ASTROLABIO

No en la lengua

Entre los manuales contra el sexismo en la lengua y la posición fundamentada de los académicos y estudiosos, el hablante debe elegir entre lo políticamente correcto y lo lingüisticamente correcto

Por LUIS MORENORRUIZ /

Ilustración: ISABEL RAMOS ROMO

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La lengua es de quienes la usan. Como la tierra para Zapata. Y como es de los hablantes, son ellos los que, al final de cuentas, la modificarán, con sus aciertos y sus errores, con su conocimiento de los engranes lingüísticos y sus ignorancias pavorosas, con sus calcos de otras lenguas y su creatividad para crear nuevas palabras; sus deseos, obsesiones, amores y odios. Pero sólo hasta que haya consenso, nunca por mandato; sea de quien sea: “Verbum populi…”. Decimos computadora desde que la conocemos, a pesar de que la RAE, bajo cierta influencia francesa, se mantuvo años indicando que se tenía que llamar ordenador. Comenzamos a decir checar, entonces la RAE nos recordó con un apenas perceptible tono de severidad, que es mejor decir revisar o inspeccionar o examinar, pero no hicimos caso. Y ahora todos checamos nuestro correo en la computadora y todos tranquilos. ¿Pero qué pasa cuando no es una palabra, calco o neologismo, lo que está al centro de la discusión, sino una visión completa del idioma, un elemento más central de la lengua, algo que toca las internas fibras de la misma? ¿Y qué pasa si a esta situación meramente lingüística, le agregamos ingredientes sociales, ideológicos y políticos? ¿Qué, si además, entran al cuento lo políticamente correcto y lo popular?

 

En la primera década del siglo XXI, con más fuerza que antes, en España se publicaron en centros universitarios, sindicatos, organizaciones no gubernamentales y dependencias de gobierno, una serie de guías y manuales donde se hacían observaciones para evitar el sexismo en la comunicación escrita. Con la premisa de que si cambiamos la lengua, cambiamos la realidad, y partiendo de la idea de que el idioma español es sexista y discrimina a la mujer, ya que en algunos casos la invisibiliza al no nombrarla, estos textos sugerían una serie de mecanismos para que esta discriminación desapareciera. Básicamente eran tres los tópicos que se podían observar repetidos en los textos: el desdoblamiento, el uso del masculino como genérico y los oficios desempeñados por mujeres. Rápidamente, como era de esperarse, el poder en turno acogió algunas de estas recomendaciones más por estrategia política que por un interés real en la equidad y las usó sin empacho y en frío, lo que extendió las ideas contenidas en los manuales. Y es así como comenzó a popularizarse, por ejemplo, el desdoblamiento genérico que devino en un uso indiscriminado y maquinal. Fue entonces que los discursos comenzaron a llenarse de ciudadanos y ciudadanas, mujeres y hombres, niños y niñas, mexicanas y mexicanos, hasta el punto extremo de escuchar a una ministra española decir miembros y miembras o a un presidente venezolano gritar, a todo pulmón, millones y millonas.

 

En ese escenario, en 2012, Ignacio Bosque, lingüista y miembro de la RAE, presentó un estudio para criticar específicamente a nueve de estas guías. Las reacciones no se hicieron esperar. Poco importó que los argumentos se fundamentaran en conceptos y conocimientos lingüísticos y no ideológicos. La polémica creció, se abrieron debates en televisión, se tomaron bandos y la situación aún perdura. Una ciencia poco arraigada en el pueblo como la lingüística se confrontó a una ideología con mucha fuerza y popularidad en el país ibérico. La RAE acusaba a su oponente de ignorante de la lengua, mientras que quienes crearon los manuales acusaban a la institución de retrógrada y machista.

 

Cada bando defendía y defiende su postura, mientras que la lengua sigue, continúa. Los hablantes, aunque no profesemos ninguna de las dos religiones y no moriríamos por ninguna de las dos, estamos inmersos en ellas y la diatriba se vuelve complicada a pesar de parecer maniquea y simple: cambiar mi habla para no parecer machista a los oídos y ojos de los demás o seguir al pie de la letra los preceptos lingüísticos, aunque en ocasiones parezca que soy machista.

 

¿Hacer visibles a las mujeres en mi idioma? pero si siempre han estado ahí. En mi cerebro, en mi visión del mundo, sí. Cuando yo me refiero a mis hijos, en mi mente están Elisa y León. Cuando digo mis padres, me refiero a Martha y Jorge. Escribo mis hermanos y ahí están Carmen, Claudia, Noemí, Jorge y Martha. Cuando digo nosotros, pienso en Ruth y yo. Cuando imparto clases y digo: A ver, quiero los ojos de todos acá, quiero que tanto las mujeres como los hombres volteen hacia donde me encuentro. Si yo soy consciente de que género lingüístico, género cultural y sexo no son lo mismo, el uso genérico del masculino no me convierte en desvanecedor de mujeres ¿o sí?

 

Mesa, taxista, luna, estantería, mapa, priísta, atalaya, terrorista, problema, futbolista. Desde un punto de vista gramático, la a final no siempre define el género del sustantivo, y lo repito, el género no es sinónimo de sexo. Es cierto que puede ser considerado un rasgo característico, y hasta una especie de generalidad, pero en la lengua, las generalidades son mentirosas. Existió hace décadas, cuando las mujeres comenzaron a ejercer los derechos que le habían sido negados y tenían una profesión, una discusión alrededor de la manera como tenían que ser nombrados los oficios desempeñados por mujeres, esto es, hablar de licenciadas, doctoras, físicas, arquitectas, zapateras y traileras. Conforme avanzó el tiempo y se hizo más común la libertad laboral de las mujeres, el fenómeno ha tenido aceptación por la mayoría de los hablantes, sin necesidad de voltear a ver a la academia o a organismos feministas. Aunque algunas interrogantes se disparan -taxista o futbolista, al ser sustantivos masculinos, ¿deberían desdoblarse en taxisto y futbolisto?- la realidad fue lo que hizo el cambio lingüístico y no al revés.

 

En la poesía, sonidos y grafías toman connotaciones y significados especiales, incluso se convierten en símbolos. Basta mirar un caligrama de Apollinaire o Tablada o leer Mi lumía de Oliverio Girondo, pero, repito, estamos hablando de un poema, un uso especial de la lengua con una intención estética, no de un discurso político, ni de una conversación cotidiana. Así, en el texto del poeta argentino, no sólo la a, sino también la l o la m, toman importancia más allá de lo fónico, de la misma manera que el poema IX del Trilce de Vallejo, relaciona la v con lo sexual femenino.

 

Lo popular inmediato es engañoso y lo mejor es no dejarse llevar por el momento. Todo lo políticamente correcto debe ser sometido a prueba; desconfiar es la consigna. Ya lo hemos visto con anterioridad. El uso de eufemismos no ha cambiado la realidad. ¿Han bajado los índices de trata de personas o de violencia hacia las mujeres que se dedican a la prostitución por llamarlas sexoservidoras y no prostitutas? ¿Los afroamericanos en Estados Unidos son más aceptados que antes, cuando se les llamaba negros? ¿Los viejos en México son felices y viven una ancianidad plena, ahora que se llaman adultos en plenitud?

 

Los hombres en la cocina huelen a mierda de gallina o La mujer como la escopeta: cargada y en la casa. Refranes y dichos miopes, insultantes, que denotan una visión específica de los roles de mujeres y hombres que no existen más. Pero nada tiene que ver el idioma español con estas frases. Estos ejemplos seguirán siendo ofensivos en inglés, swahili o mandarín. El sexismo está en el fondo, no en la forma. Implementar el enfoque de género en la lengua, que es lo que estos manuales buscan, no está en decir todos y todas, sino en ser conscientes de que el genérico no es masculino, de que la a al final de sustantivos no es siempre un rasgo femenino y de que el género gramatical no es lo mismo que el género social, ni el sexo. Suena trillado, pero no a mentira: el sexismo no radica en la lengua, sino en la mente de los hablantes. Si se comienza a popularizar el femenino como genérico, estoy seguro que todos terminaremos usándolo, como lo hicimos con checar o con computadora. Mientras tanto, mi decisión de usar la lengua de cierta manera debe ser personal, responsable y luego de un análisis serio. Seguiré usando el genérico en masculino, sabiendo que no insulto, no borro a nadie. Aunque esto no me asegure la popularidad. Porque el odio, el amor y el sexismo está en la mente, no en la boca ni en la mano.

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