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La traza de México: modelo mestizo vigente

Para pensar nuestras ciudades hay que considerar que las particularidades urbanísticas de lo que hoy es Centro Histórico de la Ciudad de México, surgieron de una mezcla virtuosa entre dos visiones del mundo: la renacentista y la mexica.

Por JORGE PEDRO URIBE LLAMAS* /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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De varia traza y varios movimientos, / varias figuras, rostros y semblantes, / de hombres varios, de varios pensamientos.

Bernardo de Balbuena en Grandeza mexicana (1604).

 

Pon tú que conquistamos una gran capital. Que tenemos la oportunidad de refundarla en el mismo lugar y aprovechando las ventajas geopolíticas de los vencidos: ubicación estratégica, pueblos tributarios, clima favorable, etcétera. Que contamos con los recursos, la mano de obra y la hoja en blanco. ¿Cómo la diseñaríamos? En este escenario se encontraron Hernán Cortés y sus soldados una vez consumado el sitio de Tenochtitlan en 1521.

 

Por la crónica de Bernal Díaz del Castillo sabemos que lo primero que hicieron fue celebrar con una comida en Coyoacán, donde se hallaban establecidos. Luego buscaron, sin éxito, el tesoro que supuestamente Cuauhtémoc mantenía oculto, y repartieron un botín más escaso de lo esperado. Sobre todo se dedicaron a reorganizar la ciudad recién ganada. Componer el acueducto que venía desde Chapultepec, así como los puentes. Remover cadáveres y escombros. Instalar el ayuntamiento. Por supuesto también había que descansar, celebrar misas y redactar una carta para quedar bien con Carlos I, jefazo imperial. Cosa de un año se demoraron en estos menesteres, a la vez que se emprendían nuevas expediciones y doña Marina daba a luz a un hijo mestizo. Y ahora sí: ¿cómo trazar la ciudad española?, ¿bajo qué necesidades urbanísticas?

 

Para esto llamó Hernán Cortés al "buen jumétrico" Alonso García Bravo, que no era arquitecto (no los hubo acá hasta bien entrado el siglo XVI), pero que algo entendía de urbanismo y había participado ya en el diseño de la Villa Rica de la Vera Cruz. Por fortuna, el pacense resultó asaz sagaz al considerar para México un trazo tan simple como sofisticado. Con calles que cortaban en ángulo recto, lo que permitía una adecuada circulación de los vientos y alejaba las enfermedades; tramos más cortos de norte a sur, pues existían más calles de este a oeste; y una gran plaza al centro, donde los mexicas habían tenido su recinto sagrada, en la intersección de calzadas que comunicaban el islote con la tierra firme. Ninguna casa podía ser más alta que las demás, para que a todas les llegara la misma luz. Por lo menos cuatro rúas conducían hacia las Atarazanas, el primer edificio español de la ciudad. Esta fortaleza servía para guardar los trece bergantines, muy útiles en caso de una sublevación. Adicionalmente a los solares para vivienda, se destinaron espacios para la fundición, el matadero de vacas, la horca y la picota; y más tarde una iglesia mayor y dos monasterios –el franciscano y el dominico–, amén de una ermita, tres tianguis y un hospital.

 

Era esta una traza del Renacimiento italiano, basada a su vez en los preceptos de los clásicos. En el siglo XVI no se podía ser más vanguardista: México era una ciudad moderna de cabo a rabo, una que hubiera fascinado a Platón y Vitruvio, y en especial al humanista Alberti. Puede que también a Tomás Moro. La primera urbe renacentista del Nuevo Mundo, que recordaba a los campamentos romanos y sus trazados cuadriculados. El "buen jumétrico", que más tarde se encargaría también del diseño urbano de Antequera (Oaxaca); había dado en el clavo, ideando un modelo de ciudad que, perfeccionado pocos años después por el virrey de Mendoza, se volvería a usar en otros territorios novohispanos.

 

Sin embargo, seamos justos. El trazado de México no puede ser exclusivamente de inspiración renacentista. Es obvio que García Bravo aprovechó asimismo ciertas particularidades urbanísticas de los mexicas. Las condiciones estaban dadas, como decíamos al principio. El hecho de que el crecimiento de la capital privilegiara, y privilegie aún, el eje este-oeste, por ejemplo, está relacionado con una concepción solar del mundo, típicamente mesoamericana. Y con la presencia de Chapultepec. Por otra parte, la orientación de la ciudad un poco hacia el norte se explica a partir del camino –principal, antes y ahora– que iba y va rumbo a Tacuba, señorío comparsa de Tenochtitlan. Mucho se ha escrito sobre el plano cartesiano que formaban esta y las otras calzadas, formando a su paso cuatro parcialidades con calles en damero. Calzadas y parcialidades se conservaron por varios años, a veces hasta con la nomenclatura original; lo mismo las calles en cuadrícula. Por otra parte, no deja de ser llamativo que Cortés levantara su casa en el solar que había pertenecido al palacio de Moctezuma II, que la iglesia mayor se construyera junto al Templo Mayor y que se respetaran las acequias (todavía hoy el trazo de la calle de Perú recuerda el paso de una). Queda claro que los españoles no estaban pensando solamente en Platón, Vitruvio y Alberti.

 

Podemos inferir, entonces, que García Bravo, Hernán Cortés y los otros que ayudaron a trazar la cabecera de la Nueva España se sirvieron en efecto de ideas renacentistas, pero también de la propia urbanística de Tenochtitlan, consiguiendo un notable modelo mestizo que, grosso modo, ha pervivido a lo largo del tiempo y, como ya hemos dicho, se ha repetido en otras ciudades de nuestro territorio (Tepeaca, Puebla y Mérida son ejemplos claros). Siempre y cuando las características geográficas y sociales se prestaran para ello. No es lo mismo una ciudad en un islote que otra cruzada por un río, el cual es utilizado como frontera natural entre españoles e indígenas, propiciando la creación de barrios llamados Analco (al otro lado del agua, en náhuatl). Tampoco es lo mismo un real de minas, que exige un trazo necesariamente irregular, o una población frente al mar. Además, está el caso de Querétaro, que preserva una parte de su trazado indígena, aunque más por razones históricas que geográficas.

 

Y sin embargo podemos asegurar que sí, que a la fecha el modelo del trazo de México –hoy Centro Histórico de la Ciudad de México– ha sido empleado en la mayoría de las urbanizaciones mexicanas. Incluso en urbes del siglo XX, como Ciudad Obregón y Los Mochis, y en suburbios y colonias actuales (Ciudad Satélite, en el Estado de México, y Jardines del Bosque, en Guadalajara, son excepciones). La pregunta, en todo caso, es si seguiremos haciéndolo y qué tan conscientemente. Que para eso sirve la historia: para trazar el porvenir.

 

Las primeras calles de la Ciudad de México

 

De oeste a este:

 

Calle de Santo Domingo a las Atarazanas (Belisario Domínguez/República de Venezuela), calle de los Ballesteros (República de Cuba/San Ildefonso/San Antonio Tomatlán), calle de Donceles (Donceles/Justo Sierra), calle de Tacuba/San Francisco el Viejo/de los Bergantines (Tacuba/ República de Guatemala), calle de Martín López (Moneda), calle del Tianguis de Juan Velázquez/San Francisco el Nuevo (Madero), calle de las Canoas (16 de Septiembre/Corregidora), calle de San Francisco el Bajo/de la Celada (Venustiano Carranza/Manzanares), calle de San Agustín al Tianguis (República de Uruguay), calle del Hospital al Tianguis/del Matadero (República del Salvador) y calzada de Chapultepec (Izazaga).

 

De norte a sur:

 

Calle Real de San Francisco a Tlatelolco (Eje Central), calle de la Carrera (Isabel la Católica), calle de Santo Domingo a la Guardia (República de Brasil/Monte de Piedad/5 de Febrero), calle real de Tlatelolco a Iztapalapa (República de Argentina/Seminario/Palacio Nacional/Pino Suárez), calle del Señor Marqués (del Carmen/Correo Mayor) y del Matadero de Vacas (Rodríguez Puebla/Loreto/Jesús María).

*Jorge Pedro Uribe Llamas (Ciudad de México, 1980) estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Hace más de diez años que colabora en varios medios, por lo general difundiendo la riqueza cultural y patrimonial de la Ciudad de México y el país. También guía recorridos y dicta conferencias. En 2014 recibió un premio Pochteca de Plata de parte de la Secretaría de Turismo del Distrito Federal por su labor como cronista. Es miembro asociado del Seminario de Cultura Mexicana y autor de Amor por la Ciudad de México (Paralelo 21, 2015). Prepara un segundo libro.

FUENTES CONSULTADAS

La Ciudad de México, José María Lafragua y Manuel Orozco y Berra, Editorial Porrúa,
3a edición, 1998, México DF.

 

La ciudad de México-Tenochtitlán, su primera traza (1524-1534), Ana Rita Valero de García Lascurain, Editorial Jus, 1991, México DF.

 

La Ciudad de México y la utopía en el siglo XVI, Guillermo Tovar de Teresa, Seguros de México,
1987, México DF.

 

La primera traza de la ciudad de México (1524-1535), Lucía Mier y Terán Rocha,
Fondo de Cultura Económica, 2005, México DF.

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