CONTRAPESOS

Les damos lo que nos piden

Las viejas dinámicas informativas no logran convencer a sus audiencias
de que son capaces de cumplir su función social

Por ELBA DÍAZ CERVERÓ /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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En los días en los que toda la atención mediática la acapara la recaptura de Joaquín Guzmán Loera, es fácil darse cuenta de qué modelo periodístico tenemos en México, país bello donde los haya y en el que lo periodístico no es menos colorido que lo cultural. Como lectores, a todos nos gusta conocer los aspectos más truculentos de un personaje que, buscando lo cinematográfico, hace que el relato sea verdaderamente de película, y ello podría conducir a los editores de periódicos a desear muchas historias como esta para vender más. Este retrato realizado con brocha gruesa nos lleva a tener que repasar varios aspectos delicados que requieren de algo más de precisión y finura.

 

El primero de esos puntos es el de la cobertura informativa que se hace del narcotráfico en México. Esta muchas veces parte de, probablemente, los dos sentimientos más humanos que existen: la supervivencia y el miedo. En un país de 125 millones de habitantes cuyos periódicos no superan, en ningún caso, los 250.000 ejemplares de tiraje, es fácil aprovechar la triste agenda informativa que ofrece el narcotráfico para dotar a esas noticias de cierta –o mucha- espectacularidad para vender algo más. Tampoco resulta difícil hacerlo porque, como se apuntaba en el párrafo anterior, y aunque la expresión resulte demasiado usada, en este país la realidad supera a la ficción. Si a ello unimos el hecho de que México es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer la profesión periodística, es fácil encontrar como resultado unas noticias que algunas veces parecen redactadas por el propio gabinete de comunicación de los criminales.

 

Llegados a este punto, muchos podrían rebatirlo alegando que, si los hechos son espectaculares, las noticias no deberían dejar de serlo. A ello puede responderse de una manera que no es fácil ni breve, pero que tiene que ser necesariamente contundente: el periodismo no nació –al menos no únicamente- para vender periódicos, ni para satisfacer el morbo de los lectores, sino para contribuir a una sociedad mejor. En este sentido, el receptor final del trabajo periodístico no es el patrón, sino los ciudadanos a los que se debe con textos rigurosos e imparciales que no pueden magnificar ninguna dimensión de la realidad ni de sus agentes, y que deben llamar a las cosas por su nombre. Ello con la sola excepción del caso en el que la propia vida o la de terceros corran peligro, pues el derecho a la información no está por encima del derecho fundamental a la vida.

 

Demos ahora un giro en el camino y supongamos que en México no existiera narcotráfico. Detenido el gran capo, y tiempo después de que conozcamos cómo se reunió con actores y otras batallas, muchos periodistas podrían pensar que ya no hay nada interesante que llevar a las portadas de los diarios mexicanos. Se equivocarían. Incluso aunque desaparecieran todas las organizaciones criminales del país, siempre quedaría el otro gran tema que co-protagoniza la agenda mediática nacional: la corrupción. Informativamente hablando, ¿cuál es la diferencia entre los dos temas? Pues que, mientras que las novedades en los casos de narcotráfico suponen la entrega más reciente de una saga que las audiencias siguen con atención, en la corrupción la repetición genera hastío y una desidia que más bien invita a cerrar el periódico. En periodismo se dice que la noticia no es que el perro muerda al niño, sino que el niño muerda al perro y, en el caso de la corrupción, los corruptos han pasado de niños a perros que, aunque muerdan y acaben con casi todo, son tan frecuentes que ya no suponen ninguna novedad noticiosa.

 

Vamos a dar ahora otra vuelta de tuerca para imaginar que en el país –y en el estado- tampoco hay corrupción; ¿qué asuntos son los que ocuparían las páginas de nuestra prensa? Actualmente, podríamos aludir, como lo hace la prensa internacional, a los fracasos del Presidente, a quien tres grandes reformas se le han convertido en tres grandes escándalos: el de los normalistas, el de la casa blanca y el último que parece haber enmendado con la antedicha recaptura. También sería recurrente el asunto de la devaluación del peso frente al dólar y los problemas locales que, como la presencia de ambulantes y otras cuestiones relacionadas con la vialidad, ocupan espacios notorios en las cabeceras de la ciudad.

 

Hasta aquí, los asuntos de interés público, es decir, aquellos que los ciudadanos debemos conocer antes de tomar decisiones y vivir el día a día en sociedad. Aunque habitualmente no piensen en ello, los lectores y usuarios de periódicos acuden diariamente a este tipo de información para decidir desde por dónde circular o adónde viajar hasta a quién votar. Descontando esta parte, que debería ocupar el grueso de las páginas de nuestros diarios, y la información de servicios -esquelas, temperaturas del día o los clasificados-, el resto es para el deporte –con un espacio que equivale a un cuadernillo completo encartado en cada periódico-, la vida social, la moda y el coloquialmente llamado chisme.

 

Realmente nadie necesita conocer para vivir el resultado de los Charros contra los Tomateros, aunque a algunos les vaya la vida en ello. En ese sentido, y de una manera aparentemente más incomprensible, ¿quién no se ha sorprendido alguna vez leyendo, aunque ni siquiera sepa quiénes son sus protagonistas, las coloridas –y en igual medida desabridas- páginas de Gente Bien? Al conjunto de  todos estos asuntos frívolos y que más bien obedecen a los gustos particulares de cada persona –no necesarios, por tanto, para una existencia ordenada en sociedad- lo conocemos como información de interés del público.

 

Una vez que se han diferenciado unos contenidos de otros, es momento de dejar atrás la revisión descriptiva de las características del modelo periodístico que tenemos para preguntamos cómo es el modelo periodístico que queremos. Aunque podríamos pensar que no se trata de elegir si preferimos lo que debemos conocer o lo que nos da placer conocer, lo cierto es que, como lectores, como audiencias, como radioyentes, telespectadores o usuarios, sí debemos establecer a qué queremos dar más importancia. Los ciudadanos hemos pasado demasiado tiempo culpando a los periodistas de mentir, de ser partidistas, de desviar nuestra atención a lo que conviene a sus jefes e, incluso, de desinformarnos. Pero pocas veces hemos reconocido nuestra propia responsabilidad en la selección de los productos –y, junto a ellos, de la cantidad y forma en que establecemos ese consumo-.

 

¿Por qué no lo hemos hecho? Pues por una cuestión tan sorprendente como sencilla: porque no nos conocemos, o al menos no tanto como creemos. Si reflexionamos por un momento, nos daremos cuenta de que muchas veces conocemos más a los demás que a nosotros mismos. Por eso, aun en el caso en que nos preguntaran qué nos gustaría ver o leer –incluso con la promesa de darnos exactamente lo que pidiéramos- no estaría tan claro que fuéramos a dar con la respuesta correcta. De hecho, muchos no sabrían ni qué contestar. Y esa es una de las razones –y la principal excusa- por la que los productores de contenidos, los editores de revistas y empresarios de los medios de comunicación realizan poco o ningún esfuerzo en estudiar a los receptores de sus mensajes. Porque, como no nos conocemos, tampoco somos capaces de decir lo que queremos.

 

En relación con esto, al hablar de quienes reciben los mensajes mediáticos, hace ya más de 45 años se acuñó el concepto de audiencia activa, que hace referencia a aquella que es capaz de seleccionar el programa o el contenido que más le conviene y más se ajusta a sus intereses. Unos veinte años después de aquello, y desde esa fecha hasta ahora, muchas son las voces -procedentes de los equipos directivos casi todas ellas- que sentencian: “Damos a la gente lo que quiere”. Esa expresión, que constituye casi siempre la respuesta a las acusaciones por la baja calidad de los contenidos que emiten, es una falacia. Y, aunque muchos ya saben que lo es, conviene explicar el porqué de su falsedad.

 

En primer lugar, porque, como se apuntaba más arriba, no se suele preguntar a las audiencias y, por otra parte porque, en las pocas ocasiones en que sí se les pregunta, estas no siempre contestan la verdad. Como también decíamos antes, si preguntáramos a las audiencias qué desean consumir en los medios, estas difícilmente serían capaces de contestar con claridad algo concreto. Y, cuando se les pregunta por lo que efectivamente consumen de forma habitual, a menudo tienen reparos en decir la verdad. Socialmente, no está bien reconocer que nos la pasamos viendo programas de cotorreo en lugar de documentales o informativos de actualidad internacional. De manera que mentimos descaradamente en las encuestas. A esa diferencia entre lo que decimos que hacemos y lo que realmente hacemos se la conoce como disonancia cognoscitiva o disonancia pragmática.

 

Pero, aun así, el hecho de que veamos chisme y no programas culturales no quiere decir que lo que más nos guste sea el chisme. Más bien quiere decir que el chisme es lo que más se nos antoja ver de entre toda la oferta televisiva; es, pues, lo que elegimos ver de entre toda la maraña de contenidos. Y lo mismo es extrapolable a la radio o a Internet. Escribiendo estas líneas me viene a la mente la analogía entre las cadenas de mala televisión y las cadenas de mala comida. Que elijamos la hamburguesa doble no quiere decir que lo que más nos guste sea esa hamburguesa; solo significa que es lo más apetecible de entre toda la oferta gastronómica de ese restaurante de comida chatarra. Por desgracia, la mayor parte de los contenidos que consumimos en televisión –y en la prensa, la radio e Internet- también son chatarra, y eso no significa que pidamos eso a los productores de programas o a los editores; más bien ese tipo de contenidos está presentado en una forma atractiva –o, como le ocurría a la hamburguesa, es fácil de consumir-, al contrario de lo que sucede con otra información mucho más valiosa desde el punto de vista del mencionado interés público y que, sin embargo, no nos llega porque un presentación no parece tan jugosa o simplemente cuesta más de digerir.

 

Al llegar a estas fechas no tan lejanas de la Navidad, llama la atención el enorme predicamento que tienen entre la gente los comerciales de dietas en las que uno casi muere de hambre o los de los duros ejercicios necesarios para recuperar la figura que teníamos antes de la primera posada decembrina. La gente sabe lo que debe hacer para tener un buen físico, y es capaz de llevarlo a cabo aunque ello suponga desarrollar un esfuerzo sobrehumano. Por eso la publicidad para el cuerpo tiene tanto éxito. Sin embargo, ¿cómo es posible que los periodistas no sean capaces de convencer de una manera ni siquiera parecida de que sus productos son lo verdaderamente necesario para desenvolverse –y triunfar- en sociedad? Pues porque la gente no ve un resultado inmediato a ese conocimiento y es que, básicamente, y tal vez porque el saber no ocupa lugar, los resultados que aporta un conocimiento mayor sobre la vida y el día a día no son percibidos por las audiencias.

 

En este sentido, si nos preguntamos por el modelo periodístico o, mejor dicho, si queremos que el periodismo tenga larga vida, deberemos atender a una doble consideración. La primera de ellas es que será necesario convencer, como periodistas, de que efectivamente la información tiene un valor y, a la vez, como consumidores, deberemos concienciarnos de que debemos leer y consumir otro tipo de contenido, aunque no sea el que más placer nos cause en el corto plazo. Si, como periodistas, no somos capaces de persuadir en ese sentido -cosa más que probable- ni de presentar lo realmente importante de manera realmente interesante, entonces no nos quedará otra que analizar muy bien a nuestras audiencias, preguntarles qué quieren y darles exactamente aquello que nos pidan. Será entonces, en caso de que aun así los contenidos publicados no se consuman, cuando podamos decir, por primera vez de forma certera, que eso es lo que nos pedían. Las audiencias tendrán lo que merecen y el consumidor, que siempre tiene la razón, es probable que no tenga lo que más necesita.

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