ASTROLABIO

Hace algunos años ya, en una clase de la materia El Quijote, no recuerdo a razón de qué, la profesora formuló una reflexión sobre la fealdad, algo así como: “Mientras que la belleza es una nada más, la fealdad tiene muchos niveles, muchos matices, por eso es más interesante”. Inmediatamente recordé a Tolstói: “Todas las familias felices se parecen entre sí, las infelices lo son cada una a su manera”. Para mí, en ese momento, eran la misma frase, porque escondían la misma idea.

 

Las primeras palabras con las que el escritor ruso da inicio a Ana Karenina son tan conocidas y tan usadas que las podemos encontrar reproducidas en libros y sitios de frases célebres con aromas a superación personal o como punto de partida para sugerentes artículos sobre terapia de familia, despojándola de toda su intención ficcional o literaria. Carlos Fuentes las usó para titular una novela suya (De hecho, yo las uso para construir este texto). Que todas las familias felices se parezcan y las infelices lo sean cada una a su manera no es otra cosa que la reafirmación de que lo interesante, lo atrayente, sucede en gran medida en la desgracia, en el accidente, en la alteración de la secuencia y en este caso, en las familias que no son como deberían ser. Familias que son modelo a su manera.

 

En una vecindad que nunca dejó de parecer un estudio de televisión convivían un viudo siempre desempleado y su hija, una madre soltera abandonada y su hijo, un huérfano que nunca quiso aceptar que lo era, una niña y su atractiva tía que más o menos aceptaba los coqueteos del viudo desempleado y, por último, una cotorrita que a los ojos de los niños era en realidad una bruja y que coqueteaba con el viudo sin éxito alguno. Antes de que en México se hablara de familias disfuncionales u homoparentales, antes de que el estigma del divorcio dejara de ser una marca vergonzosa para los matrimonios fracasados, antes de que “boda primero, sexo despues” dejara de ser regla, estuvo el Chavo del Ocho. Más allá de los chistes que, repetidos hasta la náusea, se convirtieron en detestables, y de los albures disfrazados de manera burda, la serie de Gómez Bolaños desdeñó el modelo tradicional de familia mexicana, ése que aparecía en los dramas y las comedias de Joaquín Pardavé y Sara García, y ofreció al público una serie de familias infelices a su manera, y el programa conoció un éxito que aún perdura. En este sentido, y sólo por eso, Chespirito bien pudo llamarse Tolstoyito.

 

Se supone que el modelo es para imitarse porque éste es la representación de lo idóneo. Los Neoclásicos en esta esquina. No hay, entonces, espacio para la duda: obedece y copia a los maestros, por algo han perdurado. Un modelo es tan bueno que debe ser copiado. Los Neoclásicos están sumamente conformes con eso. Luego, aparecen los Románticos en la esquina contraria. Un modelo debe copiarse, pero sólo a veces. Los hijos del sturm und drang están cansados del modelo, de la obra de teatro en tres actos y cuya trama dure sólo un día. Un modelo, siempre lo mismo, se debe romper cuando ya no es vigente, es lo que necesita el arte. Los Románticos ganan la partida. Desgraciadamente, ellos también crearon un modelo que se siguió incansablemente, hasta que subieron al ring los Realistas. No es necesario continuar.

 

Pero no todo debe ser ímpetu y tormenta, destruir para construir. Aceptar y seguir modelos, contar historias siguiendo un modelo a prueba del tiempo puede llegar a ser exitoso. El conocimiento del monomito, descubierto, estudiado y divulgado por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, ha sido usado como los chistes del Chavo, hasta la náusea, y como los chistes del Chavo, han tenido éxito. Historias entretenidas que han tenido eco en la cultura. Redituables narraciones, aunque éstas a veces no sean la gran cosa. Hollywood lo sabe, Rowling lo sabe, Collins lo sabe, la industria editorial lo sabe y lo repiten.

 

Cuando a Caden Cotard, dramaturgo atormentado por el reciente abandono de su mujer e hija, por una enfermedad inclasificable pero seguramente mortal y por los demonios que siempre lo han acompañado, gana una beca para artistas geniales, se le ocurre crear un modelo de Nueva York en un gigantesco solar techado para representar ahí su vida en tiempo real, está llevando al extremo la representación de modelos. Más allá de las exploraciones metaficcionales o de cajas chinas, en la película de Charlie Kaufman, Synecdoche, New York, la increíble puesta en escena deriva de la mente del artista hacia la realidad, y termina por destruirse, en parte porque ya no tiene cimientos, en parte por no poderse contener, destruyendo incluso al propio autor. Un modelo que se traga a sí mismo como concepto.

 

Familias, historias, ideas; paradigmas, modelos y patrones. Uno no sabe hasta qué punto es vulnerable o consciente ante los modelos que existen, y menos de los que particularmente seguimos. No es necesario huir, aunque a veces sea necesario romper. Los modelos dan forma a la existencia, la hacen llevadera, pero no la hacen interesante. Eso lo sabía mi maestra de la universidad y lo sabía Tolstói. Como la belleza y la fealdad, como las familias felices y las desgraciadas.

La fealdad interesante,
la aburrida felicidad

Por LUIS MORENO RUÍZ /

Ilustración: JAVIERA PINTOCANALES

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Los modelos dan forma a la existencia, la hacen
llevadera, pero no la hacen interesante

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