CONTRAPESOS

La academia y todo lo demás

Frente a la rigidez de la academia queda reivindicar las ocupaciones en las que la inteligencia se expresa de formas menos abstractas pero igual de exquisitas

Por DEBRA FIGUEROA /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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En mis últimas conversaciones con amigos fuera del salón de clase, en cafés y durante viajes en taxi, ha sido un tema recurrente el miedo a distanciarse de la academia, a ejercer actividades “menos cerebrales” pero tanto o más satisfactorias que las que conlleva nuestra adhesión a ella. Junto al interés auténtico por la investigación, la difusión del conocimiento y la enseñanza —labores nobles, complejas y muy necesarias—, se asoma la tímida preocupación por el prestigio que deriva de su ejercicio. Más allá de la seguridad económica prometida, se encuentra la conformidad con el hecho de que haya un conjunto de instituciones que, valiéndose de su respectivo prestigio, avalen y exploten nuestra inteligencia. Este sentimiento generalizado no es nada nuevo, y tampoco hablo de él como un mal ajeno: ahora no sé si estudiar un posgrado (con el sustento de una beca) o considerar otras opciones de vida; varias personas lamentarían que no hiciera lo primero, y a veces, muy a mi pesar, creo que yo también.

 

Me imagino encorvada frente a la computadora, reforzando mi incipiente joroba, una tarde de trabajo académico —preparando una ponencia, por ejemplo—, y lamento no dedicarles más horas a la música y el dibujo. Me disgusta pensar en estas actividades como cosas que dependen de la oportunidad, como si no las tomara suficientemente en serio, como si no merecieran mi tiempo y mi constancia; actividades para la casa, para las vacaciones y los fines de semana. No obstante, quizás como consuelo, han ido convirtiéndose en “pequeños lujos” —como el cigarro para el fumador esporádico—: cosas que dejo para ocasiones especiales y cuyo valor descansa, en gran parte, en la distancia: en el anhelo que provocan.

 

Sospecho que si todos los trabajos nos garantizaran solvencia, para muchos pesaría todavía más la intelectualidad que implican. Pudiendo ser jardineros, taxistas, bailarines, carpinteros..., ocupaciones en las que la inteligencia se expresa de formas menos abstractas pero igual de exquisitas, varios optarían por continuar su carrera universitaria por las aptitudes presumibles que exige. (Desearía que todos aquellos atributos del académico, los méritos por los que pertenece a cierta academia, se tradujeran en la publicidad y la accesibilidad de su “producción”. ¿Para qué sirven el SNI, la cuota de artículos, los congresos y el becario-esclavo si no es para salir de la academia? Ojalá resultara igual de prestigioso el uso que, fuera de aquella congregación, se le da a nuestro trabajo). Pero también habría quienes, tal y como lo hacen ahora, optarían por la academia convencidos de que las universidades son, esencialmente, espacios maravillosos —minados por dinámicas ultraburocráticas y absurdas, pero maravillosos— repletos de personas y saberes que, si bien pueden hallarse fuera del campus, ahí se encuentran reunidos con el aprendizaje como propósito. Celebro la posibilidad de coincidir. No puedo negar que buena parte de mis habilidades, por limitadas que sean, han ido perfeccionándose gracias a la orientación de mis profesores y compañeros; que he conocido autores y propuestas que no habrían llegado a mí por otros canales. En este sentido, la universidad ha sido un bello proceso, y creo que eso basta para no descartarla —al menos por ahora—.

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