CONTRAPESOS

Formas de volver al agua

El desequilibrio entre los que derrochan, padecen y piensan el agua

Por MARIANA MORA /

Ilustración: MARIANA MORA

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“Yo nací en un año que llovió mucho. Dicen que diez veces más que el temporal normal” cuenta Luis, una historia que es la suya y de toda una ciudad. Él nació en febrero, y en agosto de ese año las lluvias colmaron la presa El Conejo hasta que la pared tronó y el caudal de miles de litros de agua corrió unos diez kilómetros hasta llegar a Irapuato, inundandola por completo. Otras cinco presas se desbordaron ese día en Guanajuato. Hubo cientos de muertos, decenas de desaparecidos y casi todas las casas de adobe fueron destruidas por completo. Fue el año de 1973. Luis no lo sabía, pero este hecho iba a marcar su destino. El agua se volvería para él una pasión y dedicaría su vida a buscar formas de contenerla y encauzarla para que accidentes como éste no volvieran a suceder.

 

Luis Márquez creció y su afición por el agua lo hizo con él. Estudió arquitectura en una universidad jesuita de Guadalajara, el ITESO, pero se interesó en el urbanismo. Su tesis de licenciatura fue un proyecto para generar espacios públicos en un canal que servía para desviar el agua y evitar inundaciones. El proyecto fue premiado por el Colegio de Arquitectos de Jalisco y, aunque con modificaciones al plan inicial, se llevó a cabo con la secretaría de obra pública del estado.

 

Más tarde hizo su maestría en Diseño Urbano en Oxford y dedicó su tiempo en investigar cómo evitar que las ciudades se inundaran. Cuando regresó a Guadalajara tenía claro que no podría concretar todos los proyectos que tenía en torno al agua por sí solo, así que se reunió con cinco especialistas para formar un grupo que eventualmente nombraron “Agua y Ciudad”. La organización conformada por expertos en hidráulica, medio ambiente, sociología, vivienda social y urbanismo, se fundó en 2013, cuarenta años después la catástrofe en Irapuato que marcó a su carrera profesional y a su ciudad.

 

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Entre los proyectos de investigación, consultoría e intervención que tienen, el grupo –y especialmente Luis- se interesaron por un problema en particular: en la zona norte de Guadalajara, donde confluyen los ríos San Juan de Dios y Atemajac (los dos más importantes de la metrópoli por ser los de mayor longitud y los que más agua captan) el agua pestilente, que proviene de aguas pluviales, manantiales y aguas negras, corre a cielo abierto entre colonias periféricas. El río San Juan de Dios está entubado desde el parque Agua Azul en el centro de la ciudad y circula silencioso por debajo de la tierra cinco kilómetros hasta la Avenida Normalistas. A partir de aquí se destapa y corre por tres kilómetros a cielo abierto entre piedras, es un riachuelo tranquilo de agua gris hasta el Periférico. A sus costados se alinean cientos de casas de distintas formas y tamaños. Paredes de ladrillo sin enjarrar, tubos que salen de los muros a escupir desechos directo al río, ropa colgada sobre rejas oxidadas. Casas corroídas que dan la espalda al cauce, separadas únicamente por un muro que han tenido que rehacer cada vez que el torrente se lo lleva.

 

A pocos kilómetros de ahí corre el Atemajac. Este río es la frontera entre dos municipios: diez kilómetros en Zapopan y dos en Guadalajara.  Está abierto desde Avenida Acueducto en la zona de Andares y se extiende como canal -limpio, constante, frondoso- por Avenida Patria hasta Federalismo. Las colonias que atraviesa -donde el metro cuadrado cuesta alrededor de 2 mil dólares- parecen una maqueta del “Sueño Americano” en versión local. Las casas se esconden en fraccionamientos con muros eminentes y enrejados. Las calles están bordeadas por palmeras que no pertenecen al clima y suelo de esta tierra pero que aspiran ser Beverly Hills. En los espectaculares parece ser que la única posibilidad de éxito en esta ciudad es ser güero y acumular. En medio de esa estética corre el Atemajac, lejos de las viviendas, donde no le estorbe a nadie.

 

A partir de Federalismo se termina el glamour. Aquí se abren los colectores y se mezclan las aguas negras con las pluviales generando una cloaca gigante que fluye caudalosa hasta el Periférico. En estas colonias la historia se repite: más casas sin enjarrar, más tubos con desechos, más rejas oxidadas. Más gente viviendo a espaldas de un río contaminado.

Zona por donde transitan los ríos San Juan de Dios y Atemajac.

Luis Márquez se interesó en esta zona por dos razones: una se debe a las características naturales del río San Juan de Dios que está conformado por piedra hecha de lava volcánica de La Primavera (un bosque producto de erupciones volcánicas, la más grande reserva ecológica que queda en el poniente del Área Metropolitana de Guadalajara —AMG—) y que él considera que se debería de conservar por su importancia histórica. La otra es una cuestión de urbanismo social que involucra a las colonias Rancho Nuevo, Santa Elena de la Cruz y División del Norte, colonias que circundan el río. La gente que vive ahí está expuesta a la contaminación que se genera por descargas clandestinas de desechos industriales y caseros, al riesgo latente de inundaciones y desbordamiento del río y a un caudal que también es una frontera entre dos barrios con tensiones entre sí.

 

Él y sus compañeros desarrollaron un proyecto que decidieron llamar “Barrios Hídricos” porque el agua es el elemento persistente en la zona; aunque está presente como enemigo en una lucha constante entre el hombre y la naturaleza. Esta hostilidad hacia el agua es un problema cultural de Guadalajara desde hace siglos. Aquí la tendencia a entubar y esconder el agua en lugar de infiltrarla y aprovecharla ha sido la regla. Especialmente esta zona tiene un gran potencial para cambiar paradigmas en torno a los ríos urbanos. El proyecto propone vialidades donde sea congruente que las haya, ciclovías, andadores, puentes para cruzar el río, áreas verdes y equipamiento urbano. Generar espacios públicos donde sólo hay contaminación y problemas.  Luis confía en que éste sería un paso para mejorar la relación que tiene la gente con el agua, y en este caso, con el medio ambiente y la ciudad.

 

Guadalajara tiene problemas con el agua. La expansión urbana sin planificación, las cuencas hídricas sobre la que está edificada, la  infraestructura insuficiente y  alcantarillado obsoleto, hace que año con año la ciudad se inunde. Si además agregamos toda la basura que se tira en la calle (que termina en drenaje, ríos y mares); el concreto que tapiza los suelos con cada construcción nueva, tenemos un desastre ambiental que cuesta vidas y daños materiales.

 

Aunque gran parte de la ciudad puede mantenerse alejada del agua, -por lo menos hasta que los temporales inunden las principales vialidades- la zona a la que Luis se refiere como “Barrios Hídricos” no tiene otra opción. Le gente que vive en estas colonias convive todos los días con el espeso olor a letrina que el caudal despide, las infecciones que los vapores generan en el aire y el sonido de las aguas chocolatosas que escurren a unos metros de sus casas. Para ellos el río es el enemigo.

 

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Los vecinos ponen su ropa a secar sobre el alambrado que rodea el río / Foto: Mariana Mora

El enemigo duerme en temporada seca. Un arroyo pasivo y verdoso se desliza entre las piedras negras del San Juan de Dios. Aunque durante el temporal su furia arrasa con lo que se le atraviese -incluido el puente que conecta dos colonias y que tuvieron que volver a construir- el resto del año lleva poca agua. Entre el caldo espumoso flotan llantas, juguetes, bolsas de basura, gallinas muertas y hasta un refrigerador. Un muchacho de unos catorce años arrastra un mueble de madera desde la calle y lo avienta al agua. En la otra orilla un señor quema basura. A menos de dos metros, unos niños juegan.

 

El río funge como frontera entre las colonias Santa Elena de la Cruz y Rancho Nuevo y, aunque el puente las conecta, los vecinos tienen diferencias entre sí desde sus formas de organización hasta el enfrentamiento de pandillas. Son éstas las que se meten a robar a las casas de sus vecinos o los asaltan en las calles. Andan en motos y se juntan afuera de la iglesia. Inhalan thinner, escuchan reggaeton, fuman marihuana, les chiflan a la mujeres, toman Rivotril y comen menudo.

 

A veces roban el Mercado Alcalde, una construcción vieja y sucia que abastece a los colonos de la zona. Hay un local que vende frutas y verduras, dos carnicerías, una pescadería y algunos puestos de comida. Todos sus vidrios están rotos y las rejas torcidas. Es fácil entrar por el techo cuando está cerrado. Los locatarios del mercado se quejan de constantes saqueos y muchos han tenido que cerrar sus negocios debido a los robos. Uno de cada tres locales están cerrados.

 

Aunque el mercado está a dos cuadras del río, su sofocante olor a caño llega hasta los platillos de quien come gorditas en uno de los puestos. Los vecinos no lo notan, es parte de su vida. Sin embargo el aroma no es lo más grave que se propaga en esas calles. Las heces fecales, la basura en descomposición, los animales muertos, los residuos químicos y cualquier otra forma de contaminación que el agua lleva generan un foco de infecciones en sus vapores y la gente lo respira.

 

A espaldas del mercado está el centro de salud. Una pequeña construcción blanca rodeada de un cancel gris. Sobre uno de los muros cuelga una lona roja, dice que están trabajando bajo protesta por las carencias en equipo e insumos médicos y la transgresión a sus derechos laborales, firmada por la Sociedad de Médicos de Base Cruz Verde Guadalajara. Adentro hay dos habitaciones y una salita de espera con dos sillas. Nada más.

 

En una de las habitaciones atiende Sandra Isela Pajarito, médico general. En la otra Martín Herrera, odontopediatra. Ambos llevan alrededor de un año trabajando en esta clínica y aunque sus otras experiencias laborales también han sido en colonias marginadas, ésta ha sido la más difícil. Han detectado, además de enfermedades gastrointestinales, un foco de infección en las encías. “Periodontitis es lo que más se ve en cuestión a la contaminación del río. Los vapores llegan a los alimentos y además la población infantil -que es la que yo atiendo- juegan entre las piedras y el lodo del río, no se lavan las manos y empieza el contacto directo con la mucosa,” explica Martín.  Además este tipo de infecciones bucales las ha detectado un 45% más en esta zona que en otras clínicas que ha atendido. La combinación de insalubridad con carencias médicas dificulta la salud en la población. Los médicos llevan más de seis meses trabajando sin energía eléctrica, usando velas para iluminar heridas y haciendo extracciones de dientes junto a la ventana para tener luz.

 

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Toño y sus compañeros suelen fumar mientras trabajan. Mantienen el cigarro en la boca sin tocarlo para que no se moje / Foto: Mariana Mora

Las condiciones de marginación e inseguridad que aquejan a los “Barrios Hídricos” son un común denominador en las periferias de la ciudad y de cualquier metrópoli en el país, sin embargo, estas colonias en particular se caracterizan por ser el desagüe de una urbe de cuatro millones y medio de habitantes. Una gran parte de los desechos humanos e industriales que se generan en el Área Metropolitana de Guadalajara pasan al aire libre por aquí, para después ser retenidos en la planta de tratamiento Valentín Gómez Farías -mejor conocida como Aguaprieta- que se encuentra a unos metros de estas colonias. De ahí se liberan las aguas tratadas para bajar por la Barranca de Huentitán, el último reducto de flora y fauna silvestre en la ciudad y un importante regulador del clima y contaminación en la región. Finalmente, terminan en el río Santiago, el más contaminado de México.

 

En esas aguas negras no corren solamente excremento y basura. Los colectores arrastran miles de objetos perdidos. Cada moneda, arete o llave que alguna vez cayó a una alcantarilla o coladera termina en estos ríos también. Hay personas que vieron en los arroyos una oportunidad. Los vecinos les llaman gambusinos, un nombre que se les daba a quienes buscaban oro en los ríos en el siglo XIX. Estos gambusinos buscan oro en los ríos también, aunque sus aguas provienen de los drenajes y el oro de pequeñas piezas de joyería que cayeron por tuberías.

 

Toño es un gambusino. Busca oro, plata, bronce, clavos, metales y otros materiales que pueda vender por gramo. “Empecé hace 5 años, un 23 de noviembre”, recuerda Toño. Fuma ansiosamente un cigarro al que le quitó el filtro para que el humo llegue más rápido a su boca. Va al río todos los días desde las 7:30 de la mañana y se queda hasta que haya encontrado algo que le dé por lo menos para los gastos del día. Se pone sus botas de hule que tienen una suela dura para no encajarse clavos o varillas, se amarra un paliacate para cubrirse la boca y la nariz y se mete a las aguas turbias del cauce. El agua le llega a la cintura y debe cuidarse de nunca hundir la cara pues sabe que se puede enfermar. Trae en sus manos una pala de metal que él mismo agujereó para que caiga el agua y quede solamente la tierra y los metales. Se agacha, sumerge la pala y la clava en el suelo, la levanta con fuerza y hurga con una mano entre la tierra y piedras que agarró. No encuentra nada. Tira la tierra y vuelve a sumergir la pala. Cada vez que lo hace el agua le llega al pecho y su camisa está cada vez más mojada. Dice que el agua está fría, pero el calor del sol lo compensa. A su lado pasa una rata muerta flotando. Vuelve a cavar la tierra, una y otra vez. Encuentra algunos clavos que va metiendo en las bolsas de sus pantalones. Sigue removiendo el piso, manoseando la tierra que saca, mojándose los hombros. Pequeñas cucarachas flotan a su alrededor y él las empuja con la mano. Finalmente, saca entre las piedras un pedazo de arete que parece ser de oro.

 

La experiencia le ha enseñado que el oro se pone rojo con las aguas negras. Para confirmarlo lo moja con ácido nítrico. Sí es. También con el ácido puede saber el quilataje y venderlo de acuerdo al precio del mercado. El de 10 quilates se lo compran en $270 pesos el gramo, el de 14 en $370 y el de 18 en $560. La vez que mejor le ha ido sacó casi cuatro mil pesos en una mañana, pero eso no es nada comparado con la suerte que tuvo Don Beto su vecino. El día de su cumpleaños encontró un centenario. Le dieron 22 mil pesos por la moneda y ese día él invitó la fiesta. Aún así puede haber días en que sólo salgan clavos. En promedio Toño obtiene $200 pesos diarios.

 

Cuando comenzó a ir al río salían más piezas. “Hace cuatro años podíamos sacar hasta $1500 diarios”, pero se comenzó a enterar la gente de que había oro en los cauces y quisieron explotar la mina hídrica también. Toño supuso que habría joyería en los cauces porque un día encontró seis gramos de oro mientras caminaba en un canal seco de Avenida Patria. “Dije, si aquí hay todo este oro, en los ríos va a haber mucho más”. Estaba en lo correcto. Durante años sacaron oro y plata diariamente alrededor de 20 personas, ahora sólo son seis los que se dedican a esto.

 

Gracias a la exposición continua a los vapores del río, Toño ya no puede consumir lácteos porque le hacen daño al estómago. También desarrolló una alergia al polvo que no tenía antes de trabajar en esto. De vez en cuando le brotan granitos en todo el cuerpo que se trata con Mertheolate y le duran dos o tres días. A pesar de los riesgos sanitarios a los que él sabe que está expuesto, prefiere trabajar en esto que de albañil, como solía hacerlo antes. Incluso prefiere este trabajo a vivir en Estados Unidos, donde estuvo siete años trabajando en una maderería. No tiene esposa ni hijos, así que destina todo su dinero a sus propios gastos y a la construcción de un tercer piso en la casa de su madre, donde vive actualmente. Sabe que en algún punto tal vez ya no haya oro en el caudal y tenga que buscar otra opción. “Si se acaba el trabajo aquí a lo mejor hay en otras ciudades. A lo mejor voy a Tala, a ver si hay ríos de agua negra.”

 

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Algunos gambusinos dejan su ropa y palas escondidos cerca del río para no tener que cargarlos. Toño prefiere llevar su pala hasta su casa / Foto: Mariana Mora

Una mujer con su bebé cruza el puente sobre el río Atemajac a la altura de Periférico sin mirar el drama ambiental bajo sus pies. Las aguas negras escurren en un chorro enfurecido debajo del puente peatonal. Si el proyecto de Luis Márquez se llevara a cabo, esa misma mujer podría estar atravesando un parque lineal, con árboles y niños jugando.

 

A pocos kilómetros de ahí, río arriba, ya hay un parque que el gobierno del estado construyó a espaldas del Mercado de Atemajac. Hay árboles y niños jugando, pero el agua que corre a unos metros sigue negra. Sin embargo, el futuro parece prometedor para el Atemajac y las colonias que lo bordean: el Ayuntamiento de Guadalajara y la dependencia encargada de sanear el agua tienen un proyecto para continuar los colectores hasta la planta de tratamiento y que se puedan separar las aguas pluviales de los desechos. Esta obra se inició el 16 de diciembre y prometen que estará lista en seis meses, aunque Luis Márquez calcula que tardará por lo menos de dos a tres años en que las lluvias limpien el cauce que por años ha sido un río-cloaca. Ni la inversión de 350 millones de pesos, ni la voluntad política de las instituciones, podrán limpiar tan fácil lo que por años se ha ensuciado.

 

Esto sucede en Guadalajara. En Zapopan la historia es diferente. El tramo del Atemajac que se encuentra en el municipio de Zapopan tiene colectores separando las aguas negras y el cauce corre en medio de una vialidad, lejos de las casas. Esto tiene que ver con la plusvalía que han intentado dar a la zona empresas desarrolladoras en colaboración con las administraciones del municipio. Aunque no es un espacio con necesidades tan urgentes como el tramo de Guadalajara, las características del arroyo aquí permiten que se pueda llevar a cabo un proyecto muy parecido al que Luis propone.

 

Inspirado en el proyecto “Barrios Hídricos,” que busca recuperar las orillas del río para generar espacio público, el gobierno de Zapopan tiene un plan: “El tema de Atemajac es respetar el arroyo y generar tecnologías muy naturales para encauzar el río e incrementar la capacidad de infiltración de los cauces para evitar las inundaciones” explica Karen Gutiérrez, directora de Espacios Públicos del ayuntamiento, consultora e investigadora del ITESO.  Lo que buscan es que el agua regrese a la tierra, a los mantos acuíferos, en vez de quedarse al nivel del concreto y que se acumule hasta inundar las vialidades. Se puede lograr con grava que infiltre pozos de absorción y arbolado que encauce el agua. Esto es parte de un plan para construir un parque lineal que vaya desde Andares hasta la colonia El Batán bordeando el canal. “Es un punto importante, además de que es proyecto hidrológico está la capa de espacio público y de identidad  porque conecta un Zapopan con otro.” Karen confía en que este parque va a incentivar la convivencia de dos sectores socioeconómicos muy distintos del municipio.

 

El parque está planteado para terminar en El Batán porque es el territorio que corresponde a Zapopan, sin embargo, el río se extiende hasta el Periférico en tierras de Guadalajara. La Dirección de Espacios Públicos de Guadalajara ha sido invitada a participar también en el proyecto para continuar el parque en la zona que corresponde a su municipio. Aunque no se han definido los proyectos en los que se va invertir el dinero público este año ni el presupuesto destinado a cada uno, Ricardo Agraz, el director de Espacios Públicos de Guadalajara, tiene la esperanza de que haya una fracción asignada al parque lineal.

 

Mientras tanto, Karen y su equipo están viendo de dónde obtener el recurso para llevar a cabo el proyecto completo. Quieren iniciar con un piloto para 2018 que atraiga inversión diversificada. Una idea es que ésta llegue de organizaciones, municipios y Gobierno Federal. Ellos calculan un costo aproximado de 15 millones Zapopan y 15 millones Guadalajara. Sin embargo, Karen ve el riesgo de que Guadalajara no quiera sumarse. “Si Guadalajara no asigna el recurso no se puede, es un proyecto muy grande.”

 

Aún con la posibilidad de que Guadalajara no quiera participar y no obtengan los recursos necesarios, Karen ya tiene claro lo que se podría lograr en esta zona. “Se puede empezar a generar proyectos culturales alrededor del corredor donde además se hable de la vida de los barrios. Se pueden hacer jardines de arte y que la comunidad tenga contacto e interactúe con estas expresiones que no les son tan comunes.” Además de los beneficios ambientales que el parque traería, lo que más interesa a Karen es  mejorar las formas de convivencia y la calidad de vida de los vecinos.

 

Karen es amiga de Luis. Él la llevó en uno de los muchos paseos que desde el 2003 da a quien se interese en conocer los ríos de Guadalajara.  Él fue uno de los especialistas que consultaron para este proyecto. Karen y Luis tienen en común las ganas de que los ríos sean un espacio de convivencia. Un punto de encuentro, no de quiebre. Un aliado natural de las ciudades, no el enemigo.

 

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Luis Márquez Valdés es director del grupo Agua y Ciudad. Foto: Archivo.

El sol está en su punto más alto. Los vapores del San Juan de Dios llegan sulfurosos a la nariz de Luis que camina sobre la calle de terracería que bordea el río. Se seca el sudor con su pañuelo. Habla con el grupo que guía sobre las piedras volcánicas. Conoce de memoria esas piedras. También conoce de memoria ese camino, lo ha recorrido decenas de veces con diferentes personas. Ha mostrado la pestilencia y el abandono a quienes se interesan. Ha compartido con otros el interés por cambiar las condiciones de esta zona. Unos han compartido con él esas mismas ganas. Otros no.

 

Los miembros del grupo Agua y Ciudad se han acercado a las dependencias correspondientes para presentar el proyecto de “Barrios Hídricos” pero no han obtenido los resultados que esperaban. Cuando han levantado reportes ante la secretaría responsable del medio ambiente, ésta no les ha dado seguimiento porque no cuentan con personal para vigilar las descargas clandestinas que se hacen a los ríos. Por otro lado, la dependencia estatal de obra pública se ha dicho interesada en el tema aunque también ha declarado que no está en sus prioridades.

 

Luis considera que los gobiernos y sus funcionarios no se interesan en esta zona porque hay muy pocos votantes y -aunque no es regla- las administraciones suelen aprovechar la obra pública para aumentar su popularidad, pensando en obtener ventaja en las próximas elecciones. Además, el medio ambiente casi nunca es prioridad en las agendas públicas.

 

Las inundaciones -que han costado vidas y daños materiales- siguen siendo un problema que ha exigido a los gobiernos de la Guadalajara metropolitana pensar en nuevas soluciones. La crisis del agua en Guadalajara -la paradoja de su escasez y su abundancia- se ha convertido en una oportunidad para personas como Luis y Karen que proponen nuevos paradigmas desde hace tiempo. Si hay un momento oportuno para actuar, es ahora.

 

Incluso si el proyecto completo no se puede llevar a cabo por la escasez de recursos, hay pequeñas acciones que pueden ir generando cambios en la zona. Se pueden hacer mejores bocas de tormenta para encauzar el agua, instalar alumbrado público en zonas de riesgo junto a los cauces, construir banquetas que circunden el río y generar espacios públicos de calidad. “Hay dos elementos clave para eso: poner un árbol y poner una banca. Si tú pones un árbol y una banca ya generas un espacio y con la luminaria cierras el círculo. Puede haber tierra, pero eso es realmente lo que la gente necesita: sombra y un lugar para sentarse” explica Luis con optimismo. También es indispensable la participación de la comunidad. Desde la voluntad de mantener limpio el cauce y sus alrededores, generar arte urbano en la zona y hasta colaborar en la construcción del equipamiento urbano. Luis cree que si se involucra la comunidad en estas acciones tendrán un mayor sentido de identidad y pertenencia con el lugar.

 

“Barrios Hídricos” contempla tanto el agua como el barrio. No se pueden separar una del otro. Se tiene que pensar en la coexistencia del río con la gente que lo bordea. Desde las primeras civilizaciones el hombre se ha asentado alrededor de los cuerpos de agua y los ha aprovechado para su beneficio. Esta ciudad no ha sabido hacerlo bien. Si estos proyectos se concretaran, la relación de la gente con el agua sería más responsable. Tal vez así verían el potencial que Luis ve en estos ríos.

 

Luis Márquez decidió dedicar su vida a evitar que las ciudades se inunden. No es el único. Guadalajara cuenta con un número importante de investigadores y especialistas que sueñan con cambiar los paradigmas hídricos de la ciudad. Si se cambian los paradigmas, cambian las acciones. Si se cambian las acciones, cambia la ciudad.

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