EN NINGÚN LUGAR DE ALEJANDRÍA

COLUMNA

Lo hice por el punk

Por Fat Harp Malone

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Malos músicos

 

Lo bueno cuesta, y si no que se lo digan a la gran mayoría de los músicos callejeros que uno se topa en distintos puntos de la ciudad. Me refiero a los músicos que, si en lugar de conformarse con la cooperación voluntaria del peatón, cobraran un peso por escucharlos tocar, mínimo tendrían la decencia de afinar sus guitarras antes de emitir toda una serie de sonidos discrepantes entre sí, perdidos en el ruido de los motores de carros y los gritos en tono chilango light de los vendedores ambulantes. Una tarifa fija por tocar sería sin duda lo que levantaría el listón de calidad que en lo que a música de la calle se refiere, está invariablemente bajo. ¿Qué tan bajo? Digamos que lo suficiente como para que uno se imagine lo que habrá sentido Evander Holyfield cuando Mike Tyson le mordió la oreja. El escenario más democrático para un músico que quiere ganarse la vida tocando tiene suficiente campo para principiantes que están en proceso de dominar su instrumento, así como para veteranos que prefirieron no dominarlo nunca. Es cierto que a estas personas no se les puede exigir demasiado, cuando apenas ellos saben las dificultades que deben sobrellevar en su vida diaria para hacer lo que hacen. Tal vez el sólo hecho de que estén ahí en la calle, cantando con esas voces que esquivan todo lo que puede parecer una entonación lograda, ya cuenta como una victoria de la voluntad humana. Uno nunca sabe. Pero también es cierto que entre todos los posibles donantes hay personas que piden un mínimo de calidad antes de soltar una moneda, y cuando el repertorio de un intérprete callejero tiene “Las piedras rodantes” del Tri como una de sus cartas fuertes, hay que abandonar toda esperanza…

Su propio blues

 

Y sin embargo las balas perdidas existen, el primer cuadro del Centro Histórico de la ciudad suele albergarlas de vez en cuando. Camino por una de tantas plazas cuando una voz amplificada me toma desprevenido, una voz aguda e infantil que de inmediato me obliga a buscar a su emisor: se trata de un niño cantante vestido de vaquerito que no aparenta más de cuatro años de edad, con sombrero negro, camisa verde, pantalón oscuro y pistolita de juguete a la cintura. En la mano lleva un micrófono que está conectado a una bocina sostenida por un niño mayor. Los acompaña un señor arrugado que toca la guitarra. Los tres visten igual. Lo de este niño no tendría mayor relevancia si no fuera por la forma en que a su corta edad parece haber asimilado la esencia de la música ranchera. El vaquerito canta canciones acerca de caballos, tequila, duelos a balazos y mujeres ingratas con un sentimiento que muchos vaqueros mayores todavía no conocen. Apoya el pie en la base de una lámpara, lo que le da un aire imponente a pesar de su baja estatura. La famosa pregunta que lanzó Bob Dylan al viento encuentra su respuesta en la voz de un niño que despliega una increíble capacidad de transmitir lo que siente un ranchero al añorar la vida que le prometieron las películas de Jorge Negrete, corazones rotos y borracheras incluidas. Se me ocurre que esa excepcional manera de cantar puede tener dos explicaciones: a) que escucha música regional a toda hora desde que estaba en el vientre materno, o b) que alguna vez en su aún breve existencia lo dejaron las mujeres, como dice Chente, llorando y con el alma hecha pedazos. Después de todo, nunca se es demasiado joven para sentir.

 

Las rutas de transporte urbano pueden contener una que otra sorpresa en sus entrañas después de un rato de tomarlas casi a diario. Una tarde cualquiera se convierte en un momento inolvidable gracias a un señor entrado en años que toca la guitarra y canta como si tuviera un pacto con el diablo. Su repertorio se compone de canciones como las que le adjudicaron a Miguel Aceves Mejía el sobrenombre de “Falsete de oro”, con un arsenal de notas altas y víscera campirana que resuenan por todo el camión. Su interpretación es potente y llena de garra, imposible no prestarle atención. Al fondo de la unidad va sentada una muchacha frondosa, encima de su novio. Los dos escuchan con rostros felices hasta que se levantan para pedir la parada en una de tantas esquinas de un barrio con nombre de santo. Con falda larga y el cabello ensortijado que cae por debajo de sus hombros, ella podría ser una gitana de las más guapas. Él no. Recorren el pasillo hasta llegar a donde se encuentra el músico que no ha parado de tocar en todo el rato, le dan una moneda y bajan de la unidad. “Gracias por ser humildes”, les dice el señor, y no sé por qué en ese momento pienso en los antiguos hombres del blues del Mississippi, tal vez porque también requinteaban como si la guitarra fuera una extensión de su cuerpo. El camión hace su parada habitual justo al llegar a una avenida de las grandes, el artista se baja y se lleva consigo sus canas, sus lentes, su guitarra vieja de madera y los huaraches que dejan ver unos pies de largo trecho recorrido. Y yo me quedo con ganas de otra canción.

Hazlo por el punk

 

Belafonte Sensacional vino, vio y conquistó las dos plataformas que cualquier banda que se respete debe conquistar: la formal, esta vez aderezada con la presencia de peces gordos de la industria musical, y la austera, la de las fiestas clandestinas donde la gente siente que algo verdadero ocurre y no es precisamente el uso del baño como cuarto de motel. Durante su show en el marco de la Feria Internacional de la Música, una proyección detrás del escenario mostraba imágenes de las marchas por Ayotzinapa, con una leyenda que preguntaba “¿Y LOS 43?”. Sonaba la canción “Lo hice por el punk” y los Belafonte se echaban el público a la bolsa. Veinticuatro horas después, tocan la misma canción en una terraza ubicada a tan sólo unas calles de la frontera mental que cierta gente le impuso al corazón de la ciudad. Espectadores ávidos de alcohol y muerte ligera se amontonan frente al grupo y hacen lo que auténticamente se llama bailar rocanrol. Este es el underground y a veces participo en esta clase de cosas. Atrás quedaron los días en que un amigo y yo nos armábamos de guitarras y nos parábamos en aquella plaza donde vi al vaquerito, para quedarnos con el dinero de la gente a base de interpretar canciones de los Beatles y los Creedence y los Elvis. Nosotros también fuimos músicos de calle, y los borrachos nos amaban. Se ponían a bailar, cantaban y ahuyentaban a un sector muy valioso del público: los padres de niños pequeños. No sé quién era más feliz, si el papá al ver que su bebé caminaba solito para depositar una moneda en la canasta, o nosotros al notar que pronto volveríamos a estar en condiciones de comprar más cerveza. También nos amaba una señora que cada que nos veía le decía a cualquiera que Elvis se murió por drogadicto, y un mariachi que casi a diario nos daba veinte pesos para que tocáramos la rola de George Harrison, la de los aleluyas. En esa calle siempre estaba un travesti que pedía donaciones para unos supuestos niños en situación vulnerable, un vendedor ambulante que no era Alfonso Zayas nomás porque no le pusieron una cámara enfrente, y una muchacha encargada de una boutique que nos miraba con ojos brillantes de quien recibe serenata. En cambio, el vendedor de quince borrachitos por cinco pesos nos odiaba, y no tenía problema en demostrarlo. Creo que también nos odió un punk que una vez nos encontró en su camino. Iba de negro, con camiseta de The Clash, chaleco con parches de Rancid, botas negras, piercings y pelos parados. Nos dijo: “búsquense un trabajo”. Atrás quedaron esos días, pero seguimos el consejo y todavía lo hacemos por el punk: ahora me toca escribir lo que pasó en ningún lugar de Alejandría.

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