PERSONAS

¿Está el futuro de la economía
en la informalidad?

 

Se piensa a quienes trabajan en la economía informal como pobres, marginales y evasores de impuestos, un lastre con el que deben cargar los buenos; pero cada vez  son más quienes habitan espacios públicos para trabajar, generar empleos y relacionarse con otros. La informalidad es también una afrenta consciente cargada de ideas sobre el futuro.

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Carlo Galicia

 

Qué más urbano puede ser un corte de cabello que el que Carlo Galicia o el Kapu, de 43 años, realiza en un improvisado toldo frente a la salida de la estación Juárez del tren ligero en el llamado Parque Rojo de Guadalajara, ubicado entre las avenidas Vallarta y Federalismo, dos de las vías de tránsito más importantes de esta ciudad de occidente.

 

Llega ahí todos los días con un diablito de carga en el que transporta los tubos y lonas con los que arma su puesto: un par de sillas, tijeras, cepillos, máquinas de corte y dos letreros en los que se anuncia el costo de 50 pesos por cada trabajo. Tiene una bicicleta que utiliza para ir y volver de su casa al momento de la comida o para trayectos cortos durante el día.

 

La rutina empieza a las seis de la mañana después de haber llevado a sus dos hijos al escuela y puede terminar entre las diez de la noche y la una de la mañana, dependiendo de la cantidad de clientes que tenga, que en un día normal van de 6 a 10.

 

Como Carlo, algunos otros comerciantes han ido instalándose en el parque para ofrecer sus productos. Justo al lado está ‘El Honduras’, cuyo verdadero nombre es Osman pero que es conocido entre los comerciantes por su país de origen. Frente a ellos hay una mujer joven que vende dibujos enmarcados y hacia la calle Pedro Moreno se suman los vendedores de pulseras tejidas y de caucho, mochilas y morrales bordados, aguas frescas, fritangas, juguetes de madera, películas y libros.

 

Esta imagen de plazoleta o parque ocupada por tenderetes de comerciantes no es nada único, al contrario, es una fotografía constante a lo largo y ancho del país. De acuerdo con las estimaciones que hiciera el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el empleo informal en México alcanzó el 60% de la ocupación total de los mexicanos en el 2011. La cifra no ha variado mucho desde entonces.

 

Desde luego habría que decir que ese porcentaje no significa que los millones de mexicanos que representa vendan algún producto en plazas o parques, pues los empleos informales hacen referencia a actividades muy variadas. Se refieren a la producción de bienes y servicios que opera con los recursos de un hogar y sin distinguir entre la contabilidad de éste y el negocio; también a quienes no tienen registros contables básicos o cuya operación transcurre fuera de un marco normativo o ley, aunque no sean pequeños negocios sino empresas grandes; a comercios que no estén registrados ante Hacienda y por lo tanto no paguen impuestos; a unidades laborales que no garanticen prestaciones a sus empleados; e incluso al trabajo doméstico o redes familiares de apoyo pagadas.

 

En fin, no existe una definición única de la informalidad en la que hasta ahora hayan coincidido los expertos en el tema. Lo que sí existe de manera más o menos generalizada, y no sólo por los economistas sino también por amplios sectores de la sociedad, y sobre todo, los actores políticos, es una profunda visión estigmatizada sobre la actividad económica informal.

 

Según Guillermo Campos, de la Universidad de Puebla, la idea más o menos difundida de los trabajos informales se asienta principalmente en dos visiones: la legalista que la sitúa como una actividad ilegal y por lo tanto marginal; y la visión economicista, que si bien reconoce que la informalidad tiene origen en la incapacidad del sistema económico formal para garantizar oportunidades de empleo a todos, termina por calificarla como una actividad de supervivencia y por lo tanto para pobres.

 

Es decir, en el discurso social parece plausible hablar de la informalidad como la actividad que realizan los pobres o los evasores de impuestos. Es algo oscuro, que le quita posibilidades de desarrollo económico serio al país, improductivo e indeseable. Esta concepción se confirma en declaraciones y notas de diferentes organismos y medios de comunicación que la catalogan como “el lastre, la gran barrera o el cáncer de la economía de México.”

 

El fenómeno es desde luego mucho más heterogéneo y ocurre en distintos pisos de la realidad social, por lo tanto cualquier calificativo que intente ser único será erróneo por definición. Lo que es cierto es que las actividades económicas informales no ocurren en algún espacio aparte ni pueden separarse de manera tajante de las formales. Al final ambas sirven a un mismo mercado y en diversos momentos de las transacciones se ven entrecruzadas la una con la otra.

 

Lo preocupante del asunto sería, en todo caso, no que las personas que se emplean en este tipo de trabajos no paguen impuestos, (qué bueno que tienen una forma de conseguir sustento) sino la manera en que son percibidos como sujetos o como conjunto social. En lugar de ser concebidos como un grupo con potencial económico, se les concibe (y por lo tanto se regula al respecto) desde lo que se considera una falla social, es decir, que no sean formales ni paguen impuestos.

 

Aproximadamente 60% de los mexicanos económicamente activos que se ocupan en condiciones de informalidad generan cerca del 25% del Producto Interno Bruto nacional, según la Medición de la Economía Informal 2003-2012 que hiciera el Inegi con base en el año 2008. Es decir que de cada 100 pesos del PIB, 25 provienen de estas economías.

 

Mientras organismos internacionales como la Oficina Regional para América Latina y el Caribe de la Organización Internacional del Trabajo, o nacionales como el proyecto Crezcamos Juntos, anunciado por el presidente Enrique Peña Nieto en septiembre del 2014, siguen ideando estrategias para hacer que “los de allá se vengan para acá”, que transiten de la informalidad a la formalidad, los hijos pródigos de la economía mexicana no siempre acuden al llamado de “sí conviene ser formal” aunque se les perdone el pago de impuestos por un tiempo o se les intente enamorar con la idea de tener mayor acceso a créditos y préstamos.

 

Y ello está configurado en gran medida por condiciones que escapan a las respuestas únicas que a ratos intentan promover los distintos gobiernos.

El Kapu lo sabe. Antes de ser estilista fue militar de la fuerza aérea y perdió medio pie. Entonces lo quisieron dar de baja por “inutilidad” pero se resistió a que su cartilla dijera tal cosa porque sabía que tendría complicaciones para conseguir trabajo después, por ello se dio de baja de manera voluntaria y decidió estudiar en una prestigiosa academia de estilismo para dedicarse a cortar el cabello.

 

Aunque al principio de su negocio no fuera así, en este momento podría decidirse por rentar un local y evitar las revisiones del ayuntamiento, las reubicaciones que lo han traído y llevado desde la avenida ocho de julio, al ex convento del Carmen y ahora al parque rojo, y la recurrente acusación de ser homosexual sólo porque corta el cabello. Pero no quiere. Su explicación en parte tiene que ver con el hecho de haber trabajado para la institución formal por excelencia y encontrar mayor trascendencia en ocupar todos los días un parque, junto con otros, para realizar una actividad que le gusta y hablar con personas distintas todo el tiempo.

 

Dice que el gobierno rara vez sabe a quién hostiga y que usualmente por dedicarse al comercio informal se les piensa incultos y pobres, aunque entre ellos hay muchas personas que han optado por esa forma de vida de manera totalmente consciente y convencida y que, además, tendrían la opción de dedicarse a actividades ilícitas pero no lo hacen, en cambio deciden organizarse para pedir, cada que alguna autoridad los molesta, que no los obligan a retirarse.

 

El Kapu y sus compañeros de parque han organizado un grupo. Ser informales, dice, no tiene por qué ser sinónimo de irresponsable, por el  contrario, se adquieren otros compromisos. Entre ellos está llegar antes de las diez de la mañana para la repartición de los lugares, quien no llega antes de esa hora tiene que pagar 50 pesos de multa que después utilizan para imprimir volantes o para rentar toldos y dar clases gratuitas o llevar grupos musicales que hagan más atractiva la plaza y propicien la circulación de los clientes.

 

Kapu es de los que se ha ofrecido a dar clases gratuitas de estilismo ahí en el parque, mientras trabaja, a las que usualmente asisten mujeres de todas las edades. También tiene ciertas horas de la mañana destinadas a cortar el cabello de indigentes e inmigrantes de forma gratuita y voluntaria. Ésa es, dice, su forma de pagar impuestos. Más que el pago, lo que representa es su concepción de lo que es el impuesto: una aportación en beneficio no de otro sino de todos. Los mendigos y migrantes son parte de la sociedad aunque la sociedad no quiera verlos. Y él decide pagar, no con dinero que no tiene, sino con tiempo.

 

Al parecer algo similar ocurre, aunque no podríamos decir que de manera consciente o inconsciente, con el resto de sus compañeros. De alguna forma la presencia de los comerciantes en ese parque, característico como algunos otros de los primeros cuadros de la ciudad por sus altos índices de delincuencia, ha ido transformándose.

 

Ahora están los comerciantes hasta altas horas de la noche y por lo tanto los pasillos no están solos y sí más iluminados. Los pactos que han ido estableciendo con los indigentes y quienes deambulan constantemente por ahí, consistentes en, por ejemplo, cortarles el cabello de manera gratuita cada que lo necesitan, han hecho que esos grupos se conviertan en nuevos vigilantes del parque y ubiquen la presencia de moto ladrones o personas ajenas a la dinámica diaria del lugar.

 

Esta actividad informal terminó, debido a una de sus características principales que es carecer de un espacio propio, ocupando un espacio público al que les conviene vigilar y cuidar porque de ello depende que tengan un sitio para trabajar. El espacio público es de quien lo ocupa y le asigna un valor, y ellos definitivamente ya lo han hecho.

 

No es sencillo el entramado económico en que se insertan este tipo de actividades. Por un lado es abiertamente sabido que los micronegocios son los grandes empleadores del país. Incluso que en esas pequeñas unidades económicas hay una mayor equidad en términos como el género o la edad de quienes laboran en ellas.

 

Sabemos que una de las funciones principales del gobierno es la recaudación de impuestos de la que dependen administraciones completas, pero también es palpable el desprestigio social y desconfianza que en este momento lacera a las instituciones políticas y lleva a los comerciantes informales a preguntar lo que quizá a muchos ronda en la cabeza: “los dirigentes políticos se preocupan porque no pagamos impuestos y nosotros porque nos los roban ¿en dónde está, entonces, la informalidad?, más bien la suya es demencia y la nuestra manifestación”, dice Kapu.

 

Todo este entramado económico ha ido complicándose desde las últimas décadas del siglo pasado en que países como el nuestro adoptaron de forma casi generalizada políticas neoliberales, entre cuyas consecuencias está el adelgazamiento laboral y la pérdida de prestaciones sociales que antes estaban vinculadas al trabajo formal. Hoy, aunque se trabaje en una empresa, igual se puede estar subcontratado o bajo algún esquema que, de todas maneras, impida recibir derechos como el servicio de salud y los fondos de ahorro para el retiro.

 

Las carencias de las prestaciones laborales que antes caracterizaban a los empleos formales, los han equiparado con la realidad de los millones que trabajan en la informalidad, en temas como las jornadas de trabajo, los bajos sueldos y la ausencia de prestaciones sociales. Ello ha originado una nueva reconfiguración de ambos bloques de trabajo. De alguna forma el bienestar se convirtió en una apuesta personal y no social, en la que cada quien busca sus propios medios para procurarse lo necesario.

 

Este elemento globalizador es algo que tiene muy presente El Kapu. Tiene sentido la constante invitación del gobierno para que los comerciantes formalicen su negocio; tiene sentido que todos deban pagar impuestos; tiene sentido que cada vez sean menos los requisitos que intentan ser el anzuelo para convencer a más y más personas de iniciar actividades hacendarias, lo que definitivamente no tiene sentido es generar todas las condiciones para que una mujer que vende abarrotes en la cochera de su casa se convierta en Mini Súper y adquiera un permiso municipal, si a los dos meses van a poner a la vuelta de su casa un supermercado trasnacional que le va a mermar los clientes y las posibilidades de venta.

Ahí está el meollo. Mientras se observe a la informalidad como un problema o fenómeno fragmentado, como ocurre en prácticamente cualquier otro fenómeno social, difícilmente podrán ofrecerse soluciones integrales. El asunto no consiste solamente en que los informales se vuelvan formales para que la economía fluya y todos estemos del lado de los buenos hijos ordenados, falta también revisar el uso de esos recursos, combatir de forma seria la corrupción y la impunidad, vigilar con compromiso la transparencia, no sólo formalizar los empleos que existen sino generar también nuevos, y fortalecer la economía interna. Son demasiadas cosas, claro, pero la intención es hacer evidente que en medio de la vorágine económica, señalar a un sector de la población como uno de los principales culpables, no es más que un síntoma de ceguera crónica.

 

En la utopía del Kapu [calificada así por él mismo], podrían incluso crearse bancos de tiempo, formas de retribución que no fueran estrictamente monetarias aunque sí económicas [porque las horas de trabajo tienen su costo] para que algunos de los comerciantes informales tuvieran formas de contribuir. De algún modo ya lo hacen, en la ocupación de espacios, en la creación de colectivos y en el fomento muchas veces del comercio local. Faltaría, en todo caso, que esas posibilidades sean reconocidas como parte del flujo económico, más allá de formal o informal, real.

 

Es decir, que se observe la potencialidad de esos sectores que sí son económicos, que no existen completamente fuera de dinámica del mercado, que hacen circular activos, que generan una cantidad que no es menor en el Producto Interno Bruto y que, además, ocupan a millones de mexicanos todos los días.

 

El problema estaría situado entonces en la forma en que se les ve, en continuar forzando el discurso de que el informal debe formalizar su actividad económica en lugar de plantearse la posibilidad de cuestionar modelos unidireccionales, porque la informalidad no sólo refleja cierto modelo económico, a través de ella podemos observar también formas de relación entre gobernantes y gobernados, uso de espacios públicos, y relaciones entre ciudadanos. Cuestionar a la formalidad es cuestionar otros discursos institucionales, y de la confrontación no siempre surge algo malo.

 

¿No será la informalidad, como dice El Kapu, una puerta de acceso a otras formas de relación y de subsistencia? ¿Un síntoma que debería llevarnos a cuestionar el camino andado? ¿Una posibilidad de revalorar los posicionamientos y búsquedas personales? Lo dice Carlo en palabras que de tan claras suenan extrañas: “La formalidad no es buena ni mala, simplemente es formal, pero también la informalidad existe, aunque no la quieran aceptar. Quién sabe, a lo mejor es la informalidad la que va a rescatar a este país.”

 

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