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Pensamos en pirámides y estamos en Jalisco

Aprendimos a creer que el pasado prehispánico de este país fue majestuoso como sus edificaciones, pero el lugar donde nos encontramos puede mostrarnos una cara más compleja e interesante de la historia que alguna vez nos contaron

Por SONIA MANDIÁ /

Ilustración: VIVIANA REYES

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Seguramente muchos mexicanos, viajeros o no, recuerdan un eslogan publicitario que animaba a visitar la Riviera Maya y que usaba como reclamo su pasado prehispánico y su población indígena, que venían a ser lo mismo: “Sureste de México, donde la historia está viva”. Hay ejemplos similares para Chiapas y Oaxaca, que cualquier turista puede encontrar bastante apropiados. Viajamos demasiadas veces con la idea fija de la foto que queremos tomar en cada lugar (los folletos y las postales turísticas ayudan bastante) y, en el mejor de los casos, con el panteón nacional bien claro. Para el caso del turismo arqueológico, funciona exactamente igual: se prefiere lo evidente, lo construido, los hitos monumentales que los libros de Historia de la escuela señalaban como la más acabada representación del pasado.

 

La arqueología mexicana es fundamentalmente monumental y urbana en el sentido mesoamericano del término: promueve las urbes prehispánicas del centro y sur del país porque interpreta que son el culmen de un pasado grandioso y propio, características que todos los estados-nación rebuscan en su historia para justificarse y cimentarse. La región mesoamericana, el corazón de ese pasado, definida por Paul Kirchhoff en 1943 a partir de una serie de elementos culturales, materiales y simbólicos comunes, presentaba zonas de contacto con otras áreas culturales en donde las características que las unían estaban más diluidas. El área cultural de Occidente, en la que se encuadra el actual estado de Jalisco, formaba parte de esa transición. De cierta manera, esta condición periférica también se ha mantenido si hablamos del interés que su arqueología ha despertado entre académicos y ciudadanos, al menos hasta hace unas décadas.

 No es este un tema al que le falten estudios dentro y fuera de México, aunque las investigaciones sobre turismo arqueológico son relativamente recientes y han aumentado con el cambio de siglo. Más allá de la importancia de estos trabajos, aquí nos interesan en la medida en que ayudan a explicar por qué y dónde se hace arqueología en México y dónde queda Jalisco en ese mapa. Tampoco la pregunta es nueva, pero no por ello está resuelta. Es más, forma parte de un problema más amplio, enraizado en características propias del desarrollo de la arqueología mexicana: trascienden a la vinculación turismo-patrimonio que, en distintas dimensiones, puede encontrarse también en otros países con un acervo arqueológico tan abundante. Sin embargo, el caso mexicano está muy condicionado por una arqueología de corte oficial, dirigida y controlada por una institución de tipo ministerial que supera ya los 70 años de actividad.

 Hablamos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ese gigante institucional que ha diseñado el desarrollo de la disciplina en el país y que no cuenta con un homólogo de su entidad en ningún otro país latinoamericano. No puede negarse el papel decisivo del Instituto en la conservación e investigación arqueológica o en la formación de tantos antropólogos y arqueólogos. Pero tampoco se puede obviar que la institucionalización de la investigación, conservación y gestión de las actividades arqueológicas a través del INAH han dado a la arqueología mexicana características propias, vinculadas a un discurso oficial que arranca en el momento de su creación,  en el año de 1939, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. El resultado es una arqueología donde se ha primado la idea de patrimonio nacional y  se ha dejado, en cierto sentido, el avance disciplinario en segundo orden. Además, la omnipresencia del INAH en la arqueología del país ha creado numerosas situaciones de conflicto a la hora de gestionar el patrimonio arqueológico con las comunidades locales, y plantea retos importantes como el turismo masivo a algunos sitios arqueológicos y la falta de recursos para el mantenimiento de otros. Es un tema con muchas aristas, que necesita de análisis desde la historiografía y la antropología, y en el que encontramos casos muy variados: el sitio prehispánico, la arqueología histórica, el turismo.

 

El mito de origen y el resto arqueológico fueron de la mano, como marco histórico el primero y prueba de su existencia el segundo, en una construcción simbólica en constante elaboración desde la llegada de los españoles a tierra americana. Esta construcción simbólica fructificó en la sobredimensión del mundo prehispánico en los discursos sobre la identidad mexicana, si bien al mismo tiempo se producía una clara ruptura entre el período previo a la conquista (el mundo prehispánico) y su inmediata heredera, la población indígena de México.  De esta manera, dos elementos condicionaron la arqueología mexicana y la pusieron al servicio del discurso oficial: la idea de patrimonio dotado de lo que podríamos llamar “capacidad de crear nación” y la sacralización del objeto arqueológico,  especialmente de aquellos procedentes de las culturas mesoamericanas con un nivel mayor de desarrollo cultural, militar y territorial.

 

El número de sitios arqueológicos existentes en México, excavados o por excavar y en distinto nivel de conservación, es tan elevado que la elección de unos obliga a justificar la discriminación de los otros. Interesaron e interesan especialmente los restos arqueológicos que permiten interpretaciones positivas y grandilocuentes sobre el pasado, de forma que al menos durante un tiempo fue postergada la investigación en las llamadas áreas marginales o periféricas de Mesoamérica (el Occidente y Norte de México, por ejemplo). La preferencia por los sitios monumentales explica las abundantes tareas de reconstrucción y  conservación de zonas arqueológicas; es una arqueología centrada en monumentos arqueológicos reconocidos y explícitos, que el turista o el ciudadano mexicano pueda visitar y, aparentemente, entender.

 

Pensemos ahora en el Occidente de México, esa área periférica de Mesoamérica, la cara rural del mundo mesoamericano, como Otto Schöndube suele decir para explicar los porqués de la investigación tardía y la ausencia de grandes urbes de construcciones monumentales. El INAH reconoce tres zonas arqueológica en el estado: Guachimontones (Teuchitlán) y Ixtépete  y El Grillo (ambos en Zapopan). Los dos primeros visitables de martes a domingo, aunque sitios arqueológicos hay más en el estado y de mucha importancia, como la prolífica cuenca de Sayula, o las tumbas de tiro (tres cámaras funerarias tiene la de Etzatlán, en El Arenal), una tradición arqueológica propia de Occidente. Sin embargo, recordaba hace unos meses Luis Gómez-Gastélum, profesor de Arqueología en la Universidad de Guadalajara, los ciudadanos apenas conocen unos pocos sitios arqueológicos. Hay muchas razones en este desconocimiento y en el menor valor que se otorga a los sitios arqueológicos de Occidente, pero no nos costará entenderlas si tenemos en cuenta lo expuesto hasta aquí. El binomio arqueología mexicana – pirámides ha triunfado, impulsado por la visión patrimonialista y monumental del INAH y porque resulta más explícito a la hora de asentar una idea: estas grandes ruinas son huellas de nuestro gran pasado.

*Sonia Mandiá es Licenciada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Barcelona. Actualmente trabaja en su tesis de doctorado sobre patrimonio arqueológico en México. Cursó un semestre en la Universidad de Guadalajara, donde nacieron estos y otros intereses.

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