DESARRAIGOS

Lucha de clases en tu banqueta

Esta no es otra historia de buenos y malos; más allá del discurso de limpieza en las acciones de gobierno al reubicar a los vendedores ambulantes, el problema actual es el reflejo más inmediato de los modelos de producción y de pensamiento que transfiguran constantemente la imagen de una ciudad

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La tarde transcurre como la de cualquier domingo en la explanada del Templo Expiatorio. Hay comerciantes dispersos por todo el lugar, con puestos fijos o en el piso, colocados en torno a las macetas que hay en toda la plaza. Cada hora termina una misa, la gente sale del templo y se adentra en los pasillos del laberinto imaginario que forman los vendedores y su mercancía. En los últimos minutos antes de que comience a ponerse el sol, ocurre todo un concierto de estímulos visuales que no se puede pasar por alto. La carne está toda en el asador porque aquí la apuesta es segura, la variedad de productos y sus bajos precios abonan para que la concurrencia no se vaya con las manos vacías.

 

El cuadro de cada fin de semana toma un giro visual muy peculiar cuando el muchacho de las nieves interrumpe su canto de “hay de vainilla de nuez y de coco”, y se echa a correr empujando el carrito a toda velocidad. La emergencia se propaga en cuestión de segundos, los comerciantes parecen inmersos en una danza que los obliga a moverse lo más rápido posible: hay que recoger todo y salir cuanto antes. “El demonio de Tasmania”, refiere un espectador ante el torbellino que evoca la acción. Es temporada de cacería para los agentes de Inspección y Vigilancia del Ayuntamiento, y quien no tenga permiso de vender en la zona deberá soportar el trago amargo de entregar la mercancía a las autoridades, si es que no huye inmediatamente del lugar.

 

El año 2016 arrancó en Guadalajara con uno más de los intentos que las administraciones municipales han llevado a cabo para regular el comercio informal en los espacios públicos, al menos durante los últimos veinte años. La actual cruzada por dar orden a la presencia de vendedores en las calles en el Centro Histórico, se plantea con base en un discurso que habla de orden y limpieza, sin rodeos a la hora de especificar que la suciedad del comercio ambulante son los círculos de poder que operan fuera de la ley. La cara más inmediata que presenta este conflicto, está justo en el escenario que prometen las medidas efectuadas para solucionarlo: calles libres de la contaminación visual que conlleva un comercio informal sin control.

 

Una situación que prácticamente involucra a cualquiera que pase por la calle en su rutina diaria, sea transeúnte o sea gobierno, sea comerciante ambulante o establecido, representa sólo un eslabón de un gran entramado de procesos económicos y sociales que hilvana la actualidad, en estratos que van mucho más allá del lugar donde vivimos. Son ciudades y países los que están sujetos a las eventualidades de un modelo que actúa en las capas más extensas posibles, todo un sistema que se manifiesta por incontables vertientes y que no deja de tener su veta más esencial en el momento en que cada persona resuelve su forma de subsistir. La relación entre vendedores ambulantes y el ayuntamiento de una ciudad, comienza a producirse en ese preciso nivel.

El camino del artesano

 

El comercio informal en el centro de Guadalajara está integrado por colectividades que tienen dinámicas en su interior, las cuales no siempre están a simple vista para los transeúntes. Hay grupos de comerciantes con líderes, y hay vendedores independientes que optan por no adherirse a comunidad alguna. Es posible distinguir un grupo de otro por el tipo de productos que ofrecen y por sus ubicaciones, ya que generalmente los que congregan artesanos están en una calle y los que venden fayuca pueden estar en otra.

 

Antes de los operativos que el Ayuntamiento llevó a cabo en noviembre y diciembre de 2015, a los artesanos se les podía ver en el primer cuadro del Centro Histórico, a un costado del Teatro Degollado o en la Plaza Tapatía. Durante ciertas temporadas, hubo vendedores de artesanías en el Callejón del Diablo o más hacia el poniente, frente al Ex Convento del Carmen. Son grupos que reúnen a comerciantes de distintas procedencias, lo mismo pueden ser tzotziles, otomíes o huicholes, que chilenos, peruanos o españoles.

 

La rutina de llevar el puesto desarmado en un diablito, llegar al punto designado y armarlo, colocar los productos de manera que resulten atractivos a la vista del cliente, es un trabajo muy apacible para el caos con que suele relacionarse a las calles del centro. La vida en la ciudad desde el puesto en un tianguis, se siente como ver la calle detrás de una ventana, como si la condición de vendedor tuviera la capacidad de envolver al comerciante en una especie de anonimato protector. “Pásele, puede preguntar sin compromiso”, es una de las primeras frases que se le dicen a un cliente. “Tómalo, te lo puedes medir si quieres”, para que conozca la mercancía.

 

Los vendedores son sólo eso ante los ojos de quien va de paso, lo que hay entre un producto y el comprador, pero encarnan todo un muestrario de caracteres si uno los ve más de cerca: son las historias, los vicios y las virtudes que la convivencia cotidiana saca a flote de vez en cuando. Una sola agrupación de artesanos basta para que entre sus integrantes surjan amistades nobles o romances pasionales, de la misma forma en que pueden gestarse envidias disimuladas y venenosas enemistades. El vendedor de guayaberas que nunca bebe otra cosa que no sea coca en envase de vidrio, la joven mamá de un niño que sólo deja de llorar si le compran papitas, la adolescente que creció en el tianguis y ahora tiene que atender el puesto de su familia a regañadientes, el inmigrante que está de paso por la ciudad y vende pulseras para continuar el viaje.

 

Carlos Morales creció en el ambiente de los tianguis, de niño acompañaba a su mamá a vender ropa. Ha vendido playeras, y hoy elabora cuadernos artesanales con diseños propios. Le interesa la manera en que los artesanos organizan su vida a partir del trabajo y cómo ello repercute en ámbitos políticos. Está realizando una tesis sobre el tema. Él explica que con cada cambio de Ayuntamiento viene una nueva negociación con los líderes de los grupos de comerciantes. "Si te fijas, cuando hay más tolerancia de vender en la calle es en tiempos electorales, después viene el desmadre de quitar a toda la banda y volver a acomodar de acuerdo a las negociaciones que cada grupo haga", comenta.

 

En uno de sus planteamientos, expone que una administración llega a otorgar espacios a grupos cuyos líderes han apoyado en campañas electorales al partido que asume el poder, una especie de pago por favores concedidos. Entonces inicia una etapa de tolerancia, que Carlos define como "un permiso verbal que puede venir desde el director de Inspección y Vigilancia hasta del presidente municipal, dependiendo del lugar en conflicto y cómo se mueva la gente". El acuerdo dura hasta que otros sectores, como podrían ser los dueños de negocios establecidos, comienzan a ejercer presión para retirar a los ambulantes. "No es tanto que los artesanos afecten al pequeño comerciante, afectan aparentemente a los intereses de los hoteleros, restauranteros, de los grandes empresarios", aclara.

 

No se requiere una destreza excepcional para producir artesanías, pero el ingenio y la creatividad siempre hacen la diferencia. En lo práctico, es cuestión de hallar la forma de resolverlo, porque en un tianguis de artesanos hay quienes elaboran productos originales, quienes manufacturan artículos con base en modelos establecidos y quienes simplemente revenden mercancía. La línea entre unos y otros puede ser difusa, porque el criterio para definir al interior de un grupo qué es lo que se permite vender, también lo es. Ropa bordada de Chiapas, artesanías de huicholes, pipas, macramé, pulseras, piercings, tatuajes de henna, joyería, libros y películas de culto, la variedad de artículos puede ser tan amplia como las razones por las cuales un líder admite a un vendedor en su grupo.

 

Cuando la tolerancia otorgada por el gobierno llega a su fin, cada colectivo tiene su manera de afrontarlo. Los líderes que cobran las cuotas más elevadas a sus agremiados son los que tardan menos en establecer un acuerdo con las autoridades. Los que no cobran tanto, se van directo a la protesta. "Cuando se manifiestan los artesanos, los líderes siempre les piden que lleven su traje típico, y aunque no seas indígena te piden que te pongas uno, porque delante de los medios significa más presión, pero entre esos artesanos meten revendedores de productos del Parian", opina Carlos. "A final de cuentas [a los líderes] no les importa si eres artesano o no, lo que ellos quieren es tener grupos grandes para poder hacer manifestaciones y negociar".

Un progreso a destiempo

 

Un reporte de la Organización Mundial del Trabajo en 1973 detalló la manera en que la industrialización afecta por lo general a los países menos desarrollados. Se observó que en Kenia, la gente que no podía vivir de las actividades del campo emigraba a la ciudad, sin que ello les facilitara obtener mejores oportunidades de empleo. Bajo un modelo de producción donde la tecnología es importada y las formas de organización son verticales, la capacidad de generar puestos de trabajo es muy pequeña.

 

La situación de México no es del todo distinta, de acuerdo con lo que explica el especialista en Política Económica, Luis Ignacio Román Morales. En su opinión, el hecho de que cada vez una mayor proporción de la producción sea industrial, no significa que una mayor proporción del empleo también lo sea. La gente se va del campo a la ciudad porque el campo cae gradualmente en el descuido, pero llegan a la ciudad y no hay trabajo en la industria. "En 1993 había cerca de 9 millones de productores agropecuarios, ahorita hay 6.5 millones, es decir se han perdido 2.5 millones de empleos", señala.

 

Si la industria no genera empleos al mismo ritmo con el que la agricultura expulsa a los trabajadores, la gente va a buscar el sustento en actividades que requieran poco capital. El comercio por un lado y los servicios por otro, ofrecen una gran diversidad de opciones. De esta manera, las filas de la economía informal se incrementan cuando familias enteras que no se vieron incluidas en la promesa de la industrialización, encuentran una forma de sobrevivir en una enorme lista de tareas que pueden ir desde reparaciones o labores domésticas, hasta venta de artesanías, piratería y comercio ambulante.

 

Sin embargo el problema no termina ahí. Contrario a ser una tabla de salvación, el trabajo informal presenta cada vez más retos para quienes intentan subsistir por ese medio. Se ejerce presión para generar más empleo desde la formalidad, pero ello no significa que los trabajadores tengan mejores condiciones. Lo que ocurre en la actualidad, explica Román, es un proceso de aproximación paulatina entre sector formal e informal, a costa de la estabilidad que aseguraba el primero: caída de salarios, aumento de jornada laboral, aumento de eventualidad, subcontratación, pérdida de prestaciones, etc.

 

“Algo tienen que hacer las autoridades de la ciudad, pero el problema va mucho más allá”, opina el investigador. “Está por todo el país y está en buena parte del mundo, justamente estamos teniendo una economía a nivel internacional que genera muy pocos empleos, las ganancias se van sobre todo a procesos especulativos, a bolsa de valores, sistema bancario, aseguradoras hipotecarias y un montón de instancias de este estilo”.

 

De esta manera, los recursos no se concentran en la generación de empleo o de bienestar social, sino en la concentración de altas ganancias para la especulación financiera. Román Morales agrega que “si lo vemos así, nunca se va generar empleo suficiente para la gente”.

La batalla por el centro

 

Pongamos que un grupo de manifestantes lleva semanas afuera del Ayuntamiento. Está claro que el gobierno no los va a tener ahí toda la vida, hay que buscar una solución viable para todos. Tal vez lo que piden los manifestantes no va de acuerdo con lo que estipula el reglamento, pero si no hubiera maneras de conseguir ciertos propósitos, no existirían las manifestaciones. El gobierno puede hacer una excepción si los comerciantes (o sus dirigentes) juegan bien sus cartas, después de todo la protesta lo justifica. Así tenemos que una cita con los líderes más tarde, la paz se restablece. Hay una nueva tolerancia, pero nada es para siempre. El ciclo vuelve a comenzar.

 

En las acciones que las autoridades llevan a cabo para resolver los conflictos del comercio ambulante, Carlos Morales ve una lógica basada simplemente en el hecho de que los artesanos quieren vender, pero parece que hay un punto importante sin ser tomado en cuenta: el objetivo específico de los comerciantes es que les permitan estar donde hay más mercado. "Para mí, el mejor punto para vender es a un lado del Teatro Degollado, en cualquiera de los dos pasillos que se forman", dice.

 

La disposición actual en la reubicación de comerciantes que realiza la administración de Enrique Alfaro, luego de haberlos retirado del Centro, contempla otorgar 158 permisos a los vendedores que se registren ante el Ayuntamiento. Podrán vender en los puntos designados por las autoridades, con mobiliario proporcionado por las mismas. "El mobiliario es del Ayuntamiento y nosotros necesitamos que lo utilicen, porque es parte de la imagen urbana del Centro Histórico", declaró Hugo Luna, jefe del gabinete del gobierno municipal, ante los medios de comunicación. Acerca de dónde podrán trabajar los comerciantes, indicó que será en "prácticamente en todo el polígono del Centro Histórico, a excepción de las plazas y los edificios históricos".

 

Luna también dijo que no se ha privilegiado a ningún comerciante con base en las afiliaciones que pueda tener a grupo alguno. “Ahí que cada quien se invente su historia, es parte de la manipulación que luego los líderes hacen de los comerciantes queriendo engañarlos. Cada comerciante hoy tiene claro que ningún líder tuvo que interceder para que obtuvieran su permiso, y eso ha metido en problemas a los líderes que quieren abusar y manipular a los comerciantes”, aseguró.

 

La postura del Ayuntamiento da a entender que los líderes de grupos de comerciantes han quedado incompetentes para negociar acuerdos con el gobierno en beneficio de sus colectividades. ¿Qué sentido podría darle esto a la existencia de esas agrupaciones?

Un trabajo en la resistencia

 

“Sobrevivimos a las administraciones panistas y al retorno de las priistas. Ahora estamos en pláticas delicadas con alfaristas”, afirma Crescencio Cortés Espericueta, líder de la agrupación Artesanos Urbanos de Guadalajara. En su opinión, pertenecer a un colectivo es la mejor opción que tiene un artesano urbano si quiere ejercer su trabajo con dignidad. Desde 1993 ha encarado, al frente de su grupo, los diferentes intentos que los ayuntamientos han llevado a cabo para retirar o reubicar al comercio ambulante del Centro de la ciudad.

 

Crendo, como lo conocen los artesanos, dice que su agrupación fue pionera en integrar a indígenas, personas de la tercera edad, discapacitados y bohemios, en un medio de subsistencia a partir de la elaboración y venta de artesanías. Una alternativa viable para quienes, en sus palabras, "son desechados por la opción laboral oficial". Hace veintitrés años, cuando la administración del priista Alberto Mora López quiso erradicar a los comerciantes del primer cuadro, ellos concibieron el término de "artesanos urbanos" para distinguirse. "Por vez primera en Guadalajara, un grupo de desposeídos decidió jugársela contra la autoridad. Aquello conmocionó y hasta el ejército hizo presencia en el Callejón del Diablo, donde decidimos atrincherarnos a vender artesanos y pintores", relata.

 

Las hostilidades cedieron, los artesanos permanecieron y 1995 llegó con una nueva confrontación, el alcalde panista César Coll Carabias reanudaba el trabajo que su antecesor dejó inconcluso. Crendo cuenta que la resistencia de los artesanos consistió en multiplicarse y ocupar más espacios de la ciudad. Al final, Coll accedió a pactar con los artesanos y les permitió vender en los puntos que Crendo menciona: Plaza Tapatía, Calle Colón, Callejón del Diablo, Murales, Fuente del Espejo, jardín de San Agustín, Juzgados y costado del Teatro Degollado.

 

"El grupo es la única opción del artesano urbano para resistir a la autoridad. Además, al integrarse hace bien a sus colegas, porque solo así se impondrá este concepto como existencia positiva, aceptada socialmente en la vía pública", comenta.“Cuando se forma un grupo, la autoridad ve a su liderazgo como usurpador de sus funciones y lo ataca”.  Crendo define al artesano como un productor de bienes culturales, que aporta elementos de identidad y producción de riqueza a la sociedad. La vocación del Ayuntamiento, señala, es “depredar esta opción laboral, opuesta a la que sostiene al sistema”.

Hilar o descoser

 

Alguien que quiera comprar un bastón para tomar selfies no tiene la culpa de que sea más barato conseguir un palo de plástico en la calle que en una tienda establecida. Los comerciantes ambulantes no tienen la culpa de que el Centro Histórico sea donde más se venden sus productos, ni de que en cierto momento a las personas les apetezca salir a apreciar los edificios emblemáticos de la ciudad. El empresario establecido no tiene la culpa de lo que cuesta sostener un negocio en la formalidad, sin embargo la actividad de los vendedores también le afecta ¿Es culpable el gobierno por tratar de resolver los problemas que esta dinámica genera en lo inmediato?

 

Desarticular las redes de poder que operan detrás del comercio informal no es una tarea que implique únicamente invalidar a los líderes de grupos en su papel de intermediarios entre vendedores y Ayuntamiento. Tal vez habría que tomar en cuenta que el conflicto está inserto en una sociedad que plantea sus aspiraciones como la meta al final de un camino, cuando no todas las personas inician en las mismas condiciones para transitarlo. La supervivencia en un entorno marcado por la desigualdad, se vuelve cuestión de hallar la manera más fácil y rápida de concretar objetivos. Sin embargo, siempre hay situaciones que deben resolverse a corto plazo.

 

“En conjunto lo que estamos diciendo es que económicamente estamos funcionando mal como país, y esto repercute sobre los estados y sobre las ciudades, especialmente sobre los espacios donde circula la gente, como son los centros históricos”, apunta el especialista en Política Económica, Ignacio Román. Él está de acuerdo con que se aplique una regulación del comercio informal en la lógica de ubicar los poderes que actúan bajo la superficie. “Pero ¿qué tanto más allá es la medusa? ¿Cuántas cabezas tienes que cortar cuando siguen brotando justamente porque no hay empleo?”, añade.

 

En sus declaraciones a los medios de comunicación, el alcalde Enrique Alfaro ha recalcado que las medidas del Ayuntamiento no son contra los comerciantes, sino contra el desorden y las redes de poder que se forman detrás de los grupos. “No es que hayamos descubierto el hilo negro, lo único que hicimos fue no prestarnos a esos intereses que estaban detrás del comercio”, aseguró en una entrevista para la radio. “Lo que había era un negocio. ¿Por qué no actuaban los inspectores? Porque había dinero de por medio. ¿Por qué los gobernantes se quedaban callados? Porque además de los intereses económicos había intereses políticos. Tenían ahí clientelas que pretendían usar a su antojo”.

Simpatía por el recuerdo

 

Mónica Ortiz ha escrito sobre este y otros temas que atañen a la ciudad, en sus colaboraciones para dos medios locales. Ella es abogada laboral y familiar, y ha radicado toda su vida en el Centro Histórico. Para Mónica, las políticas actuales en la reubicación de comerciantes reflejan cierto interés por definir la manera en que esta administración quiere ser recordada la próxima vez que la ciudadanía acuda a las urnas electorales, un gobierno que busca deslindarse de las malas prácticas del anterior.

 

“La población de ambulantes se supone que creció 200 por ciento con Ramiro Hernández, por eso cuando llegó Alfaro dijo que estaba inundado. Sí estaba inundado, pero no es un problema de un solo nivel de gobierno”, opina. Una estrategia que involucre a los niveles federal, estatal y municipal, cada uno trabajando desde su competencia, sería un medio efectivo para, al menos, atender el conflicto con una mayor amplitud de miras. Sin embargo, asegura la abogada, la administración municipal actual apuesta a la memoria corta de la población, al presentar el problema como si fuera la primera vez que un gobierno toma cartas en el asunto. “Es política, es la imagen que quieren que recuerdes el día que vayas a votar, que te acuerdes que no están aliados a círculos viciosos de corrupción en el Centro Histórico... vota”, explica.

 

Así se tiene una solución que libera a la vía pública de vendedores, para generar una imagen tangible del trabajo que se está llevando a cabo. Mientras tanto, las alternativas que busquen los desplazados para subsistir pueden dar paso a otras situaciones que tarde o temprano habrá que resolver. Por lo pronto el gobierno les da la opción de registrarse para una reubicación, inscribirse en mercados municipales, aprovechar 400 plazas en una bolsa de trabajo de la iniciativa privada o 150 espacios laborales en el Ayuntamiento.

 

El orden y la limpieza referidos en el discurso oficial, parecen dirigirse exclusivamente al peatón que en cierto momento pudiera tener el deseo de disfrutar un Centro Histórico sin los inconvenientes ocasionados por el bullicio y la desorganización del ambulantaje. Es importante señalar que la visión de los gobiernos en Latinoamérica ha sido históricamente formada desde la percepción de las clases que detentan el poder. En palabras de Teun A. van Dijk, destacado analista del discurso que ha escrito varios libros sobre el tema, en esta región no hay garantía de que un gobernante no caerá en una actitud autoritaria o paternalista, a pesar de que en lo textual se suele favorecer a las minorías:

 

[...] las características del discurso político público, incluidos los matices racistas o antirracistas, no son únicamente la expresión de los prejuicios personales, sino también la manifestación de una función de contexto, es decir, la muestra del contexto social de la clase dominante por una parte y, por otra, la de las condiciones políticas e implicaciones de la política de partido, relaciones de poder, ideologías nacionales y el mantenimiento de situaciones de privilegio y autoridad de los grupos dominantes y de sus élites1.

 

Reducir esta historia a un conflicto en que sólo una de las partes tiene la razón, sería simplificar una realidad de múltiples dimensiones que sólo muestra una de sus caras en la vía pública. Hoy podemos tener calles más libres y menos afectadas en lo visual por la obstrucción que imponía la actividad de un comercio informal descontrolado. Pero de un gobierno que proclama su negativa a negociar con líderes de vendedores, a una ciudad donde no existe corrupción, ni simulaciones, ni pactos encubiertos, todavía queda una distancia que no sabemos en qué medida se está recorriendo, mucho menos si las medidas de regulación se siguen aplicando en una lógica que impone sus condiciones de arriba hacia abajo. Si algo de este conflicto y sus resoluciones va a quedar en la memoria de la ciudadanía, es justo procurar una visión que involucre otras perspectivas además de la inmediata.

BIBLIOGRAFÍA

1

 Teun A. van Dijk. (2003). Dominación étnica y racismo discursivo en España y América Latina . Barcelona: Gedisa.

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