FONDO

Julián, en equilibrio con la periferia

En el sistema actual de producción de alimentos y de crecimiento urbano nunca vamos a poder lograr el equilibrio con el entorno

Por JAVIER ANGULO /

Fotografía: TERRITORIO

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Si uno se detiene en el aula que están construyendo en el Instituto Omatl y mira hacia el sur, la imagen resulta muy significativa: arriba se alcanza a ver un puente peatonal y una parada de camiones en el Periférico, es una conquista de lo urbano, del motor y del horario laboral, con todo y su desorden cotidiano en tonos grises; abajo, una diversidad de especies vegetales y animales coexisten en un equilibrio coordinado de agricultura y ecología, sobre un terreno de 800 metros cuadrados que durante diez años había sido un basurero.

 

Ana y Julián quieren probar un punto. Aseguran que es posible subsistir si se tiene un buen entendimiento y control de las dinámicas entre las plantas, los animales y los recursos naturales. Hace dos años, el papá de un amigo les facilitó el terreno para que emprendieran su proyecto. De entrada, les esperaba un trabajo duro: había que limpiar el lugar. Con ayuda de más personas sacaron escombro, piedras, baterías, botellas de plástico. Él es ingeniero agroecólogo. Le interesa el lado social y antropológico de la relación de los humanos y las plantas. Está en busca de una mejor forma de aprovechar el suelo sin necesidad de la tecnificación, sin fertilizantes químicos, sin plaguicidas.

 

Para llegar al Instituto Omatl hay que bajar por el lado derecho del Periférico Sur, justo después de la tequilera José Cuervo y antes del cruce con López Mateos, en Tlaquepaque. La puerta tiene símbolos de geometría sagrada. Al entrar, por el lado izquierdo se encuentra un estanque de ranas que está en proceso de construcción. La idea es que en un futuro genere un reciclado constante de los nutrientes contenidos en los desechos de las ranas, los cuales sirven de alimento para las plantas que a la vez limpian el agua del estanque. Adelante está la primera cama de cultivo: un rectángulo de tierra preparado con el fin de obtener un consumo óptimo de la radiación solar a partir de sembrar hasta siete especies distintas de plantas y vegetales en un espacio de 820 metros. Hay 13 camas de cultivo en Omatl. Julián dice que un terreno de estas medidas puede dar alimento para 50 personas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 18.4% de la superficie del Área Metropolitana de Guadalajara es suelo baldío o no construido, según estimaciones del Instituto Metropolitano de Planeación del Área Metropolitana de Guadalajara (Imeplan). Ésas son áreas de oportunidad para un proyecto como el de Julián y Ana, ya que tiene la capacidad de revertir dos cosas: la forma en la que se produce el alimento en la ciudad y modificar la idea del espacio público como una oportunidad para excluir todo aquello que resulte ajeno a un determinado modelo de ciudad. Esto es importante en una ciudad donde la segregación y el enaltecimiento por la vida privada constriñen la sustentabilidad del espacio público. Ana y Julián surgen como una solución a la alimentación, pero también como otra opción para vincularnos a la ciudad.

 

Ana y Julián sugieren que lo ideal sería vincular también a los restaurantes en estos procesos de cultivo. En un espacio como éste, a las plantas les va bien con el sol. La prueba es que ya se ha cosechado maíz, papa, jitomate, chayote y maracuyá. También apio, rábanos, cebolla, lechugas y zanahorias. Algunas plantas aromáticas, calabaza, soya, chiles, amaranto, romero, chía y yerbabuena. Para Julián, la clave está en la diversidad.

 

“Lo más importante es generar un suelo vivo”, afirma. “Eso implica que si aquí sembramos maíz, ya no tenemos que volver a sembrar maíz, tengo que mover y sembrar una leguminosa, intercambiar en cada ciclo como si fuera un juego de dominó”. El suelo vivo se conforma también con el rol activo de bacterias, insectos, pájaros y maleza, la cual según Julián, de mala no tiene nada. Dice que en el proceso hay que meter nitrógeno al suelo, y este componente lo aportan las leguminosas: frijoles, habas, guamúchil. La leguminosa hace simbiosis con ciertos microorganismos que fijan nitrógeno en el suelo y permiten que salga la planta. Entonces sólo hay que controlar por dónde va creciendo la maleza, en vez de cortarla. De esta manera, los rayos UV chocan con la maleza y no afectan directamente a otras plantas menos altas que crecen en la misma cama de cultivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cubierta de maleza permite un mejor uso de la energía y facilita las condiciones para que ocurra todo un ciclo en el que insectos como la lombriz o el cochinito aportan su granito de desecho para fertilizar el suelo, hacer que la planta crezca hasta que uno llegue a ver un maíz blanco en su punto y lo arranque y le ponga miel de abeja para darle una mordida. Sabe delicioso. “Es como si tuvieras una celda solar captando energía y la vas a meter en el suelo. Esa energía que se almacena en el suelo y luego se empieza a degradar, la aprovechas por ejemplo en un girasol”, Julián señala el girasol y le arranca unas semillas. “Estas pepitas te las comes tú, se las puede comer un conejo, una gallina, puedes hacer harina”.

 

Dentro de toda esa cadena de vida, Julián se asume como un mero programador. “Eres parte del sistema, no estás como esta visión antropocéntrica del hombre sobre la naturaleza y a costa suya, sino tú como el regulador y a la vez aprendiendo que en esta cuestión de la inversión de energía, la inversión de tiempo disminuye”, comenta, camina y nos ofrece un poco de amaranto que acaba de tomar de una planta. Cada vez que habla de un vegetal en específico, menciona datos curiosos o distintos usos que se le puede dar. “Dicen que en las culturas prehispánicas, la tortilla llevaba amaranto, que tiene una proteína muy buena. Otra cosa que tiene es que las hojas se comen, son primos de los quelites, entonces si andas perdido en el monte y la ves, cometela, es proteína”, agrega.

 

Primero fueron 12 personas las que iniciaron las labores para preparar el terreno de lo que hoy es Omatl. Ahora trabajan cuatro a la semana. Con el tiempo, el proyecto ha requerido cada vez menos esfuerzo, pero aún cuentan con el apoyo de amigos y voluntarios que ofrecen su ayuda y aprenden algo a cambio. En Omatl hacen cursos y mantienen el voluntariado abierto para quien quiera acudir. Julián dice que es una especie de trabajo zen. El instituto apenas lleva un 15% de lo que se planea que tenga.

 

Ya les ha granizado como tres veces. Cuando se aplican principios de la agroecología en un cultivo, se habla de resiliencia. La misma diversidad de plantas sembradas implica tener unas más resistentes que otras. Si se cultiva un solo tipo de vegetal, hay más riesgo de perderlo todo. Tal vez en la agricultura industrial pueden obtener cosechas de 20 toneladas de maíz, mientras que en un cultivo como el de Omatl cosecharían 200 kilos en el mismo lapso. La agroecología está hecha para vivir a un ritmo distinto al que impone la modernidad, pero ofrece otras alternativas. De ese cultivo menos abundante que el de la industria, también saldrían jitomates, amaranto, pepinos, frijol y girasoles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El uso de químicos para aumentar la productividad en cultivos industriales puede atraer plagas que por lo regular se combaten con más químicos. En un cultivo diverso como los que propone la agroecología, la variedad de elementos actúa como un escudo natural contra las plagas. Para Julián el tema no es la productividad, sino la equidad. Durante varias décadas se habló de generar cada vez más alimento y de avances tecnológicos que permitirían acabar con el hambre en el mundo. Hoy se ha demostrado que además de afectar los suelos y el agua, los países más productivos no aseguran que todos sus habitantes tengan acceso a la comida. “La autogestión implica que no dependas del dinero para alimentarte, que cumplas con la necesidad básica del humano respetando el suelo, hacerlo productivo, captar el carbono, disminuir la zona de reflexión del sol, cobra ese sentido ecológico y social”.

 

Él opina que el mayor error del habitante de esta ciudad es no cuestionar de dónde vienen y cómo se producen los alimentos. Que la etiqueta de “orgánico”, tan recurrente en estos días, no asegura que en realidad tengamos los mejores vegetales en la mesa. Todavía hay personas atadas a trabajos esclavizantes con tal de que a uno le puedan vender un platillo saludable.

 

La clave es considerar al suelo como si fuera una piel y vincularlo a su entorno. Y sobre todo, estar conscientes de las implicaciones sociales que tiene un ciclo de cultivo sustentado por el equilibrio de la vida misma, desde niveles microscópicos hasta lo que vemos a gran escala. En Omatl se muestran muy atentos a las conexiones que hay entre todo lo que vive. Julián habla de distintos tipos de maíz y los compara con las diferentes razas de personas. “Son como fractales”, dice. Hay patrones que se repiten en varios niveles de la existencia, cadenas en las que somos participantes activos sólo por el hecho de estar presentes, aunque no nos demos cuenta. Lo curioso es cómo el entendimiento de estas dinámicas y de las formas en que se pueden controlar, le da sentido a la idea de que la naturaleza sí tiene la intención de proveernos comida mientras estemos aquí. En las ideas, en la comercialización y en los procesos es un proyecto con mucha relevancia para la ciudad y para las cocinas metropolitanas.

 

Ana y Julián hacen un trabajo que requiere mucha constancia, las ganas de cambiar los paradigmas y la misma necedad del sol encima de la ciudad. La idea es recordarnos que vivimos en una ciudad acompañada de un ecosistema vivo, y que bajo el sistema actual de producción de alimentos y de crecimiento urbano nunca vamos a poder lograr el equilibrio que necesitamos.

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