Kiko Amat y Miqui Otero. Fotografía de Dani Cantó.

FACTOR

Kiko Amat y Miqui Otero en Primera Persona

Un festival donde lo literario se extiende hasta el espectáculo y el performance, cobró relevancia en España gracias a la iniciativa de dos escritores hábiles a la hora de explotar una idea: exponerse es un arma de doble filo.

Por GERARDO LAMMERS /

Fotografía: ARCHIVO PERSONAL

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Kiko Amat y Miqui Otero son dos escritores anglófilos, catalanes y amigos, fundadores del Primera Persona, un festival sui generis que se celebra, desde hace 5 años, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, en el barrio del Raval, durante un par de días, cada primavera, teniendo como invitados a escritores, comediantes y músicos, y en realidad a cualquier persona creativa que a Kiko y a Miqui, a Miqui y a Kiko, les interese.

 

Oficialmente el festival —financiado en su totalidad por el Ayuntamiento de Barcelona— se resume como “dos jornadas de autobiografía en directo: conciertos de música pop, monólogos tragicómicos, teatro y narrativa”. En éste, cada uno de los invitados más que exponer, se expone, lo cual es, y quizá ahí radica el meollo del asunto, un arma de doble filo.

 

El escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, que ha sido invitado en un par de ocasiones,  se refiere a este festival como uno en que “el concepto de mesa literaria es un poco elástico. Es más una especie de espectáculo o performance o show, porque inclusive mezclan cuestiones literarias con musicales y con artísticas, de manera que las fronteras entre show y mesa literaria se borran”.

 

Juan Marsé, el autor de Últimas tardes con Teresa, fue la estrella de la más reciente edición. En las anteriores han estado figuras como el dominicano-neoyorquino Junot Díaz; Robert Forster, de la banda australiana The Go-Betweens; o Dani el Rojo, un asaltabancos de los años setenta.

 

En todos los casos, hay anécdotas entrañables e hilarantes de lo que a los invitados les ocurre casi en cuanto ponen un pie en este puerto del Mediterráneo.

 

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Converso con Kiko y con Miqui, por separado, vía Skype.

 

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Si hay algo que Kiko Amat (Sant Boi, 1971), el autor de la celebrada novela Rompepistas (Anagrama), una novela de punks y skinheads, música y puñetazos, que ha sido comparada en su tono con El guardián entre el centeno, tiene claro, es que debió haber nacido en Inglaterra. Casi todo lo que le gusta viene de esa isla (y de Estados Unidos): desde Guillermo el travieso y Sherlock Holmes, hasta las novelas de Fante y Vonnegut. Por desgracia —pero también para su fortuna—, nació en un pueblito a las afueras de Barcelona.

 

“No exactamente un pueblito”, corrige Kiko, quien se encuentra en su estudio, en el céntrico barrio de l’Eixample, en Barcelona, rodeado de sus fanzines y sus revistas y sus libros.

 

“En equivalente londinense sería un pedazo de pueblo gigantesco de extrarradio adosado a la ciudad. Con lo cual mi experiencia no es de pueblo. Yo siempre digo que fue como haber tenido lo peor de todos los mundos: no tuve la parte cosmopolita, de luces de neón y tal, de la gran ciudad, aunque iba allí por asuntos de subcultura, underground o como quieras llamarlo. Éramos como un satélite chungo de Barcelona, lo cual limitaba y paralizaba a la gente. En la época que yo crecí, en mi pueblo no habían bandas de rock and roll, no había fanzines, no había nada. ¿Para qué?, si a un tiro de piedra estaba Barcelona. Así que tuve una adolescencia y una infancia muy rara, muy divertida y muy extraña”.

 

Kiko viste una camiseta blanca sin mangas que permite ver un tatuaje (“Northern”) en su hombro izquierdo y que me recuerda a tipos bravos como los de El club de la pelea; también al póster que promociona Chap Chap (Blackie Books), su más reciente libro, en donde aparece como boxeador enfrentándose a sí mismo. Chap Chap es una colección de artículos escritos en primera persona.

 

“Creo que soy el primer imbécil que ha reunido sus peores artículos y los ha comentado: ¿Por qué me salió tan mal esto? ¿O por qué insulté de forma tan atroz en esta parte?”, dice.

 

—¿Por qué hiciste eso?

 

—Para entenderme. Para entender que la escritura tampoco está separada ni cercenada de lo que te sucede en la vida, con la cual hay momentos vitales que fomentan una cosa u otra. Y luego también por explicar esa falibilidad.

 

—¿Esa qué?

 

—Posibilidad de cagarla. Meter la pata. Que uno tiene a la hora de escribir. Ver estos accidente que contemplados en la perspectiva del tiempo tienen bastante gracia. Y también autorridiculizarte porque un tío que escribe de forma más o menos cómica lo que tiene que hacer es mofa de sí mismo todo el rato, ¿no?

 

—Cuéntame un caso.

 

—Escribí uno en un momento de completa enajenación mental sobre la subcultura del heavy metal desde una perspectiva totalmente inadecuada, desde un perspectiva totalmente errónea. Esto lo hice cuando era joven y no sabía dominar las herramientas de mi faena. Con lo cual me salió un artículo hilarante pero completamente cruel y destructivo de una forma que, visto ahora, me avergüenza. Porque esto del humor cruel es un súper poder utilizado para el mal. Es como un magneto. Se te ha dado el gracejo, la labia y la facilidad de palabra para escribir cosas elevadas o como mínimo inspiradores o benignas o lo que sea y tú decides utilizar aquello para el mal. Y yo lo que hice, porque era joven, fue utilizar mi habilidad con el léxico para humillar a una subcultura.

 

—Con la cual te identificabas, ¿no?

 

—No me identificaba porque nunca ha sido la mía, pero desde luego tiene muchas más cosas que ver conmigo que, yo qué sé, la alta cultura. Para decirlo así de rápido. Estoy mucho más cerca de un fan de heavy metal que de un lector de Ovidio. Más cerca de un fan de Iron Maiden que de uno de Kant. Y comenté el artículo: expliqué que en qué época de mi vida lo había escrito, y por qué, y cómo, y las cosas ridículas que me pasaron luego.

 

Cuando le aviso que le voy a tomar una foto con mi teléfono alza las ajas y hace una “o” con la boca.

 

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Por lo que puedo darme cuenta, Miqui Otero (Barcelona, 1980), el autor de Rayos (Blackie Books) —una novela rica en coloquialismos y humor que por estos días está causando revuelo en España, sobre un grupo de amigos, los Rayos, y su complicada relación con la Barcelona contemporánea— es un tipo elegante, que gusta vestirse con camisas de cuellos puntiagudos. A primerísima vista, quizá su rasgo más distintivo sean esas largas patillas y esas gafas de montura que lo hacen parecer como de otro tiempo.

 

Sólo que, a diferencia de Kiko, Miqui sí se siente en verdad conectado con la cultura española y aún con la latinoamericana. A Ramón del Valle-Inclán, Enrique Jardiel Poncela, Francisco Casavella y Juan Marsé, pueden añadirse el cubano Guillermo Cabrera Infante y el colombiano Andrés Caicedo. Habla de un tío suyo —éste sí, un pariente— que fue taxista en La Habana. Sugiere que cuando nuestra conversación termine busque la canción “Sabor de barrio” del Gato Pérez. Así me enteraré un poco más sobre quién es él.

 

“He sabido entender de una vez por todas que mi manera de explicarme a mí mismo era empezar por contar la memoria familiar y ponerla en contraste con la mía, y eso es lo que ha sucedido. De una manera muy meridiana es lo que pasa en Rayos: mis padres saliendo de Galicia, de un lugar en donde no había ni luz eléctrica, y yo hablando por Skype en este momento con un periodista mexicano”, dice Miqui, con una pronunciación suave y pausada, desde su casa, en Sant Antoni, barrio barcelonés que está sufriendo, como todos los barrios de las grandes ciudades, los estragos de la gentrificación. Uno de sus episodios más recientes, menor si se quiere, o quizá no, cuenta Miqui, ha sido la desaparición del Bar Olimpo, uno de sus sitios de confianza, que ofrecía filetes de ternera traídos desde su querida Galicia y que era atendido por un par de cuñados representantes de la “España bicolor” (uno del PSOE, otro del PP; uno del Barcelona, el otro del Real Madrid). En su lugar, unos escandinavos han puesto el Friendly Potatoes. “Con eso creo que te digo bastante”.

 

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“Yo siempre he escrito en primera persona”, dice Kiko, que cuando habla va punteando sus frases con pequeños chasquidos como si aquello fuese una pieza de arte sonoro de vanguardia. “No es que lo haya buscado. Es la voz natural, por defecto. Es una voz que te habla directamente y sin ambages, ni tapujos, ni nada. Y cuando se me ofreció la posibilidad de empezar un festival, claramente vi que la voz en primera persona reune una gran mayoría de las cosas que me interesan. El yo. La voz que se ve. Sea una voz del tipo ‘crónica’ porque testifica o sea porque esta voz está involucrada en algo. Pero siempre narrando y no desde una trinchera, ni camuflada con una falsa tercera persona. Ni parapetada tras una falsa objetividad, sino desde una primera persona corajuda que no se esconde y no miente”. Y tras un nuevo  chasquido, agrega: “Un artículo objetivo, abstracto y puramente teórico es anatema en Inglaterra”.

 

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“Si te soy franco”, dice Miqui, “el festival surge de una amistad mía con Kiko”.

 

“Surge de la necesidad de reivindicar que la primera persona, tan empleado por otra parte desde hace un montón de siglos, no es algo que sólo emplean los ególatras o los que piensan que su vida es más importante que la del resto, sino que es una manera directa de acceder a la memoria de una persona, de un lugar, de un barrio, de un país, y una estrategia para explicar, de una forma vívida, todo lo que sucede”.

 

Como profesor de Periodismo y Literatura, Miqui suele llevar a sus alumnos de la Universidad Autónoma de Barcelona al barrio del Raval, donde está ambientada Rayos y también donde se celebra el Primera Persona. Luego de recorrer algunas calles, les pide, no que escriban una crónica, sino que tan sólo encuentren un adjetivo.

 

“En el momento en que tú adjetivas, en que eliges una palabra, dejas de ser objetivo. Me parece falaz, absurdo, una mentira y un punto de partida erróneo pensar que la prensa o cualquier tipo de escritura puede se objetiva. Somos sujetos”.

 

“En España durante mucho tiempo la primera persona, digamos en el articulismo, estaba mal vista. Pasaba por ser demasiado impudorosa. Y en las conversaciones de bares entre Kiko y yo —Kiko ya había publicado una o dos novelas y Miqui estaba empezando a escribir— surgía esta necesidad de reivindicar la escritura desde el yo. En paralelo, en la prensa española, y sospecho que no sólo en la española, había muy poco espacio para géneros como la crónica. Primero, por una cuestión de mecanismos de producción: no hay el tiempo ni el dinero para pagarle a alguien para que vaya a tal sitio a contar: ‘yo estuve ahí y viví esto’. Y nos parecía muy interesante reivindicar que ésa es la única manera de contar una realidad no con fuentes de tercera mano, no sólo googleando. Hay, además, una tercera parte interesante: el boom de la autoficción y las redes sociales.

 

“Este caldo de cultivo tiene que ver con las filias personales, con esas cosas que hablábamos Kiko y yo en los bares: ¿Cómo desearíamos que fuera el mundo? ¿Cómo desearíamos que se contara? ¿Cómo, que fuera la prensa? ¿Las novelas?”.

 

“Estábamos hartos de un cierto artificio metanovelístico y necesitábamos un regreso a contar cosas realmente importantes, al menos para el que las escribe”.

 

“Del entorno de gente que está hablando en todo momento de sí mismos, de la incapacidad en el mundo de la prensa generalista por abordar géneros tan absolutamente necesarios como la crónica de primera mano, surge la idea del Primera Persona. Justo de ahí. Es una suma de preferencias personales”, explica.

 

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Una muestra del tipo de experiencias que suceden en Primera Persona, la cuenta el propio Miqui:

 

“Vino Jonathan Ames, el escritor de la serie Bored to Death (HBO). Era absurdo que viniera un tipo de éstos al festival —por el prestigio que tiene, por lo que cobra—, pero lo acababa de dejar su chica. Estaba hecho polvo. Absolutamente derrumbado. Ames escribió una novela sobre un escritor bloqueado que se iba a una residencia y tenía una especie de mayordomo imaginario. Entonces escogimos un amigo nuestro que, en cuanto Ames llegó a Barcelona, se convirtió en su mayordomo. Estuvo tres o cuatro días con él por la ciudad. Como Ames está loco por El Quijote quiso ir a La Barceloneta, que es el lugar en el que el Quijote sufre su máxima derrota. Mi amigo le advirtió que no había nada que hacer allá, que todo había cambiado muchísimo. Pero él insistió en ir y, bueno, fueron y estuvieron sentados en esa playa fumando mariguana. El asunto es que cuando regresaron y subieron al escenario la conexión entre ellos, mi amigo no era actor, lo acabábamos enfundando en un traje de mayordomo victoriano, era de una complicidad absoluta. Ames explicó entonces todos sus miedos, sus traumas, lo que le había pasado con la mujer que lo abandonó. Trataba a mi amigo como si realmente fuera su mayordomo”.

 

“Lo que la gente no entiende o no sabe del festival”, completa Miqui, “es que no hay ensayos, todo depende de lo que suceda los días anteriores, de cómo recibimos a los invitados, de a quién le ponemos como centinela y acompañante, y del trato que tenemos con ellos. Es alucinante en el caso de autores o de músicos muy conocidos, cómo están deseando contar lo que los ha llevado a hacer canciones o escribir novelas. Eso es lo que a mí me sigue pareciendo bastante mágico del festival”.

 

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Como Kiko no andaba de humor para hablar del festival (“No tiene mucha poética el nacimiento del festival más allá de que me ofrecieron hacer un festival y yo decidí hacerlo con Miqui. La verdad es que eso es todo”), la tarde que lo entrevisté (noche para él), hablamos de otros asuntos ingleses.

 

Le mencioné a Benny Hill.

 

—¡Hostia! No sé si sentirme insultado. Benny Hill es como lo más bajo del humor inglés.

 

—Sí—, me disculpo. —Pero es lo que llegaba a México.

 

—Claro, Benny Hill en España también fue inmenso. Pero donde fue grande Benny Hill fue en Alemania. Yo de hecho creía que Benny Hill era un poco alemán: era demasiado bruto y cateto para los ingleses. Es algo que los avergüenza. Porque Benny Hill sólo mostraba tetas y a un tío golpeando la cabeza de un pobre calvo.

 

Kiko guarda silencio por un instante.

 

—He estado pensando en Benny Hill últimamente...

 

—Iba a mencionar a Monty Python, pero llegó antes Benny Hill, porque acá retransmitían sus shows.

 

—Claro, acá también.

 

—Monty Python ya es algo muy sofisticado.

 

—Bueno, pero también tienen chistes de pollas y pedos, ¿eh? No te creas.

 

—Pero muy sofisticados.

 

—La gloria de Monty Python es precisamente que te hacen un gag sobre Heidegger y el siguiente es de ventosidades sin excusa cultural.

 

—Monty Python está legitimado por la alta cultura y Benny Hill no.

 

—Claro. Pero es que Benny Hill no merece ser legitimado. Merece ser olvidado. Porque es muy horrible y te lo dice un fan de… A mí me encanta Agárralo como puedas. Me encanta. Benny Hill está muy por debajo… Estoy escribiendo una quinta novela que en parte está ambientada en 1982 y he tenido que revisar hemerotecas y tal para ver qué daban en la tele, y he visto que daban Benny Hill. Benny Hill era infantil, para una mente de 7 años… de no ser por las tetas. Las tetas lo hacían para viejos... Benny Hill sólo eran para niños o viejos verdes.

 

***

 

La quinta edición del festival Primera Persona fue un éxito de taquilla. Pero, ¿qué sigue para un festival cimentado en el gusto de dos amigos?

 

“El gran reto”, dice Miqui, “es hacer atractivo para público nombres o fenómenos de subculturas poco conocidos. En ese camino entran las puestas en escena y los guiones que hacemos para los espectáculos. Es algo que hemos aprendido en el camino, entre muchísimas cosas”.

 

¿Y qué hay detrás de un festival que se llama como el punto de vista desde el que se escribe?

 

“Ayer volví a leer la biografía de infancia de Harry Crews (A Childhood: The Biography of a Place). Hablando de su territorio de infancia dice: ‘Allí las historias eran todo y todo eran historias’. En el festival es lo que sucede: nos hemos dado cuenta con el tiempo, y creo que en un principio no lo sabíamos verbalizar, que lo único que nos interesa son las historias”.

Juan Pablo Villalobos

Kiko Amat

Miqui Otero

REFERENCIA

www.cccb.org

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