REFLEJOS

Guadalajarnóbil

A veces sólo basta una administración deficiente para que un punto en la ciudad evoque la devastación de un accidente nuclear.

Por CARLOS PESINA /

Fotografía: ARMANDO MONROY VALDEZ y CARLOS PESINA

“Así es como vivo. Vivo a la vez en un mundo real
y en otro irreal. Y no sé dónde estoy mejor.”

 

Svetlana Alexievich

“Si entran ahí, salen sin carro” nos advierte un señor de apariencia ruda y carácter amable, que despacha una tienda de abarrotes. Estamos en la etapa 11 del conjunto habitacional Lomas del Mirador en el municipio de Tlajomulco, en el Área Metropolitana de Guadalajara. A pocas cuadras de la tienda hay un terreno elevado desde el cual se observan los miles de edificios habitacionales construidos en serie, que según Miguel León Corrales, director de Gestión Ambiental, Cambio Climático y Sustentabilidad de Tlajomulco de Zúñiga, corresponde a 70 mil viviendas deshabitadas. Al entrar a la etapa 11, lo primero que vemos, mi compañero y yo, es una casa con una pared derribada; al interior hay seis hombres con con un aspecto amenazador. Los vemos de reojo, sospechamos que no es recomendable fijar la mirada en ellos. El ambiente es tétrico: paredes rayoneadas, basura, perros callejeros y baches.

 

Alrededor del fraccionamiento hay edificios abandonados a medio construir que me recuerdan las imágenes de Chernóbil. Para acercarnos a ellos pasamos por la etapa 14, donde los departamentos parecen recién pintados y, contrario a la primera impresión, no están totalmente desocupados: hay ropa colgada afuera de algunas casas, y un altar con una imagen de la Santa Muerte dentro de una vitrina. En la calle hay al menos una docena de perros, y otra más que ladra desde el interior de un departamento; crean un alboroto que produce una sensación sombría por la reverberación del espacio, casi vacío. Me acerco a la tienda a pedir direcciones. Afuera hay un sillón, y encima de este, cuatro mujeres observan el incendio de un área verde justo en la acera opuesta: “¿Qué hacen aquí”, nos pregunta una señora. Sin pedírselo, la abuela, como los vecinos la llaman, nos muestra los departamentos que habían sido saqueados hace unos días para extraer tuberías, protecciones y muebles de baño. También nos enseña el lugar donde “vive un marihuano" que le mató unos gatos a machetazos, y los restos de unos cuartos que incendió. Mientras vemos un colchón tirado junto a paredes llenas de ceniza, la abuela se queja de la falta de servicios, como si fuéramos agentes del gobierno o periodistas de la televisión. Nos advierte que no es seguro estar en la zona cuando oscurece. Nos alejamos viendo el humo del incendio mientras comienza el atardecer. En treinta minutos estaremos de vuelta en Guadalajara.

 

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