ACTUALIDAD

La noche que nos devolvió
al Génesis

Baile y nostalgia en la vieja discoteca moderna de Guadalajara

Por JAVIER ANGULO /

Ilustración: DANIELA CADENA

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“Será porque nos queremos sentir bien / que ahora estamos bailando entre la gente”

 

Charly García

La semana anterior lo escuché de un amigo: esto ya llegó a su punto máximo. Ocho días después el punto máximo conoce una nueva cúspide. La voz se corrió. Ni siquiera es la hora de la noche en que la gente suele darse a estos menesteres y la fila para entrar al Génesis ya casi da vuelta en la esquina. ¿Es este el mismo lugar donde hasta hace unos meses la pista de baile era territorio de personas que han votado al menos por cuatro presidentes en sus vidas? No parece, a decir de los Uber que no dejan de llegar, conteniendo en las entrañas a una juventud veinteañera que baja de los vehículos y repasa la escena con ojos incrédulos: esto ya no se ve como la esquina decadente que nos prometió la vida nocturna en una calle polvorienta. Esto se convirtió en el nuevo-viejo bar de moda en Guadalajara.

 

No es que el local esté saturado, pero los administradores prefieren mantener la comodidad, que se pueda bailar a gusto y que la gente no se amontone en la barra. Después de todo, no es cualquier cosa anunciar noche de David Bowie en este 2017, a un año del fallecimiento del artista. “¿Ustedes también vienen por lo de Bowie?”, le pregunta mi acompañante a una muchacha que hace fila con sus amigos, delante de nosotros. Claro que vienen por él, porque no cualquier fin de semana hay oportunidad de aprovechar un juego de luces, humo y sistema de sonido puestos al servicio de las canciones del duque blanco. Esa es la carta que juega a favor de este lugar que se promueve como la única discoteca retro. Puede haber otras en la ciudad, pero sólo en Génesis parecen haberse combinado los factores para que la paradoja ocurra de una manera tan completa como hoy.

 

Como un perro que se muerde la cola, el pistoletazo de salida para el presente auge de esta discoteca lo dio la generación que “redescubrió” el lugar, en un ánimo similar al que se ha vivido en las viejas cantinas del centro de la ciudad en años recientes. Es una vuelta a lo básico esgrimida por quienes suelen ser las primeras conciencias en experimentar la necesidad de procurar lo distinto, las excepciones a la regla que con algo de suerte marcan tendencia. En una ruptura más de la juventud, la búsqueda de lo novedoso dio una vuelta de 360 grados y llegó otra vez al punto de partida, uno donde suena la música bailable más conocida de las últimas tres décadas del siglo pasado. Porque bailar en un lugar moderno es arriesgarse a que suene la última de Enrique Iglesias con el reggatonero de turno. Para el caso, mejor ir a donde pongan la que cantaba el español cuando íbamos en la secundaria. Algo tiene el pop de la adolescencia cuando se combina con las ganas de divertirse.

 

 

 

El dolor de una vieja herida

 

No es secreto que ya desde hace un rato lo de hoy es lo de ayer. Y no es que no lo haya sido antes. Esto de voltear hacia otras épocas ocurre en las culturas a través de diferentes prácticas y en distintos ámbitos. Como apunta el periodista Julián Woodside, las religiones, el folklore o los movimientos nacionalistas supondrían formas en que emerge ese afán por revivir el pasado. Y en este presente hiperconectado se nos induce a un constante ejercicio de nostalgia del que no siempre somos conscientes. Seguro que a muchos de los que estamos en esta discoteca, Facebook nos ha sugerido compartir una foto que subimos hace tres, cinco o siete años. Apostaría un riñón a que entre las personas que bailan, más de una se emocionó cuando le compartieron el tráiler de la última de Star Wars o cuando vio la serie de Stranger Things. Alguien bajó el Pokémon Go o se compró los tenis Adidas de las tres rayitas. No es sólo la música del Génesis, ni los pósters de Flans ni de Thalía que ostenta en sus paredes, aunque no estorban. Tampoco es la pinta de los androides que por alguna razón nos recibe en la entrada, ni la leyenda “video disco” en el logotipo, herencia de la época en que el grupo The Buggles salía en la tele para dar la noticia: video killed the radio star. Lo que le pasó este año al Génesis fue una generación nacida en un mundo que ya terminó de asimilar lo retro, un mundo acostumbrado a que diferentes industrias (la del entretenimiento a la cabeza) aprovechen cada oportunidad para explotar la nostalgia, esa añoranza no tanto por un pasado concreto sino por el sentimiento que ese pasado produjo. Porque deja dinero.

 

“A mí me encanta que mi marido les ponga una canción de Donna Summer y la canten, le digo ‘mira, se la saben'”, platica Elia Villet bajo la luz azul que ilumina las botellas de distintos licores detrás de la barra, el campo de acción donde cada fin de semana despacha las bebidas que hidratan y las que marean al ritmo de las canciones del recuerdo. Su marido es Felipe Cortés, un entusiasta de la música que desde hace 35 años mide el pulso bailador de las personas bajo el seudónimo de DJ Papigonzo. Sin un set premeditado (aunque hay canciones que nunca fallan), los ánimos que observa en la pista de baile son su referencia para decidir cómo ha de sonar una noche del Génesis. Otra guía son los mensajes que le manda Elia por teléfono cuando él se encuentra en la cabina. “De repente me dice ‘uy qué pinche mezcla tan puteada  pusiste'”, se ríe. Ambos son administradores del lugar, apasionados de la fiesta y consagrados a la vida nocturna desde los ochentas. La vieja escuela en toda la regla. Ella, enfermera instrumentista del Instituto Mexicano del Seguro Social. Él, contador público que respira música. “No le llamo vicio pero sí te puedo decir que lo traigo en la sangre, mano: mezclo, o sea, me enerva mezclar”. Felipe se considera más DJ que otra cosa. Y a Elia le fascina bailar. “Ahí sí somos la pareja perfecta”. Coinciden al elegir el momento más apoteósico que regularmente les toca ver en las fiestas de esta discoteca: es cuando suena algo de Earth, Wind & Fire.

 

Hace un año no era tan común ver este lugar ocupado en su mayor parte por gente joven. El auge que ha vivido el Génesis en los últimos meses empezó cuando los mayores trajeron a sus hijos. “Y te voy a decir, la primera vez que llegaron traían cara de que venían a huevo”, recuerda Elia. Después, uno de los hijos trajo a sus amigos para festejar un cumpleaños. El fin de semana siguiente, un invitado del cumpleaños regresó con otras personas. La publicidad de boca en boca comenzaba a hacer efecto. “Fue como la humedad, poco a poco, hasta que de repente detonó”, cuenta Felipe. Ahora los mayores se sienten desplazados de la pista, ante la presencia de esta generación que figura entre los 49 millones de mexicanos que tenían entre 15 y 34 años la última vez que el INEGI hizo un censo a nivel nacional. La generación que aprendimos a catalogar con la simplista etiqueta de “millenial”, la que se sirve con cuchara grande de esta actualidad en la que el acceso al pasado nunca había estado tan a la mano.

 

Un pasado idealizado, pero a final de cuentas una nostalgia que nos hace sentir parte de algo. Nos identificamos con quienes recuerdan lo que nosotros recordamos, y qué lugar más apto para la integración que donde se baila. Todos aquí tenemos algún recuerdo de la época en que una fiesta que se respetara no podía prescindir de los éxitos del Mega Dance 94. Vamos por la vida como la niña abeja del video de No Rain de Blind Melon, buscando encontrarnos con nuestra gente. Y cuando damos, la satisfacción es como la que se libera cuando DJ Papigonzo pone ese clásico del Rock en tu Idioma que te recuerda las vacaciones que pasaste con tus primos. Es un efecto a nivel psicológico que ya se ha estudiado. En 2010 se publicó el artículo Still Preoccupied with 1995: The Need to Belong and Preference for Nostalgic Products, luego de que investigadores de la Universidad de Chicago observaran el comportamiento de grupos de personas durante actividades que involucraban la necesidad de pertenecer. Vieron cómo los que no lograban integrarse a esas dinámicas grupales, posteriormente se inclinaban más por consumir productos basados en la nostalgia: una forma de “curar” la herida del rechazo. “La próxima vez que te sientas excluido, intenta ver esa película que amaste cuando ibas en la universidad, o prueba una comida que te recuerde cuando eras niño. Realmente te hará sentir mejor”, concluyeron los autores.

 

Tal vez por eso no es raro que en este lugar llegue a caer bien hasta esa canción de Vengaboys que sonó hasta el hartazgo en 1998. Lo publicó la revista Forbes en agosto de 2016: “Cuando sentimos o nos importa algo, somos más propensos a actuar. Comparte un recuerdo cautivador con un millenial, y tienes más probabilidad de conectar con él en un nivel emocional — el santo grial del brand marketing”. Parte nostalgia y parte gusto irónico por lo kitsch, bailar en Génesis hace que ya no importe si no te gustó el rap limpio de Will Smith en su momento. Menos importa si son canciones que no escucharías en casa. El recuerdo de los días en que ese era el hit de la radio, y de la ingenuidad que parecía envolverlo todo, puede ponerte una sonrisa en la cara. Las ganas de divertirte y algo de cerveza pueden ponerte a bailar esa música. Y el asunto es que divierte. “Se van chorreados de sudor de tanto bailar, eso sí, bañados pero satisfechos”, dice Elia.

 

 

 

El génesis del Génesis

 

Sobre la pista hay cables tirados, bolsas de plástico, tornillos y diferentes piezas de metal. Hay dos tornamesas  y dos discos de vinil: en una, el soundtrack de Los Cazafantasmas; en la otra, el Purple Rain de Prince, con la clásica foto del artista en su moto Hondamatic. Es día de mantenimiento en el Génesis, Felipe desmonta y vuelve a montar el equipo de sonido cada vez que realiza este trabajo. Señala el sistema de iluminación, con focos de los de antes, “chicharroneros” les dicen, intensos para que los cristales de la bola disco alcancen a proyectar la luz hasta el rincón más oscuro del local. Un viejo aparato con interruptores de palanca miniatura y cintas adhesivas donde se leen palabras como “ovnis”, “strobos” y “rehilete” escritas con plumón negro, es el controlador que cada fin de semana hace que todo se vea como esos comerciales de televisión que anunciaban compilaciones de música disco en CD. “Y aunque pongan la misma música en otros bares, el Génesis te da la atmósfera”, comenta DJ Papigonzo. El controlador de la iluminación es manual. Nada robótico, nada automático. Aquí es como en los ochentas.

 

Buena parte del equipo fue rescatado. Estaba arrumbado en uno de los últimos pisos del hotel Misión Carlton, el edificio que contiene al Génesis en la planta baja. Focos, bocinas y demás aparatos que pertenecieron al primer Génesis que hubo en este lugar. Que no es el actual. El Génesis original data de los ochentas y cerró antes de terminar la década. Felipe y Elia rindieron homenaje retomando el nombre para el Génesis que hoy conocemos. “Este es un lugar legendario”, cuenta Felipe. Un lugar ubicado en la esquina de 16 de septiembre y avenida Niños Héroes, en el sector que a mediados del siglo pasado se veía como la entrada de Guadalajara hacia la modernidad, un nuevo polo de desarrollo urbano que se consolidó en 1963 con la inauguración del Condominio Guadalajara, el edificio de 26 pisos promovido por el empresario Enrique Bremond Pellat, presidente de las tiendas Liverpool. Era un proyecto llamado “Nuevo Centro de Guadalajara”. En 1965 se terminó de construir el edificio del hotel Misión Carlton, y con la apertura del Cine Diana (hoy Teatro Diana), las entonces recién creadas Fiestas de Octubre en el Parque Agua Azul y la primera central camionera de México a unas cuadras, la zona se convirtió en un núcleo recreativo muy visitado. La ciudad vibraba alrededor de los que todavía eran sus dos edificios más altos.

 

Hoy la calle Niños Héroes, que pasa por la entrada del Génesis, ha de verse menos prometedora que en los tiempos del Delirium, la primera discoteca que hubo en este local. Las nubes de tierra que levantan los carros al transitar (ocasionadas por las actuales remodelaciones en el vecino barrio de Mexicaltzingo) tampoco ayudan a la postal. Hace mucho que se dejó de invertir en edificios por aquí. Cuando empieza a oscurecer, la zona se ve más concurrida por gente que lleva mochilas en dirección al oriente, hacia la Calzada Independencia. Trabajadores de regreso a casa. Nadie diría que este es un lugar significativo para la vida nocturna de Guadalajara si no fuera por el público que ha frecuentado el Génesis en el último año, los que vienen a bailar la selección que ha conformado DJ Papigonzo con los éxitos que estaban de moda cuando esta calle ofrecía diversión para chicos y grandes: los mayores en el primer Génesis, los menores en frente, en las tardeadas del Spectrum.

 

Para el año 2006, cuando comenzaron a administrar este lugar, Elia y Felipe ya tenían un trecho recorrido en el ambiente discotequero. DJ Papigonzo ya se había curtido en las tornamesas de bares emblemáticos de la escena gay como el Mónica’s, el Angels, el Máscaras y el S.O.S., donde además aprendió a revirar la carrilla que le echaba Roberto Espejo en el show travesti de “La Gorda”. Le tocó la fiebre de las video discotheques a inicios de los noventas, tan comunes entonces como hoy son los bares de alitas, asegura. Felipe es un pepenador de discos de vinil. Recorre tiendas, tianguis y ventas de cochera en busca de esas joyas perdidas que muchas veces los mismos vendedores no saben que poseen. En el año 2000, cuando Papigonzo ya había reunido suficiente música de las últimas décadas, la idea de aprovechar el material y compartirlo con gente de su generación le llegó después de oír el aviso en forma del clásico del dance italiano Más mix que nunca, que Elia se pone a tararear cada que su mente se inquieta. “¿Por qué no vamos haciendo un evento de los ochentas?”, le dijo a Felipe.

 

Iniciaron una nueva travesía por la vida nocturna de la ciudad. Llevaron fiestas del recuerdo a diferentes lugares de la zona metropolitana, bares donde acordaban con los dueños organizar los eventos en conjunto. Una fiesta por mes, de bar en bar llegaron al Tequila Factory, donde tuvieron tal éxito que a la semana siguiente los dueños les llamaron para ofrecerles una comisión por hacerse cargo del local de manera permanente. “Sí pero ¿sabes qué?, vamos a cambiar el nombre, Tequila Factory aquí en Guadalajara no, y este es un lugar legendario”, fue la contestación de DJ Papigonzo. Antes de irse, los administradores anteriores destrozaron el lugar a manera de despedida. Elia y Felipe recibieron 4 mil pesos y la llave del lugar para empezar a trabajarlo. Después de reparar los daños y rescatar del olvido el viejo sistema de iluminación, abrió sus puertas la discoteca que actualmente lleva diez años despachando cada fin de semana sus buenas dosis de nostalgia en la pista de baile.

 

El actual Génesis pasó de ser un referente para los que estuvieron ahí, en esa época, con esa ropa y esos peinados, a serlo para quienes desearían haber estado. Ahora que el lugar se ve frecuentado por gente con edad suficiente para beber cerveza pero no para recordar los tiempos en que no había Corona Light, la pareja estaría dispuesta a seguir en el asunto hasta el último relevo generacional que el cuerpo aguante. Como sucede en un restaurante que estaría perdido sin la mano del chef que lo hace único, DJ Papigonzo no se permite abandonar la cabina. Es absolutamente necesario que él sea el encargado de leer los ánimos de la gente para decidir qué va a sonar a continuación. “No salgo ni a mear. Es más, si me llego a enfermar de chorro, ¿qué me vas a poner?”, pregunta Felipe. “Yo te pongo una sonda o un pañal, cabrón, pero no te vas de ahí”, sentencia su esposa.

 

En el Génesis puedes ver metaleros greñudos que años atrás sólo se hubieran permitido mover las melenas con música hecha por y para Satanás. Puedes ver punks que parecían condenados a correr en círculos y empujarse cada vez que la vida les pedía bailar. He visto integrantes de las bandas más ruidosas de la escena underground de Guadalajara mover los pies al ritmo de Britney Spears. A seguidores de los géneros más vanguardistas de la música electrónica, entregados en cuerpo y alma al Italo Disco de los ochentas. Y a las chicas modernas que no se dejan sorprender por nada, estallar cuando el coro de esa canción de Magneto (el grupo, no el supervillano) llega a su clímax: “vuela vuelaaa”. Todos bajo el influjo retro que las paredes negras del Génesis transpiran, porque la catarsis hace que pocas cosas importen más. Algunos recordamos los tiempos en que bailar o dar indicios de que disfrutábamos otro tipo de música que no iba con la de nuestra tribu, se consideraba una traición, una falta de principios. Para esta generación de omnívoros culturales se acabó el estigma, es lo que viene con los tiempos. Cuando acabe el fin de semana será momento otra vez de encarar cualquier tipo de situación que ocurra mientras los días siguen curso incorregible, un curso del que no salimos sin haber perdido, tampoco sin haber ganado. Difícilmente renunciaremos al entretenimiento y la recreación por más severa que se torne la realidad. Mucho menos abandonaríamos algo tan nuestro como ese ideal que formamos con el recuerdo colectivo de la juventud. No mientras nos haga sentir bien.

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