PERSONAS

Melodías para narrar un país:

Juan Pablo Contreras y el papel del compositor

El compositor mexicano de música clásica más prestigioso de su generación juega fútbol, practica yoga y disfruta de la conexión con la música, ya sea el metal progresivo de Dream Theater o el pop de Jeans

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Una noticia lo provocó. De ninguna manera podía pasar desapercibido, era el año en que la violencia en México se dispararía a la alza, la nota roja local ocupó la primeras planas nacionales, y la masacre de finales de enero fue una referencia: El sábado 30 de enero del 2010 unos sesenta adolescentes celebraban una fiesta en la casa número 1,130 de la calle Villa del Portal en Ciudad Juárez. Por la medianoche un grupo encapuchado de hombres armados abrió fuego contra los jóvenes matando a 16 de entre quince y dieciocho años.

 

La noticia viajó por el mundo y el mundo se consternó. Ese revoltijo en el estómago que provoca la tragedia lo compartió Juan Pablo Contreras, quien después de leer la noticia en un periódico se dedicó a buscar videos en Internet sobre la masacre. Uno mostraba a jóvenes en procesión acompañando los cuerpos de los difuntos rumbo a la misa de velorio. Juan Pablo sintió la necesidad de abrir un diálogo a través de su música, sabía que no podía dejar pasar aquella tragedia, y escribió Liturgia, una canción que invoca una misa católica donde cada instrumento del cuarteto ofrece un solo como lamento por la muerte de las víctimas, la canción es el tercer movimiento de Silencio en Juárez, obra que da título a su primer disco.

 

El compositor mexicano Juan Pablo Contreras tiene 28 años, cuenta historias a través de melodías que han sido escuchadas en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el Bolívar Hall en Londres y el Carnegie Hall en Nueva York. La música que ha compuesto ha sido interpretada por orquestas como la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, la Sinfónica Nacional de México, la Waco Symphony Orchestra de Estados Unidos y la Orquesta Sinfónica de Córdoba, Argentina.

 

Contreras es licenciado en Composición por la California Institute of the Arts (CalArts), y maestro en Composición Clásica por la Manhattan School of Music, salió del país a los dieciocho años y ha hecho de su búsqueda personal por una identidad mexicana una bandera, se define como un músico con postura nacionalista, que con su trabajo impulsa la vigencia del papel que tienen los compositores de música clásica en el mundo.

 

La gente vestida de gala para observar, escuchar y aplaudir a un gran número de profesionales de la música forrados en esmoquin, traje sastre o vestido largo no suena a una escena popular que pueda conectar con una población que mayoritariamente comparte limitaciones económicas y carencias sociales, ¿cómo puede la música clásica ser una vía para el desarrollo social y la unidad?

 

Juan Pablo Contreras y yo mantenemos una conversación por videollamada, él en Los Ángeles, Estados Unidos, yo en Guadalajara, México.

 

La música clásica está alejada de la gente, ¿es elitista la música clásica?

 

No, para nada. La gente piensa que tiene que ir elegante al concierto, y no. Se ha tratado de borrar esa barrera entre el público y el escenario. Muchas orquestas son como un museo que sólo muestra objetos antiguos y debe haber un balance entre respetar la tradición y educar a la gente para entender lo moderno. Hace falta difusión que inspire a las personas para que asistan a conciertos de música clásica.

 

Dejaste México cuando eras muy joven para estudiar en Estados Unidos

y después tuviste que explorar tu identidad como mexicano, como dices haberlo hecho para tu disco Silencio en Juárez, ¿en qué consistió esa búsqueda?

 

Me marcó mucho haberme ido y llevar casi diez años fuera. Cuando estás lejos tienes una visión distinta de lo que está pasando, no estás en medio de los problemas o de las cosas positivas, tienes una perspectiva lejana. Me interesa mucho retratar musicalmente las características de lo que nos distingue como país, lo bueno y lo malo, la pregunta era ¿cómo hacerlo?

 

La música clásica es algo muy europeo, cuando vas a clases te enseñan a Bach, Beethoven, o Mozart, yo desde joven decía que esos compositores no me hablaban y no me sentía tan relacionado con ellos porque son de otra época, vivieron muy diferente a lo que yo he vivido. Hice una búsqueda preguntándome, ¿qué es lo que me distingue a mí como compositor de México y cómo puedo conectar más con la gente que escucha mi música y que ha vivido lo que yo he vivido? Si haces eso de manera honesta, cualquier persona en cualquier parte del mundo se va a identificar.

A partir de esa búsqueda que iniciaste, de lo que has encontrado y retratado en tu música, ¿qué crees que nos caracteriza como mexicanos?

 

Es difícil, una combinación de una actitud muy positiva pero de mucha nostalgia a la vez. Hay un elemento de no pertenencia. El mexicano no quiere estar vinculado con los españoles pero tampoco le gustan sus raíces indígenas. Como que el mexicano quiere ser único, pero tampoco le gustan sus raíces. Es ese rechazo por la representación de lo que somos. Nunca nos conformamos con lo que en realidad somos, siempre estamos rechazando o buscando algo.

 

Te has inspirado en Octavio Paz , has compuesto La vida sencilla con textos de Nezahualcóyotl, en tu opinión ¿cuál es el mejor lugar para iniciar una exploración a los rasgos, temperamento, o carácter de algo tan diverso como ‘lo mexicano’?

 

Yo lo he buscado en la música, siento que soy parte de un legado musical. Yo no fui al primero que se le ocurre tener una postura nacionalista, Manuel Ponce o Carlos Chávez son algunos de los compositores que se esforzaron por retratar musicalmente el México de inicios del siglo XX, el país se estaba reestructurando y ellos querían decir “a esto suena México”. Como compositor me siento heredero de ese esfuerzo por contar lo que ha pasado, no por quedar bien con el país, o con un partido político, sino por el hecho de ser mexicano y querer contar historias.

 

Has comentado que usualmente los compositores jóvenes quieren presumir su oficio, es decir hacer ver cuán complicada es su música, y pocos se enfocan en transmitir un mensaje, ¿cómo ligas tú la música instrumental a los discursos, a los mensajes?

 

Yo me apoyo en la música para situar al espectador donde quiero que lleve su pensamiento, por ejemplo, en la pieza de Silencio en Juárez me apoye mucho en la música de banda y corridos para situar al escucha en el norte del país. Mi método es pensar en lo que voy a escribir y en qué música que el público conoce me voy a apoyar para ubicar a las personas e iniciar el diálogo. Creo que se trata de buscar el punto medio donde puedes hablar con el público sin comprometer tu oficio, técnica o lengua, se trata de hacerlo entendible y accesible. Cuando escribo soy el primer escucha y siempre estoy poniéndome del lado del público, yo tengo que ser el primer fanático. Escribes pensando que quieres conectar con una persona, así es el diálogo. Hay compositores que quieren estar en la tendencia del momento y muchas veces esa tendencia no te acomoda, y la música pierde valor. Si la intención no es llegar a platicar con alguien, el propósito se pierde.

Foto de Paola Núñez.

Juan Pablo Contreras creando tendencia… Dijiste que “lo que hace falta en la música mexicana es hablar de temas que nos interesan como país y sociedad, no sólo escribir música que pertenece a la tradición europea” y también comentabas que “en México no hay tantas oportunidades para compositores de música clásica”, ¿por qué la música clásica debe importar en un país con grandes problemas pobreza, marginación y desigualdad?

 

Una de las cosas valiosas de la música clásica es el espíritu de comunidad que tiene. Una orquesta es como un país. Cuando trabajo con una orquesta es como trabajar con un país donde el director es el presidente, los demás tienen una función especial en la sociedad. Para que suene bien la orquesta todos tienen que hacer su trabajo, para que un país esté bien cada quien debe ejecutar su función, sino no funciona. Me ha tocado enfrentarme a tratar con esa sociedad.

 

Los papeles que tiene una orquesta son igualitarios, no hay diferentes clases, todos luchamos por el propósito de hacer buena música, además hay muchas virtudes en la música que están ligadas a la sociedad, como la disciplina, el respeto a tu instrumento, el respeto a la persona que está del otro lado, y el trabajo en equipo. Creo que los males de una sociedad tienen que ver con la falta de sentirse con un propósito. Si tú le das un instrumento a un niño ya le diste una identidad, un propósito, ya le diste algo que querer y por qué sentirse querido. La música te aprecia, si le añades a eso el contribuir con una comunidad, no sólo tienes ya una relación enriquecedora con un instrumento sino una meta común.

 

Si el director es el presidente, ¿el compositor qué papel juega?

 

Es el mensaje que un país quiere dar, es la intención. Por ejemplo, si se está luchando por la paz, el compositor es el que está escribiendo el mensaje y el presidente tiene que llevarlo a cabo con la ayuda del país.

 

Sobre las oportunidades para los compositores de música clásica en México, ¿qué hace falta?

 

El modelo de enseñanza musical en México es muy europeo, los ejercicios de composición son hechos para copiar modelos: “Ahora vamos a hacer algo igual a Bach, ahora vamos a hacer igual a Beethoven” y van subiendo de dificultad y de época, cosa que puede ser buena, pero que no tiene un enfoque para escribir música original, encontrar la voz de los estudiantes. En Estados Unidos desde la primera clase de composición me preguntaron por lo que yo quería decir. “Tú y no importa nadie más”, desde lo que quieres decir, te ayudan a estudiar lo que necesitas para tener tu técnica. No por ser compositor necesitas ser experto en Bach. Si tu música no tiene nada que ver con Bach estudia otro compositor que se relacione con lo que te gusta.

 

Siento que hay una tendencia musical que descuida la individualidad del compositor y eso es lo que más se debe premiar.

 

Su padre, Fernando Contreras, es ingeniero electrónico y su madre, Elena Palomar, una matemática convertida a concertista de piano, sus tres hermanos —un hombre y dos mujeres— se dedican a la ingeniería, los medios de comunicación y al teatro musical respectivamente. En su obra Juan Pablo Contreras se ha enfocado en retratar el México actual, desde el folclor de su cultura hasta la violencia de sus complejidades sociales, pasando siempre por el filtro de su interés personal: el autor considera que para que su música abra un diálogo es sumamente importante que exista una total honestidad. Entonces nos pusimos honestos:

¿Por qué te interesaste en componer?

 

Como a los trece años me dió por el rock, dejé el violín —que a Juan Pablo casi le acababan de comprar— y le di a la guitarra eléctrica y al bajo. Teníamos varios grupos en Guadalajara, uno era de metal sinfónico con coros de ópera en inglés, se llamaba Life Keeper, ahí empecé a componer, y como la música era compleja, necesite aprender composición para entender lo que estábamos tocando. A dos de los integrantes y a mí nos empezó a interesar la música para películas, bandas sonoras. Empezamos una empresa para hacer música para comerciales o cine, eso me impulsó a decidir que quería dedicarme a la composición.

 

Tenía planeado estudiar composición clásica para hacer música para películas, por eso hice mi solicitud para estudiar en Los Ángeles. En ese momento yo no sabía que existían compositores que hacían música clásica nueva y cuando empecé a estudiar creí que se podía vivir de la composición, entonces quise dedicarme a una composición creativa, original y libre, en la que puedes escribir para orquestas y ganas dinero haciéndolo. Decidí dedicarme a eso porque la música de cine exige y restringe, por ejemplo, en cuestión de duración se trata de quitar o añadir segundos, la duración te limita para lograr las formas largas que son las más atractivas y difíciles para un compositor. Hice varios trabajos y me pasaba que me pedían algo muy específico como “quiero 30 minutos de música de esto pero hazlo que se vea original para que no haya broncas” Eso no me convenció, no era algo que yo quisiera o pudiera hacer para expresarme como compositor.

 

Hace algún tiempo declaraste, “el éxito que ha tenido mi música me ha permitido dedicarme de tiempo completo a la composición”, ¿cuál es tu rutina en un día normal?

 

De lunes a viernes de 8 a 12 compongo, estoy en un piano componiendo sin falta. Luego de 12 a 13 o de 13 a 18 horas, tengo esas dos opciones, edito música. Esa es la otra manera en que me gano la vida, siendo editor en Schott Music, una empresa alemana que publica partituras. Edito toda la música nueva que se vaya a publicar, me encargo de que todo se vea y lea bien. Con ellos empecé a trabajar cuando terminé la maestría. Después del trabajo hago ejercicio en las tardes, en Nueva York iba a yoga tres veces por semana. Me acabo de mudar a Los Ángeles porque me aceptaron en un Doctorado en Composición en la Universidad del Sur de California.

 

Mi vida está dividida entre ser editor y compositor, con la edición se gana muy bien y eso me permite seguir con mis proyectos personales de composición. Si algo puede ayudar a un músico es ir a escuchar su música o comprar su disco. Muchas veces la gente no sabe cómo apoyar a un músico, la mejor contribución que puede hacer es consumir sus productos, no sólo decir que te gusta su música.

 

¿Podemos escuchar tu música en Spotify o en Apple Music?

 

Sí, en ambas plataformas está mi disco Silencio en Juárez, y si les gusta, está en venta en Amazon y en todos mis conciertos.

 

¿Se puede vivir sólo de la composición de proyectos personales?

 

En realidad sólo conozco a dos compositores que viven de componer, usualmente se necesita otro trabajo para poder mantenerse, sólo si eres muy famoso puedes vivir de eso. Algunas personas dirigen orquestas y la gran mayoría dan clases, la realidad es que toma mucho tiempo hacer una obra. Mi obra más reciente es un concierto de piano y orquesta que se llama Pirámide del Sol, dura 25 minutos y la hice en un año y medio. La tocaron en la Sinfónica Nacional de México, y luego se fue a Venezuela con la Simón Bolívar de Venezuela.

 

La clave para ser un compositor es disfrutar el día a día, que el trabajo de componer sea la parte del proceso más disfrutable, es el más largo. Escuchar tu obra es algo sublime, llegar y escuchar a cien personas tocando algo que tú escribiste es una locura, como llegar a una fiesta a la que no te invitaron. El proceso del compositor es estar muy solo. Me he enfocado en el proceso de componer más que poner todo el énfasis en que se toque, aunque la meta sí es oírla, la diversión está en ir armando.

 

¿Crees que hay niveles en la música? ¿Es la música clásica más elevada o algo así?

 

No, creo que hay música buena o mala. Hacer una obra de música clásica es muy demandante, un compositor tiene que conocer 35 diferentes tipos de instrumentos, en ese sentido sí es más elevado. Pero en realidad ¿para qué se tiene a la música? ¡Para escucharla! Lo que importa es si la vas a disfrutar cuando la escuches, el propósito de toda la música es igual, la finalidad es escucharla. Para decir si es buena música o no, para eso no veo una distinción entre géneros.

Foto de Gabriel Montaño.

¿Cuál es la música popular que más te ha conmovido?

 

Me gusta mucho la música de Jeans u OV7… Es de lo que hablaba, el valor de la música está en la conexión. Esos gustos tienen que ver con la música que era popular mientras crecía. Si tú logras hacer una conexión la gente se identifica con tu música y la comprende mejor.

 

¿Cuál es tu canción pop favorita?

 

Híjole, una de Jeans que se llama “Estoy por él”

 

¿Canción de mariachi favorita?

 

Se llama “Violín huapango”

 

¿Cuál es la última canción de tu playlist?

 

“Quiero ver” de Café Tacvba.

 

¿Te gusta ver películas?

 

Me gusta el cine mexicano y eso me ha ayudado a definir mi postura. Tampoco acá muy pretencioso, nada de cine de arte. Veo las películas actuales. Hace poco vi la de Mexican Gangster.

 

¿Qué es el éxito?

 

El éxito es cuando eres feliz.

 

¿Eres el compositor más destacado de tu generación?

 

No sé, tal vez.

 

Tal vez, sí.

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