jung, la Heller, la Keller y se me olvidan otros y otras. Pero la Heller hizo algo por ti, la Keller hizo algo por ti, Jung hizo algo por ti y Freud también. Por ti que estás aquí y que jamás se hubiera imaginado que existirías, ¿no? Pero lo hizo en la escritura. Y este es el punto principal que no estoy seguro de que ahí se acabe: Yo no le voy a mentir a (ponga el lector aquí su nombre). ¿Sí me entiendes? ¿Eso lo pensó Freud? Claro que no lo pensó, pero sí pensó en alguien como tú.

 

—Eso me trae a la memoria a Ezra Pound cuando habla sobre la importancia de que el poeta, el creador, no debe falsear jamás sus informes.

 

—Te das cuenta de que los que no han falseado sus informes son los que han hecho posible que la vida continúe. Aunque se hayan peleado entre ellos como Freud y Jung. O como Góngora y Quevedo.

 

—Tú además de ser poeta y de ser periodista, te has distinguido por tus talleres de creación. ¿En qué momento sentiste el impulso por empezar a dar estos talleres?

 

—No sentí ningún impulso, a mí me invitaron. Yo no sabía lo que era un taller cuando me invitaron. Bueno, un taller de literatura. Porque mi padre tenía un taller: era albañil y luego se metió a hacer bicicletas y parrillas. Y abrazaderas. Pero la verdad es que soy un muy buen tallerista. Suena horrible, pero yo sé lo que es un taller: los demás saben lo que es la literatura y te dan talleres. En cambio, yo partí del taller antes de saber lo que era la literatura.

 

—¿Y qué es un taller?

 

—Un lugar donde la gente trabaja, donde tu personalidad se diluye para que el producto aparezca, y donde lo menos importante es quién lo hizo, sino para qué sirve.

Los talleres de Yáñez, como él lo dice, son eso: lugares donde la gente, los talleristas, como él, trabajan. Pero son mucho más que eso: a partir de una serie de prácticas y ejercicios, creados, imaginados, decantados por el poeta a lo largo de todos estos años, que ponen a la persona en contacto consigo misma (con su corporeidad y con su voz, que, como lo advierte el poeta, es vocación), a través del lenguaje, el taller de Yáñez bien puede ser asumido, en el mejor de los casos, como un rito de paso a la madurez creativa. Me gustaría hablar al detalle de alguno de estos ejercicios, como por ejemplo “La sombra de las palabras” y “El manantial de la voz”, pero entiendo que eso es material de su siguiente libro.

 

—¿Qué relación puedes encontrar entre la poesía y el periodismo?

 

—La relación que yo encuentro es la escritura. Pero los periodistas no se preocupan mucho por la escritura, sino por la información. Y yo digo: si no sabes escribir, tu información va a salir mal. Y no sólo eso: si tú te interesas sólo en lo objetivo, tu información de todos modos va a salir mal, porque el objetivo para ti es lo que te dijeron que es objetivo. Objetivo según el estilo del diario, según el estilo de la tele, según lo que tú mismo crees. Pero, ¿y tú qué piensas? ¿O tú qué sientes? ¿O tú que viviste?

 

—Borges distingue entre el fenómeno poético y el género literario.

 

—Ah, no sabía, pero me encanta.

 

—Me imagino que es algo que tú has explorado muchísimo. Más allá de escribir un poema con una métrica, pienso que lo que a ti más te interesa es que la persona pueda conectarse con el fenómeno poético. No solamente se trata de descubrir la belleza, pero también es eso.

 

—Sí, belleza es una palabra muy limitada, pero sí. La cuestión no es informar, sino sentir. Pero te lo cambio un poco: la cuestión no es informar sino saber. Si no sabes qué pasó, puedes estar informado, pero nunca saber. Lo voy a decir de otra manera: puedes estar informado, pero nunca saber. Y tú dices: claro que yo sé. Pero para saber, hay que sentir. Y ahí es donde se conecta la escritura de creación, porque de alguna manera es la escritura de la disolvencia del sujeto. Puede parecer una contradicción, pero es muy importante importante que el sujeto esté ahí, pero para disolverse.

 

—¿Qué significa disolverse? Trayendo de nueva cuenta a Freud, ¿tiene que ver con el ego?

 

—Sí, pero yo no diría ego. Diría: no importas tú; importa lo que pasa. Y si importas tú estás poniendo una aduana entre tus receptores y lo que pasa.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Que tienes que abrirte como si no hubiera tú, aunque claro que lo hay. Pero tienes que hacer como que no hay. Comportarte de una manera que no sea “túbica”. Es un juego, ¿eh? En pintura no habría cabida para el “tubismo” (risas). O sea: tú deja pasar la información sensible, no la información medible o métrica.

 

—¿Por qué?

 

—Porque lo importante es que el lector sienta lo que se siente esa realidad. No se trata de que sepa qué hacer con esa información, que eso cualquier político lo sabe, sino al contrario.

 

—¿Dar talleres para ti ha sido una manera de investigar?

 

—Siempre uso la palabra indagar. A mí no me gusta investigar: no soy ni detective ni académico. Me gusta indagar.

 

—¿Podrías explayarte en esta definición de indagación?

 

—Es como pasear por un pueblo e irse a las orillas a ver qué pasa: te metes al cementerio, te metes al jardín. El que investiga siempre busca algo; el que indaga, no. El que indaga va a ver qué hay.

 

El poeta anuncia que va a descansar un momento, pausa que aprovecho para salir a la calle.

 

Hace unos días que, buscando entre los libros que uno va dejando regados aquí y allá, me encontré el librito azul de Prosaísmos, editado por la UAM Azcapotzalco en 1995. Compilación de textos breves, cada uno dedicado a una persona en particular, que dan fe del poeta, del periodista, del creador que es Ricardo Yáñez y del extraordinario vínculo amistoso que tiene con cada uno de sus talleristas, que pasan a convertirse en colegas. Fueron escritos en las salas de redacción de Mira y Siglo 21. Un libro de quehaceres humanos (“Escribir”, “Recordar”, “Delirio e intuición”) y no quehaceres (“Los que no bailan”), pero también de oficios (“Poetas”, “Cantantes”, “Moneros”, “Fotógrafos”, “Teatreros”) y aún de situaciones (“Después del sueño”, “Separaciones”) y lugares (“El manantial primero”). El primero de ellos se titula justamente “Atender a la creación”, del cual extraigo este par de fragmentos especulares, como los que recubren los pilares del café Madoka:

 

“Cual sin querer he vuelto al periodismo, aquí y en otros lugares y he encontrado que esa voz es mi voz; una de sus posibilidades: ahora bien sé que lo ya, aunque mal, sabía: que el periodismo puede ser periodismo de creación (…).

 

Imposible, me atrevo a asentar, un periodismo cultural que no sea periodismo de creación, periodismo con voz y con personalidad definidas. Entendemos que el periodismo cultural sólo puede ejercerse desde una perspectiva que no pierda de vista el hecho de que el periodismo es lenguaje de relación (con otros, claro está, lenguajes) y lenguaje con vocación de servicio, de poner en relación, de armonizar, de dirigirse a la sensibilidad, pero precisamente a la sensibilidad, de los lectores”.

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