Siempre me ha gustado caminar la ciudad. He llegado tarde a citas por animarme a caminar en lugar de usar camión o taxi o auto. En la adolescencia y al principio de mi juventud, mi ignorancia del peligro lo permitía; le ganaba al pesimismo que ahora como adulto me es tan habitual. Si era de noche o madrugada; si llovía o hacía frío, yo caminaba. Luego me decían que haber pasado por cierta calle a cierta hora no había sido muy pertinente o que mis gustos por empaparme y echar a perder mis zapatos no eran muy inteligentes. Cuando transitaba por calles o avenidas nuevas, a veces sin destino alguno, no reparaba en si podía llegar a perderme, sino que intentaba memorizar, asimilar, absorber, aunque no supiera para qué. Cuando era pequeño, trataba de no confundir Circunvalación con la del Obrero, o aprenderme el camino cuando mi mamá nos llevaba de la casa a la doctrina en el Santo Cura de Ars. Luego, en la adolescencia, paseaba por las vías de la calle Inglaterra con mis walkman a todo volumen, hasta que las pilas se acababan y tenía que regresar a la casa. No había maleantes, o al menos yo no los veía; tampoco había migrantes buscando los Estados Unidos, sólo maleza y durmientes de madera. Caminaba por Vallarta, una de mis rutas diarias durante una época de mi vida, luego de una lluvia nocturna, con el agua hasta los tobillos, mirando las casonas de principios de siglo XX abandonadas o convertidas en negocios y planteándome la pregunta de tintes rojillos de por qué no se tiraba esa tienda de novias y se hacía un edificio de departamentos (pero no del tipo que ahora pulula en la zona debido a esa malograda especie de gentrificación a la mexicana). Durante un tiempo ubiqué Historia de Mariquita, de Guadalupe Dueñas, en una de esas casonas. Recorrer a pie el camino de la universidad a mi hogar en turno no me pesó. Siempre me he interesado por los lugares que habito y los espacios que se ocupan a mi alrededor, sean naturales o artificiales; en ocasiones, les he llegado a otorgar cualidades simbólicas tan fuertes que -yo lo sé, aunque no me lo digan- provocan cierto grado de desaprobación entre mis cercanos, como suponiendo que estos lugares son para mí, sitios mágicos.

 

La zona en la que crecí siempre fue dentro de los límites de la ciudad de Guadalajara, encapsulada por los otros municipios aledaños. Pero esto no es un ejercicio de historia tapatía, ni la irregular pieza de un rompecabezas microhistórico: es más bien una construcción de sentido. Y es que, de tanto caminar el lugar donde vive, uno se crea una geografía en los adentros. Así que, paulatinamente, comencé a hablar de mis calles, mis casas, mis lugares: mi ciudad. Pero no de la ciudad en que nací o en la que ubico mi domicilio o en la que trabajo, sino de la que he construido basándome en la ciudad real. La que he nombrado y nombro como yo quiero: Guanatos, Jatuatete, Sacrollano, Oñate o Riopiedra. Una reconstrucción de la urbe en la que vivo y en la que he vivido la mayor parte de mi vida, y que nadie, nunca, tendrá. La que he destruido y construido más de tres veces, cambiándole el nombre de acuerdo a criterios más o menos etimológicos o de historia y capricho personal o simplemente lúdicos, derivados todos del nombre original. No es un reflejo de Guadalajara, es una recreación de ella.

 

Porque en mi ciudad personal, ahora es Riopiedra, todo puede suceder al mismo tiempo y la simultaneidad afecta la lógica y las cronologías. Ahí soy hijo y padre y amigo y empleado; soy soltero, amo de casa y dejado; proveedor y mantenido; estoy en los dos lados de la calzada, en tres de los cuatro sectores de la ciudad. Juego 1-2-3 (algunos le llaman metita) en la calle con mis amigos y me veo, mientras camino con mi hijo de la mano, jugando en la calle con mis amigos. Viajo en la guayín Datsun familiar y en un asiento naranja de la ruta 130. Y a veces, los dos vehículos colisionan. No hay docilidad, ni soy el amo, aunque sea el creador. A veces, Riopiedra me expulsa de ella, como lo ha hecho Guadalajara dos veces en la vida real. A pesar de eso, trato de apropiarme de ella, de dominarla. Busco aprovecharme de ella. Escribo cuentos y les pongo los nombres de sus calles como títulos alternos, como una cobarde venganza. Luego uso sus baldosas características, el Mosaico Guadalajara, como título de un poema que luego desecho y luego retomo. Porque luego de crearla y construirla, la ciudad propia, como viva construcción, es tragedia, comedia, fábula, cuento naturalista o epifanía. Un accidente automovilístico en Vallarta justo frente al Cine del Estudiante; un partido de futbol entre mariguanos en una cancha de tierra de la calle-andador de Monte Aconcagua; el grito de terror fingido de un niño al pasar por el túnel del pequeño tren del parque Alcalde; un trolebús con franjas moradas, rojas, naranjas y amarillas, deteniéndose en la estación subterránea de El Refugio. Todo esto sucedió en Guadalajara, pero se ha quedado en mí y sucede siempre en Riopiedra.

 

Pero Guadalajara no sólo engendró a Riopiedra en mí. También está la recreación de Guadalajara que han hecho los otros. Ya sea en libros o fuera de ellos. La ciudad que encontré en El pobrecito señor X de Ricardo Castillo fue uno de los primeros casos: ahí estaba El Santuario, Obregón y los camiones de rutas que nunca conocí. Por la Guadalajara de Clemencia de Altamirano no siento nada, he de admitirlo, pero me gusta pensar en el capricho del escritor para ambientarla aquí. Eusebio Ruvalcaba y su Hilito de sangre me la presentan tan naif, que me empeño por encontrarle algo más oscuro, aunque nunca lo encuentre. ¿Qué ciudad existe en cada uno de mis amigos? ¿Cómo se llama la ciudad creada de un taxista del sitio 20? ¿Quiénes viven en la creación geográfica de uno de esos vendedores que se ponen afuera de las escuelas y ofrecen falluca y juguetitos chinos? Tal vez la superposición de las múltiples ciudades sería, esta vez sí, un ejercicio de microhistoria tapatía.

 

Riopiedra es el lugar (re)creado. Es Guadalajara, pero no lo es. Como, Cuévano, capital de Plan de Abajo, o Jefferson, capital de Yoknapatawpha, o Santa María, la de Juan Carlos Onetti. Riopiedra es más que el embrión de una ciudad ficticia. Y sé que saldrá algún día de mí, para ya no ser sólo íntima y enfrentarse a Guadalajara, donde vive su fundador y su primer habitante.

Fundación íntima
de Riopiedra

Por LUIS MORENORRUIZ /

Ilustración: ANDREA CABOARA

ASTROLABIO

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Un espacio interior crece sin haber nacido y se sostiene sin explicación, crea una lógica y una historia propias, y termina por contener a su portador

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