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La comunicación silenciosa: la experiencia íntima del podcasting

El panorama del podcasting en México, una historia personal y dosis sanas, casi homeopáticas, de optimismo.

Por FERNANDO HERNÁNDEZ/

Ilustración: DANIELA CADENA

Para mis papás, que por fin saben lo que es un podcast.

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Escribo sobre podcasting en México desde esos espacios de oficinas efímeras a los que muchos se refieren pomposamente como “coworking”. El lugar está ubicado en el centro de Berkeley, en el Área de la Bahía de San Francisco, California. Tengo 10 años haciendo radio y podcasting, y no pienso regresar a mi país en un buen rato.

 

Pero atajo de una vez: esto no se trata de una diatriba contra mi país —aunque ganas no me faltan—, ni contra la industria de la radio mexicana y de su hijo púber en riesgo, el podcast. Más bien pretende esbozar un panorama para que futuros estudiantes, productores y consumidores de podcast —o de medios de comunicación en general— conozcan más a fondo, —o compartan, o refuten— las razones por las que este medio no es “la gran cosa” frente al público que se decanta por la imagen.

 

 

Radio para llevar, para ponerle pausa, para repetir, y para adelantar

 

Un podcast, para quien todavía no lo sepa, es principalmente un archivo de audio que se puede descargar de forma periódica e incluso automática mediante una suscripción —aunque también puede escucharse sin necesidad de descargarse en apps como Stitcher o Spotify. Cuestión de administrar los datos móviles—. Es “radio” que se puede escuchar en cualquier momento y en cualquier lugar; y en él caben, como en cualquier otro medio de comunicación, historias, chistes, entrevistas, ficción, series, novelas y manuales de autoayuda. Cualquier cosa que pueda contarse con voz, música, silencio y efectos de sonido puede convertirse en un podcast.

 

A 12 años de haber aparecido en Estados Unidos, el crecimiento del podcast en cuánto a escuchas, producciones, descargas y familiaridad con el término fue lento, pero sostenido, y alcanzó cifras espectaculares en 2014 y 2015 con el lanzamiento de Serial: una investigación periodística que en cada episodio iba desentrañando el caso de Adnan Syed, condenado a cadena perpetua por el supuesto asesinato de su ex-novia.

 

De pronto, la prensa y los medios anglosajones hablaron de un “renacimiento” del podcast y Serial pasó a formar parte de la cultura pop. Saturday Night Live hizo una parodia navideña y la conductora Sarah Koenig fue invitada al show de Stephen Colbert. Desde entonces, el New York Times, el Guardian, y otros periódicos y portales —insisto, anglosajones— publican listas de los mejores podcasts del año y de los mejores episodios de podcasts del año. Así va el nivel de especificidad ya.

 

¿Por qué, entonces, El País, El Informador, Milenio o El Universal no hacen sus listas con los mejores podcasts del año, así como sí lo hacen con libros, discos y etcétera?

 

Mi historia en este fascinante mundo de las imágenes y emociones provocadas por sonidos me ha hecho preguntármelo una y otra vez.

 

 

Me dicen Micro por mi cabeza de micrófono

 

Cuando entré a la carrera de Ciencias de la Comunicación, lo menos que tenía en mente era convertirme en locutor o productor de radio —a pesar de que en la prepa una chica me dijo, luego de escuchar mi voz grave que minutos antes había soltado unos gallos, que “debería ser locutor”—. Mi idea al entrar a la universidad, era producir una serie animada que hiciera reír, que hiciera pensar y que se pudiera realizar en una noche de chelas y pizza.

 

Todo cambió —excepto las noches de chelas y pizza— en 2006. La estación RMX 100.3 FM de Guadalajara —ahora una red que transmite también en ciudades como la Ciudad de México, San Miguel y Cancún— empezaba su batalla en el cuadrante y lanzó una convocatoria para reclutar nuevos talentos llamada “Rastreo”. Hice equipo con Pablo González, mi colega en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO, del Sistema Universitario Jesuita), y bautizamos nuestra propuesta como “Ácido”, un programa  que básicamente era una extensión de nuestras personalidades: melómano, humorístico y devorador de cultura pop. De ahí pasé a Máxima, a producir junto con Nora García, un programa llamado “Detonador”.

 

Pero mi faceta podcastera empezó cuando le propuse un podcast a Kaliope Demerutis, entonces editora del suplemento Ocio, una publicación de Grupo Milenio que se volvió referencia para quienes buscaban una guía para vivir la ciudad. Más bien, le pasé unos audífonos para que escuchara la versión auditiva de Ocio. Sonrió.

 

En paralelo a los podcasts, seguí en radio. Fui miembro fundador de Itópica, la radio por internet del ITESO. Colaboré para Radio Universidad de Guadalajara y fui la voz de los spots promocionales de Milenio Radio Jalisco, además de presentador de noticias cada hora en la hora.

 

Luego vino Magis Radio.

 

Las revistas universitarias suelen ser anodinas y autorreferenciales. No es el caso de la revista Magis del ITESO. Me acerqué al editor de aquel entonces, José Miguel Tomasena (autor de la novela “La caída de Cobra”) y le pasé unos audífonos. Sonrió.

 

Así nació Magis Radio, hicimos una temporada de 10 episodios en la que exploramos las innovaciones en las profesiones. Aquí ya se perfilaba el golpe de timón en mi exploración del medio: ya no se trataba de hacer comentarios o dar opiniones sobre cualquier tema coyuntural o de moda, ahora la médula estaba concentrada en que las voces de otros fueran las preponderantes. Contaba más contar historias. Escuchar.

 

Sin embargo, los podcasts que produje para Ocio y Magis no obtuvieron los números que esperábamos.

 

A pesar de haber cosechado muy buenas críticas tanto en el gremio como de algunos escuchas, no acumuló grandes números ni en descargas ni en reproducciones. Hago zoom out a otros podcasts en Guadalajara y noto que entre 2010 —el año que empecé a podcastear— y 2016, mis colegas dejaron de hacer podcasts. La revista Replicante dejó de producir Resonante, el colectivo Composta Amateur, de José Soto y Jorge Báez se disolvió. Zoom out a nivel nacional: Cerveza Indio y Prodigy MSN —que podrían considerarse pioneros a nivel nacional— dejaron de producir podcasts, y Dixo se ha re-lanzado cerca de 4 veces con resultados modestos.

 

A finales de 2016, José Miguel Tomasena me llamó “El llanero solitario del podcast en Guadalajara”.

 

No supe si expandirme como pavo real o agacharme como avestruz.

 

 

Odiosas y necesarias comparaciones

 

Existen tres razones por las que el podcasting en Estados Unidos es una industria que, aunque no está totalmente consolidada, está a años luz de lo que podría ser la industria del podcast en México. Conectividad, leyes y usabilidad.

 

La primera es la conectividad. Mientras que en México el número de personas con acceso a internet por cada 100 habitantes es de 57, en Estados Unidos es de 74. Esto se refleja en el porcentaje de estadounidenses que en el último año dijeron haber escuchado podcasts: 36% (Edison Research). ¿México? 7% (AMIPCI, 2015) . Un retroceso significativo comparado al 13% que alcanzó en 2012.

 

¿Cambiaría esto de haber mayores usuarios de internet en México? Lo dudo.

 

Tiene que ver con leyes. Y con radioescuchas comprometidos.

 

En 1970 nació NPR (National Public Radio), una red de 986 estaciones de radio distribuidas por todo el territorio Estadounidense que operan bajo un esquema híbrido de financiamiento. En promedio, cada estación miembro recibe 34% de sus ingresos provenientes de sus escuchas, 19% de patrocinios y sólo 5% del Estado. (Aquí las estadísticas completas)

 

A su vez, estas estaciones pagan una membresía a la matriz de NPR. Estos recursos se utilizan para producir los contenidos nacionales e internacionales de los que las estaciones miembro tienen licencia de transmisión. Este ecosistema robusto y autónomo son el germen perfecto para que podcasts como Reveal, que realiza investigaciones periodísticas de alto impacto, continúen su trabajo. O que la comunidad latina tenga un espacio valioso de representación con el programa semanal Latino USA. Ejemplos sobran.

 

¿Se imaginan una estación de radio pública veracruzana que no dependiera de los recursos que le asignara el prófugo ex-gobernador Javier Duarte? ¿Un Sistema Jalisciense de Radio y Televisión crítico de Aristóteles Sandoval?

 

Puede pasar. Organizaciones como la Asociación Mexicana por el Derecho a la Información (AMEDI) han empujado por que se establezca que las estaciones de radio públicas y comunitarias busquen métodos de financiamiento que garanticen su autonomía e independencia.

 

Sin embargo, la Cámara de la Industria de la Radio y Televisión (CIRT) se ha opuesto de manera histórica y ha logrado imponer su voluntad: la ley de radiodifusión y telecomunicaciones que se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 14 de julio de 2014 no incluyó ese reclamo ciudadano.

 

Deténgamonos a imaginar lo que sucedería si una red autónoma de medios de comunicación masiva en México se sostuviera, en una tercera parte, de lo que donan sus radioescuchas. Investigaciones como “La Casa Blanca de Peña Nieto” serían la norma y no la excepción —y un sector extendido de la población no depositaría sus esperanzas exclusivamente en lo que Carmen Aristegui publique—.Los periodistas y comunicadores al frente de micrófonos, detrás de cámaras y a cuadro no tendrían duda de a quién se deben: al público. El público manda porque el público nos paga directamente. Así suena la democratización de los medios. Y, cosa curiosa, también suena como una transacción de libre mercado, ¿no? Finalmente, nadie obliga a que estos ciudadanos paguen por lo que quieren escuchar… y las donaciones son deducibles de impuestos. Maravilloso.

 

En México nuestros impuestos pagan los sistemas de radio y televisión pública que reciben financiamiento raquítico que apenas les permite operar —y aplaudirle al gobierno en turno— mientras el gobierno destina mayor presupuesto para anunciarse en estaciones comerciales… y aplaudirse. No olvidemos algunos de los dispendios del ex-gobernador jalisciense Emilio González Márquez: 2 millones de dólares en 2008 para que MTV organizara sus premios en Guadalajara y 67 millones de pesos para que Televisa organizara Espacio 2007. El presupuesto para que el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión operara durante todo 2008 fue de 33.7 mdp (Q medios, 2008). No quieren saber lo que los gobiernos estatales gastan en publicidad oficial.

 

Entonces, ¿el podcast depende únicamente de lo bien que le vaya a la radio pública?

 

No. Los medios comerciales también tienen su catálogo. Buzzfeed, Panoply, Gimlet, Howl y Slate son algunos medios nativos digitales que cuentan con su propio catálogo de podcasts. Publicaciones “tradicionales” como el New York Times y el Washington Post también tienen sus podcasts. Y ojo: los podcasts de estos últimos no son la versión hablada de las noticias que publican diariamente.

 

La industria se ha beneficiado de la exposición y promoción cruzada del término “podcast” y sus contenidos. The Guardian, por ejemplo, excluye sus propios podcasts cuando hace listados de los mejores podcasts del año. No hay recelo en mencionar a “la competencia”. Finalmente, en la industria estadounidense, se habla de podcasts como si se hablara de películas, series, cómics, etcétera. Y así como se han adaptado cómics, libros y videojuegos a la “pantalla grande”, ya está pasando también con los podcasts.

 

Y por último, también tiene que ver con usabilidad.

 

Para lograr que alguien escuche un podcast, hay que usar métodos análogos. Es mi único método comprobado para hacer que alguno de mis conocidos se suscriban a un podcast desde su celular. Básicamente tengo que decirle al interesado mientras ambos miramos su dispositivo móvil: “mira, baja esta app. Ok, ahora escoge un podcast que te llame la atención. Bien, ahora busca la opción que diga ‘suscribirse’. ¡Fabuloso! ahora presiona ‘descargar’. Listo, ya puedes, por fin, escuchar.”

 

Pasos que doy por hecho para simplificar mi experiencia auditiva parecieran demasiados para el escucha cuyo umbral de atención se reduce constantemente. Ahí es donde el podcast pierde contra la radio o los videos graciosos compartidos en redes sociales.

 

 

La esperanza no se escucha al último

 

Para efectos narrativos me guardé los casos de esperanza. Disculpen.

 

Una noticia importantísima a nivel latinoamérica fue la incorporación de Radio Ambulante, un programa que cuenta historias de América Latina, a NPR. Se trata del primer podcast en español en transmitirse en una red de radiodifusoras de habla inglesa.

 

En México, 2016 vio nacer al portal Así Como Suena, liderado por el periodista Carlos Puig; Letras Libres mantuvo su ritmo de publicación e incorporó a León Krauze; Dixo sigue distribuyendo algunos de sus podcasts por RMX; y Olallo Rubio lanzó Convoy, una app de contenidos en audio por los hay que pagar 39 pesos al mes —con mis reservas puedo decir que se trata del “Netflix en audio” en México—.

 

Eso en el plano de la producción de podcasts. El podcast como tema “digno” de cobertura mediática comienza a aparecer tímidamente más allá de columnistas especializados en el tema. Por ejemplo, El Economista publicó “Los 10 mejores podcasts para escuchar” y  la revista GQ publicó un listado con los mejores podcasts… para escuchar en el tráfico. Por algo se empieza.

 

Lo que es irreversible es la tendencia: terminó la era de los grandes medios de comunicación que aglutinaban masas de escuchas para dar paso a comunidades diversas pequeñas pero comprometidas con lo que consumen, como el caso del colectivo Ya Te Digo, liderado por Manuel Tenedor y Aftasher, que recibe donaciones mensuales mediante Patreon, un portal donde cualquiera puede convertirse en un mecenas.

 

Sigo en el coworking pero a punto de cerrar la laptop. ¿Qué estoy haciendo en el Área de la Bahía de San Francisco, California, a miles de kilómetros de mi natal Guadalajara si veo indicios de que la industria del podcasting en México puede crecer?

 

Porque vi una oportunidad acá.

 

En 2015 mi equipo Esto No Es Radio (saludos a Valeria y Alfredo) ganó el tercer lugar de una competencia internacional de radio convocada por KCRW, una magnífica estación de Los Angeles. Nuestra pieza fue transmitida en el show “Unfictional” y esto me ha abierto puertas. El año pasado colaboré con Latino USA, transmitido semanalmente por NPR, y la invitación para hacer pitching de historias quedó abierta con ambos shows.

 

En menos de un año, mi trabajo fue publicado y remunerado por dos medios de prestigio mundial. Decenas de podcasts de distintos tamaños están en búsqueda constante de todo tipo de historias. Pero hay una limitante: las historias tienen que ser en inglés, pues la mayoría de los consumidores de este medio es angloparlante.

 

No había forma de seguir explorando este medio, de encontrar y proponer nuevas historias, si me quedaba en Guadalajara: la ciudad en la que he amado, trabajado, protestado, inspirado y colectivizado toda mi vida.

 

Un poco de reto nunca está de más: toca amar, proponer, trabajar y escuchar de este lado del río.

CODA

 

Así como este artículo habla, en cierta forma, de generosidad, también es de agradecimiento para las personas que han seguido de cerca mi trabajo y lo han supervisado y criticado generosamente. Va en orden cronológico: Pablo González, Gonzalo Oliveros, Gilberto Domínguez, Nora García, Kaliope Demerutis, El Gufy, Janet Vásquez, Karla Godínez, Jaime Barrera, José Miguel Tomasena, Vivian Cárdenas, Susana Ochoa, Gricelda Torres, Ignacio Dávalos, Yolanda Barroso, Diego Zavala Scherer, Bernardo Masini, Paola Reyes y Abril Rayas.

*Fernando Hernández. Fernando "Micro" Hernández nació en Guadalajara, en 1985. Desde el 2006 ha colaborado en distintos medios mexicanos como Grupo Milenio, RMX y Máxima; e Internacionales como KCRW (Los Angeles) y Latino USA (National Public Radio). Te puede recomendar un podcast para cada estado de ánimo. En serio.

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