PERSONAS

Las coordenadas de Otto Schöndube

Existen esfuerzos históricos que buscan conformar una identidad específica, que ha producido un desconocimiento cultural y personal sobre todo en regiones donde las culturas prehispánicas carecieron de obras monumentales; reivindicar el estudio del pasado, para comprender los fenómenos y replantear las identidades del presente

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Comparado con el resto de Mesoamérica, el occidente de México ha sido una región en donde el estudio de las culturas prehispánicas ha sido marginal. Durante muchos años, Otto Georg Schöndube Baumbach ha buscado resignificar el occidente a través de la reivindicación de la identidad y la valoración del patrimonio de la ciudad y de los territorios alrededor de lo urbano. Conociendo los contextos espaciales, temporales y culturales de la historia familiar y profesional de Otto, se puede entender la importancia del pasado, pues como él asegura, “todos los hechos están enlazados”.

 

Ha sido un verano de poca lluvia. La luz del sol clarifica. Con lonchera y bastón, Otto llega caminando al edificio del siglo XVIII que alberga al Museo Regional de Guadalajara, lugar que tiene una sala dedicada a la arqueología que lleva su nombre y donde él es curador de las exposiciones arqueológicas. Su oficina está montada en un amplio cuarto, como las salas del museo que rodean el patio central. En el espacio que ocupa Otto hay al menos seis escritorios; detrás del suyo hay libros, fotografías familiares, artesanías coloridas, una imagen de la cerámica de Sayula y una botella de vodka negro.

 

Cuando llegaron los españoles al centro de México, me cuenta Otto, estaban los aztecas, y permanecieron después de la conquista, junto con sus barrios. En cambio Jalisco, y en general el occidente de México, estaba compuesto por pequeños grupos socio-políticos, cuyas identidades se fueron perdiendo. La región fue absorbida, simplificada y minimizada por los españoles. Hoy, Jalisco no cree tener antepasados indígenas, más bien se siente criollo, muy blanco, ni siquiera mestizo. Su capital, la ciudad de Guadalajara, es una muestra de cómo sus élites han fomentado la conformación de una identidad específica. La arqueología a través de la vida y trabajo de Otto, nos permite entender la complejidad que hay detrás de las personas e instituciones encargadas de traducir nuestro territorio y preguntarnos: ¿quiénes somos?

“Una historia medio romántica”

 

Enrique llegó a México a cobrar deudas, y un antiguo obrero le cobró la vida. A finales del siglo XIX, , Enrique Schöndube, un alemán nacido en Rodensleben, trabajaba como representante de empresas alemanas en México. Su trabajo consistía en introducir sistemas de agua potable, plantas eléctricas y tranvías; en Celaya, estuvo a cargo de la construcción de la Bola de Agua, una torre hidráulica que hasta el día de hoy abastece de agua potable al centro de esa ciudad. Los jóvenes germanos que viajaban al continente americano en esa época, solían acumular riquezas por un tiempo no mayor a una década y regresar a Alemania para emprender negocios de manera independiente, sin embargo Schöndube rompió con ese patrón y decidió quedarse.  Luisa Kebe Quevedo, hija del matrimonio entre el alemán Adolfo Kebe y la mexicana Luisa Quevedo, fue su esposa y su principal razón para decidir establecerse en este país.

 

Luisa Quevedo, madre de la que sería esposa de Enrique, era familiar del llamado Apóstol del Árbol, nombre con el que orgullosamente se recuerda por sus labores forestales a Miguel Ángel de Quevedo; personaje que en 1901 impulsó un innovador proyecto de salud pública enfocado en la construcción de parques urbanos en el Distrito Federal. Un proyecto basado en el informe que preparó Quevedo tras su asistencia al Primer Congreso Internacional de Higiene Pública y Problemas Urbanos, en París, en el año 1900. En el congreso se recomendó que el 15 por ciento de las zonas urbanas fuesen compuestas por áreas verdes. Quevedo logró aumentar la cantidad de dos, a 34 parques en la ciudad. Además, estableció viveros forestales en Coyoacán, y de ahí salieron cedros, pinos, acacias, eucaliptos y tamariscos que entre julio de 1913 y febrero de 1914 sumaron 140 mil árboles plantados en la ciudad de México. La idea del parque urbano cambió para siempre a partir de Quevedo.

 

Ya casado y establecido en México, Enrique Schöndube se dedicó a hacer negocios entre los estados de Colima y Jalisco; adquirió una hacienda en el municipio de Tonila, Jalisco y la llamó La Esperanza, lugar en el que cultivó arroz y caña de azúcar. En las orillas del lago de Chapala, cerca de Ajijic, Enrique conoció a Rodolfo, quien trabajaba en el Rancho del Oro. Rodolfo Baumbach era un alemán que acostumbraba leer las novelas de aventura de Karl May, un autor con la relevancia y el estilo de Julio Verne en Francia o Emilio Salgari en Italia. Siendo hijo de su tiempo y sus circunstancias, Rodolfo estudió en Alemania agricultura tropical, pensando en que podría ir a trabajar las colonias alemanas en África; pero al final de la Primera Guerra Mundial, tras la firma del Tratado de Versalles en 1919, la suerte de las colonias alemanas cambió tanto como la suerte de Baumbach.

 

Rodolfo decidió comenzar una aventura lejos de Alemania y decidió iniciarla en México, buscando a un tío al que nunca encontró; sin familia ni trabajo en el estado de Tabasco, buscó empleo en la United Fruit Company. Con sus ahorros compró y sembró en tierras aledañas a uno de los caudalosos ríos de Tabasco. Sin el soporte familiar al que estaba acostumbrado y con su primera cosecha inundada por el desbordamiento del río, decidió dejar el agreste clima tropical. Decidió trasladarse al occidente de México y ahí encontró trabajo en un rancho llamado Del Oro en la ribera del lago de Chapala, lugar en donde encontró a Enrique Schöndube. Poco después de conocerlo, Rodolfo dejó el Rancho del Oro y se fue a la hacienda La Esperanza, donde Enrique le ofreció trabajo.

 

A río revuelto, ganancia de pescadores. En 1926, cuando la llamada Guerra Cristera, un conflicto armado entre el gobierno mexicano y la Iglesia católica, estalló, los robos y la violencia se incrementaron en la región. La hacienda La Esperanza no fue ajena al conflicto, y en un robo, Paco Lake, trabajador de la hacienda, fue asesinado. Después del robo en el que murió Lake, un antiguo obrero de Enrique Schöndube ingresó a la hacienda con la intención de buscar material explosivo para dinamitar el tren que corría desde el estado de Colima hasta la ciudad de Guadalajara, un acto muy cotidiano durante esa época. Enrique trato de detenerlo con un arma, pero el obrero fue más rápido y le disparó. La familia Schöndube perdió un soporte (el padre) y un arraigo (La Esperanza), pero ganaron un vínculo: “esa tragedia, fue mi fortuna [...] mi papá y mi mamá se conocieron y se casaron”, me cuenta el arqueólogo Otto Georg Schöndube Baumbach. Enrique Schöndube, su abuelo, fue enterrado en su hacienda, debajo de una parota.

Camino tepalcateando

 

—¿De qué familia vienen los gustos por la arqueología? —le pregunto a Otto.

 

—Por un lado, cosas de agricultura y por el otro algo de medio ambiente, historia y demás. Mi papá siempre estuvo inscrito al National Geographic, y yo de chiquillo viví con los libros en las manos y viendo ilustraciones —responde.

 

La familia Schöndube perdió su hacienda y debió emigrar. El asesinato de Enrique Schöndube, permitió de alguna manera que Otto Adolfo Christian, su hijo, conociera y se casara con Elsa Felicitas, la hija de Rodolfo Baumbach. Otto Adolfo y su familia se establecieron en Guadalajara por un tiempo, y el 13 de diciembre de 1936, nació su cuarto hijo. Mientras Otto Adolfo estaba de viaje, y en contra de su deseo, su esposa decidió que Otto sería el nombre de su hijo. La familia se estableció en Tamazula de Gordiano, un lugar con días calurosos, noches frías y poca lluvia de diciembre a junio, que lo hacía ideal para el desarrollo de la caña, uno de los intereses de la familia de Otto.

 

El padre de Otto, además de trabajar en el ingenio azucarero de Tamazula, realizó obras ambientales. Era un defensor de la naturaleza. Se le reconoce el trazado de canales de riego, la ampliación de la zona cañera y la reforestación del cerro la Mesa (“regalaba arbolitos para las calles, reforestó un cerrito”). En Tamazula fue en donde Otto Greog pasó su infancia, allí aprendió a leer y escribir en la escuelita “de profesora solterona, piso de tierra y mesa de cenaduría”. Su primera casa era uno de los anexos del ingenio azucarero, la responsabilidad de su padre era tan relevante en el ingenio que la maquinaria para moler la caña y obtener el azúcar dejaba de funcionar cada vez que salía de trabajar. Muy joven, Otto Georg fue enviado por sus padres a la Ciudad de México a un internado alemán, pero éste cerró durante la Segunda Guerra Mundial; regresó a Guadalajara y junto a sus hermanos varones asistió a escuelas de jesuitas. El Colegio Unión, en la primaria, y secundaria y bachillerato en el Instituto de Ciencias.

 

A partir de 1940 la educación católica en México inicia una nueva etapa de expansión y bonanza. La pacificación política y social del conflicto religioso inició con la disposición del presidente Manuel Ávila Camacho que tomó posesión el 1 de diciembre de aquel año, y quien durante su campaña se declaró públicamente católico1.

 

Enviado por su padre, Otto Georg volvió al Distrito Federal para terminar su bachillerato en el Instituto Patria. Después se inscribió en la Universidad Iberoamericana para estudiar Ingeniería Mecánica, tal vez como un guiño a la influencia que había ejercido el ingenio azucarero en él. Otto reprobó la materia de mecánica y después de un episodio de fuertes alergias, dejó la carrera que había cursado durante tres años y medio. Entre sonrisas, Otto cuenta que a esa etapa él la llama “de niño fresa”, “mi papá decía que era alérgico a la ingeniería.”

 

Sin escuela, y lidiando con sus alergias, Otto disfrutaba su tiempo libre caminando por la Ciudad de México, así fue como descubrió el Museo Nacional de México en la calle Moneda, y se enteró de que existía una escuela de Antropología. Otto supo inmediatamente que era lo que quería estudiar, y la decisión no era improvisada: Rodolfo Baumbach había ejercido fuertes influencias en su nieto, cuando le solía mostrar figurillas y ollas que hallaba en el campo. Le contaba historias sobre los arqueólogos y antropólogos a los que había conocido y junto a quienes convivió, como Isabel Kelly, antropóloga estadounidense con quien Otto trabajaría más tarde.

 

En las décadas de 1920 y 1930, la nueva configuración política de México estaba a prueba después de la lucha armada. Se inició un proceso de formación institucional, o reinstitucionalización, con el que nacería en 1939 el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El presidente Lázaro Cárdenas emitió un decreto para formar un espacio institucional de interlocución y desde donde formular, coordinar y ejecutar la política cultural del Estado mexicano. La misión del INAH es investigar, conservar y difundir el patrimonio nacional para fortalecer la identidad y la memoria de la sociedad que lo detenta. En 1940, se integra al INAH la Escuela Nacional de Antropología, misma que a partir de 1946 se llama Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

 

Fue en un Douglas DC-3 donde Otto Schöndube voló por primera vez, el avión pertenecía a la constructora ICA, encargada de la construcción de la presa Infiernillo, en la línea divisoria entre Michoacán y Guerrero. Otto, sus compañeros de la universidad y su profesor fueron a rescatar objetos prehispánicos. Otto recuerda con especial cariño ese primer trabajo aún como estudiante, ahí convivió con compañeros como Jaime Litvak King, Lourdes Suárez Diez, Guadalupe Mastache Flores y Norberto González Crespo.

 

Otto Schöndube pertenece a una generación de la ENAH en que se solía privilegiar el trabajo de campo, y donde los compañeros de distintas disciplinas y generaciones compartían clases. Uno de los nuevos males modernos de la educación, según Otto, es la súper especialización: “nos están preparando para ver el árbol, pero no para ver el bosque” Los sinodales del examen profesional de Otto Schöndube fueron José Luis Lorenzo Bautista, Isabel Kelly, Arturo Romano Pacheco, Barbro Dahlgren y Román Piña Chan. Entre éstos destacan dos que Otto considera sus padres vocacionales, los opuestos Piña Chan y Lorenzo Bautista.

 

José Luis Lorenzo tuvo una formación apegada a las Ciencias Naturales, esto lo llevaba a encontrar respuestas más naturales que políticas. En Londres fue alumno de Gordon Childe, uno de los padres de la arqueología moderna, y por ese lado Otto obtuvo la rigidez académica. Román Piña Chan “era más del corazón”, intuía las situaciones, leía los contextos y era muy abierto con la información, a pesar de ser aventurero y correr con suerte, no creía en las corazonadas, “Vas adquiriendo una serie de informaciones y de repente, como Arquímedes en la bañera, dices ¡Eureka!”

 

Otto trabajó junto a la construcción del conjunto urbano Nanoalco Tlatelolco entre los años 1960 y 1964, fue cuando se construyeron los multifamiliares desde donde se dispararía a los estudiantes y a los miembros del ejército en el año de 1968. Ahí aprendió que siempre “hay buenos, malos y quienes se hacen lelos [...] si estaban escarbando y se encontraban algo, (la lógica era) ‘pues a la bolsa’. Yo les digo, esa pieza nos tiene que decir algo, pero en un contexto, si tú lo quitas del contexto sirve de muy poco.”

 

Pedro Armillas fue para Otto otro gran maestro que pensaba que “la buena arqueología se hace con los pies, en el lugar de los hechos, viendo el espacio, intuyendo la vegetación y el clima, e imaginando la época que se estudia.” Otto y sus hermanos solían hacer excursiones todos los fines de semana, salían al Cerro de Tequila o al Nevado de Toluca; ahí encontró sobre la superficie, sin excavar, una estela prehispanica; resulta que era un antiguo instrumento de astronomía. Por la influencia del abuelo Rodolfo, siempre que Otto salía al campo buscaba piezas de cerámica o figurillas, “andaba tepalcateando.”

 

Las colecciones del Museo Nacional en la calle Moneda dieron pie a otros museos. En 1964, Otto participó en la apertura del Museo Nacional de Antropología. Las nuevas instalaciones en el Bosque de Chapultepec estuvieron a cargo del Arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Otto rescata de aquella experiencia, además de convivir con los arqueólogos que hicieron el guión museográfico, el trabajo de traslado de las piezas del antiguo museo en Moneda, al nuevo espacio en el Paseo de la Reforma, “convivir con las piezas”.

Interés por el pasado, del territorio que me hospeda

 

Pareciera que en nuestros días la arqueología no despierta la euforia que produjo décadas atrás; en 1979 el investigador en jefe del Proyecto Templo Mayor, Eduardo Matos Moctezuma, lanzaba la pregunta: Arqueología ¿para qué y para quién?

 

A pesar de que solemos asociar a la arqueología únicamente con hechos prehispánicos, ésta es una disciplina que busca desentrañar qué pasó antes, a través del estudio de restos materiales, “hay muchas cosas de la vida diaria que no dejan una impronta escrita.” La arqueología tampoco es quedarse en el pasado, sino una forma de percibir los fenómenos del presente.

 

En un artículo publicado por El Colegio de Michoacán, Otto escribe que para hacer una interpretación acerca de cualquier remanente de una cultura del pasado, los arqueólogos buscan identificar las tres coordenadas básicas: Tiempo, ¿cuándo? Espacio, ¿dónde? Y cultura, ¿cómo? ¿para qué? ¿por quién? Cada coordenada tiene sus propias complicaciones; para la del tiempo se suelen agrupar periodos de 100, 200, 500 años o más como fenómenos estables y uniformes, lo que puede acarrear problemas; el espacio no sólo se refiere al sentido físico de lugar, sino en su contexto con otros objetos y medio ambiente; y la cultural, es decir, el significado particular del objeto en la cultura que lo produjo, ésta es la coordenada más compleja de descifrar.

 

—¿Cuál es tu percepción del tiempo Otto?

 

—Siempre he dicho, y si no es un pensamiento de vejez sí es de edad madura, que todos los hechos están enlazados —advierte reflexivo Schondube.— No es conveniente ver las cosas solas, sino que hay que casarlas: qué cultura y en qué tiempo, qué espacio hay en qué tiempo; siempre hay que movernos con las tres coordenadas.

 

El nacionalismo mexicano, que cobra importancia después del conflicto armado de la Revolución, también impactó a la arqueología cuando el Estado buscó resaltar el valor prehispánico como elemento identitario. Bajo el proceso de legitimación histórica y política, el Estado mexicano institucionalizó la protección del patrimonio arqueológico de bienes específicos, regidos bajo la lógica de la monumentalidad como muestra de la grandeza cultural. Además, la idea del patrimonialismo nacional intentó dotar de una función meramente turística a la arqueología, y esa idea permanece hasta nuestros días. La monumentalidad de una pirámide atrae mayor atención que un área arqueológica de modestos altares, como los que se encuentran principalmente en occidente. Otto me dice que él entiende cultura como la respuesta humana ante los factores de la propia sociedad, “me puede decir muchas más cosas un tepalcate que una pirámide.”

 

En el occidente de México, los grupos humanos ocuparon un territorio amplio, pero las unidades socio-políticas eran muy pequeñas. Otto dice pecar de simplista, y es eso lo que lo hace valioso al momento de explicar conceptos, “¿por qué un pueblo pequeño no tiene una Plaza del Sol? No es porque sus pobladores sean tarugos, es porque no la necesitan.” El occidente es una manifestación rural de una misma cosmovisión. “¿Son más guadalupanos los que tienen cerca la Basílica de Guadalupe? En cada pueblito la Virgen tiene una capilla, y es tan guadalupano éste como aquél.”

 

La gran riqueza arqueológica de occidente ha sido poco atendida. La enorme tragedia ha sido el saqueo y las falsificaciones, ambos han sido factores que complican la identificación de las tres coordenadas, lo que provoca que las piezas en los museos y la investigación carezcan de una interpretación adecuada2.

 

Habitamos espacios cuyo pasado desconocemos, no sabemos el uso que se les dio, la forma como se usaron o la utilidad con la que nacieron. Sin un reconocimiento y una valoración del pasado, es difícil sentir arraigo por nuestra tierra. Los espacios públicos de un territorio, muestran las características de una sociedad. Muchas veces envidiamos lo que no tenemos, porque no conocemos el lugar que ocupamos. Otto Schöndube se denomina nacionalista lugareño; es un admirador del historiador Luis González y González, fundador del Colegio de Michoacán y reconocido promotor de los bellos y fecundos localismos, como él mismo los definía.

 

Otto cree que conocer el pasado no es más que conocer nuestra realidad; lo que somos está basado en lo que otros hicieron antes, somos modeladores de lo ya creado, y podremos moldearlo mejor mientras tengamos un mayor conocimiento de lo que se hizo antes y cómo fue cambiando. “Esa idea que dice ‘mientras más sé, sé menos’, es falsa. Sabes más, y también se abren más puertas a un universo amplio, menos conocido.”

 

Desde junio de 1963, Otto Schöndube es miembro del INAH, donde “uno entra no porque se abran nuevas plazas, sino porque alguien se murió o se fue. Yo entré con una plaza de tipo técnico-manual.” Ahora es profesor investigador emérito del instituto, “prácticamente eso me da derecho a hacer lo que me dé la gana”, dice Otto con una sonrisa; también imparte clases en la Universidad de Guadalajara, y es curador de la sala de arqueología en el Museo Regional de Guadalajara.

 

Sobre las críticas al INAH, Otto cree que ésta debe seguir siendo un rector, un mediador de la política que hace, “pero también siento que los tiempos han cambiado y comparo a mi querida institución con una especie de padre y madre que sus hijos ya crecieron y no los quiere dejar sueltos.” El instituto plenipotenciario en gestión del patrimonio nacional, ha sido acusado muchas veces de resultar contraproducente en sus misiones de investigar, conservar y difundir.

 

—En Jalisco ¿qué ruinas debemos recuperar? —el profesor de 78 años de edad golpetea con sus dedos su escritorio. Llevamos dos horas y catorce minutos de entrevista.

 

—Jalisco tiene un turismo de playa y de antros, pero el gobierno y el INAH deben de promover lo que ahora se llama “rutas ecológico-turísticas” —responde Otto Schöndube.— Cuando yo regresé a Guadalajara, como en el 73, lo que se sabía y lo que había era muy poco. Ahora han aumentado mucho los problemas de preservación, pero creo que hemos cambiado en que cada vez los habitantes de una región somos más independientes para decir, “bueno nosotros somos de aquí, ¡qué chingados el DF!” A mí me interesa lo mío, es muy interesante que me hablen de los mexicas y de los mayas, pero ¿aquí qué pasó?, o ¿por qué aquí somos diferentes? —concluye.

BIBLIOGRAFÍA

1

La obra educativa de los jesuitas en Guadalajara, 1586-1986, Esteban J. Palomera, ITESO 1986, pg 313.

2

ídem.

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