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Una visita al Reclusorio Norte

“Si no te metes con nadie, no se van a meter contigo”, con esta precaución empieza una sesión de lectura en el segundo penal más poblado de la capital del país

Por JOSEMARÍA CAMACHO* /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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Quedamos en el metro a las diez de la mañana. Ahí tenía que adivinar quién era R. Es impresionante la cantidad de personas que aguardan en la puerta de esa estación, un miércoles, con un fólder en la mano. Acerté a la cuarta oportunidad, los primeros tres ni siquiera me voltearon a ver.

 

R. trabaja para el sistema penitenciario de la ciudad. Aunque tiene un pequeño cubículo en un edificio viejo que tiembla cada vez que pasa un camión o el metro —esto es, cada quince segundos—, casi todos los días emprende el viaje hacia algún reclusorio para recoger, firmar, sellar o engrapar papeles cuya función es llenar archiveros que nunca nadie revisará después. Una especie de Memoirs administrativas de gente que no le interesa a otra gente.

 

Desde que me invitaron pensé ilusamente que iríamos en una de las sesenta camionetas que tiene la Secretaría para cumplir servicios inútiles. Pero no. Tomamos el metro hasta otra estación. Nos bajamos y caminamos por las estrechas y sobrepobladas aceras, con dirección al Norte. No había desayunado pero no sabía qué tan largo iba a ser el camino que en total duró casi dos horas. Le pregunté a R. cuántas veces a la semana venía hasta acá. Tres o cuatro, me dijo. En ocasiones vengo hasta dos veces por día. Le dije que estando acá, digamos, a las seis de la tarde, yo quizás preferiría quedarme antes que volver. Sobre todo si al otro día tuviera que estar acá de nuevo por la mañana. Él me dijo que el camino era largo, pero que contaba como parte de sus ocho horas de trabajo. La mayoría de los días, me dijo, sólo estoy tres horas en la oficina, una en algún reclusorio y cuatro en el transporte público. Por otro lado —añadió— no creo que tengas ganas de quedarte por acá en la noche, créeme.

 

El Reclusorio Preventivo Varonil Norte es el segundo más poblado de la Ciudad de México —y supongo que del país—. En 2014 tenía más de 11, 900 internos, cuando está diseñado para albergar sólo a 5, 600, con un índice de sobrepoblación de más del 60 por ciento1. R. me dijo que, cuando ingresáramos, tuviera cuidado de no mirar a nadie directamente a los ojos y de no detenerme hasta ingresar al Centro Escolar. Yo pensé que estaba exagerando, pero él había venido tres o cuatro veces por semana durante los últimos cinco años. Yo era la primera vez que venía. R. dijo: pero tranquilo, si no te metes con nadie, no se van a meter contigo. No pasa de que te digan algo, te chiflen o te den un hombrazo al pasar.

 

La intención de R. era relajarme, pero dejé de estar tranquilo a partir de ese momento. Pasamos quince barreras antes de entrar hasta donde está la población. Firmé varios papeles y me pusieron sellos invisibles que luego revisaron con luz negra. Dejé una credencial y mis datos en un escritorio hasta que, después de varios minutos, nos dejaron pasar.

 

Ya adentro, con tal de no levantar la vista, miré mis brazos. Tenía un sarpullido en el lugar en el que me habían puesto el sello. Qué delicado, pensé. Yo no soy así. Entonces, como para contrarrestar la aparente fragilidad que se delataba vía cutánea, alcé la vista y puse cara de hijo de puta.

 

R. no se despegó de mi lado en todo el camino, pero era muy flaco y pequeño. Ningún custodio nos acompañó cuando cruzamos el largo pasillo que atraviesa por el centro y separa los dos patios centrales. Ningún policía tampoco. Pude observar el movimiento cotidiano de una gran cantidad de reclusos. Algunos estaban sentados en el suelo platicando; otros —la mayoría— hacían ejercicio. Unos cuantos más sufrían trabajos internos como barrer, trapear o reparar una malla ciclónica. Y uno que otro pasaba vendiendo cosas: dulces, congeladas, empanadas. Si bien es imposible dejar de pensar en qué lugar estás, en ningún momento sentí peligro. Tampoco una actitud agresiva o una mirada hostil. Los cuerpos de algunos reclusos son verdaderamente intimidantes, pero evidentemente no tenían la intención de intimidarme a mí.

 

R. miraba hacia abajo mientras caminaba. Un recluso me preguntó que si traía algo para él. Lo miré. R. me dijo en voz baja “no mires y no digas nada, vamos derecho, no te detengas”. Pero yo me detuve. El recluso miró los libros que traía en la mano y refraseó: “¿Traes algún libro para nosotros? Déjamelo aquí”. Le contesté que sí, que traía varios. Los voy a dejar en la biblioteca, le dije, son de todos. OK —contestó— gracias. Entonces volví a mi camino y alcancé a R., que seguía caminando como maquinita, con la mirada clavada en el piso.

 

Me condujeron con el director del Centro Escolar. Un licenciado buena gente que me ofreció café. Me explicó que dentro del Reclusorio hay un sistema escolar completo, que va desde el grado de alfabetización hasta el de licenciatura. Ya tienen varios egresados, si se permite el término. Muchos de los reclusos superan el nivel escolar de los custodios y del personal administrativo, incluyendo algunos directivos. La mayoría estudia derecho, por obvias razones, pero algunos tienen intereses literarios y artísticos también. Hemos reunido un buen grupo para ti, me dijo, que están esperándote en el salón, ansiosos por escucharte.

 

Hay más de 2 mil internos inscritos en el sistema escolarizado del Reclusorio y más de 3,300 asistentes a las actividades del Centro Escolar. Esto significa, a grandes rasgos, que alrededor del cincuenta por ciento de la población está ligada de alguna u otra forma a la educación continua. ¿Podríamos decir lo mismo de la población adulta de la Ciudad de México que se encuentra en libertad?

 

Ya en el salón el nervio se me fue por completo. Más de cincuenta reclusos guardando silencio y escuchándome leer un par de cuentos. Escuchando con atención, no como la gente que suele asistir a las presentaciones de libros. Algunos incluso tomando notas. Más adelante tomaron turnos para hablar y me di cuenta de que estaba frente a un público más bien exigente, práctico y con un nivel cultural que no esperaba porque, como la mayoría, estoy lleno de prejuicios. Varios de los asistentes mencionaron autores que yo desconozco y algunos más me dieron consejos verdaderamente valiosos para mejorar la tensión o la verosimilitud de mis cuentos. La visita estaba planeada para durar una hora y duró casi cuatro. Varios compartieron con todos la historia de cómo fueron a parar ahí y de cómo querían tener las herramientas narrativas para perfeccionar esa misma historia y, quien sabe, quizás publicarla.

 

Fue una experiencia increíble que nunca, ni en la época en la que impartí clases en una universidad, había vivido. Gente verdaderamente interesada en la historia que vas a compartir y verdaderamente interesada en compartir contigo otra. Salí del reclusorio muy feliz, casi silbando, mucho más tranquilo que cuando entré. Y con varias tareas para la corrección de mi primitivo estilo literario.

 

R. miraba de nuevo el suelo. Me di cuenta de que su prejuicio es consciente y de que no tiene la intención de cambiarlo. Tenerlo le ha funcionado bien.

 

Ya en la calle R. se despidió con una sonrisa y un apretón de manos. Me indicó el camino de regreso. Observé cómo su semblante cambió: ahora lucía más relajado y miraba al frente. Estaba en su elemento: la calle. Yo, en cambio, volví a la hostilidad del transporte público, de los espacios urbanos sin ley, de las miradas punzantes y de los carteristas sutiles. Volví a encerrarme en la jaula de odio en que se ha convertido esta ciudad, donde hay tan pocas personas con ganas de abrir un libro y tantas con ganas de quitarte el celular.

 

Me prometí volver algún día cercano para seguir aprendiendo.

*Josemaría Camacho estudió filosofía antigua. Es autor de los libros Imagine un pez (Foc, Barcelona, 2013) y Los que hablan a gritos (Fondo Editorial Tierra Adentro, Ciudad de México, 2015)

BIBLIOGRAFÍA

1

 Información de la Subsecretaría de Sistema Penitenciario aquí.

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