CONTRAPESOS

Los de adentro y los otros,
los de afuera

Las formas urbanas de esta ciudad siguen perpetuando la debilitación del estado como garante de espacios públicos con un real cruce de personas.

Por ARQ. DIEGO H. CRUZ HERRERA  /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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¿Nombre? ¿A qué domicilio? ¿Lo molesto con su identificación? Le regresamos su identificación cuando salga, sale por aquí mismo por favor.

 

Un gran porcentaje de los habitantes de esta ciudad vive en urbanizaciones amuralladas, mientras que otro porcentaje anhela vivir rodeados de muros y resguardados. En Guadalajara conocemos a estos bunkers como cotos, y es lo que ha dado forma a la ciudad en los últimos años. Los cotos son áreas urbanas donde se privatiza el uso de calles, plazas y parques dentro de su perímetro (Roitman, 2004). En cambio, los otros vivimos en la ciudad de “a de veras”, esa que no tiene guardias pero sí banquetas.

No es casualidad que los cotos sean el producto inmobiliario más exitoso en mucho tiempo ya que hemos sido bombardeados por un discurso mediático enfocado en el miedo al otro; apoyado en el incremento  de la inseguridad, en el fracaso del Estado como proveedor de servicios básicos a la ciudadanía, y en el aumento de la brecha entre los ricos y los pobres; todo esto ha generado una tendencia hacia la fragmentación del patrón urbano; pasamos de una ciudad entendida como una unidad, a una ciudad fragmentada como bien lo explica  Muxí (2009):

 

La ciudad como superposición de fragmentos seleccionados por el mercado no es más que una aglomeración de partes que se quieren diferentes y que no buscan formar una entidad nueva, clara o reconocible. Las diferencias entre los fragmentos son meras apariencias, ya que todos se han seleccionado a partir de un mismo discurso y de una misma lógica: la vida es consumo y el ciudadano ha cambiado su estatuto y derecho civil por uno comercial, el de consumidor.

 

De esta forma la voluntad social es manejada por grandes proyectos de marketing que niegan una sociedad de orígenes y momentos culturales distintos. La forma urbana depende cada vez más de la inversión privada, y en Guadalajara las estrategias publicitarias han sabido explotar un concepto que más que generar ciudad, maximiza la polarización social. En las imágenes publicitarias los cotos son presentados como un símbolo de estatus y de exclusividad. En palabras de Woone Ickx (2002): “lo que se compra en un fraccionamiento no es una superficie de suelo, es un concepto de exclusividad, un concepto de bienestar y de estatus. En este sentido el concepto es reproducible como cualquier otra mercancía.”

Es gracias a esta posibilidad de reproducir el concepto en venta que podemos analizar y generalizar las estrategias publicitarias. Partiendo de esta generalización, Ickx identifica siete conceptos publicitarios que aparecen en la mayoría de los anuncios de venta de terrenos y casas en fraccionamientos cerrados en el área metropolitana de Guadalajara:

 

Seguridad. La antropóloga Rossana Reguillo (1998) hace una detallada investigación en un ensayo, sobre los miedos de ciertos sectores de la ciudad, se enfoca en las personas de clase alta que viven en fraccionamientos cerrados, familias que son caracterizadas como la madre que no trabaja y se dedica únicamente al cuidado de los niños y su buena educación, y los niños que se dedican a jugar en los espacios especiales dentro de su condominio bardeado. Tras entrevistas a 500 personas, algunos de los resultados sobre el miedo de la ciudad fueron los siguientes: la gente de clase alta que vive en zonas residencial cerradas siente inseguridad ante lo desconocido; consideran un mal social a las personas extrañas y pobres; mientras que en sus signos representativos de vida consideraban la estabilidad, el control y la familia. Es notorio que en los resultados publicados por Reguillo, los hábitos de las personas que viven en condominios privados, muestran un gran temor por la ciudad real, la cual según el ensayo ven como un lugar de pérdida de valores; también muestran temor por lo desconocido, viven y pasan la mayor parte de su tiempo en su coto –teniendo centros comerciales cerca, sin necesidad de salir o alejarse mucho de éste.

 

Exclusividad. La publicidad de los fraccionamientos muestra una variedad de palabras (clase, estilo, altura, real, imperial, etc.) indicando que el fraccionamiento está al alcance de un sector social reducido, la exclusividad implica la exclusión. Esta exclusión del otro únicamente refuerza el discurso del miedo al diferente, a lo heterogéneo, y promueve descaradamente la polarización social.

 

Amenidades. Las amenidades se ofrecen como símbolo de estatus, es decir, los cotos de clases medias altas y altas ofrecen a sus potenciales consumidores espacios de recreación como símbolo de estatus y exclusividad. Cabe decir que estas ‘necesidades’ creadas por los promotores se difuminan al descender en el termómetro social, yendo desde campos de golf y clubs deportivos, en las más altas categorías, hasta llegar a la apropiación vecinal forzosa de las áreas de cesión debido a la falta de espacios de recreación, en las categorías más bajas.

 

Privacidad. De la mano de la exclusividad viene la privacidad. En los anuncios publicitarios de estos fraccionamientos es posible observar la foto de una familia, sola, disfrutando de las amenidades. Esta imagen demuestra la voluntad de intensificar los lazos de la familia tradicional. Para el sociólogo Richard Senett, la vida en este tipo de desarrollos excluye a las familias no tradicionales: personas que viven solas, parejas sin hijos, o cualquier tipología que no sea la estructura convencional de familia. Cuando se compra en uno de estos fraccionamientos se compra, también, un estereotipo de vecino: mismo nivel socioeconómico, tipología de familia similar, edades similares.

 

Naturaleza. Para el consumidor, un ambiente sano es un lujo. De ahí que los promotores encuentren otra manera de significar el estatus: el contacto con la naturaleza. Justificando así la ubicación de muchos de estos fraccionamientos, ofrecen al consumidor el lujo de respirar aire fresco y estar rodeados de grandes extensiones de verdor. Sin importar que, al mismo tiempo, están promoviendo la ciudad extendida, el uso del transporte privado y la saturación de las vialidades que alimentan su oasis urbano. Al igual que las amenidades, el contacto con la naturaleza se va difuminando, hasta desaparecer, conforme baja el termómetro social.

Ubicación. Los fraccionamientos cerrados de clases medias y altas se ubican en zonas de prestigio o en la cercanía de grandes áreas verdes y vías rápidas de comunicación, lo que genera una seguridad en la plusvalía de los mismos.

 

Plusvalía. Ha sido la principal razón del auge de este tipo de urbanizaciones, gracias a la capacidad de proteger la inversión inmobiliaria.

 

De esta forma, en el discurso de la publicidad se intenta crear una imagen de una realidad urbana homogénea, sin los problemas de la ciudad; se le da valor y se refuerza el discurso mediático de miedo a la ciudad. Es decir, los mensajes que ofertan esta idea de ciudad reivindican la idea de exclusión.

 

Es así como los fraccionamientos cerrados se nos presentan como la panacea de la sociedad contemporánea, como el lugar donde hay que vivir para que los niños puedan salir a jugar y los adultos disfruten el contacto con la naturaleza; jamás se habla de la polarización social que estas formas urbanas propagan, o la increíble homogeneidad del habitar en estos claustros. O de que estas formas urbanas siguen perpetuando la debilitación del estado como garante de espacios públicos con un real cruce de personas.

 

Los barrios amurallados son la imagen neoliberal de la segregación urbana: con sus cámaras, sus guardias, sus muros, con su discriminación y su acceso controlado. Ante esto, la opción más prudente para que estas edificaciones sean parte de la ciudad, es que se derriben los muros, que el espacio que debe ser público lo sea; que sus cámaras protejan –por lo menos en teoría– a todos y dejen de criminalizar al otro. Que sus calles se integren al resto del tejido urbano y que su homogeneidad social y estética se pierda.  Necesitamos ciudades tan heterogéneas y espontáneas como tengan que ser, pero ciudades de “a de veras”.

BIBLIOGRAFÍA

 

Muxí, Zaida. (2009). La arquitectura de la ciudad global. Buenos Aires: Nobuko.

 

Reguillo, R. (1998). Imaginarios globales, miedos locales. La construcción social del miedo  en  la  ciudad. Ponencia registrada en el IV Encuentro de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación. Recife, Brasil.

 

Roitman, Sonia (2004). Urbanizaciones cerradas: estado de la cuestión hoy y propuesta teórica. Revista de Geografía Norte Grande. Núm. 032. Santiago: Pontificia Universidad de Chile. pp. 5-19

 

Wonne, Ickx. (2002). Los fraccionamientos cerrados en la zona metropolitana de Guadalajara. Guadalajara: UdeG.

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