PROXIMIDAD

La ética de la palabra

Los grandes medios de comunicación dejan de ser sinónimo de periodismo de calidad. Ya sea en las redacciones consolidadas o en los esfuerzos independientes, prevalece la importancia de elegir lo que es digno de contarse, tal vez con más responsabilidad que antes.

Por DIEGO PETERSEN FARAH* /

Ilustración: TERRITORIO

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Cuando nació el periódico Público, hace poco menos de dos décadas, le pedimos a Gabriel García Márquez que nos enviara una colaboración para el número uno, el del 8 de septiembre de 1997. Aceptó gustoso, pero en lugar de enviarnos un texto en que el Premio Nobel hiciera gala de su prosa privilegiada lo que llegó por fax fue una hoja manuscrita que contenía una pregunta y una firma:

 

“En mis tiempos el periodismo era ante todo una ética; ¿qué es hoy el periodismo? Gabriel García Márquez”

 

Me tocó en aquella ocasión responder a la pregunta, en realidad provocación, del gran narrador latinoamericano. Respondí que el periodismo que queríamos ejercer en aquel periódico naciente era justamente aquel que tuviese una postura ética ante la ciudad, el estado y el país. Queríamos hacer periodismo para transformar, ser un grano de arena en la construcción de un mundo distinto.

 

La gran apuesta de Público fue dignificar y profesionalizar el oficio periodístico. Hacernos todos corresponsables del medio en que trabajábamos, no solo a través de un fideicomiso que aseguraba la participación de todos los trabajadores en la renta y en la toma de decisiones de la empresa, sino también en la búsqueda continua de una mejora de las condiciones laborales a través de un Comité de Empresa. La ética periodística no podía, pensábamos nosotros, desvincularse de la ética empresarial.

 

¿Fue una utopía? Sí, sin duda, y como casi todas las utopías la de Público estuvo llena de ingenuidades y no exenta de mezquindades, pero también repleta de generosidad, inteligencia y una voluntad colectiva por darle a Guadalajara un gran periódico y darnos a nosotros mismos un lugar para ejercer libremente y dignamente “el mejor oficio del mundo” (García Márquez dixit). Fue una utopía, la de Siglo 21 y Público que dejó la mejor generación de periodistas del occidente de México y me atrevo a decir que una de los mejores del país.

 

Dos décadas después los medios han cambiado radicalmente, pero no el oficio; tampoco la utopía. Los medios, salvo muy honrosas excepciones, se han convertido en un lugar hostil para ejercer el oficio. Los salarios son malos, las condiciones de trabajo se pauperizan año tras año, las presiones incrementan y la continuidad de las empresas está amenazada por el mercado. Pero los periodistas ahí están, en los rincones de las redacciones y la vastedad de las redes, en medios viejos o nuevos, aportando cada día una nueva historia que nos permite entender cómo estamos hoy, qué nos duele y qué nos alegra; construyendo el espejo en que como sociedad nos miraremos esta mañana, y la siguiente, y la siguiente.

 

Juan Villoro dice que México tiene grandes periodistas y pésimos medios, y tiene razón. Hoy el periodismo de calidad ya no está asociado a medios de calidad o al menos de fama pública. Las grandes cabeceras de los diarios, que antes eran sinónimo de veracidad e independencia ahora aseguran, en el mejor de los casos, cierta coherencia, pero en la mayoría ni siquiera eso. El periodismo de calidad está abandonado las redacciones y las redacciones abandonado a sus periodistas. Los medios, principalmente los escritos, siguen siendo el lugar privilegiado para la discusión de la ciudad y el país, pero cada vez menos son el espacio privilegiado donde se gesta el periodismo de calidad. Hay por supuesto garbanzos de libra que hay que ir buscando de medio en medio, de portal en portal.

 

Durante muchos años pensamos que el periodismo y los medios era una sola cosa, contenido y continente, alma y cuerpo. Ese es el gran divorcio del siglo XXI. No sé si para bien o para mal, supongo que para bien. Ese modelo con el que los miembros de mi generación crecimos como ciudadanos y como periodistas quedó ya rebasado: periodismo y medios son ya parientes lejanos. Pero, aunque las habilidades tecnológicas sean distintas, las condiciones laborales más precarias y los públicos dispersos y gelatinosos, el oficio periodístico sigue siendo el mismo: narrar para transformar.

 

El periodismo es el oficio de la palabra. Es la palabra lo que convierte a un suceso, cualquiera que este sea, en noticia, en algo significativo, digno de ser contado y recontado, twitteado y retwitteado. La palabra libera al suceso del devenir cotidiano para convertirlo en excepcional; transforma las batallas y las reivindicaciones de un grupo en la épica de la humanidad. El periodismo es la palabra que confronta, que describe, que transmite, que invita, que analiza, que compara, que estalla en el rostro del poderoso, que libera al más débil, que construye un sociedad un poco menos desigual y abona un cardo a la justicia.

 

El periodismos es hoy, como hace 20, 50  o cien años una ética; la ética de la palabra.

*Diego Petersen Farah es licenciado en Ciencias de la Comunicación por el ITESO, ha trabajado como columnista, editor, subdirector y director en diferentes medios de comunicación escritos de México, entre ellos el periódico Siglo 21, Público, Milenio y El Informador. En 2014 publicó su primera novela Los que habitan el abismo (Planeta)

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