Según datos del Programa Mundial de Alimentos, 842 millones de personas sufren hambre en el planeta. Un discurso productivista asegura que existe una relación entre hambre y volumen de alimentos producidos, y que por tanto el problema se combate incrementando la producción agraria.

 

Es un discurso muy popular, que tiene eco en instancias políticas y determinados ámbitos científicos. Por ejemplo, la International Food Policy Research Institute afirma que la lucha contra el hambre pasa por aumentar los fondos públicos en investigación destinados a aumentar la productividad, ya que:

 

La producción agraria mundial debe crecer en un 70% para el 2050, y se tendrá que conseguir aumentando los rendimientos (...) La biotecnología tiene que ser una de las herramientas para conseguirlo1.

 

La International Food Policy Research Institute es un centro norteamericano de investigación en desarrollo agrario financiado por el Consultative Group on International Agricultural Research (CGIAR). Y CGIAR es un consorcio conformado por diversos gobiernos, el Banco Mundial y fundaciones privadas de corporaciones agroindustriales como la Kellogg o Syngenta. Por tanto, curiosamente ese discurso productivista coincide con los intereses del sector agroindustrial.

 

 

¿Problema de cantidad o problema de modelo?

 

Pero este discurso no encuentra correlación con los casos empíricos.

 

Paraguay nos puede servir de primer ejemplo. En 2012 la FAO reportó que en este país 1.600.000 personas padecían hambre o desnutrición. Una cifra espectacular si tenemos en cuenta que Paraguay tiene poco más de 6 millones y medio de habitantes. Este dato lo ofreció en rueda de prensa el representante de la FAO en Paraguay. En determinado momento, uno de los periodistas le preguntó “cómo podía entenderse tanta hambre en un país donde se exporta tanta soja”. El funcionario de la FAO respondió:

 

Tenemos un país con muchos recursos y potencial productivo enorme, y se está utilizando para la exportación de alimentos, pero hay que mirar casa adentro para fortalecer el acceso a los alimentos2.

 

La pregunta y la respuesta apuntan a una explicación del fenómeno del hambre diferente. El problema no es el volumen producido. De hecho, como dejó entrever el periodista, Paraguay no ha dejado de aumentar su producción agraria para la exportación. En la primera década de este siglo, la superficie destinada a la producción de soja pasó de 1.350.000 hectáreas a 2.870.539, la mayoría de tierras que antes no se destinaban a la agricultura. Y de una cosecha de 3.511.049 Tm, a 8.628.553 Tm. Prácticamente en su totalidad se destina a la exportación. En este periodo el hambre creció: solo entre 2007 y 2012, la desnutrición pasó de afectar a un 16,8% a un 25,5% de la población. Por tanto, en el caso paraguayo no sólo no hay una relación directamente proporcional entre producción de alimentos y niveles de nutrición, sino que parecería que la relación es inversamente proporcional: a mayor producción agraria, peor nivel nutricional de la población. El quid de la cuestión la plantea el funcionario de la FAO en su respuesta: se trata de cómo se produce y a dónde se destina, no de cuánto.

 

La soja tiene vocación exportadora, y esto se debe a que el mercado global ofrece precios mejores por la producción agraria que el mercado nacional. En una economía abierta, los compradores del norte global, que poseen mayor capacidad adquisitiva que la mayoría de la población paraguaya, compiten con ventaja a la hora de adquirir el usufructo de los recursos agrarios paraguayos. Pagan mejores precios. El resultado es que la producción campesina destinada al mercado local se ve desplazada por la producción agroindustrial destinada a la exportación. En otras palabras: el aumento de la producción para la exportación daña la soberanía alimentaria del país, al destinar las mejores tierras a la soja, descampesinizando el tejido rural y desabasteciendo el mercado local.

 

Otra situación en el que la relación “productividad – pobreza/hambre” es inversa a la que plantea el discurso productivista tiene lugar cuando las cosechas son muy exitosas. Es una situación paradójica: más volumen de alimentos producidos comporta mayor pobreza y crisis alimentaria.

 

Un ejemplo histórico lo tenemos con la producción mundial del café. A finales de los ochenta, empezó a entrar en el mercado internacional café producido en Asia de forma intensiva. De repente, el café comercializado a nivel mundial se incrementó un 50%, sin que hubiera un aumento de la demanda. La sobreproducción disparó una competencia feroz que arruinó y empobreció a miles de pequeños productores en todo el mundo. En 2001, Costa Rica, Colombia, México, El Salvador, Honduras y Nicaragua tuvieron que acordar la destrucción de una parte sustancial de su producción de café para que los precios no se hundieran todavía más. Pero lo más llamativo fue la quema de plantaciones de café por campesinos chiapanecos, en protesta por los bajos precios del café, y de indígenas vietnamitas de la etnia edeh, porque el boom cafetalero en su país se estaba haciendo a costa de tierras ancestrales de las que habían sido desposeídos. Los principales beneficiarios fueron las corporaciones transnacionales de la industria cafetera, que mejoraron sus márgenes, y los consumidores del Norte global, que podían acceder a un café más barato.

 

 

Otra respuesta

 

En el caso paraguayo, el problema surge al globalizar la producción agraria: los mercados internacionales pagan mejores precios, y generan un “efecto succión” que desabastece el mercado local. En el caso del café, es la descompensación entre una oferta disparada y una demanda estable la que origina la crisis. Ambos fenómenos demuestran que el aumento de la productividad no solo no es necesariamente la solución a la pobreza alimentaria, sino que incluso la puede incrementar.

 

La consideración de que el hambre es resultado de la escasa producción agraria se enfrenta a estas contradicciones. De hecho, no puede explicarlas. En cambio, un acercamiento al problema desde el análisis de las inequidades que acontecen en un mercado globalizado ofrece otra perspectiva. Descubre que no es resultado del volumen de alimentos producidos. El hambre se debe a que los pobres no tienen suficiente dinero para comprar alimentos, sea cual sea la cantidad de alimento que hay en ese mercado.

 

Y es que la formación de los precios mundiales es un fenómeno mucho más complejo que el simple juego de la oferta y la demanda. Tiene que ver, también, con desiguales relaciones de poder en la producción y la distribución, con el acceso e imposición de determinadas tecnologías, con la especulación sobre los recursos productivos (tierra, agua) o con los usos alternativos de esos recursos (biocombustibles, desarrollo inmobiliario, etc.).

 

Los casos de la soja y del café demuestran que el problema no está en el volumen (producido y distribuido), sino en el modelo (de producción y distribución). Un modelo basado en un único mercado global favorece que aquellos con mayor poder adquisitivo absorvan los recursos agrarios de las economías más débiles. El hambre, por tanto, es más un problema de desigualdad, que de cantidad.

Pobreza alimentaria:
¿+ comida, - hambre?

Por JORDI GASCÓN* /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

PROXIMIDAD

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El discurso, impulsado desde la ciencia y la política,
sobre un mundo con hambre, no encuentra correlación

con la realidad

*Jordi Gascón Xarxa de Consum Solidari – Universitat de Barcelona

 

BIBLIOGRAFÍA

1

Gillam, C. (2009) "Food: Is Monsanto the answer or the problem?" Reuters (11 de noviembre). La traducción es nuestra.

2

ABC COLOR (2012) "El hambre en Paraguay" abc color (16 de Octubre).

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