DESARRAIGOS

Mentes, manos y colores para narrar desapariciones

Los actos de violencia no son ajenos al entorno social donde se producen. En la cobertura de los casos de desaparición de personas en México, ¿ayuda el periodismo a entender las implicaciones de esta problemática?

En el foro de usos múltiples del Edificio "S" del ITESO se habla de desapariciones de personas. Es la presentación del libro Nadie les pidió perdón (Tendencias, 2015) de Daniela Rea, un libro que expone casos en que agentes del gobierno o particulares secuestran, torturan, matan, fabrican culpables y simulan ejecuciones. "Ojalá fuera ficción", dice una asistente que perdió a su hijo en circunstancias similares a las que relata el texto.

 

En la actualidad hay una generación de periodistas que se ha propuesto narrar las consecuencias de la guerra contra el crimen organizado en México, bajo una perspectiva diferente a la que se lee en los “ejecutómetros” de los periódicos y los comunicados de gobierno. Al acercarse a la gente afectada directa e indirectamente por el curso de la violencia en el país, quienes se dedican a esta cobertura suelen coincidir en la intención de visibilizar a las personas que pasan por un cambio físico, emocional y psicológico ante el dolor de perder a sus seres queridos, es decir, plasmar el lado humano que no refleja el reporteo de datos duros y estadísticas.

 

No es cualquier cosa escuchar a una señora que se vio en un libro como el de Daniela, y no es para menos, pero las historias de las personas no son lo único a tomar en cuenta si como sociedad queremos saber de qué manera se nos informa una realidad compleja, en la que no estamos tan a salvo como llegamos a creer. A veces se da por hecho que el periodista se sienta y escribe lo que vio, y ante la indignación que producen los relatos de las víctimas, es fácil no pensar en los métodos, el trabajo y la visión que hay detrás de un texto que nos cuenta algo que, como se sabe, no es ficción.

 

"Nuestra obligación profesional es la de dar a conocer todo lo que sea relevante para la ciudadanía", explica el periodista Miguel Ángel Bastenier (y añade un matiz: "ningún periodista está obligado a jugarse la vida por su trabajo"). Los casos de desapariciones en México se dan de formas tan diversas que no podemos asumirlos únicamente como los efectos de andar en la calle buscando problemas. Lo relevante para la ciudadanía, por lo tanto, es entender que los incidentes derivados de la violencia y la inseguridad son parte del entramado social en que se suscitan, y no hechos aislados o anomalías. A propósito, Marco Lara Klahr y Francesc Barata escriben en el libro Nota Roja (Debate, 2010): "No son acontecimientos inevitables que haya que aceptar como castigos del más allá. Son manifestaciones de la conflictiva realidad social, y sobre ellos pueden y deben incidir los ciudadanos y las instituciones".

 

 

Humanizar la cifra

 

El número oficial es de 27 mil 659 personas desaparecidas en México desde 2007 al 31 de diciembre de 2015. Y durante ese lapso también han surgido fuentes y herramientas que antes no existían de la misma forma. Hay blogs, redes sociales, hemerotecas virtuales, solicitudes de acceso a la información, independientemente si estas últimas ofrecen respuestas satisfactorias o no. También hay más actividad de organizaciones ciudadanas, internacionales y locales, que realizan sus propias investigaciones y exigencias en lo que respecta a los derechos humanos. La pregunta es ¿ha tenido el periodismo la capacidad para entender y explicar el fenómeno de las desapariciones en toda su complejidad?

 

En 2014, el Premio Jalisco de Periodismo se lo llevó Darwin Franco, con un reportaje acerca de la búsqueda que emprendieron tres madres luego de la desaparición de sus hijos. La transformación que ocurre en las personas a partir de la pérdida de un ser querido en condiciones poco claras, es uno de los puntos centrales en el trabajo periodístico de Franco. Lleva alrededor de cinco años recolectando testimonios de familias que se han visto afectadas de esa manera. Acompaña a los familiares en las búsquedas, no necesariamente en calidad de periodista. Va con ellos al ministerio público cuando realizan la denuncia correspondiente, o al Semefo cuando van a constatar si la persona que buscan está entre los occisos no identificados. Le permiten revisar los expedientes, las averiguaciones previas.

 

A la par ha construido una base de datos con las cifras que solicita cada mes al gobierno, de tal manera que pueda cotejarlas y deducir cómo se trabaja el problema desde lo institucional. Guarda las notas relativas a hechos violentos, las clasifica y mapea dinámicas delictivas de acuerdo a las regiones donde se presentan. Por qué hay más calcinados en tal zona, por qué en otro lugar desaparecen más mujeres, por qué allá desaparecen jóvenes. Está convencido de que si las autoridades atendieran el problema con eficacia, la incidencia en las desapariciones iría a la baja, y al menos una de las casi 200 familias que afirma conocer viviría una situación distinta. En una investigación que publicó en Proyecto Diez, lo explica con estos datos:

 

En la solicitud de transparencia, oficio FG/UT/261/2016, la Fiscalía informó que de enero a diciembre de 2015 generó 2 mil 378 indagatorias por desaparición y que de ellas se derivaron 2 mil 528 desaparecidos (1,357 hombres y 1,171 mujeres).

 

En el mismo oficio, esta dependencia asegura que sus pesquisas de búsqueda los llevaron a la localización de 1,683 personas (1,596 con vida y 87 sin ella), esto significa que los policías investigadores adscritos a la Fiscalía General y/o los agentes ministeriales pertenecientes a la Agencia del Ministerio Público 12/C, especializada en desapariciones, debieron encontrar de cuatro a cinco personas diariamente, ya que sólo así la Fiscalía podría mantener el 66% de eficacia que arrojan los datos que entregó sobre el número de indagatorias por desaparición que realizó durante el año 20151.

 

La información de cifras la alterna con las experiencias de los familiares al encarar las desapariciones de sus seres queridos y toparse con las dificultades que la búsqueda conlleva. De esta forma expone una realidad opuesta a lo que indican los números oficiales.  "Sistemáticamente he ido registrando cómo los familiares son violentados en sus derechos cuando no reciben información", comenta. "He visto cosas preocupantes, como que el encargado del área de desaparecidos le diga a un familiar que no le puede dejar ver el expediente porque hay cosas que cree que no debería ver, o que el agente del ministerio público, en lugar de darle el expediente para que la persona lo pueda leer libremente, porque es su derecho, le lee sólo las partes que él quiere".

 

Ha conocido familias cuyos casos se asignan a un ministerio público, luego a otro y luego a otro, y en cada oficina hay que iniciar de nuevo el proceso. Dice que ha visto expedientes que llevan desde 6 meses hasta 2 años sin registrar avance. Si hechos como estos le indignan, Darwin considera que debe trasladar la indignación al texto, de tal manera que el sentimiento ocasionado pueda leerse a través del testimonio de las familias. "Un periodista tiene que asumir su responsabilidad social, y si mi responsabilidad social es mostrar la indignación que genera el que una familia vaya en búsqueda de resultados y no se los den, hay que decirlo y de manera muy clara", sostiene.

 

Franco también ha documentado historias de amas de casa que se vuelven expertas en asuntos jurídicos y forenses luego de sufrir la desaparición de un familiar, personas que se vuelcan en una lucha interminable para exigir una respuesta de las autoridades. Más que plasmar los retratos dolosos de los afectados, quiere dar a conocer la imagen fuerte y poderosa de una madre que busca a su hijo.  "Los padres ya no son los que eran antes, no sólo porque el hecho los marcó sino porque se han empoderado, y ese empoderamiento es el que disputa el sentido a esta narrativa oficial y mediática que marca que se están haciendo cosas, pero que tú lo ves aquí y descubres que no es así", asegura.

 

 

La casa del activismo

 

La primera vez que vino a Guadalajara la caravana de los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, Darwin estaba en el evento acompañando a madres de Jalisco que también perdieron a sus hijos. El auditorio del CUCSH (Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara) estaba repleto. Cuando los integrantes de la caravana entraron al recinto, el público presente se unió en un coro: "no están solos, no están solos". Él recuerda que las madres jaliscienses se voltearon a ver entre ellas y una dijo "nosotras sí".

La manera en que la sociedad se relaciona con los hechos de violencia refleja una dinámica informativa que no alcanza a generar una toma de conciencia más precisa en los lectores, cuando lo que ocurre en el entorno inmediato no es lo que marca la agenda periodística. Si en algo ha fallado el periodismo, opina Franco, es porque sólo se informa el caos y no el origen de la violencia. “El periodista tiene que ser bien consciente del tiempo en que vive y tiene que tomar una postura: yo creo que hago activismo desde el periodismo y no creo que eso demerite mi postura frente al tema", comenta.

 

Y en el activismo también hay esfuerzos por explicar la situación. Amnistía Internacional (AI) toma casos emblemáticos de personas que hayan sido violentadas en sus derechos, como punto de partida para definir un panorama de la actualidad y del trabajo de autoridades, organizaciones de la sociedad civil y la población en general. A un costado del templo Expiatorio, en una casa de principios del siglo pasado, está la sede Occidente de esta organización. La oficina de Guadalajara abrió en septiembre de 2014 como un proyecto piloto de la sección nacional de AI que se encuentra en la Ciudad de México.

 

En enero de 2016, Amnistía Internacional publicó el informe titulado "Un trato de indolencia", en el que a partir de un análisis de los casos de los 43 normalistas de Ayotzinapa y las desapariciones en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, demandan al gobierno adoptar los principales estándares internacionales la próxima vez que se legisle en materia de desaparición forzada. "Si bien tenemos una relación cordial con los gobiernos, también somos una organización que está señalando cuando cometen una violación", comenta Jacqueline Galaviz, responsable del área de incidencia de esta oficina.

 

Jacqueline no habla mucho de las dificultades que pueda tener la operatividad de Amnistía en esta ciudad, pero sí menciona un manejo opaco de información por parte del gobierno, lo cual complica la elaboración de estrategias de esta asociación. No quiere ponerse a discernir si el periodismo con enfoque en derechos humanos cuenta como activismo, aunque sí cree que falta más dedicación al tema en los medios. "Es importante para los periodistas llegar con un contexto, con una idea de que no están abordando un tema cualquiera. Podrá representar una nota pero se trata de la vida de una persona", opina.

 

En la misma casa donde se encuentra esta oficina, hay otra sala que alberga el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo, A.C. (Cepad). César Pérez, director de la organización, cuenta que en un inicio documentaban casos de tortura, sin embargo las denuncias de desaparición de personas comenzaron a ser cada vez más frecuentes desde 2008. En el Cepad ofrecen asesorías jurídicas a los familiares de desaparecidos y los acompañan durante el proceso de búsqueda, pero César prefiere no revelar cómo se lleva a cabo esa atención ni qué les aconsejan. Lo que sí refiere es que la situación ha cambiado para mal. "Hay una grave crisis en materia de derechos humanos, no se puede considerar normal que en un Estado, donde supuestamente vivimos una democracia, desaparezcan 27 mil personas en menos de 8 años".

 

A César le preocupa ver que la sociedad haya sido incapaz de interpretar la situación de violencia e impunidad. Considera que el papel militante del periodismo es válido en ciertos casos, pero que lo más importante es explicar las causas que originan las desapariciones, quiénes operan de esa forma y qué autoridades son las que sí cumplen con su trabajo. "Tiene que ser una información integral y me parece que esa es una obligación del periodismo, buscar las fuentes, las posturas y fijar la propia", añade.

 

A la salida de la oficina del Cepad, en la misma casa, llegan integrantes del colectivo "Por amor a ellxs", una organización que congrega a familiares de personas desaparecidas en Jalisco. Están por entrar a una sala, y aunque días atrás alguien del colectivo aceptó darme una entrevista, hoy me dicen que lo tienen que discutir en la reunión. La información se maneja con cuidado en esta casa, así lo dictan las circunstancias. Trato de pensar, si yo fuera el desaparecido ¿cómo preferiría que mi familia se enfrentara a la situación?

 

 

Periodismo desde el tribunal

 

Es todo un sistema el que hay que tener en cuenta para entender la realidad de las desapariciones en México. Lo que viven familias afectadas por la violencia y la inseguridad no está desconectado del engranaje legal que define la manera en que las autoridades manejan el problema. En diciembre de 2015 el presidente Enrique Peña Nieto envió al Senado una iniciativa de Ley en materia de desapariciones, y algunas organizaciones civiles ya han señalado sus puntos fuertes y sus debilidades. Se trata, además de establecer una directriz adecuada para que el Estado trabaje el tema con eficacia, de las reglas con que el gobierno juega en su propia cancha, si sabemos de casos en que las autoridades participan en la desaparición de personas.

 

Para Saúl López Noriega, conocer todos los matices, variantes o aspectos jurídicos que giran en torno estos sucesos, es fundamental para detallar esta problemática. Saúl se ha especializado en periodismo judicial, y en 2015 publicó un manual junto a José Carreño Carlón para los reporteros cuya intención sea aclarar casos que se resuelven en los tribunales. La desaparición implica que hay una persona cuyo paradero se desconoce, los familiares hacen la denuncia y luego empieza la investigación por parte de las autoridades. Una vez que el ministerio público tiene indicios de que alguien participó en la desaparición de esa persona, inicia la acusación y el juicio.

 

Un periodista no tendría por qué estudiar una licenciatura en derecho, pero la profesión es flexible y puede acercarse a distintas disciplinas. Una función clave del periodismo judicial sería traducir el lenguaje técnico y abigarrado que se usa en los tribunales del país, y ponerlo en términos a los que la ciudadanía pueda acceder fácilmente. Por otra parte, López Noriega considera que lo ideal sería vivir en un país en que las desapariciones no fueran un tema a desarrollar, pero este problema es una realidad que debe explicarse. Las consecuencias de la guerra contra el narcotráfico, han ocasionado que los tribunales se vuelvan un factor muy importante para la opinión pública.

 

Por ejemplo, los avances que se han tenido en el tema de los 43 normalistas de Ayotzinapa, comenta, dependen en buena medida de la confesión de los detenidos. "Muchos de ellos aceptan en principio que participaron en la desaparición de estos chicos, entonces ahí el Estado los acusa de desaparición, homicidio, tortura y demás, y ahí inicia el juicio", aclara. "Algo que va pasar eventualmente es si la confesión va a ser suficiente para meterlos a la cárcel o sentenciarlos, habrá que revisar los términos en los que se dio esa confesión, hay personas que dicen que esa confesión se dio mediante tortura, y esos son aspectos que un juez va a tener que ponderar, y ahí se vuelve relevante".

 

El periodismo judicial es una herramienta que permite destacar los matices de una investigación, para no limitarse a presentarla como si fuera una historia de buenos y malos, o de víctimas y victimarios. Implica entender la ley como el instrumento que define la vida social, y que de esa vida emanan nuestros actos, por nobles o terribles que sean. Es una perspectiva que puede sumar al trabajo del reportero, ya de por sí detectivesco, en un país que no ofrece las mejores condiciones de seguridad para llevarlo a cabo.

 

 

Los límites del control

 

"Había características muy claras, y eso facilitaba la cobertura", Daniela Rea está en el skype. Recuerda cómo era reportear sobre desapariciones diez años atrás. La principal diferencia que ve entre la actualidad y esa época es que antes había patrones muy definidos que permitían entender quién desaparecía personas, por qué motivos, en qué regiones y quiénes eran los desaparecidos. Hoy ve un panorama confuso, empezando por la amplia gama de sectores de los que se sabe, llegan a cometer una desaparición forzada: policías municipales, estatales y federales, elementos del ejército y la marina, integrantes del crimen organizado y particulares.

Daniela empezó como reportera en Veracruz hace 16 años. Hablaba de temas sociales, lo que ocurría con los pescadores del puerto, los presos en el penal o la sierra Zongolica, una de las zonas más pobres del estado.

Originaria de Guanajuato, encontró en el periodismo una forma de entender y relacionarse con una ciudad nueva para ella, a la que llegó para estudiar la carrera en Ciencias de la Comunicación. En 2004 se mudó a la Ciudad de México, y siguió con la cobertura de conflictos sociales para el periódico Reforma. Fue durante el sexenio de Felipe Calderón cuando comenzó a interesarse en los testimonios de familiares de personas que perdían la vida como consecuencia de la estrategia que se emprendió contra el narcotráfico.

 

Hoy, a una década de la primera historia que escribió sobre desaparecidos, Daniela describe partes del mapa mental que ha trazado con las diferentes características de esta problemática a lo largo del país: "en Coahuila desaparecen hombres en edad productiva, casi siempre en grupos de más de tres personas; en Ciudad Juárez desaparecen ahora más mujeres adolescentes, y desaparecieron, como escribió Sandra Rodríguez, más durante un periodo que estuvo el ejército en la ciudad como parte del operativo conjunto en Chihuahua; en Tamaulipas lo que se ha podido detectar es que desaparecen migrantes, también eso habla de la zona de tránsito casi obligado de la migración, la ruta más corta para llegar a Estados Unidos cruzando México; en Tabasco y Veracruz también hay un gran número de migrantes desaparecidos".

 

Eso le lleva a pensar en una hipótesis que ya ha escuchado antes, que relaciona las desapariciones con un interés por ejercer control en un territorio determinado. "Es a través del miedo, entonces la gente ya no pasa por ciertas zonas por el miedo a que pueda pasar algo, y eso te permite como grupo criminal y como Estado tener control del territorio", asegura. Ese control podría ser, por ejemplo, para la explotación de terrenos donde hay yacimientos de hidrocarburos, como en el norte del país. "Todas las hipótesis pueden ser ciertas, no sabemos, la realidad es que no hay mucha certeza de qué puede estar pasando con las personas que están siendo desaparecidas".

 

En 2012, la periodista Tracy Wilkinson de Los Angeles Times obtuvo la base de datos del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, a través de una filtración de la PGR. Daniela recuerda que muchos de los reporteros interesados en el tema empezaron a buscar información en ese documento para tratar de identificar patrones de desapariciones, sin embargo la lista no era muy precisa y no se podía deducir gran cosa.

 

Consultar expedientes tampoco es tan fácil como parece. Para empezar, son documentos que sólo se pueden conocer a través de filtraciones, porque la ley no permite el acceso público a estos. Además, si una persona es detenida porque se le acusa de desaparición y en sus consecuentes declaraciones no menciona el hecho, no hay forma de que el expediente acredite que se cometió tal delito.  "Tenemos que aprender, a la hora que nos acerquemos a leer los expedientes, cómo tratar de cotejar la realidad que ahí se dice con la realidad de los otros testimonios, otras fuentes de información", explica Daniela.

 

El obstáculo que ella ve en la cobertura del tema, es doble: por un lado hay un hartazgo de la sociedad ante las notas que tienen que ver con violencia, y por el otro, al gobierno le conviene que exista un desinterés en el tema para que no haya un gran reclamo de justicia. Al no transparentar sus bases de datos, o no hacer públicos los hallazgos de cementerios clandestinos, Daniela considera que hay una clara intención del gobierno por negar la realidad.

 

"Como periodistas necesitamos ser más creativos, más contundentes o tener más imaginación de cómo planteamos el problema, porque la gente cree que si no sabe no le va a pasar", asegura. La impresión emocional que le ha causado el dedicarse a investigar estos temas representa para ella un recurso útil para generar empatía en el público, lo que hace la diferencia entre el desaparecido como un número y la persona ausente como una vida truncada que alguien espera todos los días en casa. "La parte emocional a mí me parece que es importantísima, porque el impacto de la desaparición es terminante en lo social, psicológico y económico para las familias, y ese impacto no hay manera de medirlo".

 

 

El dolor de los demás

 

"La tragedia, el accidente, no es una falla de la naturaleza, sino un rasgo de las formas de vida contemporánea. El desastre y la vulnerabilidad no son ajenos a las estructuras sociales", escriben Marco Lara Klahr y Francesc Barata en el libro Nota Roja. En esta obra se enlistan algunos aspectos a tomar en cuenta acerca de los hechos violentos, si se quiere hacer un periodismo éticamente responsable.

 

Los acontecimientos de violencia en un país no son asuntos personales, sino actos cometidos por quienes forman parte de la sociedad. Es decir, no se pueden tomar como problemas que atañen a la conducta específica de un individuo, sino que  "los delitos, las agresiones y la mayoría de las transgresiones que entran en conflicto con el sistema penal tienen que ver más con las injustas estructuras sociales que con las personalidades patológicas", señala el libro. De ahí la importancia de construir un relato a través del periodismo, que sirva como explicación de las causas que originan el fenómeno social de las desapariciones.

 

Se trata de una labor nada sencilla porque además de las dificultades para obtener e interpretar información precisa y confiable, de la indiferencia de una sociedad que percibe una saturación de notas de violencia en los medios, y de las agresiones que han padecido periodistas dedicados a este tema, está la responsabilidad ante las consecuencias que pueden resultar de la postura que se adopta en la cobertura. Si bien es importante fomentar una cultura en que la sociedad se involucre más en exigir un trabajo eficaz de las autoridades, al exponer hechos violentos en el periodismo se corre el riesgo de suscitar una preocupación excesiva por la seguridad.

 

Al situar determinados acontecimientos sociales en el mundo de la emoción, el periodismo deja de lado la explicación racional  que obligaría a una reflexión sobre las causas. Al ubicarse en el mundo de lo irracional, se niega el saber y el exigir; basta con el sentimiento, con la tristeza o con la alegría, con llorar a los muertos o con celebrar la detención de los victimarios, actores de una trama de complicidades que no se quiere conocer porque tal vez su crudeza evaporaría los encantamientos narrativos2.

 

Miguel Ángel Bastenier, profesor en la Escuela de Periodismo de El País, sostiene que la trascendencia del trabajo periodístico realizado en un entorno de violencia será mucho mayor que en condiciones de paz como en Europa, “donde nadie se juega la vida para ser periodista. Es nada menos que la construcción de un país nuevo y distinto lo que está en juego, pero, repito, en las líneas maestras las obligaciones son las mismas”. Para Bastenier, un periodista tiene la misión de contar lo que cree que pasa y lo que significa, con historia, protagonistas, testimonios, fuentes de primera mano y la visita a la realidad imprevista, siempre con la convicción de que el bien supremo es el servicio al lector.

 

El periodismo en el tema de desapariciones obliga al reportero a ser todo un artista en la ejecución de los elementos con los que trabaja, para lograr un justo equilibrio en que el servicio al lector no se convierta en comunicar el miedo. Y aún así, lo cierto es que en la actualidad, como lectores, nos distanciamos del dolor ajeno al verlo en la pantalla. Los contenidos de violencia que aparecen como parte de nuestro consumo de entretenimiento e información, los percibimos distantes y ajenos en tanto no ocurran a unos metros de donde estamos. No somos una audiencia que suele detenerse a pensar que si hay películas, noticieros, documentales, series, ficción y no ficción acerca de la violencia, es porque se trata de una realidad que compartimos como habitantes de este lugar.

 

Conocer esta problemática como público exige una toma de conciencia que, si bien no nos obliga a traducirla en una acción concreta, sí debemos tener en cuenta que la situación nos compete. El poeta y ensayista Juan Malpartida escribió en un artículo para la revista Letras Libres, acerca del libro Ante el dolor de los demás (2003), de Susan Sontag:

 

Hay algo obsceno en ese dolor, proclama mi inocencia; hay algo que debes saber, proclama mi moral: eres un hombre entre los hombres y tu individualidad sólo lo es porque formas parte de lo social3.

 

Podemos discutir la importancia de generar una narrativa que aporte una explicación rigurosa acerca de las desapariciones de personas, analizar qué se hace desde el periodismo actual y si este cumple o no con su función social en ese sentido. Buscar que seamos una ciudadanía más consciente de la manera en que el problema nos concierne, o sólo proponer un planteamiento a partir del escenario en que nos encontramos, son objetivos que cualquiera puede tener a la hora de cubrir el tema. Sin embargo, el interés de poner a la población en los zapatos de las personas afectadas no siempre es lo primordial cuando se apuesta por cambiar la situación, y ello me queda claro después de haber recibido un correo en el que una mamá que perdió a su hijo, responde así a la pregunta que le hice al respecto:

 

"Que se tomen medidas serias por parte del gobierno para no tener que generar empatía, si busco empatía sólo la voy a conseguir hasta que alguien se le desaparezca un ser querido (y no se lo deseo a nadie)."

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“LA PREGUNTA ES ¿HA TENIDO EL PERIODISMO LA CAPACIDAD PARA ENTENDER Y EXPLICAR EL FENÓMENO DE LAS DESAPARICIONES EN TODA SU COMPLEJIDAD?"

"LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA CONTRA EL NARCOTRÁFICO, HAN OCASIONADO QUE LOS TRIBUNALES SE VUELVAN UN FACTOR MUY IMPORTANTE PARA LA OPINIÓN PÚBLICA."

"COMO PERIODISTAS NECESITAMOS SER MÁS CREATIVOS, MÁS CONTUNDENTES O TENER MÁS IMAGINACIÓN DE CÓMO PLANTEAMOS EL PROBLEMA, PORQUE LA GENTE CREE QUE SI NO SABE NO LE VA A PASAR."

BIBLIOGRAFÍA

1

Franco, D. (2016). 2015, el año con más desaparecidos en la historia de Jalisco. 29 de enero de 2016, de Proyecto Diez Sitio web: www.proyectodiez.mx

2

 Lara, M., & Barata, F.. (2010). Nota Roja, La vibrante historia de un género y una nueva manera de informar. México: Debate p. 59

3

Malpartida, J.. (Abril, 2004). El dolor, la justicia y Susan Sontag. Letras Libres, 31, 40-42.

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