Imagen de la película.

HABITANTES

“Hacer documentales es para tercos”: Betzabé García

Tiene 25 años y una ópera prima que ha sido aclamada por la crítica nacional e internacional; para filmar ‘Los reyes del pueblo que no existe’, la cineasta pasó varias temporadas en un pueblo inundado en la sierra de Sinaloa.

Por EUGENIA COPPEL /

Fotografía: DIEGO TENORIO

Los aspirantes a licenciados en cinematografía por la UNAM debían hacer su primer cortometraje. Era una tarea escolar, así que la mayoría eligió contar historias sencillas, en locaciones cerradas y con el menor presupuesto posible. Menos Betzabé García, de entonces 19 años, quien decidió regresar a la casa familiar para filmar cerca de Mazatlán: en un pueblo en ruinas de la sierra sinaloense que quedó parcialmente inundado tras la construcción de una presa.

 

Betzabé se empeñó en filmar en San Marcos a pesar de los toques de queda y los balazos que se escuchaban en los cerros. Con el apoyo de algunos compañeros, produjo un corto de cinco minutos en el borde de la realidad y la ficción: una especie de éxodo después del diluvio donde se ve a más de 40 personas que se movilizan en lanchas y camiones, e intentan salvar sus muebles tras la catástrofe.

 

Cuenta Betzabé, ahora de 25, que su primer trabajo ─Venecia, Sinaloa (2011)─ causó un pequeño alboroto en la escuela.

 

Algo similar sucedió con su ópera prima, pero a nivel nacional e internacional. Los reyes del pueblo que no existe (2015) ha recogido premios en los festivales de cine de Morelia, Guadalajara, Colima, Austin, Durham, Zurich y Viena. Para la producción recibió becas del FONCA y el festival de documentales Ambulante. En este mes se exhibirá en el festival de no-ficción del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y próximamente llegará a los cines de México.

 

Aquel trabajo universitario fue el antecedente directo de Los reyes del pueblo que no existe, pero los personajes del corto ya no estaban en San Marcos cuando Betzabé regresó para rodar la película. En la comunidad, con 200 años de historia, quedaron solo tres familias tras la construcción de la presa Picachos. San Marcos fue uno de los seis pueblos sinaloenses que fueron total o parcialmente inundados con el proyecto hidraúlico, inaugurado en 2012 por Felipe Calderón y financiado por los tres niveles de gobierno.

 

La idea inicial de la directora era evidenciar la injusticia que sufrieron las más de 800 familias desplazadas de sus pueblos. Pero cuando volvió a San Marcos no encontró a las víctimas que había descrito en su guión. Se dio cuenta, y así lo reflejó en su obra final, de que estos personajes enfrentan la vida a su manera en un sitio semi-apocalíptico.

 

Pani y Paula son dueños de la única tortillería de la región y se niegan a dejarla; en sus ratos libres restauran el pueblo en un acto de agradecimiento con Dios. Miro sueña con irse pero tiene que cuidar a sus padres, y alimentar a una vaca que se quedó atrapada en una isla. Jaimito y Yoya aprovecharon la huída de sus vecinos para instalarse en la casa más grande y vivir “a gusto”, a pesar de estar inmersos en una zona de guerra. Sinaloa es, según el Mexico Peace Index 2015, uno de los cinco estados más violentos del país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corte A

 

Betzabé es hija de dos ingenieros químicos y la mayor de dos hermanos. Creció en la colonia Toreo, en Mazatlán, a donde regresó a principios de este mes para filmar los desfiles del carnaval para su próxima película. Hace unos días volvió a su casa en la Ciudad de México y en pocos más volará a Nueva York para estar presente en el ciclo del MoMA. Mientras sigue con la promoción de Los reyes… prepara su siguiente proyecto que aún no tiene nombre, pero sí un personaje como sacado de la ficción.

 

Se llama Mickey y la cineasta lo describe así:

 

─Desde que era un niño de 11 años se ha vestido de mujer. También vivía en Mazatlán, los dos estudiamos en el mismo colegio católico. Teníamos que llevar las calcetas más arriba de las rodillas y el vestido cuatro dedos más abajo. En una kermesse, donde podíamos ir sin uniforme, Mickey llegó con medias de red y orejas de gatito; shortcitos, guantes largos, maquillaje negro y botas militares. Fue un escándalo.

 

Hoy Mickey tiene 21 y, según Betzabé, sobrevivió al bullying de la escuela gracias a los personajes que construía para mostrarse en las redes sociales. En 2012 ganó el concurso Nuestra Belleza Sinaloa Gay, y está en camino a convertirse en una estrella de YouTube. Su canal de belleza, Adicción al labial, tiene casi 70 mil suscriptores.

 

Mickey y Betzabé comparten departamento en la Colonia del Valle por iniciativa de la cineasta, quien confiesa ser su seguidora desde aquella kermesse. Un día le pidió que le enseñara todo su material en video, ese que no se puede encontrar en la red, pues cualquier youtuber hace varias pruebas antes de subir el clip definitivo.

 

─Esa búsqueda me voló la cabeza ─cuenta Betzabé─. Entonces le dije ‘Oye, Mickey, vamos a vivir juntos; tenemos que vivir en el mismo departamento para encontrarle sentido a esta película’.

 

Él aceptó. Desde entonces, su casa se ha convertido en un punto de reunión de la comunidad gay y transexual.

 

─Es una locura, pero estos dos años han servido mucho para conocernos realmente. Porque siempre que uno conoce a alguien, lo idealiza. Como pasa con el chico que te gusta: piensas que es perfecto, guapo, atento, pero cuando vives con él, ves la otra cara de la moneda.

 

 

Cinema vérité

 

Un joven moreno y fuerte, de mirada estrábica, maneja el motor de una panga delante de un cielo cubierto por la neblina. No muy lejos se ven las puntas de unas tumbas, mientras el conductor se concentra en esquivar los árboles secos que brotan del río. Es la primera escena de Los reyes del pueblo que no existe, pero bien podría ser la de una película de suspenso.

 

Luego la cámara de Diego Tenorio se apoya en la proa y en el horizonte aparecen las ruinas de San Marcos. Él y la directora querían mostrar la sensación de extrañeza que experimentaron al llegar en lancha a aquel pueblo bajo el agua.

 

Así como Betzabé invitó a Mickey a vivir a su casa para conocerlo de verdad, pronto supo que era necesario pasar periodos largos en ese sitio. Por eso decidió dejar la escuela durante un tiempo. A lo largo de cinco años, ella y el cinefotógrafo ─con distintos sonidistas─, volvieron por temporadas a San Marcos a partir de agosto, cuando caen las lluvias y el nivel del agua comienza a subir.

 

La convivencia intensa con sus personajes le permitió descubrir el nuevo rumbo que tomaría la historia. La directora decidió renunciar a la seguridad del guión y ahora se alegra. Si se hubiera aferrado a él, dice, probablemente habría hecho una película de denuncia.

 

─El documental es para tercos, porque estás perdido casi todo el tiempo ─dice Betzabé─. Poco a poco surgen algunos momentos intuitivos que te dicen por dónde puede ir la película

 

Uno de esos momentos sucedió cuando la directora le preguntó a Pani ─el dueño de la tortillería─ las razones por las que se empeñaba en pintar las paredes y cortar la maleza, si pronto volvería a estar todo inundado. Pani respondió que en la vida no hay agarraderas: “Estamos flotando en el universo. Y mi única agarradera es reconstruir San Marcos”.

 

─Es un documental, pero utilizas las técnicas de la ficción.

 

─A mi me gusta mucho el cine de Nicolas Philibert. Veía sus películas y me preguntaba cómo hace para que la cámara sea parte de él. No es lo mismo llegar a un lugar y decir ‘haz como que no estuviera la cámara’. Hay varios documentalistas que lo hacen y eso se nota. A mi me gusta que se cree un vínculo casi familiar entre el equipo de producción y los personajes. Jaimito tiene setenta y tantos años y dice que soy como su hermana.

 

─¿Eso se logra con la convivencia?

 

─Con la observación, con estar ahí. Se tiene que perder el miedo a la cámara y a los personajes.

 

─¿Qué implicó el hecho de no utilizar un guión durante el rodaje?

 

─Puede llegar a ser confuso, te puedes volver loca. Pero creo que un documental es para perderse, para hacerse preguntas. Me tomó cinco años descubrir por qué estaba en San Marcos y encontré mi pregunta: ¿por qué siguen ellos ahí?. Cuando cada uno respondió, todo cobró sentido: encontramos ese lado existencial, surrealista, en cada una de las imágenes. Queríamos que el pueblo fuera otro personaje.

 

─El asunto de la violencia se aborda de manera un tanto misteriosa, ¿por qué?

 

─Al estar ahí se tiene una sensación de que alguien te ve, pero cuando volteas no ves a nadie. Se escuchan balazos y ellos dicen que son cuetes. Se ríen pero también tienen miedo. Como cuando Jaimito está preocupado porque su esposa no llega. Se oyen rumores pero nadie te dice qué pasa. Eso es lo que yo quería grabar. Quise crear esa sensación sin ser tan explícita, a través de los momentos vacíos, de la noche, del pueblo abandonado.

 

─Un crítico describió a tu película como una historia de supervivencia en una zona de guerra.

 

─Uno piensa que un estado de guerra es de masacres continuas, pero no. Guerra es lo que estamos viviendo el país: se come, se va a la escuela, pero se tiene miedo y no se cuenta. Se oyen cosas pero no se dice nada. Cuando fui al festival de Varsovia, una viejita levantó la mano y me dijo que ella y su familia habían sentido el mismo miedo durante y después de la guerra, cuando la ciudad se tuvo que reconstruir en un 90%.

 

─¿Por qué hacer documentales y no ficciones?

 

─No entiendo muy bien la diferencia entre los dos. Ambas parten de querer contar algo y ponerlo en cámara. Es cierto que tienen elementos diferentes pero a mi me gusta mezclarlos. No creo en el documental como documento de realidad. La mirada siempre es subjetiva.

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Cartel oficial de la película.

Foto tomada por Diego Tenorio.

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