CONTRAPESOS

Que el público calle

Lo consideran “la razón de su trabajo”, pero el público sigue siendo ese gran desconocido para quienes se dedican a realizar y promover las artes escénicas. En el teatro, lo que sí se sabe de la audiencia es que le toca pagar la entrada.

Por VERÓNICA LÓPEZ GARCÍA* /

Ilustración: ISABEL MORA QUINTANAR

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Mentir sobre el recuerdo de mi primera vez en una sala de teatro no es tan difícil. Podría, como lo hacen algunos actores en sus entrevistas, llenar de romanticismo y gastada imaginación la oscuridad de la sala frente al contraste luminoso del escenario. Continuaría con la descripción de la roja butaquería, a donde llegué de la mano de mi madre, o quizás hablar de mi padre todavía funcione más. Seguiría con el lugar común de la magia que envuelve cada edificio teatral, la intangible memoria de su arquitectura y los pesados telones cargados del polvo que cada montaje ha soltado en su aleteo de sensaciones.

 

Esta idealización del teatro ha impreso imágenes alteradas no sólo por los nublados filtros de los creadores, sino peor aún, por las numeralias y las lecturas del fenómeno teatral que hacen los funcionarios e instituciones encargadas de fomentarlo. El resultado podría ser un álbum fotográfico lleno de caras sonrientes, de impostados cuadros con tragedias que alguna vez fueron aplaudidas de pie, de mesas con mantel de fieltro y personalizadores con los apellidos de quienes han detentado importantes cargos en la Secretarías y Direcciones de Cultura del país. Las encendidas crónicas, los informes, las reseñas complacientes así como la infiel memoria de los protagonistas, suelen dejar de lado a quienes curiosamente, unos y otros llaman “la razón de su trabajo”: el público.

 

Del lado de los creadores, los afanes son muchos para lograr sobrevivir en un ambiente de precariedad cuyo alimento principal suele ser la legitimación ante el gremio. Pareciera que el sentido de pertenencia cubre el resto de sus necesidades, o al menos, es el satisfactor que ocupa el lugar de privilegio. En el otro extremo están las instituciones con las bolsas de recursos públicos. Los funcionarios —con sus formaciones y deformaciones profesionales, con sus filias y sus fobias— administran subvenciones, crean y operan  las condiciones bajo las cuales se conceden apoyos, extienden programas y abren convocatorias. Las autoridades de cultura siguen replicando la dinámica impuesta por nuestra fallida democracia. Cada tres o seis años unos dejan los escritorios a otros que iniciarán su propia curva de aprendizaje, para que apenas comience a repuntar, sea interrumpida por el término de la administración. La creación de las llamadas artes vivas ocurre sin importar lo ajenos que se encuentren entre sí ambos polos, pero ¿y el público?

 

Quiénes son  y cómo son esos destinatarios finales. Quiénes forman ese pequeño grupo que compra una entrada para asistir a las funciones de los montajes locales. Este público, que no es el gran público que llena estadios o auditorios que reciben a miles de almas para tararear al Rey León o para compartir el drama de la menopausia vuelta un musical, tiene un rostro tan diverso como sus hábitos de consumo y es, para todos, un desconocido.

 

Hoy las prácticas de lo real han tomado la escena. En las últimas décadas los edificios teatrales han visto salir el espectáculo de sus paredes para que éste se manifieste en espacios alternativos, en territorios impensables para la tradición. Ese teatro habla de comunidad pero aún construye las formas de convivencia con ella. El teatro y la danza han renovado la forma en la que históricamente se observan para revisitar sus espacios y estrategias. El añejo protagonismo literario en el teatro ha dado paso a un desarrollo de formas de comunicación escénica más autónomas, que sin embargo mantienen la figura del director en un lugar principal.

 

 

Los creadores siguen observando el centro de su propia creación, discuten sobre las éticas del cuerpo, las subjetividades semánticas de sus piezas y al hacerlo se miran a sí mismos. Mientras, la distancia entre ellos y sus receptores no se reduce. Los profesionales de políticas culturales, los aún escasos investigadores de esta escena y demás especialistas del mercado harán lo propio estudiando a las audiencias y sus formas de consumo, pero nada cubrirá el vacío existente entre los creadores escénicos y los que aún hoy se atreven a salir de casa para compartir una propuesta teatral. Conocer a su público es un esfuerzo serio y necesario que deben hacer aquellos que colocan las piezas frente a quienes dicen, le dan sentido a su trabajo. Pero para ello, deben liberarse del inútil conflicto que se crea al considerar a la obra de arte como un objeto de consumo, y además, entenderlo como un momento de comunión, el instante en que se comparte de frente la posibilidad de resignificar el mundo.

 

El público y su anónimo rostro se acerca —aún dócilmente— a una escena que convencional o en su versión expandida, propone historias de ficción o documentales, expone con honestidad o pretensión asuntos que viajan de lo banal a las profundidades de lo bello o flotan en la superficie del desconcierto. Los procesos de investigación estética que resultan obligados para un creador, también deben contemplar la inclusión de esos pocos que se acercan con la intención de leer lo expuesto, de encontrar sentido en lo que se pone en común en tiempo real.

 

A mediados de 1800, Mariano José de Larra, un extraordinario personaje del periodismo y la política española, escribió un magnífico texto que se volvió uno de los documentos fundacionales del entonces “nuevo” periodismo.  Larra planteó la pregunta ¿quién es el público y dónde se le encuentra? Para responderla se atrevió a hacer lo que nadie en el gremio: salir a la calle, buscar el rostro de aquellos que en su papel de lectores resultaban ser acaso ilustrados, imparciales o indulgentes, pero siempre, escribía Larra, eran “respetables”.  Larra describe un largo recorrido por las calles madrileñas con la única misión de encontrar el rostro de ese extraño colectivo llamado público. Luego de andar por las principales avenidas en las que encuentra algunas caras y sus callejeros gustos gastronómicos, Larra llega por fin a la casa del público: “Ábrase el teatro, y a esta hora creo que voy a salir para siempre de dudas, y conocer de una vez al público por su indulgencia ponderada, su gusto ilustrado, sus fallos respetables. Ésta parece ser su casa, el templo donde emite sus oráculos sin apelación. Represéntase una comedia nueva; una parte del público la aplaude con furor: es sublime, divina; nada se hecho mejor de Moratín acá; otra la silba despiadadamente: es una porquería, es un sainete, nada se ha hecho peor desde Comella hasta nuestro tiempo. Uno dice ‘Está en prosa, y me gusta sólo por eso; las comedias son la imitación de la vida’. Otro: ‘Está en prosa y la comedia debe escribirse en verso, porque no es más que una ficción para agradar a los sentidos; las comedias en prosa son cuentecitos caseros, y si muchos las escriben así, es porque no saben versificarlas’”.

 

Muy lejos de Madrid, de aquellos años y del espíritu curioso de Larra, los artistas escénicos locales parecen seguir monologando con sus piezas, limitando la comunicación con sus pares para dejar a sus destinatarios —dentro y fuera del teatro— en la histórica oscuridad de la sala con la que se pide su silencio, para que hable el artista.

*Verónica López García es Licenciada en Letras Hispánicas y Maestra en Comunicación Social por la Universidad de Guadalajara. Ha sido docente en diversas universidades en el área de Artes, Ciencias Sociales y Gestión Cultural. Se ha desempeñado en el periodismo cultural, especialmente en el área de artes escénicas, también ha incursionado en la producción, dirección y dramaturgia del teatro. Durante dos administraciones consecutivas (2011 -2015) se desempeñó en la Secretaría de Cultura de Guadalajara al frente del Laboratorio de Arte Variedades (LARVA). Actualmente es co-conductora del programa “Señales de Humo” de Radio UDG, y escribe sobre artes y teatro en la Gaceta de la Universidad de Guadalajara, y en Más por Más.

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