CONTRAPESOS

La política de la gordura
y la policía de los cuerpos

Hay muchas maneras de precisar lo que es un cuerpo saludable y la policía de los cuerpos no tiene esa facultad

Cuando nos encontramos con discursos que defienden la gordura solemos decir que respetamos a los gordos, pero que nos preocupa su salud, los excesos y los riesgos. Que hay que cuidar el cuerpo de la inexorable enfermedad, de la diabetes, de la hipertensión. Al entrometernos en las decisiones de otros sobre sus cuerpos, nos pretendemos garantes de la búsqueda de un bien colectivo: instauramos una moral. Nos convertimos en policías de unos cuerpos, pero no de otros. ¿Cómo? ¿Por qué? Podemos revisar los casos de algunos tipos corporales para encontrar pistas de lo que sucede.

 

Toma #1: los alcohólicos. Más allá de las enfermedades que puede provocar la ingestión excesiva de bebidas alcohólicas, el discurso policial aquí puede cifrarse en las muertes que todos los días provocan conductores en estado de ebriedad. Es muy distinto decidir qué hacer con el propio cuerpo y con la propia vida frente a exponer a otros a una situación de peligro. Sin embargo, la cuestión crítica no radicaría en cuál sustancia se consume o en qué cantidad, sino en las acciones perjudiciales que alguien podría llevar a cabo al ser afectado por ellas.

 

Toma #2: los fumadores. De nuevo, más allá del grado en que se pueda dañar al propio cuerpo, lo que suele provocar nuestra acción policial es lo que le pasa a otros cuerpos: la molestia de ser fumadores pasivos. Entonces lo cuestionable no es si alguien fuma o no, sino dónde lo hace. Pediremos a nuestros amigos que no fumen al lado nuestro, pero no les decimos que no fumen porque el cigarro mata. Y aunque el cigarro mate, si lo decimos, los infumables somos nosotros.

 

Toma #3: Ana y Mía. Nos horrorizamos por los cuerpos famélicos de las anoréxicas y las bulímicas, y nos aterra que nuestras hermanitas lean sus manifiestos en internet y se unan a su secta, aunque luego nos masturbemos pensando en Keira Knightley. Ana y Mía llevan al extremo la construcción de la delgadez como belleza, y es fácil de entender que un cuerpo siga la norma porque quiera ser bello, por más cuestionable que sea. Lo crítico aquí es que Ana y Mía piensan que están gordas cuando no lo están. La gente gorda que se reivindica como tal, por definición, tiene muy claro que es gorda.

 

Toma #4: las mujeres. De todos los debates que podrían aflorar aquí, basta mencionar el tema del aborto. En ese caso, la policía llega al nivel de la ley e impide que las mujeres aborten cuando decidan hacerlo, al menos en condiciones que minimicen los riesgos. Se utilizan argumentos pro-vida o de otras religiones, o se dice que es una cuestión delicada, pues ponen su vida en peligro. En cualquier caso, se toma a priori una decisión sobre sus cuerpos.

 

Por supuesto, esto no es una apología a que todas las mujeres aborten ni a que todos los cuerpos engorden. Se trata de ver cómo la instauración de roles de género y de estándares de salud son instancias de la configuración de normas corporales que respaldan una economía política. Podemos verlo siguiendo a Lasswell, preguntándonos quién dice qué, a quién, y con qué efecto. O a qué intereses responde que las mujeres no puedan abortar. Considerando que abortar es resistir a la reproducción generacional de la fuerza de trabajo...

 

¿Por qué nos convertimos en la policía de unos cuerpos y no de otros? La respuesta no puede entenderse sin hablar de biopoder: del control de los cuerpos y la administración de las vidas que respaldan al sistema capitalista o como queramos llamarle. ¿A qué intereses responde que los cuerpos no deban estar gordos? ¿A las lógicas de producción? Como dice el manifiesto: “porque en el fondo le damos asco a tu sistema de vigorosidad, fortaleza, fecundación y fuerza de trabajo y militar”. Porque no es lo mismo ser gordo y ser pobre que ser Agustín Carstens. Y en el caso de los gordos con clase, pasa como a los locos en los manicomios y a las prostitutas en los burdeles: son reintegrados a los circuitos de la ganancia a través de los hospitales, después de engordar los bolsillos de Ferrero Rocher.

 

Pero vemos en el manifiesto que la gordura también puede ser resistencia. “No queremos modificarnos o que nos acepten por lo que somos por dentro, ni auto-torturarnos con dietas y ejercicios extremos. Queremos que los deseos se desaprendan y que nuestros cuerpos se transformen en potencia de deseo por el simple hecho de ser cuerpo”. Los gordes no dicen “soy gordo, pero compadéceme, deséame”; las gordes dicen “soy gorda, ¿y qué?” Revelan la analogía entre el clásico “no soy homófobo, pero…” y el “no hay que tratar mal a la gente gorda pero tampoco promover ese estilo de vida”. Nos dicen que  “no basta con destruir el género si no dinamitamos también las normas corporales”. En ese sentido, retoman la argumentación de Preciado sobre el devenir-trans:

 

o bien se trata de seguir un protocolo previsible de cambio de sexo (diagnóstico de un malestar que se cree patológico, administración de hormonas en dosis que permitan precipitar un cambio culturalmente reconocible, operaciones de reasignación sexual…) o por el contrario se trata de poner en marcha un conjunto de prácticas de desestabilización de las fuerzas de dominación del cuerpo que puedan dar lugar a la invención de una nueva forma viva. Una forma de existencia cuya jovialidad crítica haga el duelo de la violencia abriendo a una relacionalidad nueva un lugar experimental.

 

En México y en todo el mundo queda claro que, más allá de la satisfacción del hambre, comer es un placer. Existe un gozo político de les gordes. Y es innegable que existen riesgos en ciertas formas (no todas) de llevar la gordura, pero también es innegable que el riesgo no justifica impedirle a una mujer abortar. Porque ser policía de los cuerpos es darle materialidad al poder, mientras que defender nuestros cuerpos, deseos y placeres hace crecer la potencia: “nosotras somos las trincheras del fascismo, dictadura de las pieles. Somos vida desbordada de placer oral. Porque nos gusta comer y no queremos reprimirnos tales deseos”. Si el cuerpo y la decisión sobre la propia vida o la propia muerte son el último terreno de batalla, habrá quien con dignidad y gozo prefiera morir de gordo. O vivir así.

"Porque el ser gorda no es algo anecdótico; es político, contra lo establecido. Lo que no encaja, lo que excede, lo que estalla límites, costuras y cierres, asientos de micros, fronteras, ficciones, deseos. Acá están mis pliegues, acá están mis rollos, acá está el cuerpo ese que no corresponde..."

 

Manifiesto gorde

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