OBLATOS

Felipe Ángeles

Un servicio de selección y precio, directo del campo (o del Abastos) a tu mesa. Aquí está
el mercado que tu bolsillo necesita.

Por JUAN IGNACIO OROZCO SEIFERT /

Ilustración: ISABEL RAMOS ROMO

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A diferencia de las estrechas y magulladas calles que caracterizan a los centros históricos, las avenidas en el oriente de la ciudad de Guadalajara, anchas en uno y otro sentido, se construyeron cuando la supremacía del automóvil ya había sido declarada. El Mercado Municipal número 64 se ubica alrededor de esas avenidas que tienden a forman una sencilla cuadrícula. El Felipe Ángeles, como se le conoce, se extiende entre el panteón de San Andrés, el Mercado de Dionisio Rodríguez y la Parroquia de San Pedro Apóstol. Un entramado de calles que incorpora bodegones repletos hasta el techo de sacos de cebollas, tomates y chiles. Hay cremerias que parecen locales de comida rápida: con una fila para pagar, una para recoger la mercancía y otra para movimientos con máximo cinco artículos. Fruterías atiborradas con piñas de Nayarit, naranjas de La Paz, manzanas de Zacatecas o jícamas de León: un polo tan diverso que podría ayudar a entender mejor la poco virtuosa relación entre la ciudad y el campo.

 

En Guadalajara existe una frontera implícita: la Calzada Independencia. Se trata de una fractura geográfica (el río San Juan de Dios corre bajo ella) pero sobre todo, de una fractura social. Parecido a los habitantes de Guadalajara, la palabra tapatío es un término que parece inofensivo, que dice poco pero que significa mucho: el impenetrable arraigo, el espejo enterrado, el provincialismo, la necesidad de agrupar en una ciudad lo más conveniente y pensarla como un país. Muchos han crecido con esta idea en la cabeza. Pero esas identidades poco sirven para explicar una ciudad como Guadalajara. Por el contrario, para aquellos que vienen de fuera, la complejidad de esta división puede tratarse de algo mucho menos sencillo de entender. El mercado Felipe Ángeles se encuentra de este lado. O del otro. Depende si lo vemos desde el territorio estigmatizado o desde la Guadalajara deseada.

 

Esta división refleja un proceso discriminador y lleno de olvido. Un proceso que no se reduce hacia una parte marginada de la ciudad sino que parte de Guadalajara hacia su entorno. Inmediato y no tan inmediato. Las ciudades, y más aquellas que tienen la categoría de Metrópoli, son un enorme centro de gravedad. Consumen de manera voraz grandes cantidades de recursos y tienen un fuerte impacto en los ecosistemas naturales de su región. Tan solo veamos el estado de la cuenca del río Santiago o de la laguna de Cajititlán. Olvidamos que justamente son estos ecosistemas los que permiten el funcionamiento de la ciudad misma. Olvidamos, que los cuatro y pico millones de habitantes del área metropolitana tienen que comer.

 

La economía mexicana sigue patrones similares a las de muchos países latinoamericanos: procesos cada vez más hegemónicos, es decir, sin alternativas y beneficiosos sólo para una pequeña cúpula. Los mercados son significantes por muchas razones: son la salida, la puerta de venta para productores y agricultores medianos o pequeños que no pueden o no quieren entrar en los procesos que exigen algunas cadenas de supermercados; son un lugar de intercambio que exige una gran interacción interpersonal; y muestran la relevancia que tiene el campo en el futuro de la ciudad y la evidente necesidad de entornos agrícolas en los procesos de urbanización.

 

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Fuera del edificio municipal, una estructura metálica pintada en azul y blanco, es donde se empieza a comprender el funcionamiento de este mercado y aquello que lo ha convertido en un punto importante de confluencias. Alejandro Aguilar, con esa seguridad de palabras que caracteriza a los comerciantes con experiencia, afirma que entre el 90 y 95 por ciento de los productos que se venden en el Felipe Ángeles vienen del Mercado de Abastos. El resto, directamente del campo. "Lo que hacemos aquí es un servicio de selección y precio". En otra esquina, Víctor Correón, también un comerciante curtido por los años de regateo, me platica con cierto orgullo que en cuanto a menudeo, el Abastos se da de topes con el Felipe Ángeles. Esto permite a personas con pequeños negocios, a tiangueros e incluso a comerciantes de mercados más chicos encontrar buenos precios que permiten la reventa. Ramiro Aguayo se surte en el Felipe Ángeles a pesar de que vive a espaldas de otro mercado. Su opinión coincide con la de Víctor, "el Abastos no me queda más lejos, pero allá tienes que comprar en toneladas".

 

Precios que hacen rentables viajes desde los límites del área metropolitana. José de Jesús López es transportista. No es taxista ni conductor de Uber, viaja en su auto. Generalmente realiza trayectos de regreso con la cajuela y uno que otro asiento repletos de mercancía. "Algunas personas van a lugares como Santa Anita, La Calera o los Olivos; incluso me toca ir a Chapala."

 

Hace algunos años, tanto Alejandro Aguilar como Víctor Correón tenían que arrancarse al Abastos en cuanto bajaban la cortina metálica de sus respectivos locales para surtirse de los productos faltantes. Ahora, la comunicación se realiza por teléfono y las mercancías llegan cada mañana en grandes camiones. Las relaciones con los introductores (agricultores, intermediarios o dueños de tierras que traen los productos desde el lugar de origen) o incluso el hecho de invertir en parcelas para tener de primera mano alguno de los productos, no es forzosamente más rentable. En todo caso, las formas de pensar de los comerciantes se mimetizan con los principios de la economía de mercado. Javier Zúñiga arrenda parcelas desde hace una treintena de años en Michoacán para cultivar pepinos y calabazas. "No es que saque más, pero puedo mantener el precio cuando hay escasez, cuando hay más demanda". El riesgo y la oportunidad que dejan sin dormir a los corredores de bolsa de Wall Street nació a fin de cuentas en un mercado como el Felipe Ángeles.

 

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En sus entrañas, los vehículos que se desplazan a vuelta de rueda se ven reemplazados por jóvenes que empujan diablitos "trincados", cargados a tope, algunos con cajas llenas de basura, otros con cebollas; el sol que no perdona se convierte en una fresca penumbra sobre los locales y los pitidos de los vialidades en interminables frases como:“¡Rica toronja, escójale! ¡Granada, tuna, guayaba! ¡Pásele, anímese!”; abundan también las cordialidades que llenan de sonrisas a clientes y comerciantes: “Que tenga buen día Guillermo. Muchas gracias señora, buen día. ¡Gracias a usted!”. Eso sí, la mirada de la virgen de Guadalupe desde el fondo de los locales se mantiene inmutable. Dentro del mercado es donde se empieza a percibir la esencia del Felipe Ángeles.

 

En una de sus calles, ahora interiores, Ramiro Santillán lo dice de manera sencilla: “El mercado es vida”. Sus ojos quedan cubiertos por la sombra que arroja su gorra y sus manos con dedos ennegrecidos, enfatizan las palabras que logran esquivar el cigarro entre sus labios. "Aquí platicamos con los amigos, con los clientes. Andamos de buenas todo el día." Tiene una voz solemne que entona con sus lentos movimientos. "En casa, ya sabe uno cuánto salen los tacos. Aquí uno no agarra una manzana… agarra un plátano… con 5 pesos se compra un birote y ya estuvo el almuerzo completo." La rutina diaria se ha convertido en vida para él. Fuera del mercado, Ramiro ya no se hallaría.

 

La vida como comerciante  no se libra de complicaciones. A primera hora de la mañana las verduras y frutas tienen que estar relucientes. David Gutiérrez Nuño, de 22 años, dejó la universidad para entrarle al negocio de venta de aguacates que puso con ayuda de su padre. Madrugar a diario para acomodarlos no es poca cosa. Quizá cansado de verla por todas partes, reemplazó la Virgen de Guadalupe por algunos posters de mujeres sensuales, aquellos de moda en los años cincuenta, y los editó para que el nombre de su "marca" apareciera en todos ellos. "Estar aquí sí es rutinario, a veces tedioso… pero me va bien. Aunque sí me dan ganas de meterme a un curso de algo en las tardes". Parte del tiempo lo pasa platicando con su hermano y con los amigos que lo visitan.

 

El día de los cargadores es un poco más pesado. "Pero es trabajo ", comenta Alex entre risas. "Eso sí, hay patrones bien corajudos" dice a su vez Julio. "Lo más aburrido es pelar cebollas, pero de otra forma no se venden." Ambos bajan cajas desde una de las bodegas que se encuentran arriba de los locales. Carlos Cisneros, un cargador con un poco más de años en su espalda, de vez en cuando hace viajes de ida y vuelta a Michoacán por mercancía. Sale una madrugada para regresar la siguiente. "Me gusta, así veo cosas distintas".

 

El guajoloteo a los clientes, como le llama Ramiro Santillán, se complementa con la promoción de bolsas de plástico tejido, las ventajas de un pelador multiusos anunciadas por un hombre en bicicleta o con las ofertas para engrasar las cortinas metálicas. Algunos clientes comparten la carga y llevan bolsas de a dos, otros le piden a algún cargador que les ayude. De puesto en puesto, la clientela sopesa las ofertas y poco a poco, los productos en la lista se van tachando.

 

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El detrás del mostrador es el espacio con mayor intimidad. Desde ningún otro lugar se podría entender realmente lo que significa el mercado. Julieta y Alfonso comparten ese pequeño rincón desde hace 41 años. "Cuando llegamos parecíamos arañas. ¡Éramos la única tarima!", menciona Julieta. Como muchas personas, trabajan en el Felipe Ángeles desde que se construyó como respuesta a la sobreocupación del mercado de San Diego, hace 42 años. Desde entonces, han sufrido y vivido a la par del mercado.

 

Existe un fuerte sentido de comunidad en este lugar. "Yo creo que las cortinas metálicas no se necesitan. Antes cubríamos todo con grandes pedazos de manta", dice Julieta.  Aunque el mercado esté compuesto por una variedad de 600 puestos, los comerciantes se conocen bien ellos. Se apellidan Guerrero, Enríquez, Cajero, Aguilar, y tienen familiares tres locales más allá o al otro lado del mercado. Alfonso por ejemplo, tiene cinco hermanos que trabajan en el Felipe Ángeles. Juntos, han sido acosados por el frío, sofocados por el calor o han tenido que trabajar con agua de lluvia hasta las rodillas, filtrada por un techo defectuoso.

 

"Es un trabajo esclavizante", dice Alfonso. "Cuenta mucho el mono. La clientela se acostumbra a tu cara y si te vas a pasear , aunque sea un fin de semana, no se vende nada", comenta con voz pausada.

 

La desconfianza inicial da paso a la historia de su vida. Huérfano desde los siete años, Alfonso solía vender veintes de limones en el mercado Libertad, ahora conocido como San Juan de Dios. "Un veinte es un puño, lo que te cabe en una mano", me dice ayudándose de su palma abierta. Burlaba a los inspectores gracias a la solidaridad de algunos comerciantes que le cuidaban la mercancía.

 

"Cuando nació mi hijo, mi mujer necesitaba cesárea y yo, de los 2,500 pesos que costaba la operación, sólo tenía 150. Tuve que pedir prestado y durante mucho tiempo lo fui pagando". Para los comerciantes, el mercado es lo que tienen. "Arrimándose a un mercado, uno no se muere de hambre. Siempre se salva algo de las cosas, de perdida se saca la mitad de una manzana." En todo caso, Alfonso no asocia su trabajo a una especie de supervivencia. "El hambre no es la comida, es tener apetito. Hambre de trabajo".

 

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La presencia discreta de la Virgen de Guadalupe o los comerciantes que no paran de pelar cebollas son quizá peculiaridades del Felipe Ángeles. Pero en su esencia, los mercados en el mundo son muy similares. Se trata de espacios públicos llenos de intercambios, son construcciones comunes y proyectos generacionales. El crecimiento de muchas ciudades y su relación con su entorno natural también sigue patrones. Mercados como el Felipe Ángeles nos recuerdan la existencia del campo y la necesidad que tienen las ciudades de repensar su relación con los territorios rurales. Pero sobre todo, y para una ciudad como Guadalajara, el Felipe Ángeles representa una gran oportunidad para romper con las divisiones físicas y mentales, las cuales simplifican en muchas ocasiones la capacidad que tendría una ciudad para estimular la cohesión social, la descentralización y el cambio.

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