Hasta la Calzada, ahí donde nace
la otra Guadalajara

La forma en que se ha pensado Guadalajara a través de la historia tiene que ver con lo que hay a la izquierda y a la derecha de la Calzada Independencia. Una calle que alguna vez fue un río, hoy es la parte tangible de una división clasista que la ciudad lleva en su imaginario.

Por JUAN JOSÉ DOÑÁN /

Ilustración: RED MAN

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Existe una expresión reprobatoria que define la estrecha y prejuiciosa idea que muchos tapatíos tienen de su propia ciudad: “¡Estás hasta la Calzada!” Esta expresión debió de acuñarse a fines de la Colonia, o en los primeros años de la época de la Independencia, cuando a la rúa que atravesaba Guadalajara de cabo a rabo, desde el parque Agua Azul hasta el actual parque Morelos (Alameda fue el nombre original), comenzó a ser conocida popularmente como “la Calzada”, tanto por su inusual anchura como por estar acotada o “calzada” por cuatro hileras de fresnos que corrían las aceras y los bordes del río de San Juan de Dios, que hasta principios del siglo XX fluyó a cielo abierto.

 

A lo largo de su historia, la capital de Jalisco ha ido acumulando famas contradictorias. Algunos atributos, que aún cuando se han convertido en lugares comunes no dejan de ser verdades constatables: Guadalajara semillero de talentos literarios, musicales y artísticos de todo género, y representante por antonomasia de varias señas de identidad mexicana. En el extremo contrario, las principales famas adversas son las que presentan una ciudad donde la intolerancia y la mochería (extremo conservadurismo político, religioso, moral... con sus buenos ribetes de gazmoñería) han echado hondas raíces, y donde también ha prosperado una sociedad clasista, capaz de segregar casi hasta el punto de la negación, una parte de lo que es y ha sido Guadalajara: el oriente, un vasto territorio que se extiende desde la calzada Independencia hasta los límites con Tlaquepaque y Tonalá.

 

Esa Guadalajara oriental, que ha cargado con el estigma (en este caso una injusta mala fama) de ser el lugar donde vive el populacho, el peladaje y aun los malvivientes, no es un fenómeno reciente, pues se trata ni más ni menos que del otro hemisferio de la ciudad, el cual siempre ha estado ahí y es tan antiguo como su contraparte del poniente: la Guadalajara catrina, finolis, “decente”, donde reside la “gente conocida”. La existencia de ésta no se explica cabalmente sin la otra Guadalajara. El antropólogo tapatío Guillermo de la Peña ha reivindicado esa parte negada o marginada de la urbe, subrayando un hecho irrebatible: “en esos territorios de pésima fama han vivido los que con su trabajo generaron y generan la riqueza de los catrines”.

 

Patricia Arias, que también ha estudiado provechosamente la Guadalajara del oriente, en su ensayo “Guadalajara, la gran ciudad de la pequeña industria” explica con ejemplos vivos y bien documentados cómo desde tiempos lejanos surgieron y se fueron multiplicando talleres y pequeñas factorías en los más diversos ramos (calzado, orfebrería, troquelado, carpintería, etcétera); la gran mayoría de escala familiar o vecinal, y cuya importancia no ha sido sólo económica, pues aparte de producir buena parte de la riqueza regional también crearon sólidos lazos sociales e instituciones ídem. Por ello no es una casualidad que el primer estadio de futbol haya sido creación de esa otra Guadalajara: el parque Martínez Sandoval, obra del gremio de joyeros, el cual fundó y patrocinó durante varias décadas un memorable equipo de fútbol de Primera División, el Oro, nombre con el que se hacía referencia al oficio de orfebres de sus patrocinadores. Hasta la inauguración del estadio Jalisco, en 1960, la catedral del futbol tapatío estuvo en la Guadalajara del oriente y a donde acudían también multitudinariamente los rotos del poniente.

 

Aun antes de que la Calzada fuera conocida con este nombre (el oficial fue, durante mucho tiempo, “Paseo”: Paseo de la Alameda, Paseo del Agua Azul, Paseo Porfirio Díaz..., pero acabó cediendo ante la denominación popular), ésta ya era vista por los habitantes del poniente tapatío como frontera —hasta un límite natural había: el riachuelo de San Juan de Dios— de la Guadalajara “criolla”, “castiza”, entre otras presunciones clasistas y sociales por el estilo. De la Calzada “para allá”, hacia el oriente, vivían los indígenas de Analco (su toponímico no podría ser más significativo: “al otro lado del río”) y el populacho, con los “malditos” de San Juan de Dios y otros barrios bravos como el del Alacrán. Y aun cuando hacia fines del porfiriato el gobernador Miguel Ahumada discurrió entubar el río de San Juan de Dios e imponerle a la Calzada el apelativo de “Independencia”, con motivo del centenario de la gesta de Hidalgo y de la inauguración del monumento conmemorativo, “estar hasta la Calzada” siguió significando estar equivocado y muy lejos de lo deseable.

 

En la práctica, este prejuicio oriente-poniente es compartido por muchos grupos sociales y hasta por las propias autoridades, incluidos dirigentes universitarios, así como artistas e intelectuales. ¿Dónde se desarrollan habitualmente, por ejemplo, las actividades culturales patrocinadas por el Ayuntamiento de Guadalajara y el gobierno del estado? No “más allá” del Cabañas, que para fines prácticos sería la frontera oriental de la plaza Tapatía, un territorio donde da la casualidad que no existe una sola librería, con todo y que la Universidad de Guadalajara tiene más de media docena de preparatorias y dos centros universitarios (el de Ciencias Exactas e Ingenierías y el de Tonalá).

 

Por ello no deja de ser significativo que en proyectos oficiales y privados como el Cowparade, realizado en 2006 con réplicas de reses intervenidas por artistas de la comarca, o las catrinas que por la temporada de Día de Muertos se instalan en algunas plazas y avenidas de la ciudad, o más recientemente MiBici, con paradores de renta de bicicletas públicas, se haya ninguneado olímpica y groseramente el oriente. Los cocos pensantes de todos estos proyectos concibieron a Guadalajara literalmente como una ciudad mocha, al mutilar todo el hemisferio oriente de la capital de Jalisco.

 

En un errático repaso por el oriente de Guadalajara, condenado a ser incompleto, encontraríamos el ahora decadente barrio de San Juan de Dios, pero un sitio que durante generaciones fue la principal zona de disipación y de la mexicana alegría que hubo en esta parte del mundo y cuya animada fama fue recogida por el cancionero popular y por el cine mexicano de la “época de oro”. En un ámbito completamente distinto, a partir de los años veinte un credo religioso se comenzó a fraguar de forma tan exitosa en el mismo oriente que desde ahí, en pocas décadas, se extendió por los cuatro puntos cardinales, pero no sólo de la ciudad y el país, sino del orbe: la Iglesia de la Luz del Mundo, el único credo religioso mexicano de exportación y con el mayor santuario que hasta ahora existe en nuestro país, localizado en la colonia la Hermosa Provincia, en el extremo oriente de la ciudad. El incompleto repaso lo sería aún más si no se mencionara la colosal barranca de Huentitán, una inmensa falla geológica que es un extraordinario patrimonio natural, por desgracia mal valorado y que, por lo mismo, ha padecido el maltrato por generaciones y generaciones de tapatíos. El colmo es que muchos ni siquiera saben de su existencia como también hay legiones que, hoy como ayer, siguen desconociendo la otra Guadalajara.

 

Por todo ello y por muchas cosas, la pregunta sería: ¿quiénes son los que de veras están hasta la Calzada?

*Juan José Doñán es jalisciense, pero no tapatío, aun cuando ha pasado la mayor parte de su vida en Guadalajara. Nació en Tizapán el Alto y llegó a Guadalajara a los 14 años. Es ensayista, articulista, cronista citadino, y tapatiólogo. Doñán ha dedicado muchos de sus afanes a tratar de entender y explicar tanto la Guadalajara mítica como la real. Es autor de Antología del cuento cristero (1993), El occidente de México cuenta (1995), Oblatos-Colonias. Andanzas tapatías (2001; segunda edición, Arlequín, 2013), Juan Rulfo ante la crítica (2003), Iconografía de Agustín Yáñez (2011) y ¡Ai pinchemente! Teoría del tapatío(2011).

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