Toncho Pilatos en una tardeada, donde se aprecia la notable asistencia de mujeres. Se desconoce la fecha y el nombre del casino. Fuente: archivo fotográfico de la página de Facebook “Toncho Pilatos Fans”.

ORIENTE

Proletarios y peligrosos: el rock que nos dio el oriente de Guadalajara

Cuando la oleada de grupos de rock mexicano conocida como la Onda Chicana agonizaba, tras el festival de Avándaro, al oriente de Guadalajara emergió una escena rockera compuesta por jóvenes proletarios.

Por  DAVID MORENO GAONA

Print Friendly and PDF

El desprestigio del rock en México a partir del festival de Avándaro, celebrado en 1971 en Valle de Bravo, tuvo repercusiones inmediatas en la industria cultural. Ante la presión del gobierno, las compañías disqueras cancelaron los contratos con los grupos a pesar de la existencia de “fuertes indicios de que todas las transnacionales (no sólo Polydor) estaban orientándose a promover el rock mexicano fuera del país”.1

 

Faltos de apoyo por parte de las industrias culturales, los grupos se enfrentaron a un panorama crítico: algunos desaparecieron por completo o tuvieron esporádicas presentaciones en los pocos espacios disponibles, mientras que otros abandonaron el rock y se dedicaron a tocar baladas. Desde mediados de la década de los sesenta, géneros tropicales como la cumbia y una nueva oleada de conjuntos baladistas comenzaron a ganar popularidad entre el público urbano —incluídos los jóvenes—; “empresarios e intérpretes abandonaron el género [del rock] para integrarse al movimiento de la ‘canción moderna’, la nueva canción romántica y el show televisivo”.2

 

Como señala el escritor Federico Arana, por diversas razones algunos músicos roqueros “dejaron el inclemente mundo del roc (sic) para lanzarse al chuntatachún guapachoso. Los Solitarios, Los Freddy’s, Los Babys, La Revolución de Emiliano Zapata, Los Johnny Jets y Los Reno son casos conocidos de tan marabúntico chaquetazo”3. De esta forma, las industrias culturales promovieron una serie de artistas bajo la etiqueta de “baladistas” o “conjuntos modernos”, entre los que destacaron figuras nacionales e internacionales como Sandro, Raphael, Julio Iglesias, Alberto Cortés, Mocedades, Camilo Sesto, José José, Juan Gabriel, Napoleón, Emmanuel, Los Freddy’s, Los Babys, Los Ángeles Negros, entre muchos otros.

 

Como consecuencia, los canales de difusión para el rock en Guadalajara se limitaron al ámbito local. A finales de los setenta, los Spiders y Toncho Pilatos grabaron LP’s en disqueras alternativas. Además, surgieron otras agrupaciones importantes como Fongus y Hongo, quienes formaron parte de una nueva etapa en la escena tapatía. Según el testimonio de Antonio Pérez Luna (El Yonbin), los grupos Toncho Pilatos, Fongus y Hongo grabaron en Cronos:

 

“Una productora que estaba en San Andrés. Esta compañía había subido por Chayito Valdez; inclusive, el estudio del lugar llevaba su nombre. Su producción era espantosa —por ejemplo, la portada de Toncho era horrible— entre otras razones, porque el director de arte nunca había hecho trabajos para grupos de rock […] hasta las fundas de los discos salían al revés. Un desmadre. Además, los discos estaban hechos de basura, puro pinche recicle de acetatos que sobraban de otras grabaciones; es más, el primer tiraje del disco de Toncho salió todo rayado. Hay que decir, además, que no todos los grupos grabaron; de los de este lado [oriente de la ciudad] que sí pudieron, estaban Toncho, La Sole, Fongus y Hongo”.4

 

En este sentido, el rock en Guadalajara tuvo que sobrevivir al margen de las industrias culturales. No obstante, la comercialización de rock extranjero seguía aumentando entre los sectores proletarios; al oriente de la ciudad. El tianguis conocido como El Baratillo constituyó el principal circuito de circulación de discos de rock; aunque también fueron importantes las tiendas La Manzana Verde y El Quinto Poder, ubicadas al otro lado de la Calzada Independencia. Por otra parte, la popularidad de nuevos géneros musicales, propiciaron el surgimiento de nuevas culturas juveniles; en gran medida, los jóvenes de clase media y alta comenzaron a rechazar el rock, y en su lugar adoptaron la balada o la música disco como un elemento distintivo de su grupo de edad —incluso de clase social—. Este fenómeno coincidió con el quiebre del modelo desarrollista, que se manifestó en la agobiante explosión urbana desde inicios de los setenta. La integración de los jóvenes proletarios al movimiento rockero imprimió un carácter marginal a las tocadas semi-clandestinas de la ciudad.

 

 

La ciudad como símbolo de segregación

 

Para la década de 1970, la mayoría de los recursos en Guadalajara estaba en manos de una élite que había consolidado una hegemonía por medio de alianzas entre el gobierno, la Iglesia y un grupo de industriales y comerciantes, quienes mantuvieron una “política favorecedora sobre todo de la inversión privada, tratando sólo de corregir las deficiencias estructurales en sus efectos a través de obras de beneficio social patrocinadas por el Estado”. Por otra parte, a partir de los setenta se inició una subordinación de capitales locales ante la creciente inversión nacional y transnacional, lo que significó un reacomodo en la distribución de fuerzas entre los grupos de poder.6

 

En el contexto de una fuerte emigración rural hacia la capital de Jalisco, que demandaba vivienda y servicios públicos, el negocio inmobiliario conformó una fuente de enriquecimiento para los inversionistas locales, la burocracia estatal y la iniciativa privada.7 El centro se convirtió prácticamente en zona comercial, con la gradual mudanza de las familias a las periferias. La ciudad fue tomando una fisonomía clasista cuando “las familias de clase alta se trasladaron hacia el poniente y los trabajadores hacia el oriente […] los sectores Libertad y Reforma —particularmente el primero— fueron las zonas de inmigración más fuertes y de densidad más alta de población, en tanto que en el sector Hidalgo se aglutinó la clase alta hasta finales de los sesenta”.8

 

A partir de esta reconfiguración urbana resurgió el imaginario de división geo-social —característico de Guadalajara desde la época colonial—, en el que la Calzada Independencia de norte a sur, constituye una “frontera” que divide a la ciudad en oriente y poniente. Los sectores Libertad y Reforma ubicados al oriente se consideraban las zonas pobres, mientras que los sectores Juárez e Hidalgo ubicados en el oeste representaban a los barrios ricos. Por ejemplo, San Andrés ubicado al oriente de la ciudad dentro del sector Libertad, “fue un barrio que acogió a sectores sociales expulsados de la zona urbana y de algunos municipios de Jalisco, que incursionaron a la ciudad de Guadalajara en busca de mejores oportunidades y condiciones de vida”.9

 

La renovada división de Guadalajara tuvo consecuencias en todas las esferas sociales. Se presentó de manera evidente una desigualdad cada vez más acentuada, mientras el descontento social se manifestaba mediante el surgimiento de “organizaciones contestatarias, mayor oposición electoral, nuevos partidos políticos, e incluso brotes de insurrección armada”.10 Dentro del fenómeno rockero, la reconfiguración urbana influyó en la emergencia de una nueva cultura juvenil y de nuevos espacios musicales que abrieron sus puertas a las “tardeadas”; al oriente de la ciudad, una buena parte de la juventud proletaria demandaba con avidez el disfrute del rock en vivo.

 

 

De rockeros, pandillas y “chivas”

 

Durante la década de los setenta, la juventud que habitaba los barrios proletarios al oriente de Guadalajara construyó una microcultura en torno a la música rock, de rasgos sumamente particulares. El público que asistía a las tocadas de rock se convirtió paulatinamente en un mosaico de culturas juveniles, donde los rockeros se mezclaban con jóvenes que formaban parte de pandillas. En este sentido, la escena comenzó a adquirir tintes clasistas; al apropiarse del rock, las clases proletarias experimentaron a su modo la pertenencia al barrio, a la ciudad, a su grupo de edad y su clase. Vivir al oriente significaba formar parte de la población marginal, y a partir de esta condición de marginalidad los jóvenes construyeron una identidad, apropiándose de elementos simbólicos y materiales distintivos:

 

“Muchos rockeros éramos estudiantes y otros tantos obreros, aunque también estaban los del lado de allá, los ‘niños de las colonias’, con sus melenitas redonditas y sus playeritas bien cuidadas; ellos también le entraron, pero la neta es que los que más le entramos fuimos los proletarios, los que traíamos la greña hasta la cintura, los pantalones de mezclilla y los huaraches. Ahí está también la marginación, porque empezamos a ser muy diferentes a ellos, desde lo musical hasta en la apariencia”.11

 

Por otra parte, comenzaron a surgir pandillas juveniles en los barrios del oriente; los más famosos fueron Los Vikingos del barrio de San Andrés, quienes se integrarían a la guerrilla urbana encabezada por grupos de izquierda a inicios de los setenta. Un estudio reciente señala que durante esa década había por lo menos seis pandillas en el barrio de San Andrés, cuya característica principal era su circunscripción a “delimitaciones geográficas muy específicas, las cuales como identidad se tenían que preservar a costa de lo que fuera […] cada una de estas pandillas se regía por su propia especificidad económica, cultural y geográfica dentro del barrio”.12

 

En efecto, estos grupos juveniles se apropiaron del rock como parte de su identidad, aunque construyeron un estilo sui generis, distinto al que caracterizaba a los xipitecas. Los rasgos estéticos más característicos de estos grupos, que les permitieron diferenciarse de otras culturas juveniles, llamaban la atención de otros jóvenes que asistían a las tardeadas. Rosa Elvia Gaona, quien visitaba con frecuencia El Arlequín de Tlaquepaque los domingos, describe el estilo de los seguidores del grupo La Solemnidad: “Las Soleras usaban sus paliacates y sus pantalones, blusitas cortas, tenis, pantalón acampanadito, un poco aguado, y su paliacate en la cabeza o en la cintura. Los Soleros usaban el paliacate en la bolsa trasera del pantalón y ellas a veces hasta hacían sus blusas con los paliacates, como ombligueras”.13

 

Al oriente de la ciudad, las esquinas del barrio fueron los puntos focales de socialización, donde los jóvenes se reunían como parte de sus actividades cotidianas. Raúl Moreno describe una de esas reuniones con los compas en el barrio del Álamo: “El cotorreo era llegar del jale, bañarse e irse a cotorrear ahí al depósito, en la privada Insurgentes. Te tomabas tres cervezas chiquitas de quitapón y a dormir. Ese era el cotorreo. Y sí, había quien fumaba mota y eso, pero se iban al terreno. Eran muchos los que le ponían. Lo más común era la mariguana, las pastillas y el cemento. El cemento ya era un nivel muy bajo, pero sí se dio mucho. Eso sí, la mayoría de los que le ponían a las drogas trabajaban. El Pelochas era cartero y era yo creo de los más grifos que había, El Tanques trabajaba en la Palmolive, El Brujo era carpintero y albañil, El Chiper tenía su carpintería”.14

 

Sin embargo, el gobernador Flavio Romero Velasco penalizó las reuniones en las esquinas cuando se propuso acabar con la delincuencia juvenil y el pandillerismo; implementó operativos de seguridad pública conocidos popularmente como razzias. Julio Alberto Valtierra recuerda esos encontronazos con la policía:

 

“Si las patrullas y demás vehículos que formaban el convoy del operativo veían a más de tres morros reunidos en cualquier esquina […] a patadas en las espinillas y jalones de greñas nos ponían contra la pared y nos basculeaban manoseándonos hasta donde te conté. Si los cuicos te encontraban algo de material prohibido te trepaban a la perrera para extorsionarte. Pero si no te encontraban nada, lo que hacían estos hijos de Satanás era lo siguiente: de las camionetas pick up, de los Grand Marquis negros y sin placas o de las patrullas que llegaban […] sacaban unos palos un poco más gordos que los de las escobas y así como estábamos, muy quietecitos de manos contra la pared, nos arriaban unos palazos en las pantorrillas y en las nalgas dizque pa’ que no hiciera morete”.15

 

El consumo de drogas se convirtió en un rasgo distintivo de la cultura juvenil de las esquinas, aunque también había “chivas”, concepto empleado para identificar a quienes no se drogaban. De hecho, el término “chiva” poseía un significado ambivalente: se le llamaba así a quienes no consumían drogas dentro del barrio, y por otro lado era utilizado entre los rockeros para distinguirse de la juventud que asistía a los bailes en el casino Real de Minas —nombrado satírica y despectivamente “Real de Chivas” entre la cultura del rock—, donde se presentaban conjuntos y artistas que interpretaban baladas. Como recuerda Raúl Moreno, quien tocó varios años en las tardeadas del Arlequín con el grupo DAR, escuchar baladas o asistir al Real de Minas era inaceptable para alguien que se consideraba rockero:

 

“Esa música [las baladas] era de los jóvenes, pero de los ‘chivas’, como se les decía. La mayoría eran jóvenes de clase baja, ni media, media para abajo. Era un nivel pueblo. Cuando nosotros estábamos morros eso era lo más rascuache que había, como una ofensa. Por decir, qué íbamos a comparar oír un rock pesadote a oír eso. Los Terrícolas, Los Solitarios y grupitos por el estilo, se presentaban en el Real de Minas. Otros como Mocedades nunca tocaron ahí, porque tenían un nivel más arriba; aunque ellos más bien se presentaron en televisión, como en el programa Siempre en domingo. Y en las tardeadas del Arlequín, El Popular o El Modelo, era puro rock pesado o blues rock, baladistas ni de chiste. Era lo que la gente no quería, los morros de acá querían oír rock pesadón”.16

 

Con el surgimiento de nuevos géneros musicales y de culturas juveniles congregadas en torno a ellos, la vida musical de la ciudad comenzó a transformarse. Los conjuntos y artistas que interpretaban baladas empezaron a ocupar un lugar en el gusto de muchos jóvenes, a la vez que los festivales organizados por el Ayuntamiento les brindaron un espacio al incluirlos en sus programas. Por otra parte, se realizaron algunos conciertos de rock, aunque no fueron frecuentes. Es decir, no se ritualizaron como pasó con las tocadas en los casinos cada sábado o domingo. El panorama parecía crítico para el movimiento rockero, pues su exclusión de los programas institucionales era evidente.

La vida musical

 

Para el año de 1973, un programa incluyó a los grupos de rock más representativos de la escena local dentro del “digno marco para la inauguración de las Fiestas de Octubre”. Mientras el desfile hacía su recorrido, cada grupo tocaría en puntos específicos de la ciudad: “a las 11:00 a. m., partiendo del Parque de la Revolución. Después por 16 de septiembre hasta el parque Agua Azul, contando con la participación del mundo fantástico del Astroworld y sus animales encantados, y desde las 10 a. m. música continua: Jardín del Carmen ‘Toncho Pilatos’, en Las Sombrillas ‘El 39.4’, en El Jardín de Aranzazú ‘Los Spiders’, y en el Condominio ‘La Fachada de Piedra’”.17 Posteriormente, en 1976, las Fiestas de Octubre anunciaron un “Festival de Música Moderna ‘Pop’, con la gran participación de conjuntos musicales: La Solemnidad, 39.4 y Los Spiders” en la Concha Acústica del Núcleo Agua Azul.

La Solemnidad, 39.4 y Spiders en un programa de las Fiestas de Octubre. Fuente: El Informador, octubre 27, 1976, p. 6-B.

A lo largo de la década de 1970, el Ayuntamiento incrementó las presentaciones de los Festivales Populares —creados en enero de 1968— abarcando nuevos espacios. Los lugares donde se realizaron las presentaciones se ampliaron a la Concha Acústica, parque del Mirador Independencia, parque del Refugio, fraccionamiento Miravalle, las colonias Polanco Oriente y Balcones de Oblatos. Cada domingo se presentaban festivales simultáneos en los puntos mencionados, ocupando plazas públicas o auditorios —el “Gonzalo Curiel” ubicado en el parque del Mirador Independencia, la Unidad Hogar “María Curié” de la colonia del Fresno, Plaza de la Liberación, Plaza de los Laureles, Plaza Universidad, Plaza de la Bandera, etc. —.18 Para 1978 el municipio seguía poniendo énfasis en el propósito de que “un mayor número de tapatíos disfrute de la presentación de grupos artísticos o musicales, a base de cantantes y conjuntos modernos o campiranos”.19

 

Ante la creciente popularidad de “la canción moderna” entre la juventud, los Festivales Populares incluyeron conjuntos y artistas de la nueva oleada de baladistas, aunque los programas seguían privilegiando la música folklórica. De hecho, como apoyo complementario para la difusión y el éxito de la balada, se inventaron festivales internacionales de música popular a partir de 1967 —OTI, Festival de la Canción Popular Viña del Mar, Palma de Mallorca, entre otros— que proyectaron nuevos intérpretes y compositores a nivel mundial.20 En este sentido, los Festivales Populares organizados por el Ayuntamiento de Guadalajara significaron un espacio de difusión importante a nivel local para los baladistas. Por ejemplo, un programa de 1977 anunció una variedad donde se presentó Germaín —quien había sido vocalista de Los Ángeles Negros—, Ariel “El Baladista Solitario”, Los Monchis “Conjunto Moderno”, entre otros intérpretes de música folklórica.21 Si bien, el rock nunca ocupó un espacio privilegiado dentro de los Festivales Populares —aunque ocasionalmente figuraron algunos grupos—, su paulatina desaparición dentro de este tipo de espectáculos era cada vez más evidente.

 

Incluso el gobernador Flavio Romero Velasco expresó claras intenciones de influir en el gusto musical de la juventud, a través de políticas culturales que excluían al rock. Retomando la retórica nacionalista, señaló en su informe de gobierno del año 1980 que:

 

“Para terminar con el estancamiento de nuestro folklor musical que durante muchos años ha mostrado una sola de sus facetas con los conjuntos típicos y característicos de nuestro medio, que admiran propios y extraños, nos decidimos a crear la Orquesta Típica Tapatía, con el propósito de rescatar y conservar nuestro acervo de música romántica tradicional, que insensiblemente hemos estado dejando morir ante un alud de ritmos sin sentido y canciones sin mensaje, y junto a la Orquesta Típica se estimuló al coro Voces de Chapala, por sus interpretaciones de las melodías olvidadas de ayer, que seguirán perdurando a través de los años, como todo aquello que alienta belleza, mensaje y emotividad”.22

 

Sin embargo, se dieron algunos intentos por reactivar el movimiento del rock mexicano mediante la organización de conciertos. En septiembre de 1973 hubo un concierto en el Auditorio Benito Juárez, donde actuaron grupos nacionales y locales: Dug Dug’s, Peace and Love, 39.4, Fachada de Piedra, Frankie, Alfredo y París. Alfredo Sánchez señala que hubo otros conciertos de artistas internacionales como Carlos Santana, Joan Báez y otro más de Procol Harum. Aunque debieron de representar un acontecimiento importante para la juventud rockera, era claro que los conciertos aún se realizaban en condiciones muy rudimentarias, pues “la constante en todos ellos era que había que adivinar qué canción tocaban, pues el sonido era infame. Pero no importaba, los chavos asistíamos de todos modos al ritual. También de sonido infame era la Pista de Hielo de avenida México, donde había conciertos con alguna regularidad, que a veces servía de fondo a las acrobacias de patinadores”.23

Grupos nacionales y locales en un concierto realizado en el Auditorio Benito Juárez, 1973. Fuente: archivo personal de Enrique Sánchez Ruiz.

La escasez de conciertos motivó a los jóvenes a consumir rock en vivo en casinos de barrios donde se llevaban a cabo las “tardeadas”. Esos espacios para el disfrute de rock en vivo se convirtieron en elementos identitarios para las culturas juveniles. Las tocadas en casinos conocidas como “tardeadas”, se convirtieron en rituales celebrados sábados o domingo por las tardes. Para los músicos, estos lugares constituyeron la forma más efectiva de mantenerse en contacto con el público rockero.

 

 

 

Específicamente, estos espacios proliferaron en los barrios proletarios; como señaló El Yonbin en una entrevista, “se abrieron lugares de aquel lado de la ciudad [dentro del cuadro central, al poniente], pero fueron muy pocos. El único que recuerdo bien es Lucifer, en Maestranza […] también estaban La Legión Americana, Fellini’s y la Pista de Hielo. De ahí en más, todos los lugares estaban en este lado [al oriente]: Popular, Fórum, el Arlequín y el Club Colonia Hidalgo, en la primera etapa; en la segunda, el Talpita, el Modelo y el Venecia”.24

Las tardeadas

 

En las tardeadas de los casinos la juventud —específicamente la que habitaba en los barrios del oriente— focalizó sus prácticas, que implicaban el disfrute de rock en vivo, el baile y el consumo de drogas, como elementos de identificación y diferenciación. Sin embargo, El Yonbin recuerda que “algunos iban no por el rock, sino por el desmadre; digamos que al 90 por ciento nos gustaba el rock y el desmadre y a los demás sólo el desmadre, simplemente por estar a la moda”.25

 

La juventud proletaria construyó simbólicamente el entorno urbano, el territorio barrial, por medio de las prácticas desplegadas en las tardeadas, desarrolladas en diferentes casinos de la ciudad. Encontrarse con jóvenes de otros barrios o colonias, propició la construcción de una identidad, estrechamente ligada al sentido de pertenecer a un grupo de edad, a una clase social, a un territorio en específico dentro del contexto urbano. Jesús Chávez, un aficionado al rock que vivía en el barrio del Álamo, recuerda aquellos años:

 

“Fue una época suave porque al Arlequín íbamos los de San Pedro, y ya si te tendías un poquito más arriba, en El Fórum, podías encontrarte con una gente de acá. Pero más bien eran como ‘locales’; por ejemplo, ir al Arlequín era más accesible o más cómodo para los que vivíamos en el Álamo. De cajón había tardeada, había grupos, te podías mover mucho en la ciudad porque a lo mejor era más chica, te informabas de todo; pasabas por la calle y veías los cartelones anunciando cierto toquín o un concierto en la Arena Coliseo —ahí los hacían a veces—, o en los estadios como el de Los Charros —que estaba en avenida Revolución, en el Politécnico—; ahí hacían conciertos también, venían grupos de México y de aquí de Guanatos. Y ese era el rollo de esa época”.26

 

La mayoría de los jóvenes que asistían a las tardeadas delimitaron sus prácticas al interior del territorio barrial: la escuela, el trabajo, las reuniones en la esquina y las tocadas de rock en el casino del barrio. Aunque podían asistir a tardeadas en casinos ubicados en otros sectores, se trataba esencialmente de una cultura juvenil construida dentro de los límites del territorio a escala grupal —el espacio próximo, donde se entretejen lo material y lo simbólico para dar forma y sentido a las experiencias barriales de los grupos—. 27

 

Al apropiarse de estos espacios los jóvenes transformaron el espacio anónimo en territorio nominado, “a través de complicadas operaciones de nominación y bautizo, que los actores urbanos realizan en un intento por construir lazos objetivables que sirvan para fijar y recordar quiénes son”.28 En este sentido, las tardeadas se convirtieron en puntos de referencia simbólicos, donde las culturas juveniles conformadas por rockeros y pandillas desplegaron una serie de prácticas propias de su identidad. Los casinos comenzaron a representar símbolos de distinción entre el público de las “colonias” y el de los “barrios”. Por ejemplo, al casino Modelo —que apareció en los ochenta, ubicado detrás del penal de Oblatos— asistía “puro mocoso desmadroso y ya era otro pedo: ya no eran los mismos locos grandes, eran muy pocos los que seguían aferrados; ya nomás puro morrito. Lo mismo en las tardeadas de los barrios. Una vez vino un amigo de aquel lado de la Calzada a una tocada de Canned Heat en el Modelo y confesó que no entró por miedo, que estuvo en la puerta viendo a unos cholos y a toda la banda”.29

 

Las tardeadas podían terminar en peleas debido a los conflictos entre las pandillas que asistían. Las riñas eran la expresión de una forma compleja de apropiarse del territorio, e incluso de asumirse como seguidor de algún grupo en específico. Quizás, la rivalidad más famosa durante esta época haya sido la que se dio entre “Toncheros” (seguidores de Toncho Pilatos) y “Soleros” (seguidores de La Solemnidad). Concepción Paniagua, quien formó parte del club de fans de Toncho Pilatos durante esa época, recuerda un encuentro violento entre los dos bandos:

 

“Los Toncheros usábamos los pantalones de tubito con nuestro paliacate en la bolsa de atrás, y nos peleábamos con Los Soleros. Éramos Los Toncheros contra Los Soleros. A veces nos esperaban afuera del Venecia, y nosotros los esperábamos afuera del Modelo o de donde tocara La Sole. En un casino que estaba por la 54 y la de San Pedro tocó el Toncho en una tardeada, pero habitualmente tocaba La Sole y se armó una broncota. La bronca fue porque Los Toncheros queríamos que tocara más tiempo el Toncho que la Sole, y los Soleros igual. Ya sabes, loquillos, porque decían que la Sole tocaba mejor que el Toncho. Y ese casino lo cerraron después de esa bronca porque estuvo grueso, hubo muchos heridos. A partir de esa vez nunca volvieron a tocar juntos. Pero entre ellos sí eran amigos”.30

 

Los propietarios de los casinos implementaron medidas de seguridad para controlar las peleas durante las tardeadas. Por ejemplo, el Arlequín contrató personas conocidas como gorilas para apaciguar los pleitos:

 

“El Carlos, un señor grande y gordito, se encargaba de la seguridad. Era bien manchado. Yo me enteré porque me quedaba después de que se acababa el toquín. Había como 30 de seguridad, morros o gente más o menos grande, y Carlos era el que los distribuía. Nomás se oía un brote de guamazos, encendían las lámparas y se dejaban ir a apaciguarlos. Los agarraban, dos tres macanazos y para fuera. O se los llevaban al bote que estaba ahí a la vuelta. Pero no pasaba de ahí, yo nunca vi a nadie que picaran. A lo mejor porque sabían controlar, si los hubieran dejado quién sabe y sí hubiera habido algún muerto. Creo que una vez hubo uno, pero a mí no me tocó. Según por eso cerraron el Arlequín, pero eso ya fue mucho después”.31

 

Por otra parte, a pesar de la vigilancia en la entrada de los casinos, los jóvenes se las ingeniaban para introducir drogas a los eventos. La mayoría de las veces las mujeres las mujeres se encargaban de introducirlas, debido a que rara vez las revisaban. Concepción Paniagua tuvo a su cargo la vigilancia de la entrada en varias tocadas de Toncho Pilatos y recuerda que era difícil controlar la circulación de las drogas en las tardeadas: “ayudaba según yo a revisar a las loquillas para que no metieran sus tonchos, sus chemos, sus pingas y su mota. Pero las que eran mis amigas sí metían; las dejaba porque como dicen ‘mejor tenerlas de amigas que de enemigas’”.32

 

La asistencia de mujeres a las tardeadas fue muy común, aunque aún no gozaban de amplio permiso por parte de sus padres. Al respecto, Flor María Gómez señala que se iba a escondidas cuando le prohibían asistir: “en especial con mi mamá fue más difícil, hasta tenía que mentirle. Ella tenía un entrego de ropita tejida para bebé y si le ayudábamos lo suficiente nos dejaba ir, pero si no alcanzábamos a cubrir los pedidos no nos dejaba y ahí era cuando mentíamos; decíamos que íbamos a misa al centro”.33

 

Los jóvenes aún tenían que someterse a constreñidos límites dentro y fuera de los hogares. Por ejemplo, durante el noviazgo la mayoría de los padres sólo permitían que el novio viera a la hija en horarios específicos, afuera de la casa o en los casos más extremos a través de la ventana. En este sentido, las tardeadas propiciaron un acercamiento más libre entre las parejas. Aunque el baile era individual la mayoría de las veces, había momentos y canciones específicas que los muchachos aprovechaban para buscar pareja. Por ejemplo, “había una rola con la que todos querían agarrar pareja, se llama Maltratado de Deep Purple, es una rola tranquilita. ¡No, olvídate!, o sea que nomás oían que empezaba la rolita y luego luego a sacar nena si no traías; si traías pues órale, ahí la tenías. Todos los grupos tocaban su tanda de canciones calmaditas, pero era rock, eran baladas rock para bailar tranquilo”.34

Hacer ciudad desde el rock

 

De la calzada para allá (al poniente), la juventud de clase media y alta se apropió de la música disco, y a raíz de esto algunos casinos se convirtieron en discotecas. De hecho, en todos los niveles sociales, la cultura juvenil comenzaba a transformarse. El cambio inició “cuando la raza se fue a las discos o los de acá [los del oriente de la ciudad] se volvieron cumbiancheros, cuando parecía que se extinguía todo, aparecen en escena Sombrero Verde [que después se convertiría en Maná] y todos los metaleros de esa época”.35

 

La explosión urbana que tuvo lugar en Guadalajara desde finales de los sesenta y que se intensificó durante los setenta, reubicó físicamente a la población segregando hacia el oriente a los sectores proletarios. Durante este proceso de crecimiento urbano, las industrias culturales difundieron la nueva ola de grupos angloamericanos, poniendo a disposición una serie de elementos contraculturales que fueron reinterpretados por los jóvenes.

 

Vivir el rock en las “colonias” no significó lo mismo que vivirlo en los “barrios”. Mediados por su condición social y su ubicación dentro de la ciudad, los jóvenes configuraron culturas urbanas que exhibían rasgos identitarios particulares. En palabras de Rogelio Marcial, es desde el entorno urbano donde “se desarrollan estas grupalidades juveniles, [así como] la manera en que se han ido construyendo las diferentes territorialidades urbanas y los espacios de expresión y manifestación socio-culturales”.36 La juventud de los barrios encontró en el rock un elemento de cohesión, en torno al cual construyó y desplegó una serie de prácticas identitarias como escuchar radio, comprar discos, bailar en las tardeadas, etc.

 

Los jóvenes rockeros, en tanto que actores sociales, jugaron un papel activo en la construcción simbólica de la ciudad desde el territorio que ocuparon dentro de ella. La década de los setenta en el oriente de Guadalajara, contuvo a las culturas juveniles que emergieron como grupos sociales activos en la conformación de la ciudad que hoy conocemos.

BIBLIOGRAFÍA

1

Eric Zolov, Rebeldes con causa. La contracultura mexicana y la crisis del Estado Patriarcal, Norma, México, 2002, p. 304.

2

Yolanda Moreno Rivas, Historia de la música popular mexicana, CONACULTA, México, D. F., 1989, p. 262.

3

Federico Arana, Guaraches de ante azul. Historia del rock mexicano, Posada, México D. F., 1985, T. 3, p. 182.

4

Rafael Valenzuela Cardona (coord), El rock tapatío. La historia por contar, FEU-Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México, 2004, p. 38.

5

Jaime Sánchez Susarrey e Ignacio Medina Sánchez, “Historia política, 1940-1975”, en Mario Aldana Rendón (coord.), Jalisco desde la revolución, Universidad de Guadalajara, 1987, T. IX, p. 87.

6

Bogar Armando Escobar Hernández, Los nodos del poder. Ideología y cambio social en Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2004, pp. 94-95.

7

Ibíd., pp. 70-72.

8

Patricia Valles, Construcciones religiosas en Guadalajara, 1960-1986. La expansión de una creencia, Universidad de Guadalajara, 2004, p. 21.

9

Jesús Zamora García y Rodolfo Gamiño Muñoz, Los Vikingos. Una historia de lucha  política  social, Centro de Estudios Históricos del Colectivo Rodolfo Reyes Crespo, Guadalajara, Jalisco, México, 2012, p. 24.

10

Jaime Sánchez Susarrey e Ignacio Medina Sánchez, op. Cit., p. 76.

11

Rafael Valenzuela Cardona (coord.), op. Cit., p. 35.

12

Jesús Zamora García y Rodolfo Gamiño Muñoz, op. Cit., p. 18.

13

Entrevista a Rosa Elvia Gaona, realizada el 19 de agosto de 2015.

14

Entrevista a Raúl Moreno Aguayo, realizada el 19 de agosto de 2015.

15

Julio Alberto Valtierra, “El rol del rocanrol en Guadalajara”, en Antonio García Medina et. al., Música y danzas urbanas, Secretaría de Cultura-Gobierno del Estado de Jalisco, Guadalajara, Jalisco, México, 2005, p. 98.

16

Entrevista a Raúl Moreno Aguayo, realizada el 19 de agosto de 2015.

17

“¡Gran convite!”, El Informador, octubre 20, 1973, p. 4-C.

18

Véase “Galerías”, El Informador, septiembre 20, 1969, p. 2-C; “Festivales Populares Municipales”, El Informador, septiembre 15, 1974, p. 15-B.

19

“Festivales Populares”, El Informador, junio 12 1978, primera plana.

20

Yolanda Moreno Rivas, op. Cit., p. 264.

21

“Actividades culturales y recreativas”,El Informador, julio 3, 1977, p. 4-B.

22

Aída Urzúa Orozco y Gilberto Hernández Z., Jalisco, testimonio de sus gobernantes, 1940-1959. Guadalajara: UNED-Gobierno del Estado de Jalisco, 1989,  T. VI, pp. 475-476.

23

Rafael Valenzuela Cardona (coord.), op. Cit., p. 23-24.

24

Ibid., p. 38.

25

Ibid., p. 35.

26

Entrevista a Jesús Chávez, realizada el 20 de abril de 2015.

27

Rossana Reguillo Cruz, La construcción simbólica de la ciudad. Sociedad, desastre y comunicación, Universidad Iberoamericana-ITESO, México, D. F., 2005, pp. 76-78.

28

Rossana Reguillo Cruz, En la calle otra vez. Las bandas: identidad urbana y usos de la comunicación, ITESO, Guadalajara, 1991, p. 31.

29

Rafael Valenzuela Cardona (Coord.), op. Cit., p. 39.

30

Entrevista a Concepción Paniagua, realizada el 1 de octubre de 2015.

31

Entrevista a Raúl Moreno Aguayo, realizada el 19 de agosto de 2015.

32

Entrevista a Concepción Paniagua, realizada el 1 de octubre de 2015.

33

Entrevista a Flor María Gómez, realizada el 14 de agosto de 2015.

34

Entrevista a Jesús Chávez, realizada el 20 de abril de 2015.

35

Rafael Valenzuela Cardona (coord.), op. Cit., p. 41.

36

Rogelio Marcial, Desde la esquina se domina. Grupos juveniles: identidad cultural y entorno urbano en la sociedad moderna, El Colegio de Jalisco, Zapopan, 1996, p. 12.

Print Friendly and PDF

Territorio

¡Suscríbete!

Casa

Recibe reportajes, crónicas, entrevistas, 
0 invitaciones especiales a nuestros eventos.

Común

Plural

Tienda

© 2017 Territorio.

Contacto: redaccion@territorio.mx

Enviando formulario...

El servidor ha detectado un error.

Formulario recibido.