DESARRAIGOS

No hay humor tapatío sin provocación de fuera

La comicidad tiene características universales que actúan a nivel personal y colectivo, se manifiesta en distintas vertientes y cumple funciones específicas en la vida cotidiana; las formas de humorismo que se propagan desde una ciudad y se vuelven populares en todo el país, se nutren de lo foráneo en una constante confrontación a la seriedad de los valores establecidos. Con lo anterior en cuenta, ¿se puede hablar de un humor típico de esta región?

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Teófilo Pedroza le jugó una broma a México. Llegó un domingo al atrio de la catedral de Zamora, Michoacán, y, con la ayuda de tres personas más, comenzó a vender un lote de cuadernillos que contenían los versos del Ánima de Sayula. Los gritos de "¡La novena del ánima de Sayula! ¡Llévela a veinte centavos!" no tardaron en  convencer a los feligreses de ceder el efectivo, con la idea de que obtendrían una nueva colección de oraciones para profesar su fe. Sólo podemos imaginar la impresión que se llevaron los parroquianos cuando leyeron la parte del texto que dice: "Ando ahora penando aquí / En busca de un buen cristiano / Que con la fuerza del ano / Me arremangue el mirasol".

 

De Teófilo Pedroza, nacido en Michoacán, se dice que es pionero de la picardía mexicana. Los versos del Ánima de Sayula datan de 1871 y son los escritos más antiguos de los que se sabe, contienen la principal característica del albur, ese duelo típico de palabras donde el triunfador es un homosexual que se coge al adversario. Fue durante su estadía en el sur de Jalisco cuando Pedroza escuchó la anécdota verídica de Apolonio Aguilar, un vecino que en la desesperación por no contar con los medios suficientes para comer y dar de comer a su familia, siguió el consejo de un compadre que le propuso buscar al ánima de Sayula en el panteón del pueblo. El ánima resultó ser el compadre disfrazado de fantasma, quien le ofrecía dos bolsas de plata a cambio de dejarse penetrar por un supuesto espíritu que, como se escribiría más tarde, fue "en la vida buen sujeto / Muy puto mientras viví".

 

Jalisco tiene ejemplos en su historia en que pone los precedentes para algunas formas de comicidad que se vuelven populares más allá de sus fronteras. El caso del Ánima de Sayula no sólo es interesante por la manera en que el pueblo se apropió de los versos y los convirtió en uno de sus principales símbolos de identidad. También es una obra que cumple con dos de las funciones básicas que a lo largo de los siglos ha tenido el humor en la vida personal y social, es decir, que surge como un reflejo para no sucumbir ante lo terrible o lo desconocido por un lado, y como una confrontación a la solemnidad y los valores establecidos de una población por el otro.

 

Y es que existen características universales que dotan a lo cómico, ya desde los tiempos de la antigua Grecia estaban bien identificadas. Hipócrates (460 - 377 a.C.) relacionaba el equilibrio emocional con la interacción de cuatro humores que componen toda personalidad: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático. La justa mezcla de estos temperamentos generaba una armonía en el estado de ánimo, esencial para la forma en que una persona asimila la realidad. Si trasladamos esa idea al plano social actual, podemos ver que en Jalisco han emergido varias manifestaciones que ejercen un equilibrio similar. La seriedad, lo trágico y lo preocupante parecen tener sus contrapesos humorísticos en diferentes ámbitos. La comicidad está en la calle, sea voluntaria o no, vive en las expresiones de la gente. Está en espectáculos callejeros de payasos, en el teatro y en shows de monólogos en los bares. Hay humor en la música, en la radio, en lo que se escribe y lo que se dibuja. Aún así, tratar de definir algo como humor tapatío no es tan sencillo como pareciera.

Diversión para chicos y grandes

 

Uno. Sofía Niño de Rivera se presentó el 4 de marzo en el Teatro Degollado, con un show de stand-up que fue grabado para Netflix. Días antes, voces de la comunidad cultural y del gobierno se manifestaron en contra de que un espectáculo de esa índole tuviera lugar en un sitio dedicado a las bellas artes. El alcalde Enrique Alfaro dijo que le parecía muy mala señal ocupar el recinto para actividades “que nada tienen que ver con la identidad y la cultura”. El director de cultura de Tlajomulco mencionó que el Degollado no debería albergar shows para cantinas. Un reportero de un diario de la ciudad fue a contar cuántas veces la comediante pronunció la palabra “pendeja” en el show.

 

El stand-up en Guadalajara transgrede más por su carácter de novedad que por su propuesta en sí. En la ciudad que vio nacer a “Palillo” y que incubó la carrera de Teo González, la también llamada comedia de autor no está del todo aislada de lo que han hecho los cuenta chistes de toda la vida. En el fondo son los mismos planteamientos con un empaque diferente, porque está claro que hay una generación que ni por error se asomaría a un acto de Adrián Uribe o los Mascabrothers. Una semana después del evento de Sofía Niño de Rivera, dos shows de stand-up ocurren casi al mismo tiempo en la zona de Chapultepec, con un par de cuadras de distancia entre uno y otro.

 

El primero se desarrolla en el patio de un restaurante que cuenta con un escenario. Hay unas treinta personas en el lugar, y casi todas las mesas están ocupadas. Uno de los comediantes sale y asegura que no le ofreció sexo oral al organizador del evento para que lo invitara a participar. “Yo se la mamé porque es muy buen muchacho”, remata. La gente ríe. Un poco como en las películas gringas que vienen con la frase “No es otra tonta película...”, la comedia de referencias también es una constante aquí, es decir, se asume que algo es gracioso sólo por mencionarlo y no por darle la vuelta. Así, un acto de otro comediante en este lugar presenta imitaciones del comentarista de box conocido como “Lama Lama Lamita”, del doctor Chunga, de los minions y de Valentín Elizalde.

 

Así como la música norteña y de banda es tan exitosa entre la gente, hay un amplio sector de la sociedad que la descalifica, y desde esa posición el stand-up local lanza sus dardos . El segundo show de hoy se lleva a cabo en un café donde se acondicionó una sala para el público. “Voy a ser el primer comediante vivo que hable de un tema muy sensible como lo es el narcotráfico”, asegura un joven que lleva tirantes, micrófono en mano y un retrato de Peña Nieto con orejas de burro en la camiseta. Procede a cantar el corrido insignia del Movimiento Alterado, “Sanguinarios del M1”, pero con una letra que alude a los mismos clichés difundidos en redes sociales sobre las mamás: que si te avientan con la chancla, que si no entienden las nuevas tecnologías. La segunda caja del Oxxo es otro lugar común que sale a relucir en su repertorio, antes de ponerse a imaginar cómo sería tener sexo políticos locales. “A final de cuentas la política es una relación del ser humano y como toda relación o te cogen por delante o te cogen por detrás”, comenta. La gente ríe.

 

Una modalidad relativamente nueva en México, la comedia stand-up en Guadalajara no ha sido asimilada todavía como una postura ante la vida que profundiza en el humor a partir de una verdad propia. Para George Carlin, un comediante que sentó las bases para la fama mediática que vive el stand-up hoy en día, se trataba de transformar la palabra hablada en un arte que revela el interior de la persona, aprovechando el talento propio para divertir, encontrar el chiste y expresarlo a través de un ingenio conecta con la imaginación del público. En su última entrevista, menciona un texto acerca del humor que causó cierto impacto en la manera que tenía de asumirse como cómico:

 

“El bufón hace bromas, es divertido, crea la diversión, ridiculiza. Pero si sus ridiculizaciones están basadas en ideas sólidas y pensamiento, entonces puede proceder al siguiente nivel, que es el pensador (el autor le llama filósofo). El bufón se vuelve filósofo, y si hace estas cosas con un lenguaje deslumbrante que nos maraville, se convierte en un poeta. Entonces el bufón puede ser un bufón filósofo que piensa poéticamente”.

 

Bill Hicks, otro de los nombres importantes en el stand-up, encarnó el modelo de outsider que exige esta profesión, alguien capaz de ver las cosas desde afuera y entrar para contarlo, pasarse de la raya y responder con agudeza al miedo de aceptar la idea de que nada en el mundo tiene sentido. Sintetizó la capacidad de la comedia para subvertir los valores de una sociedad, jugar con el lenguaje y revelar la verdad propia, por ejemplo, al imaginar cómo sería una nota en el periódico que dijera algo positivo sobre el consumo de drogas:

 

“Hoy un joven varón en ácido se dio cuenta de que toda la materia es simplemente energía condensada en una lenta vibración –– que todos somos una sola conciencia experimentándose a sí misma subjetivamente. Que no hay tal cosa como la muerte, que la vida es un sueño, y que somos la imaginación de nosotros mismos”.

 

Tal vez sea cuestión de tiempo, tal vez de diferencias culturales, por lo pronto en Guadalajara ni sus detractores, ni el público ni sus ejecutantes (con sus contadas excepciones) parecen compartir la visión que se ha tenido del stand-up en los lugares donde se marcó la pauta. Sin embargo, podría generarse algo novedoso a nivel local que no tenga necesidad de parecerse a lo ya conocido, si bien las propuestas que hay divierten a la gente y cada vez existen más espacios y personas dedicadas a desarrollarlo. Por lo mismo, el stand-up estaría obligado a romper con lo establecido, y de momento eso no está pasando aquí. La próxima semana, en otro bar de la ciudad, se llevará a cabo un espectáculo que lo va a confirmar.

 

 

Dos. La anfitriona tira el cigarro cuando se da cuenta que acabamos de llegar. "Buenas noches, ¿tienen reservación?", pregunta. No tenemos. "Hoy se presentan unos comediantes", dice, y nos invita a pasar de todos modos. No hace mucho, este fue un bar de rock donde vi a Los Tetas en uno de sus últimos conciertos con la alineación original. Hoy es un foro que presenta comediantes los viernes y los sábados. El bar Landrú, con sus grandes ventanas oscurecidas que abarcan dos de las cuatro paredes, sus mesitas redondas y meseros en camisa rosa, parece estar hecho para que los jóvenes de hace treinta años sientan que el mundo nunca cambió.

 

Y así es la comedia que ofrece este bar, porque el público presente es parte de una generación que se acostumbró a que el comediante fuera un show-man, alguien que actuaba, contaba chistes y cantaba, tal como hace en este instante Óscar García "El grande de la comedia", al interpretar una canción de Emmanuel sin la intención de hacer reír necesariamente. Hay unas cuarenta personas, me atrevo a pensar que nadie es menor de cuarenta años, y que a nadie le inquieta demasiado escuchar canciones románticas entre tanda y tanda de chistes. Es la escuela del cabaret nocturno y de Televisa, la que se instaló en el imaginario colectivo y se reforzó con la ayuda de Jorge Ortiz de Pinedo y su "Humor es... Los Comediantes".

 

El acto que sigue, a propósito, es a cargo de alguien que trabaja como guionista en la barra cómica de la televisora. Beto Torres toma el escenario vestido con un overol de mezclilla, una camiseta negra que pinta un esqueleto, tenis Converse y uno de esos gorros peruanos como el que no se quitaba Manu Chao. "No es gorro, es un condón, lo estoy amoldando porque en la noche tengo fiesta", dirá un rato después. A Beto se le nota el colmillo. Habla rápido y fija la mirada en el vacío, suelta la advertencia con seriedad en el rostro:  "Aquí va a haber groserías, pelos, chichis, nalgas y fundillo". Tiene cierto aire a Charly Valentino de joven, el actor emblemático de las sexycomedias que hizo posible la existencia de títulos como "Dos nacos al rescate" y "Tambo", la parodia al famoso personaje de Sylvester Stallone.

 

Aquí no faltan las comparaciones de hombre contra mujer, chistes contra la suegra, recuerdos de las mamás de antes y nostalgia por una época en que todo parecía menos infame. Beto conoce el ritmo, la gente se divierte con él, le invitan tragos y le dan la razón cuando dice algo como "nadie nos enseña nada de la vida porque todo lo vamos improvisando", antes de contar el lado chistoso de haber embarazado a su novia a los 17 años. Quítale el disfraz, y su show de ninguna manera desentona con el de los standuperos que estuvieron la semana pasada en Chapultepec. Sí, Beto también se ríe de Peña Nieto: "le preguntaron, Peña Nieto, ¿cuál es la capital de Cuba? Dijo 'Bacardí'". Sí, Beto también trae a cuento la música norteña, incluso canta la misma canción de Valentín Elizalde que sacaron en aquel show, y asegura: "Para pegar en la radio tienes que cantar feo y ser de Sinaloa".

 

Resulta un tanto inesperado su interés por pensar la comedia más allá de la comedia, en un espacio que suele ofrecer únicamente chistes y canciones. Su propuesta no es muy diferente de lo que hay en la tele, pero contiene instantes en los que se asoma la mentalidad de alguien que trae comedia en la cabeza como parte de su vida diaria. De pronto asegura que los chistes crueles son los que más le gustan al público, suelta uno de ciegos y otro de una niña sin brazos, la gente se ríe. Casi al final de su acto se quita el gorro, y un poco más serio, cuenta que vivió la experiencia de enterrar a su mamá un martes, y dar un show al día siguiente.

 

−Nosotros como comediantes somos como la paleta Payaso: ustedes nos ven con la sonrisa en la boca, pero a veces tenemos el palo en el fundillo. Estamos generados y formulados para entregarles humor, para que ustedes se diviertan. Si esta noche lo logré y se divirtieron, qué bueno, si alguien se sintió ofendido discúlpenme, pero esa era la intención.

 

De ahí al sentimentalismo hay un sólo paso que Beto no vacila en dar. El encargado de la consola pone la canción de "Todo a pulmón" y el comediante comparte un pensamiento que escribió en la soledad de una de sus giras: "Es el comediante a quien Dios mandó a este mundo a sufrir, porque tiene que hacer reír aunque tenga su alma herida. Pero yo les juro, amigos míos, que si Dios me diera otra vida por verlos reír, yo volvería a ser comediante".

 

Aplausos. Beto se despide y baja del escenario. Empieza a sonar una cumbia y la gente se para a bailar. Aquí hay un jefe con su secretaria. Momentos más tarde, un sujeto de camisa rosa que se ve como encargado del lugar le habla a Beto, le pone algo en la mano y se dan un abrazo. El comediante, su representante y una mujer se van del bar. El show continúa con algo que tiene que ocurrir aquí para que esto sea lo que es, como en cada partido de fútbol debe haber un balón y en cada Semana Santa un sábado de gloria: es hora de ver al imitador de Vicente Fernández.

No me hallo

 

Los versos del Ánima de Sayula no sólo confrontaron lo trágico al burlarse de la desgracia de Apolonio Aguilar. También reflejaban, en la figura del fantasma, el miedo arraigado en los hombres ante la posibilidad de descubrirse homosexuales, en una sociedad que por generaciones ha pensado lo gay como lo peor que alguien puede ser. De pronto el ánima parece sugerir que uno debería tomarse por el lado amable la resignación y culpa de verse en la necesidad de recurrir a la filosofía del "si es hoyo, aunque sea de pollo". ¿Las veces que por error dejas abierto tu Facebook y alguien postea desde tu perfil que deseas con ansia loca sentir el miembro de un hombre bien dotado? La misma válvula de escape en acción.

 

Tal como Teófilo Pedroza, Julio Haro llegó de otro estado para realizar su obra más famosa en Jalisco, a partir de una capacidad de observación que le valió para componer canciones con una visión muy irreverente acerca de lo tapatío. La siempre irónica diversidad en la ciudad con más fama de conservadora en el país, tuvo en el disco No me hallo (1988) del grupo El Personal una colección de temas que transgreden con humor las mismas normas sociales que el punk ataca con coraje. Y aunque no necesariamente debe contener localismos para considerar que estamos ante una comicidad representativa de esta región, la primera tonada de “La tapatía” advierte en unas cuantas notas casi toda la intención que Julio inyectaba en las letras de esta y otras canciones, al interpretar el famoso “Guadalajara Guadalajara” de Pepe Guízar con una trompetilla insolente a todas luces.

 

A ritmo de reggae y sonidos tropicales que recuerdan un poco a los que incorpora Toto en “Africa” y Soda Stereo en “Cuando pase el temblor”, El Personal se dio a conocer en la escena ochentera del rock local y adquirió un estatus de banda de culto después del fallecimiento de Julio Haro en 1992. Rimando de dos en dos, Haro solía cantar versos que se burlaban de lo que una sociedad prohíbe pero de todas maneras se hace, como la contaminación en “Nosotros somos los marranos”, y la lujuria en “Niño déjese ahí” y “Dale de comer al conejito”: “tengo el alma en una pieza / y aunque ya la tengo amarga / eso sí, la tengo larga / y todavía la tengo tiesa”. Foráneo (nació en Hermosillo, Sonora) y homosexual, su voz nasal sonaba como el anti-soundtrack de la ciudad que décadas más tarde albergaría en sus calles un evento como la marcha Jalisco por los niños.

 

Precisamente el detalle de no ser de Guadalajara es lo que a Juan José Doñán le llama la atención sobre este personaje: “él tenía la posibilidad de una distancia crítica, de entender a los tapatíos sin serlo, como que estaba dentro y fuera”, platica. Doñán nació en Tizapán el Alto, Jalisco, pero su entendimiento sobre la cultura de esta ciudad le ha llevado a escribir libros al respecto. Para él, el humor es una manera de estar en el mundo, una respuesta ligera y lúcida, porque ante todo el humor es una forma de inteligencia. “Yo no podría responderte así tajantemente si existe un humor típicamente tapatío, yo diría que sí existen ciertas características, cierta modalidad cierta anfibología de lenguaje, de tipos y demás”.

 

Un aporte curioso de Jalisco a la cultura popular, según me contó Doñán aunque hay distintas interpretaciones, es lo de usar la palabra “cuico” para referirse a los policías. La popularizó Jesús Martínez “Palillo”, quien inició su carrera como actor cómico en las carpas de Guadalajara y se mudó a la Ciudad de México para trabajar en el teatro. El término viene de un versículo del Salmo 126 que está inscrito en el Palacio de Gobierno y que dice: "Nisi Dominus custodierit civitatem frustra vigilat qui custodit cam" ("Si el Señor no custodia la ciudad, en vano la vigila quien la guarda"). Las palabras “qui” y “custodit” están situadas en una esquina del edificio, de tal manera que si se ve de frente pareciera que dice “QUI CUS”. Era costumbre ver oficiales haciendo guardia en esa esquina, así que la gente no tardó en relacionar la imagen, comenzaron a decirles “cuicos” y el humor una vez más aplicó su jugada contra lo solemne.

 

Nativo del barrio del Santuario en Guadalajara, Jesús Martínez “Palillo” se presentó alguna vez en el Teatro ANDA que se ubicaba en la calzada Independencia. En ese teatro eran habituales los shows de burlesque del comediante Tito Mena, un yucateco que en Guadalajara se adelantó veinte años al payaso Lagrimita al postularse como candidato para un cargo público. Juan José Doñán reconoce en las rutinas de Tito Mena la capacidad que tiene el humor para revirar ataques verbales, dejar indefenso al oponente y volver cómplices a los espectadores. “La gente se metía con él”, relata. “Alguien le mentaba la madre y él decía ‘este sí sabe; su jefa y la mía taloneaban juntas en Gómez Farías’, entonces la gente se reía. Tito Mena se jodía al otro con un chascarrillo y ya tenía de cómplice al público, y era en automático, una suerte de esgrima verbal, capacidad improvisadora y reflejos”.

 

Doñán es autor del libro ¡Ai pinchemente! Teoría del tapatío, y menciona que el título se debe a una frase utilizada por el célebre Jamaicón Villegas, exfutbolista que jugó veinte años con las Chivas, además de acompañar a la selección mexicana en los mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962. Decir “ahí nomás, pinchemente” era una forma de modestia exagerada, como cuando sabes que algo te salió tan bien que te vas al extremo de insinuar que no fue gran cosa. Para el autor, el Jamaicón Villegas representa un ejemplo de humorismo en otra faceta, cuando este se manifiesta en ámbitos o personas que no tendrían la obligación de resultar chistosas.

 

“Villegas es de una familia humildísima, semi analfabeto, pero con un gran talento futbolístico. Esa gente sin malicia pero con un sentido del humor curioso”, explica Doñán. El Jamaicón tiene todo un anecdotario cómico además de la historia que lo convirtió en sinónimo de los impedimentos causados por la nostalgia. La gente llama “síndrome del Jamaicón” a la incapacidad hacer bien las cosas cuando se está fuera de casa, víctimas de la nostalgia, como se dice que le ocurrió a Villegas en Europa. La personalidad del exfutbolista es humorística por naturaleza, con un carácter humilde y noble del que se valieron sus compañeros de equipo para jugarle bromas, como cuando le dijeron que para mandar una carta a su pueblo tenía que pedírselo amablemente al buzón. Acto seguido, el Jamaicón echó la carta, se acercó a la urna y le dijo “Que llegue bien a La Experiencia, Jalisco, con Saturnino Villegas, mi señor padre, por favor”.

 

El hombre y el mono

 

Una fuente inagotable de situaciones chuscas, el futbol y el humor en México parecen inseparables, no por nada la mayoría de las veces que este deporte se lleva al cine nacional es en tono de comedia. Y así como Jalisco tuvo su aporte a nivel personal en la figura del Jamaicón Villegas, también lo hizo a nivel colectivo con el famoso y controvertido grito de “¡Eeeeeehhhh puto!”, que en enero de 2016 hizo acreedora a la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) a una multa de 20 mil francos suizos por parte de la FIFA. Ese grito nació en el Estadio Jalisco alrededor del año 2000, cuando el ex portero Oswaldo Sánchez tenía poco tiempo de haber sido contratado por las Chivas después de su paso por el América. Era un partido en que Oswaldo, en la alineación del Guadalajara, se enfrentaba al Atlas, el equipo que lo vio nacer como profesional. Ese cambio de bando fue lo que prendió la mecha de la afición rojinegra, que empezó a gritarle así cada vez que Sánchez se disponía a despejar el balón.

 

Más allá de la naturaleza homofóbica de la palabra “puto”, el grito reproducido por miles de personas en estadios dentro y fuera del país es una actitud burlona que rompe con lo solemne y reta a la autoridad, un claro ejemplo a escala social del rasgo desafiante del humor ante lo políticamente correcto. Saúl Herrera, mejor conocido como Qucho, asegura que hoy el grito se escucha más fuerte pese al castigo de la FIFA, porque así reacciona la afición cuando siente coartada su libertad de expresión. Qucho tiene casi veinte años publicando cartones humorísticos en periódicos de Guadalajara, principalmente sobre futbol y política. Está en desacuerdo con lo de gritar “¡Eeeeeehhhh puto!” y lo ha manifestado en sus cartones, no sin críticas por parte del respetable. “Al principio hacía gracia y era novedoso, pero ya analizándolo fríamente y viendo todo lo que pasa en México, la verdad no se me hace tan chistoso”, comenta.

 

En Guadalajara hay toda una tradición de dibujantes que tal vez puede rastrearse desde los cartones del multifacético José Guadalupe Zuno, quien además fue presidente municipal en 1922 y gobernador de Jalisco un año después. De aquellas ilustraciones detalladas y minuciosas que caracterizaron el trabajo de caricaturistas en el siglo pasado, a los trazos más dinámicos y desenfadados que surgen en las últimas décadas, de la ciudad han salido exponentes con amplia proyección a nivel nacional como Manuel Falcón, Jis y Trino. Estos dos últimos, por cierto, también se volvieron célebres tras los micrófonos de Radio Universidad de Guadalajara (la misma desde donde Julio Haro retó a la audiencia a llamar y emitir su voto acerca de si existe Dios o no existe), con el programa “La chora interminable”. Alguna vez recibieron un llamado por parte de la Secretaría de Gobernación, que detectó “expresiones procaces” en la emisión.

 

De ellos, Jis es el más experimental. A lo largo de trés décadas de publicar en medios locales y nacionales, ha pulido una especie de humor metafísico que acompaña a un estilo de dibujo en que cada viñeta pareciera estar a punto de evaporarse. Sus personajes son animales que hablan o cuerpos sin una forma bien definida, José Ignacio Solórzano (su nombre de civil) es muy libre para dibujar a su manera y sus ilustraciones revelan la capacidad de transmitir una poética visual que no es ajena a los estados alterados de conciencia, ni a los arquetipos más básicos que nutren la esencia de la cotidianidad. Es como ver lo que hay en el núcleo de cada símbolo y reírse de todos los significados que una sociedad llega a darle. Los personajes aparecen temerosos, molestos, enérgicos o morbosos en sus cartones, la emoción siempre está al servicio de un humor que se ríe de las inquietudes básicas del ser humano, del sexo, de la divinidad, del placer y del absurdo mismo.

 

Un monero tal como un humorista ejerce un contrapeso en la opinión pública, esté de un lado o del otro. Qucho opina que el cartonista debe ser irrespetuoso, y recuerda la vez que una ilustración titulada “La Patrona”, de Manuel Ahumada, ofendió a dos jóvenes que con su reacción dieron sentido a la principal función de la irreverencia. El dibujo de Ahumada formaba parte de la exposición “Homenaje al lápiz” que se llevaba a cabo en el Museo de Periodismo y las Artes Gráficas de Guadalajara, a donde entraron los jóvenes que posteriormente fueron arrestados por policías, tras destruir la imagen que representaba el ayate de Juan Diego con la figura de Marilyn Monroe en lugar de la Virgen de Guadalupe.

 

En sus declaraciones, los detenidos calificaron a la obra como un insulto para los sentimientos de los devotos de la Virgen de Guadalupe. "Daña la fe y nuestros hijos van a crecer en un ambiente carente de moral y de principios”, agregaron. El escándalo ascendió a nivel nacional. El cardenal Norberto Rivera dijo que se trataba de una reacción lógica por parte de los católicos. Por su parte, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez pidió a las autoridades que dejaran en libertad a los jóvenes, pues consideraba que ese acto expresaba el sentimiento del pueblo mexicano. “Si de por sí a los tapatíos nos tachan de conservadores y mochos, en este caso creo que se hizo válido el estereotipo”, dice Qucho al acordarse de ese capítulo tan singular en el ámbito monero.

Ilustración del monero JIS.

Y es verdad soy un payaso

 

El mimo Rorro sí habla, pero igual se vale de todo su cuerpo para comunicarse. De hecho, hay momentos en que dice más con las miradas, los gestos y los aspavientos, como cuando invita a cuatro personas del público a participar en una dinámica: a base de puros aullidos y ademanes, les indica la escena que tienen que representar. Dos muchachos hacen como si giraran una cuerda, una muchacha se coloca entre ellos y comienza a saltar. Después irrumpe uno más, dispara balazos imaginarios con pistolas de juguete y los "mata". Los participantes se tiran al piso y el mimo se acerca para dar sus impresiones sobre lo que acaba de pasar. Aquí es donde empieza el verdadero espectáculo.

 

Son unas ochenta personas las que se agrupan en círculo a un lado de la fuente que está en Plaza Universidad, en el centro histórico de Guadalajara. El mimo Rorro entretiene, divierte a la gente a costa de quienes participan en las dinámicas que él organiza, pero el mimo es el primero en asumirse como blanco de la burla. En este trabajo importa poco si se ríen de ti o se ríen contigo, la comedia es una persona y tiene la cara pintada de blanco. Si uno de los participantes no le puso ganas a la actuación, el payaso lo corrige con señas desesperadas como si dijera "¡no, así no!", y después lo imita, por supuesto que exagera, con gestos sumamente delicados que confrontan la virilidad de su interlocutor. Lo que sería un insulto en otro contexto, en este teatro callejero resulta cómico en tanto el mimo sea un mimo, el único autorizado para ridiculizar a cualquiera de los presentes, porque antes él ya sometió a su personaje al mismo tratamiento.

 

Su imagen es lo más cercano a la de un cholo que se dedica al arte de los gestos: usa pantalones cortos a cuadros azules, botas tipo militar y una camiseta grande que pinta el clásico símbolo de la máscara feliz y la máscara triste. Es irreverente al extremo, todo para él es objeto de burla. Una camioneta se detiene a un lado de la plaza, bajan unos policías y entran a una tienda. “Déjense venir, uno por uno” les grita el Rorro como si buscara pleito. Un señor pasa por ahí y algo le dice, el mimo le tira un beso y camina en tono de coquetería total, va de un lado al otro, corre, baila, invita a unas muchachas del público a participar y les indica con ademanes que se muevan como si fuera un concurso de belleza.

 

La gente ríe, interactúa y se entretiene. Una señora recorre el círculo y pide la cooperación del público. Las monedas suenan al caer en el recipiente. Todo en este acto es risa, pero el círculo se cierra únicamente cuando un joven espectador no puede ocultar su incomodidad. "Me da pena", le dice a su amigo. No soporta ver cómo las personas se prestan a hacer el ridículo. Ahí está el desafío que implica la comedia del mimo Rorro para el público, y eso que no cobra más de lo que el transeúnte esté dispuesto a dar.

 

Lo peculiar de la comicidad en un país que sigue siendo centralista, es la manera en que la capital se vuelve un ecosistema de humorismo que se nutre de las migraciones. Recibe aportes de otros lugares, los digiere y los irradia a nivel nacional a través de los medios de comunicación. Por eso el estilo fronterizo de Tin Tan y la esencia norteña de Piporro son clásicos para todo México, por eso El Costeño puede presentarse por todo el país hablando como creemos que se habla en Acapulco y Rafael Inclán es tan chilango a pesar de haber nacido en Yucatán.

 

El humor está y no está, como si fuera una gran nube invisible encima de las ciudades. Su cualidad universal lo vuelve reconocible en todo el territorio, pero tiene sus variantes de región a región. La actividad de personas de distintas procedencias en Jalisco ha tenido su impacto en diferentes ámbitos y el humorismo no ha quedado intacto. Así como en la Ciudad de México, los estilos, las historias, los personajes y las palabras se importan y se exportan, lo cual deja menos claro si existe o no un humor típico de este lugar. Tal vez lo característico del humor en cada población no está en lo que sus habitantes encuentran chistoso, sino en todo lo contrario. Es cuestión de ver en lo cómico esa capacidad de reflejar algunas de las preocupaciones más profundas de una comunidad, esas cuestiones que aparecen tan desconcertantes cuando las pensamos, tan carentes de una respuesta sobretodo satisfactoria, que lo único que atinamos a concebir es la risa en automático.

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