CRÓNICA

Las aves tienen aduana y está
en el Bosque La Primavera

 

La minuciosa labor de capturar aves y ponerles anillos en las patas, en medio
de un imponente escenario natural, es parte de la tarea del Monitoreo de Sobrevivencia
Invernal del Bosque La Primavera.

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Hay cosas que la gente no considera al momento de hablar de la observación de aves como actividad profesional, por ejemplo, que para llevarla a cabo hay que levantarse muy temprano, para aprovechar la hora del amanecer en que el Bosque La Primavera. Parece justo el escenario donde cualquier asesino serial de película gringa quisiera salir a jugar. A las seis de una mañana helada de febrero, nos encontramos con Said Quintero, Filiberto González y un grupo de cuatro jóvenes voluntarios, para conocer cómo es un día de trabajo en lo que se llama Monitoreo de Sobrevivencia Invernal del Área de Protección de Flora y Fauna del Bosque La Primavera. En una zona restringida de ese enorme aposento de la naturaleza que se encuentra a la salida de Zapopan, Jalisco, ellos tienen la tarea de enterarse de cuánto miden, cuánto pesan, qué hábitos alimenticios tienen, qué enfermedades presentan y prácticamente todo lo que se pueda saber acerca de las especies de aves que pasan por la zona durante la temporada.

 

Para atrapar a las aves se usan redes, pero no es el tipo de red que va atada en forma de círculo al extremo de un palo. Es más, ni siquiera es necesario correr. Son unas mallas delgadas, apenas visibles, que abarcan unos ocho metros de largo, sostenidas por unos postes a la altura de casi cualquier persona, con el objetivo de capturar a los pájaros que vuelan no muy alto en busca de alimento. El ave choca con la malla, y al querer salir cae a una bolsa que se forma abajo con la misma red. Said nos dirá más tarde que lo más fastidioso de su trabajo es colocar estas redes, las cuales se ubican en diferentes puntos estratégicos del bosque. Son quince en total.

 

La hora de la mañana en que la oscuridad no termina de disiparse y un río de aguas termales libera una espesa neblina que lo cubre todo, es el primer momento del día en que las aves sienten hambre. Los investigadores establecen su base a la orilla del río (una hielera con comida, dos bicicletas, una silla, una caja de herramientas y cuatro libros sobre aves) y se lanzan a realizar el primer pulso que les dirá cuántos pájaros no lograron esquivar la trampa. No es que las aves sean descuidadas, es que las redes pueden pasar desapercibidas a simple vista cuando el sol no ha llegado a su máximo nivel. La primera ya cayó en la malla. Es un colorín hembra, porque no tiene un plumaje de color tan llamativo como el de los machos. Said la toma con cuidado y la mete a una bolsa de tela roja que cierra con un nudo. Recalca la importancia de cerrar la bolsa con un nudo, para que el ave no se escape. De vuelta en la base, es tiempo de estudiar al ejemplar. Sosteniendo la cabeza del animal entre los dedos índice y medio, Said aplica la llave para inmovilizarlo. Hay unos que son más inquietos, tiran picotazos e incluso llegan a sacar sangre, comentará después. Uno de los voluntarios anota todas las características. Consulta uno de los libros de aves para saber con exactitud con qué especie nos encontramos. Su nombre es “Paserina versicolor”. Le colocan un anillo de metal en la pata y después la dejan ir. Si un día la capturan en otro lugar, sabrán que estuvo aquí.

 

Los libros de aves no tienen fotos, tienen dibujos. Los voluntarios comentan que es más sencillo identificar a los pájaros mediante ilustraciones, porque en estas se encuentran representadas cada una de las características que se sabe que posee cada especie, lo cual no siempre es posible apreciar con exactitud en las fotografías. El hecho de que una interpretación visual que una persona realizó en su momento bajo quién sabe qué condiciones, sea tomado como referencia para estar seguros de lo que tenemos a la vista, me produce el vértigo que da la idea de que la vida, incluso en lugares tan puros como este bosque, está definida por la ficción. Filiberto, en cambio, prefiere tomar fotos de aves que dibujarlas, e ideó su propio mecanismo para captar su imagen en pleno vuelo: un tubo sostenido en las ramas de un pequeño árbol por el cual se hace pasar al animal. En cuanto el pájaro sale por el otro extremo del tubo, el veterinario y baterista de una banda de punk (sin nombre) acciona el flash y dispara la foto. Son apenas unas décimas de segundo con las que cuenta Filiberto para conseguir la imagen, lo cual requiere de una precisión que no siempre se tiene. Pero las fotos que sí se logran son como para ganarse una beca.

 

Hay que esperar alrededor de 15 minutos antes de volver a revisar las redes. Unas están más lejos que otras, en lugares donde el bosque cambia de vegetación. Es posible ver diferentes tipos de bosque con sólo desplazarse unos metros. Este no es lugar para quienes revisan el celular a cada rato, pues la señal no llega hasta acá. Después de un par de horas de haber llegado, nos damos cuenta de que no hemos revisado las noticias. Las redes sociales ya deben de estar moviendo la nueva gran cosa para este momento y nosotros aquí, platicando con las personas que tenemos enfrente, como la gente de antes. Estar en este lugar me trae recuerdos de una vez que estuve con mis amigos en otro campo. Un hombre a caballo se nos acercó para pedirnos que no dejáramos basura. “No, si de hecho ya nos vamos”, le dijo un amigo. “¿A dónde se van?”, preguntó. “A la ciudad”, contestó mi amigo. “A donde valen más”, dijo el tipo y arreó a su caballo. Nos quedamos helados con esa frase.

 

Los pulsos continúan, los voluntarios van en bicicleta a revisar las redes, a veces regresan con las manos vacías, a veces con las bolsas rojas moviéndose por los intentos de escapar de las aves que llevan dentro. Una bolsa termina agujereada por los picotazos de un pájaro más rebelde. En total capturan más de diez aves de especies muy variadas. Nada mal para un día de trabajo. Eventualmente llega la hora de partir, se recoge todo y se cierran las redes una por una. Said cuenta que una vez se les olvidó cerrar una malla, y al día siguiente encontraron murciélagos y pájaros muertos. Que un pájaro puede morir si dura más de una hora sin comer. La gran respuesta que nos queremos llevar de esta experiencia, es la utilidad y la relevancia que pueda tener el monitoreo de aves para la vida en la ciudad. ¿Existe algo así? Ni siquiera los investigadores y voluntarios que nos acompañan se ponen de acuerdo en ello, y no los culpo. Si mi trabajo se llevara a cabo en un escenario natural que modifica la manera en que uno se siente en cuanto al entorno, libre de la dinámica que nos obliga a tener una sensatez delimitada por lo urbano, yo tampoco necesitaría reflexionarlo.

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