BARRIOGRAFÍA

Hambre, pulso y resistencia en la tiendita de la esquina

El barrio vive y la tiendita lo respalda. El centro más tradicional que surte las despensas y los vicios de quienes lo frecuentan, sigue tan vigente como el hambre de las cadenas multinacionales que amenazan con extinguirlo

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Hay una película mexicana que se llama La tiendita de la esquina. Es de 1951, de cuando el comediante Fernando Soto Mantequilla salía en casi todo lo que se filmaba. En la última escena, una mujer le dice: “Serapio, dame un kilo de bacalao, pero ahora sí te lo voy a pagar”. La película tiene seis décadas de haberse realizado y ya entonces resaltaba una realidad que en este país se mantiene vigente con el paso del tiempo: la configuración tradicional de un barrio no está completa sin una tiendita. Una gran cantidad de familias puede tener comida en la mesa gracias a que los comerciantes, al igual que Serapio, otorgan créditos a sus clientes habituales (excepto los que cuelgan carteles de “Hoy no fío, mañana sí”). Pero no sólo es eso. La tiendita funciona como un centro de información en el que es posible enterarse de hábitos alimenticios, de costumbres, valores y formas de pensar de la gente que las frecuenta. Muestras a pequeñísima escala de lo que existe en la mente y el cuerpo del lugar que habitamos, muchas veces a partir de las historias más raras e inesperadas.

 

La tiendita es donde uno pregunta por las calles que no ubica, donde políticos inician sus recorridos de colonias cuando están en campaña. Es el lugar que nos muestra por primera vez incontables formas de empaques, logotipos, rutinas y sabores que nos acompañan por varios años en la vida, recuerdos que se incrustan en ese nivel de la memoria donde yacen también las comidas que nos preparó la abuela mientras salía en la tele el comercial de los chicles con esa canción que nunca olvidaremos. La tiendita es un negocio que se lleva en lo personal y que da empleo y sustento a familias por generaciones, una forma de contar con una empresa propia en casa.

 

Según la empresa consultora Nielsen, hay más de 700 mil tienditas de abarrotes en México. Un censo del Inegi que se llevó a cabo en 2013, contó 33 mil 229 de estos establecimientos en la Área Metropolitana de Guadalajara, y 15 mil 305 de ellos se ubican en la capital. Por otra parte, las cifras oficiales del grupo Femsa indican que hay un total de 12 mil 853 puntos de venta de Oxxo repartidos entre México y Colombia. Es decir, tan sólo en Guadalajara existen más tienditas misceláneas que Oxxos en todo el país. Sin embargo, éstos últimos se expanden más rápido: 50 por ciento anual contra el 10 por ciento de las tienditas, según la Asociación Nacional de Pequeños Comerciantes (Anpec). Hoy que los medios se empeñan en anunciar el fin del canal tradicional (así se le conoce en la industria) a manos del voraz crecimiento de las tiendas de conveniencia, habría que pensar si de verdad el auge de las grandes cadenas repercute en la muerte del abarrotero independiente.

 

Si bien la Anpec señala que el promedio de ventas semanales de las tienditas bajó de dos mil pesos a  mil 500 pesos en el último sexenio, la preocupación de los comerciantes no es lo que predomina en el ambiente cuando uno recorre las colonias en busca de sus opiniones. A veces salen a flote otros aspectos que hablan de una situación más compleja, en la cual no es tan fácil vislumbrar la extinción de la tiendita como la pintan. De entrada, me queda claro que el tendero conoce a sus vecinos porque los clientes procuran entablar relaciones que un dependiente de uniforme amarillo y rojo tarda más en inspirar. Tal vez por ello todavía no existe una película que se llame “El Oxxo de la gasolinera”.

Con el cariño de siempre

 

En 1969, Bacho era un niño de 11 años que compraba en la tiendita que está en la esquina de Venustiano Carranza y Joaquín Angulo, en la colonia Centro Barranquitas. Lo atendían dos hermanas que nunca se casaron. No sabe con exactitud cuánto tiempo lleva este negocio en pie, tal vez 50 años. En algún momento, las hermanas solteronas vendieron el local a la familia de Bacho. La familia se hizo cargo del lugar hasta que él lo tomó en 1985. Así que las últimas tres décadas han visto a un hombre moreno y de complexión gruesa ganarse la vida y las canas en una tiendita que poco a poco se ha llenado de artículos hasta dejarlo oculto detrás del mostrador. Y él dice que le falta surtir.

 

-Ahorita tengo poco-, asegura, y señala los estantes que se encuentran a su espalda.

-Esto lo tengo muy vacío, faltan cosas que piden los clientes como los cereales, servilletas, Fabuloso, Pinol, Clorálex.

 

Él y otros comerciantes acuden con cierta regularidad a la abarrotera Lagunitas, que está cerca del mercado Felipe Ángeles, en la colonia Jardines de Guadalupe. Si se trata de conseguir en mayoreo los productos que no llevan los proveedores, los tenderos van con otros tenderos que en algún punto de sus vidas decidieron que lo suyo era vender a lo grande.

 

-¡Ánimo Bacho, ya que te traigan a la que estaba el otro día para que levante la venta! –irrumpe un cliente. Bacho le da lo de siempre, unos cigarros y una Coca. Bromean. Bacho habla despacio. Es difícil imaginar cómo alguien así de tranquilo corrió a los muchachos que se juntaban afuera de su tiendita. No le gustaba que tomaran las canastillas para sentarse.

 

De lunes a sábado, el tendero sale de su casa ubicada en Oblatos, para abrir el negocio a las 9:00 de la mañana. Cierra a las 10:30 de la noche. Ha sido testigo del cambio paulatino que ha sufrido esta colonia a través de los años. Recuerda cuando los camiones pasaban en sentido contrario, una época en que diez pesos bastaban para comprar leche, pan y azúcar, cuando las casas de la colonia eran habitadas por familias. Hoy, dice que esos hogares han sido sustituidos por oficinas y comercios, pero su tiendita perdura, al igual que las otras tienditas que se ubican en cada calle de la colonia. Lo han asaltado un par de veces, y en otras cinco ocasiones le han abierto el local para llevarse la mercancía que es más fácil de vender: cigarros y refrescos.

 

La colonia Centro Barranquitas, entre las calzadas Federalismo e Independencia, tiene entre sus calles al Hospital Civil viejo, la Escuela de Medicina y un Jardín Botánico, cuyas plantas se han dejado crecer más por el descuido de la zona que por lo botánico del parque. Si uno baja por el jardín hacia el sur, se topa con el abarrote que atienden doña Lulú y su hija. Un cliente frecuente de la tiendita es Gilberto. Tiene 60 años, es de Guanajuato y lleva puesta la camiseta azul de las Chivas. Es la primera persona en hablar en cuanto alguien se acerca al mostrador. Se ve que le gusta pasar el rato ahí. Yo llegué porque quería una Coca de las de botellita, pero lo más parecido que hay en este momento es la Pepsi de 400 mililitros. Ni modo. La pruebo y pienso que no, de ninguna manera es lo mismo.

 

Cuando llegué, Gilberto ya estaba platicando con doña Lulú. Y todavía sigue. Le pregunto por la seguridad en el barrio, y se da vuelo para hablar de lo miserable y decadente que le parece la actualidad. Está convencido de que la delincuencia prolifera en las calles debido a un libertinaje que en sus tiempos no se veía. Ya nada es como antes. Cuenta que de niño lo crió su abuelo con mano dura: le tumbó los dientes con un tronco. Así aprendió a respetar a sus mayores. Ahora es un hombre educado y con dentadura postiza.

 

-Oiga, eso estuvo muy mal –me atrevo a decirle, no sé por qué, y Gilberto me mira como si hubiera escupido sobre la tumba de su abuelo. Tal vez no debí juzgar las medidas correctivas que aplicaban en su familia. Una adolescencia de rancho en la que no se libró de sostener carbón ardiente en sus manos para que el séptimo mandamiento se le grabara en la conciencia. Y eso que él no había robado nada.

 

Lo cotidiano en una tiendita implica varias horas de conversación al día, y no sólo van de lo diferente que saben ahora las paletas de sandía con chile o lo poco surtidas que vienen las bolsas de papitas. A veces, en pequeños detalles que se filtran en los diálogos, la gente deja ver sus convicciones y sus creencias, cómo lidian con sus sentimientos más básicos. Una vez, Gilberto sorprendió a su esposa con un amante en el cuarto. Los corrió a latigazos. Dice que les dejó marcas en la cara a los dos. Tiempo después, la esposa lo buscó para pedirle dinero prestado. Gilberto se regodeó en la oportunidad de decirle “pídeselo al que te está cogiendo”.

 

-¿Entonces le guarda rencor?

 

-¡A huevo!

 

Me voy. “No corras, muchacho”. No sé si por el tono de la plática o lo breve de mi despedida, le pareció que me fui asustado.

Por su rico sabor casero

 

Es posible comer todos los días sin aburrirse en Santa Tere. Esta colonia alberga entre sus calles una variedad de negocios de comida como para ponerse a explorar. Ensaladas, birria, ceviche, lonches, tacos de camarón, barbacoa, comida casera, tortas ahogadas, pan dulce, hamburguesas de las que llevan lechuga en lugar de pan y también de las que llevan pan. Hay comercio por todos lados, muchas tiendas de ropa, ferreterías, electrónica. Pero en las tres primeras tienditas donde pregunto, me dicen que la economía anda mal, que los locales no tardan mucho en cerrar y en ser ocupados por las siguientes personas que van a intentar que algo prospere ahí. En cambio, Pepe se muestra más optimista.

 

Por la calle Pedro Buzeta, casi esquina con Arista, está abierta la tiendita de Pepe desde las 8:00 de la mañana. Él no ve amenaza alguna en las tiendas de conveniencia. De cierta forma, no parece que puedan insertarse en las calles chicas de este sector, entre casas, departamentos y talleres mecánicos.

 

-Esta leche la dan a 26 pesos en el Seven, yo la doy a 24 -, compara. En su tiendita suena música norteña, hay imágenes de Jesucristo y de San Judas Tadeo y un anuncio de un servicio de entrega de cerveza a domicilio. Lleva dos años ahí, ya conoce a los del taller que está al cruzar la calle y a los de la carreta de tacos de la esquina.

 

Un señor acaba de salir del establecimiento con una caguama en la mano. “Es que hoy juega el América”. Saber de fútbol aquí es importante, y Ángel también lo sabe. Desde hace seis meses él despacha la tiendita de la esquina de Herrera y Cairo con Ignacio Ramírez. Antes duró 18 años instalando vidrio, pero mantener por siempre un trabajo que implica llevarse unas cortadas rutinarias no estaba en sus planes de vida. Ahora procura enterarse de los resultados del fútbol, ver uno que otro partido aunque no le guste tanto, porque hay clientes que le preguntan muy seguido cómo quedó tal o cuál marcador. Tiene el calendario del torneo en curso y una libreta con nombres de participantes que le entraron a una quiniela. El premio es de cinco mil 500 pesos.

 

-Qué onda cacharpas -, entra un cliente y lo saluda.

 

-Qué hubo tú, cacharpitas -, Ángel contesta. Ni idea de por qué se dicen así. Cacharpitas compra unos cigarros Montana.

 

-Este güey es medio puto, ahorita te empieza a platicar y cuando menos lo piensas, ya te agarró el chile –me advierte.

 

-Lárgate a trabajar, cabrón –le revira Ángel.

 

La tele está prendida y sintoniza Telehit, el pop es lo que suena a las 5:00 de la tarde, la hora tranquila según el dependiente. Lo pesado es en la mañana, cuando la gente que trabaja por la zona hace escala en la tiendita para comprar el desayuno. A esa hora hay una persona que hace lonches, pero algunos clientes se conforman con unas galletas o un yogurt. Ángel también desayuna en la tiendita, calcula el tiempo para poder atender sin distracciones a los clientes que van todos los días a la misma hora. Si no ha llegado el señor de las 8:30, mejor se espera. Me habla de una señora que siempre llega antes de las 7:00 de la mañana, cuando falta poco para que abra. Aquí peina a sus hijos y les compra algo para que lleven a la escuela. También están los que quieren comprar cerveza desde temprano, pero la venta de alcohol por disposición del Ayuntamiento inicia a las 10:00 de la mañana. Un cliente frecuente del lugar tiene el hábito de tomarse dos caguamas diarias: una en la mañana y otra en la tarde.

 

-Por ejemplo, este señor tiene toda la vida aquí, es de los viejitos de Santa Tere -, el dependiente alza la voz para que lo oiga el taxista que acaba de llegar por su Coca.

 

-Te equivocas -, le dice el taxista.

 

-Ah, no me digas que eres de los jóvenes.

 

En el rato que llevo aquí, han llegado por lo menos ocho personas a comprar Coca en diferentes presentaciones. Una tiendita que prescinde del famoso brebaje negro azucarado, es una tiendita muerta. Ángel menciona a un cliente que vive como a cuadra y media del local, y que acude puntual todos los días a comprar su dosis de Coca: una de 2.5 litros, sin enfriar porque está enfermo de la garganta. Sí, hay alguien que se atreve a tomarla tibia, así lo ha hecho en los últimos 25 años, según el dependiente. Tampoco faltan clientes que llegan en busca del combo infalible para no dormir: Sedalmerck con Coca. “Estoy asombrado hasta la fecha de la cantidad de sedales y aspirinas que se venden en la mañana, hay gente que llega abriendo una Coca y cuatro sedales, o un jugo y dos sedales”, platica.

 

El impuesto de ocho por ciento a la comida chatarra, aplicado por el Gobierno Federal a las empresas, haría pensar en una disminución del consumo de estos productos. Ángel dice que no importa. “Hay gente que pregunta cuánto sale el huevo, el azúcar, pero por la Coca jamás te van a preguntar cuánto sale; ni por los cigarros, simplemente se los llevan al precio que estén”. A él le llama la atención la manera en que la gente tiende a consumir las opciones menos saludables. Piensa que él no lo haría, pero su trabajo es vender. “Ni modo que les digas ‘ya no le voy a vender’, te van a decir ‘a usted qué le importa’ o se van a ir a otra tienda”.

 

-¿Cuál trapeador sale mejor? -, pregunta una mujer mientras examina los flecos de los trapeadores que están en la entrada.

 

-Pues los trapeadores no son mágicos, tiene que moverlos uno -, contesta Ángel. La mujer ríe.

 

-Yo tengo buen motor

 

-¿Quién? ¿Su viejo o los niños?

 

Hay un dato curioso que podría pasar desapercibido para los clientes, pero no para los comerciantes. Los productos más baratos siempre están abajo para que los niños puedan alcanzarlos. Mientras los padres de familia revisan las partes altas de los estantes, el campo visual de los niños es asaltado por papitas, dulces o huevitos Kinder. “Si los niños vienen con cinco pesos, se ponen a ver para qué les alcanza, ellos no creen en ahorrar, vienen y se lo gastan todo”, afirma Ángel. “A los trabajadores también los ves todo el día gusgueando, todo es gusguera; no es comida, porque ellos traen su comida, pero todo el día están con las papas, los chocolates. Pero sobre todo, en las tienditas, los que mueven la economía son los niños”.

 

En la campaña electoral más reciente, un candidato a diputado visitó esta tiendita. El dependiente le dijo que aunque él no pertenece a su distrito, hiciera algo por la seguridad, que ya no es la misma en esta colonia. Cuenta que hace un par de días, mataron al dueño de una cremería por la calle Juan Álvarez. También le ha tocado ver los robos en motocicleta. “No puedes decir nada porque te tienen ubicado, ellos ya saben dónde estás, entonces denunciar se vuelve muy complicado”. Para Ángel, parte del problema reside en que varias casas viejas de la zona se han convertido en vecindades de bajo costo, lo cual ha facilitado la entrada de personas que buscan una manera sencilla de obtener dinero.

Recuérdame

 

A la vuelta de esta tiendita, hay un árbol de guayabas. El año pasado, un lavacoches se trepó para cortar la fruta, se cayó y se fracturó la pierna de tal manera que necesitó un año entero para rehabilitarse. Fueron las guayabas más caras de su vida. Una cuadra adelante, están unas señoras muy conocidas en el barrio que venden pozole. Una de ellas se encarga de cobrar. A sus 92 años hace los cálculos de forma mental. Una tiendita puede contar la historia de una ciudad desde incontables perspectivas y funcionar como un centro de información en el que a veces sólo basta que la persona encargada tenga un genuino interés por atender bien a sus clientes y generar confianza. Otras veces se necesita incluso menos para poner esta dinámica tan peculiar en movimiento.

 

Las disposiciones del gobierno en cuanto a impuestos, así como la expansión de las tiendas de conveniencia, son amenazas latentes que arriesgan la existencia de uno de los negocios más tradicionales en el país, el principal si se trata de hacer llegar los productos básicos a manos de la gente. Sin embargo, también es cierto que grandes empresas como Bimbo, Sabritas, Gamesa, Marinela y muchas otras, deben buena parte de lo que son al hecho de que tarde o temprano, alguien considera factible iniciar una tienda de abarrotes en la cochera de su casa.

 

Para matar a la tiendita habría que meterse con algo más, algo que la gente considera esencial en su vida: bien puede ser el vicio, puede ser una relación basada en la confianza o esas ganas tan comunes de prosperar con un negocio propio, ese motor que lo hace parecer tan natural y nos acostumbra a la presencia de los abarrotes en la colonia. El cariz emocional y el hambre de salir adelante sostienen a este tipo de comercio en tiempos en que las grandes cadenas de supermercados y tiendas de conveniencia ponen en tela de juicio su viabilidad económica. Pero si vamos a hablar de su extinción, habría que ver cuántos años puede durar un barrio sin que alguien ponga una tiendita en sus demarcaciones.

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