REPORTAJE

La ciudad menos mexicana
de México

 

Convertir las tradiciones de una ciudad en un cliché de tres palabras es alimentar la resistencia
al cambio; sin embargo, los inmigrantes siempre están ahí para romper el molde.

Por JAVIER ANGULO /

Ilustración: FEDERICO JORDÁN /

Fotografía: ABRAHAM PÉREZ

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“Yo creo que Guadalajara va a terminar siendo parte de todos”, expresa un oriundo del Distrito Federal que encontró en la capital de Jalisco el mejor escenario posible para mantenerse vivo. Vivir es desplazarse, y las migraciones dejan marcas en la piel de una ciudad que se define en función de sus hijos adoptivos.

 

Guadalajara, con su identidad y tradiciones que parecieran no pertenecer a ningún otro lugar del mundo, es constantemente modificada por la actividad de foráneos que la habitan y la hacen parte de su propia evolución. A pesar de ser una ciudad donde el arraigo y las costumbres juegan un papel fundamental a la hora de tener una idea de lo que en ella ocurre, existen momentos en la historia que de manera colateral han contribuido a la transformación imparable de esta urbe de múltiples caras.

 

Un caso muy significativo fue el golpe de estado que ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973, el cual produjo un cambio radical en las vidas de toda una generación. El derrocamiento del gobierno de Salvador Allende por las fuerzas armadas lideradas por Augusto Pinochet fue un suceso inesperado y fuerte para quienes encontraron un país cada vez menos habitable a partir de ese momento. “En ese ambiente oscuro de detenciones, torturas, desapariciones y aplicación de la ley de fuga a compañeros universitarios, la necesidad de exilio para muchos se convirtió en una necesidad vital”, recuerda el doctor Alfredo Hidalgo San Martín. Casado y con dos hijos, Hidalgo era académico de la Universidad de Chile donde dirigía un departamento de salud pública que formaba a estudiantes trabajando en áreas marginales del país. Tres meses y medio después del golpe, supo que si permanecía en Chile sería apresado por la dictadura.

 

Por invitación del doctor Vic Sidel, él y su familia viajaron a Nueva York donde tuvieron una breve estancia. Ahí fue contactado por dos alumnos de la Universidad de Guadalajara, quienes buscaban un maestro de medicina comunitaria para iniciar un programa docente en el municipio de Zapopan. El 17 de abril de 1974, la familia Hidalgo llegó a Guadalajara, donde Alfredo inició actividades teniendo como base operativa el Hospital de Zapopan.

 

La apertura de la U de G hacia los exiliados se manifestó en actos masivos, comunicados en los medios, recepción y reconocimiento de personalidades chilenas, así como en muestras individuales de apoyo.

 

“En un acto inolvidable de solidaridad mexicana, la doctora Gloria Michel nos invita a vivir a su casa materna y durante ese tiempo nos facilita carro, habitación y comida sin aceptar pago alguno, un gesto increíble que abrió nuestro corazón y respeto al pueblo mexicano”, relata.

 

La solidaridad de los universitarios provocó en Alfredo Hidalgo la profunda decisión de retribuir el apoyo a través del aporte que desde su profesión podía realizar a la comunidad. Esa actitud es compartida por la investigadora Gladys Lizama, quien gracias al Colegio de Michoacán y a la Universidad de Guadalajara ha desarrollado una carrera como historiadora que su natal Chile no le permitió llevar a cabo. Militante del Partido Comunista antes y después del golpe, la esperanza de tumbar a la dictadura mediante una constante labor social fue lo que le ayudó a soportar la vida en ese entorno durante siete años, hasta que decidió postularse para una beca de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en México. El 15 de septiembre de 1980, Gladys llegó a la Ciudad de México para realizar una maestría en Estudios Latinoamericanos, y al terminarla se trasladó a Michoacán donde llevó a cabo sus primeros trabajos de investigación en historia regional. A Guadalajara llegó en 1990, y desde entonces ha dedicado buena parte de su tiempo a registrar la historia de la familia Martínez Negrete, de la cual ha publicado dos libros, y de la familia Sauza, una de las principales productoras de tequila en Jalisco.  “Esto me ha permitido integrarme todavía más al país y conocer la región, saber de qué vive, de qué está hecho, y ha sido muy gratificante”, comenta.

 

El ámbito académico en la capital jalisciense no sería el mismo si la historia de Chile no contara con ese duro episodio en que una gran parte de su población se vió forzada al exilio. Sin embargo, no todos los chilenos que llegaron a Guadalajara tienden a desarrollar actividades relacionadas con la universidad. El restaurante Puro Chile, ubicado en la colonia Arcos Vallarta, ofrece una muestra de la gastronomía del Cono Sur, no sin cierta variación en sus platillos para complacer al paladar local. “Uno de los platos más chilenos es la empanada”, comenta la propietaria Graciela Blanco. “Yo le pongo una trampita para que guste acá, le quito ciertas cosas que para el chileno son esenciales y le pongo otras que hacen que el mexicano lo acepte más, y de hecho es uno de los platillos que más vendo”. En 1988 llegó con su esposo y dos hijas a la que, para ella, es la ciudad menos mexicana de México. “Es donde yo veo menos expresiones propias de lo que es el sabor mexicano, a pesar de que es la que más presume de ser mexicana”, afirma.

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Los Charros del norte

 

La cuna de íconos tradicionales como el mariachi y el tequila, donde se definió la imagen clásica del mexicano que se exporta al extranjero, podría ser también una de las ciudades más abiertas a recibir y asimilar expresiones sociales y culturales no sólo de otros países, sino de otras regiones en el interior de la república. La década de los ochentas trajo a Guadalajara un crecimiento económico que se vio reflejado en la construcción de nuevos fraccionamientos, centros comerciales y hospitales privados, un auge que coincidió con el asentamiento de los narcotraficantes sinaloenses más poderosos en Jalisco. Desde entonces la sociedad coquetea con la aceptación de una cultura que manifiesta su mexicanidad a través de la música y la gastronomía, pero que carga con el estigma de la delincuencia. Hoy Guadalajara disfruta de la cocina del mar en decenas de restaurantes de mariscos estilo sinaloense, baila tambora, llena los foros donde se presentan cantantes de música norteña y vive el regreso del béisbol de la Liga Mexicana del Pacífico en una región de profundo arraigo futbolero.

 

“La mayoría de la gente piensa que uno por ser de Sinaloa trae algo malo, ellos traen en su mente que la gente de Sinaloa se dedica al narco y no es cierto, hay mucha gente laborando como debe ser, partiéndose el lomo para sacar a sus familias adelante y educar a sus hijos por el buen camino”, declara Abel Toledo. Él llegó de Culiacán a finales de los noventas para estudiar en la Universidad Autónoma de Guadalajara, y actualmente dirige una firma de asesoría en derecho fiscal. Su experiencia no estuvo exenta de las dificultades para encajar en un círculo que en su opinión es muy cerrado, sin embargo se ha integrado al ámbito empresarial en la ciudad para llevar con éxito distintas inversiones al lado de socios tapatíos. Uno de sus negocios es el restaurante La Grelha, que cuenta con una sucursal en el estadio de los Charros de Jalisco. En este recinto, un puñado de beisbolistas sinaloenses libra una de sus mejores temporadas fuera de casa, portando la camiseta de un equipo que no es el favorito de sus paisanos.

 

En 2014, el club de béisbol Algodoneros de Guasave quedó fuera de la liga, y sus principales jugadores fueron trasladados al naciente equipo Charros de Jalisco. El estadio Panamericano de atletismo se adaptó para albergar los duelos entre clubes que ya son tradición en el noroeste del país. Manny Rodríguez, guasavense que ostenta el mejor porcentaje de bateo de la actual temporada, opina que el béisbol en Guadalajara se vive de otra manera. “El ambiente aquí es más al estilo de Estados Unidos, en Sinaloa es divertido porque lo enfocan más a la fiesta, y aquí el espectáculo es más enfocado a lo que es el béisbol, ponen menos música entre entradas, por ejemplo”. Como segunda base de los Charros, Rodríguez siente nostalgia por los logros obtenidos al lado de los Algodoneros durante ocho temporadas, sin embargo la respuesta de la afición tapatía lo alienta a seguir dando buenos resultados con su nuevo equipo. En lo que toca a la afición de Sinaloa, la situación no es del todo benévola. “La gente está muy triste porque sabe que tenemos un tremendo equipo, y sabe que nosotros podemos dar un campeonato en futuro cercano, creo que el cambio les cayó pesado y aún siguen dolidos porque están viendo a su equipo triunfar en otra ciudad”.

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Desde el centro con otro beat

 

En el mismo lugar donde unas migraciones se hacen ver y sentir hasta ganar su propio espacio, hay otras que por alguna razón salen menos a la superficie. Una ciudad modificada en su cotidianeidad por las distintas procedencias que en ella convergen, parecería tener cabida para todo tipo de expresiones, sin embargo estas no son siempre recibidas de la misma forma. El terremoto de 1985 en el Distrito Federal dejó sin hogar a cientos de familias que de pronto se vieron en la necesidad de reconstruir sus vidas fuera de la capital que hasta ese momento les había dado todo. El éxodo hacia la provincia llevó a personas acostumbradas a vivir bajo las presiones y el ritmo acelerado de la gran ciudad, a lugares donde el tiempo transcurre más lento. En esta ocasión, Guadalajara no parecía estar de brazos abiertos. “Cuando yo llegué ya se había venido mucha gente después del temblor, así que para rentar casa hacías fila y te entrevistaban”, recuerda Ernesto Pachecho, quien llegó a la capital tapatía en marzo de 1986. “En alguna ocasión tuve que decir que no era chilango y no me sentí nada bien, pero tenía que conseguir casa”.

Ernesto es contador público, pero se dedica a la informática desde que estaba en la universidad. En la actualidad dirige una empresa de consultoría en sistemas, y dice que a Guadalajara no lo cambia por nada. El clima y la fortuna de ver crecer a sus hijos en un ambiente menos expuesto que el de la Ciudad de México, es algo de lo que le motiva a no irse de esta ciudad. Acerca de la fama que tiene la gente del Distrito Federal en el resto del país, él opina que desgraciadamente se la han ganado a pulso. La centralización hace que los oriundos de una capital tengan la sensación de vivir en un lugar más adelantado respecto a todos los demás, y ello trae actitudes que no cualquiera está dispuesto a tolerar. “A veces por unos pagamos otros”, comenta Eduardo Galván, músico que vive en Guadalajara desde 1987. “El chilango ‘abusado’ llega y se aprovecha de otros, se aprovecha en Guadalajara, en León, en Yucatán y en cualquier lugar, hicieron tanta mala fama que de repente salió lo de haz patria y mata un chilango. Y no es que fueran más ‘abusados’ porque no es competencia, es el ritmo, la carrilla con la que llega uno muy acelerado, y ahí empezó la mala fama”.

 

Como músico, a Eduardo le pareció más fácil adaptarse a los jaliscienses que hacer que ellos se adaptaran a él. Muchos trabajos le fueron negados por la mala reputación que tienen sus paisanos, pero salió adelante gracias a que en su profesión, el cliché de “nadie es profeta en su tierra” es totalmente cierto. Lo curioso es que en un país donde los músicos piensan que probar suerte en el Distrito Federal es la única manera de sobrevivir, un chilango opina que la capital de la música está realmente en Guadalajara. “La ciudad tiene beat y yo lo sentí desde chavo, decía ‘quiero estar ahí’, muchas bandas renombradas que constituyen el acervo cultural de la música mexicana son de Guadalajara”, asegura. “Imagínate, Bob Dylan venía cada año con Tucky el guitarrista de Los Spiders, venía porque le gusta tomar tequila, ve la cantidad de músicos que vienen actualmente, a Medeski nada más falta que le pongan sombrero de charro, no sale de Guadalajara. Esta es una ciudad musical por excelencia, vanguardista, aquí de repente sientes que es un Nueva York chiquito”.

 

En la ciudad menos mexicana de México hay una sociedad que da la impresión de tener costumbres inamovibles. Para Graciela Blanco, “todo es un ballet con una coreografía muy predeterminada por las conveniencias, es una manera de ser, yo la he calificado como un comportamiento tapatío”. Y alrededor de esa coreografía se encuentra todo lo que Guadalajara quiere ser, además de todo lo que tendrá que admitir muy a su pesar. El futuro llega movido por esta danza interminable que desplaza vidas y altera los ritmos, para dejar en claro que en cuestiones de identidad, lo único que se mantiene como constante es el cambio.

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