CRÓNICA

Vivos y locos en la capital del rap

 

En palabras del rapero, “la vida es el barrio, si no peleas por tu barrio pierdes la vida”. De pleitos,
drogas y música grupera nos habló este incansable proveedor de rimas.

Por JAVIER ANGULO /

Fotografía: HÉCTOR GUERRERO y JAIME MONTES

Una opción para llegar a la colonia Pinar de Las Palomas en Tonalá es tomar el Tren Ligero y bajar en la última estación, Tetlán. Después hay que abordar la ruta 612, un camión que se traga el polvo de las calles sin pavimentar que componen el trayecto hacia la Bodega Aurrerá Coyula, la última parada. Es aquí donde nos encuentra el Tren Lokote. Viene en su bicicleta, una BMX chaparra que hace juego con el estilo cholo: pelón, tatuado, con lentes oscuros y camiseta de talla extra grande. En el barrio es un habitante más, uno que al igual que sus vecinos compra caguamas en la tiendita y come tortas ahogadas con El Parna. La gente lo ve pasar como quien ve al vendedor de tejuinos, a los niños que juegan en la calle o al que atiende la ferretería, y lo más probable es que nadie se imagina que semanas atrás, alguien se desmayó en Zamora, Michoacán al no poder creer que lo tenía enfrente.

 

El Tren Lokote ya conoce el privilegio de vivir de lo que le apasiona. Sin abandonar totalmente el underground (después de todo, la condición de subterráneo siempre tiene peso en el hip hop) su nombre se cuenta entre los que han puesto a Guadalajara en el mapa de las ciudades que actualmente exportan rap a nivel nacional, y a veces, gracias a la magia de Internet, hasta a otros países. “En Argentina hay personas que se han tatuado mi nombre, un saludo para esos cabrones. Son bandita que me sigue bien machín, me lo demuestran, me mandan videos de ellos fumando mota y escuchando mis canciones.”

 

Escenarios de Puebla, Michoacán, Distrito Federal, Guanajuato, Querétaro y varios municipios de Jalisco han sido conquistados por las rimas violentas y el estilo tumbado de este singular MC.

 

Ganador por cuatro años consecutivos en batallas de freestyle, llegó a protagonizar un evento llamado “Quién contra el Tren”, en el que se ofrecía un premio de mil pesos al valiente que lograra derrotarlo en una competencia de improvisación. Lleva dos discos editados -Guerras sin fronteras (2008) y Negocios sucios (2010)-, uno inédito que pronto saldrá a las calles bajo el nombre de Mariwann Lokote (2015), y otro más que está en proceso de grabación. A la par colabora con otros raperos, sale en videos hechos por Aztlann, maneja su propio sello discográfico llamado Arsenal Producciones, y además es patrocinado por marcas como Joker Brand. Por si fuera poco, pinta cuadros al óleo que expone en galerías de la localidad y hace dibujos cholos a lápiz que planea convertir más adelante en una baraja. Pero toda esta actividad estuvo a punto de ser tan solo el sueño de un pandillero que casi pierde la vida en las guerras mafiosas de Tonalá.

 

Desde que nació en 1986, Juan Fidel ha vivido en los barrios que se ubican donde termina Guadalajara y comienza el famoso municipio de los artesanos. Fue con los sureños, a mediados de los noventas, con quienes tuvo su primer contacto con la vida chola, de la misma forma en que generalmente hacen los morros que empiezan a llevarse con las clicas: “yo veía riñas, o en dado caso veíamos a los enemigos, íbamos y avisábamos que ahí venían aquellos 'weyes', servíamos como antenas, o íbamos por las chelas y por los chescos”, recuerda. En esos años el hip hop a nivel internacional vivía un auge del cual salieron figuras como Dr. Dre, Snoop Dogg y Cypress Hill, para extender una influencia en la música que perdura hasta el día de hoy. Eran los artistas con los que Juan Fidel empezaba a interesarse en el género. “Estaba entrando mucho el rap de allá, del gabacho y yo los empecé a escuchar. Sí fueron influencia, pero mi mayor influencia de morro fue Molotov y Control Machete, también Kinto Sol, fue donde comencé a ver qué pedo con el rap.”

 

Con el tiempo vinieron los cambios de domicilio, y con estos una presencia cada vez más fuerte de la violencia pandillera en su vida cotidiana. El Tren pasó por El Zalate y luego por Oblatos, donde empezó a cotorrear con los cholos de la zona y a probar su destreza en la danza milenaria de las peleas a puño limpio. Ya entrada la primera década del nuevo siglo, la colonia Jalisco fue el escenario de las fuertes experiencias que hoy se reflejan en líricas de canciones que llevan cientos de miles de reproducciones en Youtube. “Ahí fue donde más viví la violencia”, recuerda. “Hubo un tiempo que diario nos agarrábamos con los contras. Diario, diario. Los leyes ya nos traían en salsa, nos apedreábamos con ellos y bajábamos a dos o tres 'weyes' que llevaban en la patrulla.” Y entre pleitos, balazos, drogas y cotorreos al lado de su clica, un rapero naciente comenzaba a pulir una habilidad muy particular para la rima. Hoy a la distancia de los años, canciones como “Enemies” quedan plasmadas como un desahogo en contra de las personas que llegaron a hacerle daño, como la vez que lo agarraron entre diez o quince cholos y le propinaron una severa paliza a él solo, una que por poco y no la cuenta. “Estuvo cruel pero es lo que vas viviendo, lo que te hace duro, lo que te hace ser quien eres y no rajarte así sean dos o tres changos, o un monote más grandote, no hay pedo que me trompees pero la neta no me voy a dejar y hasta donde pueda te voy a dar.”

 

Las guerras entre colonias son para defender el territorio. No cualquiera puede llegar a hacer lo que se le antoje en una zona que está protegida por quienes viven en ella. “Es como si agarras a alguien robando en tu colonia”, ejemplifica. “Tú defiendes tu barrio porque es donde estás, siempre es tu muralla, no falta quien llega y quiere guerra, y se le da guerra. Ese es el lema, matas o mueres. Si tienes un 'wey' delante con una pistola y no lo matas primero, él te va a matar a ti. Es tu vida y la vida es el barrio, si no peleas por el barrio pierdes la vida.”

“Yo solo soy un cabrón locochón que hace música y a la banda le gusta, eso es todo”

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En las colonias es común que la gente se apropie de ciertos espacios donde es posible drogarse sin meterse en problemas, a veces una casa abandonada, a veces un parque. En algún lugar del Pinar de las Palomas hay un terreno cubierto de maleza que esconde una pequeña guarida improvisada con cobijas y bolsas de plástico a manera de techo. Dentro, un sillón gastado invita a ponerse cómodo a quien quiera pasar un rato fuera del alcance de miradas inquisidoras. Dentro, el Tren Lokote y sus amigos encienden un churro de mota forjado en papel blunt, gordo como un habano. A sus pies descansan los restos de las loqueras que otra gente se dio en esa madriguera. Por las constantes referencias a la marihuana en sus canciones, uno pensaría que este rapero es de los que se pronuncian a favor de la legalización, sin embargo ese no es un tema que le quite el sueño. “Legal, no legal, yo la sigo consumiendo. No me interesan esos lugares donde se permite fumar mota, no los necesito, uno se mantiene grifo donde quiere y cuando quiere.”

 

Uno de sus videos más recientes, que sobrepasa el millón de vistas en Youtube, se llama “El ambiente huele a mota.” La letra de esa canción describe el tipo de hierba que pasa por sus pulmones como parte de su vida cotidiana: bajada del monte, verde y pegajosa. “Por lo regular siempre me arriman mota muy buena cuando llego a otros estados, y sí les reconozco que me han arrimado puro veneno, puro cianuro, a veces un poco de hidro, cronic; así nos ponemos a gusto”, comenta. Y por si queda alguna duda acerca de su vocación, una rima de “Amor cholero” refiere la vez que el papá de su novia le preguntó en qué trabaja: “yo le dije soy rapero y marihuano.”

 

La primera canción que grabó el Tren Lokote fue concebida a finales de 2008 en un modesto cyber de la colonia Jalisco, cuando alternaba su afición por el hip hop con una rutina inmersa en la delincuencia y el consumo de drogas duras. Decepcionado por la calidad de la grabación, consiguió que alguien lo conectara con un estudio profesional para producir su primer disco y sacarlo a la calle. Todo pudo haber quedado ahí, de no haber sido por una de esas extrañas coincidencias que tienden a ser interpretadas como señales: vio pasar una camioneta con una de sus canciones retumbando en el estéreo a todo volumen. A la gente comenzaba a gustarle la música que estaba haciendo este loco. Juan Fidel entendió que era tiempo de echarle todos los kilos a su proyecto. “Yo decía, si quiero hacer algo tengo que dejar el toncho y las pastillas y todo eso, ya lo superé, de vez en cuando sí me doy unos viajes de salvia divinorum. Ahorita consumo puro natural”. Un par de años después llegó Paulina a su vida, quien actualmente lleva la parte de relaciones públicas del artista. Con ella tuvo un hijo y se mudaron a la colonia Pinar de las Palomas, donde el Tren Lokote obtiene la tranquilidad necesaria para enfocarse en esa constante superación que le ha llevado a consolidarse como rapero. “Me está yendo más chido que andar en el barrio buscando la muerte. Acá tengo mi familia y mi idea ya no es estar ajerando a Juan y a Pedro, no faltan las broncas y tiros que te tienes que dar pero ya no es lo mismo que antes”, afirma.

“Desde morro con mi porro, perro callejero, locote desde cachorro”

Como padre de familia, el Tren se da el tiempo de pasear los fines de semana por la ciudad. Toman la ruta 612 desde su barrio en Tonalá hasta llegar a San Juan de Dios. Comen en algún bufet de comida china, de esos que en el Centro de Guadalajara se cuentan por decenas. Visitan a los compas de Aztlán en la avenida Hidalgo, y a la banda de Joker Brand en Revolución. Y cuando no hay tiempo de recorrer largas distancias, mínimo se comen unos tacos con doña Lencha".

 

“Guanatos es mi ciudad y aquí me quedo”, dice. “Tal vez cambie de domicilio pero no cambio de ciudad ni de estado, viva Jalisco, viva Guadalajara. Conozco muchos estados a lo largo de la república, muy hermosos con gente muy chida pero yo me quedo en Guanatos, me muero en Guanatos y quiero que me entierren aquí.”

 

El Tren Lokote está convencido de que vive en la capital del hip hop en México, y basta ver la enorme cantidad de videos dirigidos por Jonatan Venegas para entender que en efecto, esta ciudad puede presumir de una actividad rapera que no se da en cualquier lugar. Pero eso no es lo único que le gusta de Guadalajara. “Su ambiente, su raza, sus tradiciones son de raíces carnal, todo me encanta de aquí, aparte que saben que tenemos a las viejas más bellas”, comenta. Para él, la evolución es algo que tiene que ocurrir, y en sus 28 años de vida ha visto cambios tanto en las tradiciones como en el aspecto de los edificios que van apareciendo en la urbe. Le gustaría que la situación en general cambiara para bien, pero lo cierto es que hay que atenerse a como vengan los tiempos. “Todo lo que vives se vive en la comunidad, las cosas malas que no se pueden evitar, ahora Guadalajara es más violento pero también es más bello.”

 

Y así de pelón y tatuado, no parecería que este rapero también disfruta de escuchar a los grupos románticos del ayer, como Los Yonics y Los Freddys, además del mariachi y la música grupera. Tal vez por ese arraigo en las raíces mexicanas se ha ganado el gusto de cholos veteranos que por lo general asisten a sus presentaciones. Y es que con esos videos en los que aparece portando armas y usando drogas, ha ocasionado que a muchos niños les prohíban escuchar su música. Pero hay otros a quienes incluso sus papás los llevan a verlo en vivo, a tomarse fotos con él y recibir su autógrafo.

 

“El Tren que es ahorita no es el Tren al cien por ciento, falta mucho para que el Tren llegue a lo que quiere ser”, asegura. “Tal vez mi rap sea estilo 'west coast', sea tumbado, pero lleva una estructura. Ahora me gusta más, hablo de diferentes temas, mi rima es más directa. Ha crecido mi rap pero yo espero que crezca mucho más.” Es cierto que no fue el primer rapero en hablar de la vida callejera, ni será el último. Este género musical está plagado de exponentes que alardean de ser los más reales, los más peligrosos. Pero aquí se cuecen aparte los que hacen de su personalidad y su habilidad para la rima todo un concepto. El Tren Lokote da la impresión de estar consciente de la forma en que proyecta a su personaje, pero también es evidente que se le da con una naturalidad pasmosa, obtenida tras años de haber asimilado el rap como una filosofía de vida. La manera de impostar la voz y disparar rimas como ametralladora terminan por delinear su propuesta, y luego resulta que su propuesta es él mismo.

 

Su hijo tiene apenas tres años y ya se sabe algunas de sus canciones. El Tren dice que es la mitad de su alma. Y a pesar de que no le gustaría que de su hogar saliera otro rapero tatuado, acepta que ese es el ejemplo que como padre le está dando. “Yo siento que ese morro va a ser igual que yo aunque no lo quisiera, pero lo que sea, bienvenido. Yo lo voy a apoyar en lo que él quiera hacer.”

 

El éxito, dice, ya lo conoce desde antes de hacer rap. Es tener una familia a su lado, es tener amigos que más que amigos son carnales, y que algunos de ellos fueron sus fans antes de tomar caguamas con él. Es continuar firme haciendo lo que más le gusta y no doblegarse ante el sufrimiento y las dificultades que se presentan. El Tren Lokote dice que ojalá todos los dolores fueran como cuando el Abuelo, uno de los tatuadores más notables en Tonalá, le traza la cara indeleble de un pitbull en la mano.

 

“Tienes que sufrir para conocer la felicidad, tienes que perrearla para conocer la riqueza. Si naces en un mundo de riqueza no la vas a conocer porque ya vives ahí, tienes que conocer la pobreza y así vas a ver las cosas muy diferentes.”

“Cada quien decide su destino, yo decidí ser cholo”

“Guadalajara for life”

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