FUGAS

El relato de la televisión

La televisión enmarca, cataloga y otorga un punto de vista, pero no engaña.

Por ADRIEN CHARLOIS ALLENDE* / Fotografía: MICHELLE VÁZQUEZ

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Pareciera, y el sentido común lo suele proclamar constantemente, que la televisión confunde, engaña o desvirtúa el mundo que nos rodea. Los intereses que conjuga, los formatos de los que hace uso y los sentimientos a los que apela, así lo hacen parecer. Sin embargo, pocos se detienen a pensar que eso que parece ser una voluntad de engaño, no es sino una forma de narrarnos el mundo en el que todos participamos.

Y es que la televisión no es otra cosa que un eterno narrador; 24 horas ininterrumpidas de un relato que conforma la realidad cotidiana de, todavía, una gran parte de la población compuesto por telenovelas, informativos, docudramas, seriales, infomerciales, documentales, filmes, etcétera.

 

Es por ello que la hibridación constante es su modo de ser. La televisión no cuenta todo porque no puede, porque no quiere, y quizá en ello está el centro de la relación entre el medio y el concepto de trampa. La televisión enmarca, cataloga y otorga un punto de vista, pero no engaña, el que engaña es el espectador, quien cree que su realidad y la de la pantalla son la misma y cuya educación audiovisual se dio en el acto cotidiano del visionado, sin restricciones y sin guía. El que engaña, se engaña, es el que equipara industria del entretenimiento y tecnología, que cree que no hay otra televisión que la que hay, porque sólo esa puede haber.

 

Pero tampoco se puede ser ingenuo, la tecnología televisiva no es nada si no es por la industria que la respalda, que le da sentido en cada acto de programación. Esa industria tiene intereses, tiene relaciones, somete; es un poder. Para tener la posibilidad de ello, la industria sí hace trampa. Selecciona contenidos que le proveen éxito económico. Y es así porque los 60 años de historia del medio en nuestro país han sido los de la constitución de un ente controlable. Entre etapas de monopolio y momentos (fugaces) de competencia, la industria televisiva ha sido leal a otros poderes, principalmente políticos y económicos.

 

Es por ello que la industria y la gente que la conforma, juegan con la tecnología a través de retruécanos narrativos, formatos alterados, artificios sentimentalistas, para lograr que la realidad que crea el medio sea menos parecida a la que viven sus audiencias. La distancia entre los dos mundos, el de la pantalla y el palpable, es el espacio para variables tan disímbolas como la esperanza y la desolación, la alegría y la tristeza, la seriedad y lo campechano.

 

La única manera de no seguir pensando a la televisión como una trampa es revelando que no es el único mundo narrado que existe. Hay otras múltiples formas de relatar lo que sucede: el texto escrito, la pantalla digital, el museo, la arquitectura, el entramado urbano. La televisión es un medio, y como tal se debe concebir. El trabajo de las audiencias es el de entender que la relación con la televisión no es natural, automática ni esencial. Es una relación socialmente construida que puede ser modificada. Y es justo ahí en donde está el acto de rebeldía, porque la propuesta de la industria es la contraria, su engaño consiste en hacer creer que sólo así puede ser. La trampa está en nosotros, en la relación que establecemos, no con el medio, sino con lo que lo sustenta.

 

 

*Adrien es investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social, Universidad de Guadalajara.

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