ASTROLABIO

El quehacer de la casa

Porque no genera la misma reacción decir que eres médico neurólogo, asociado junior en banca de inversión, o músico de jazz, que decir que te dedicas a las labores domésticas

Por LUIS MORENORRUIZ /

Ilustración: MARTA RIVAS

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Desde hace un tiempo, poco más de un año, él se reconoce como amo de casa. Si bien, tiene un trabajo remunerado, éste lo realiza desde una computadora conectada a internet, por lo que no debe salir a oficina, taller o establecimiento alguno. Así que la mayor parte del tiempo está en su casa. Además, no requiere ocho horas diarias y, siendo sinceros, la paga por esos trabajos de redacción/corrección es casi nada. Así que al momento de definir su estatus laboral, concluye sinceramente que es amo de casa. Las razones por las que llegó a serlo no revelan una crisis de desempleo, ni una historia de fracaso, menos un experimento social o de roles sociales, de ésos que abundan en la actualidad; fue una decisión que tomaron él y su mujer. Se tenían que repartir las actividades de sustento y convivencia. Así que ahora, el quehacer del hogar es lo suyo. En cierta manera, eso lo define. Aunque en una ocasión, un par de policías federales que realizaban una especie de retén en la salida a Nogales, le preguntaron a qué se dedicaba y él contestó que era corrector de estilo en un periódico regional. Cuando terminó la revisión, volvió a su auto y durante todo el trayecto a su destino se preguntó por qué no dijo: “soy amo de casa” o “me dedico a las labores domésticas”.

 

Y es que para la mayoría de la población, el término amo de casa no existe o contiene una carga negativa doble, por lo que no provoca la misma reacción que cuando se dice que se es médico neurólogo, asociado junior en banca de inversión, o músico de jazz. De hecho, el quehacer de la propia casa no se considera un empleo, un trabajo; tal vez porque no se paga, tal vez porque es algo tan invisible para la sociedad, encantada con las apariencias, que no se toma en cuenta. Y es aquí donde deberíamos detenernos, justo cuando aparecen cuestiones de roles, de género, de estructuras económicas, de tradiciones, de lo público y lo privado, de capitalismo. Deberíamos, pero no lo haremos.

 

El quehacer de la casa es la rifa del tigre, el lobo con piel de oveja; algunos textos y estudios lo catalogan como la esclavitud con rostro de amor, el patriarcado del salario y demás conceptos aterradores. Quedarse en la comodidad de la casa, sin horarios de entrada y salida, sin jefes incompetentes, sin piedras en el camino, sin invasión al espacio personal, puede ser atractivo, pero también fatal. Limpiar unos cuantos muebles, unos cuantos platos, echar ropa a la lavadora, dejar el piso limpio. Poner todo en su lugar. No se toma como un trabajo intelectual, tampoco como un trabajo físico arduo. Eso es fácil y se hace en unos minutos. Eso creemos o queremos creer, aunque sabemos que no es cierto: los minutos se vuelven horas, y los trastes sucios nunca acaban. Si agregamos niños como número exponencial, las actividades se incrementan: bañar, vestir, cambiar, llevar a la escuela, traer de la escuela, ayudar con las tareas escolares. Al final del día, hay cansancio y estrés, y se sabe que el día siguiente vendrá con lo mismo, pero no llegará quincena alguna. Con el tiempo, nuestro amo de casa ha creado la idea de que el paradigma del déja vu es esto. Todos los días, cada día. Lavar trastes, tender camas, hacer la comida, barrer, trapear, quitar el polvo, lavar ropa, tenderla, una y otra vez, en el mismo lugar donde se suele dormir, comer, descansar, refugiarse, hacer el amor. De nuevo: el quehacer de la casa es la rifa del tigre.

 

Aunado a esta situación, se encuentra la cuestión de la creación artística. El quehacer de la casa no lo permite. Hasta ahora, la única persona que ha ganado un Nobel y que se ha definido como ama de casa es la canadiense Alice Munro. En entrevistas, antes y después del premio, ha dicho que ella escribía en el tiempo en que sus hijas tomaban una siesta. El amo de casa, esperanzado por los dichos de Munro, recuerda también un texto de Bukowski o un cuento suyo o una entrevista, no sabe bien, donde habla del impulso creador y dice que uno puede crear aunque esté desempleado, se mantenga con la beneficencia gubernamental y tenga que cuidar a tres niños. Así que el amo de casa, que se supone escribe ficción, toma estas ideas, las repasa varias veces, aunque sepa que no es cierto, al menos, por el momento. El quehacer de la casa es tan complicado, para nuestro personaje (que desde el principio sabemos quién es), que el amo de casa no cumple cabalmente con su papel. Se puede decir que no está a la altura. Quizás si no se dedicara a otra cosa, o no aspirara a otra cosa, cumpliría, estaría a la altura, sería Vishnú el Mantendedor con uniforme negro y delantal blanco.

 

Al leer el texto “Las chachas del Boom Latinoamericano”, el amo de casa se da cuenta de la importancia del quehacer doméstico en la cotidianidad de los demás y la incompatibilidad entre ambas actividades. En el texto de Noemí López Trujillo, Vargas Llosa, García Márquez y Donoso aparecen como escritores egocéntricos –y machistas– que creen merecer todas las atenciones que reciben sólo por el hecho de ser escritores. Son capaces de escribir Cien años de Soledad o El obsceno pájaro de la noche, pero no pueden doblar ropa, o hacer maletas, ni siquiera lavar la taza donde tomaron su café matutino. O tal vez sí pueden, pero no tienen tiempo para eso, porque el quehacer de la casa siempre quedará subordinado. Pero sucede no sólo con escritores buenos o famosos, también sucede con arquitectos buenos, abogadas famosas, banqueros buenos y famosos y profesoras malas y desconocidas. El problema es la poca importancia que se le da a la labor, no quién la desdeña.

 

El quehacer de la casa pesa lo mismo que cualquier actividad laboral, satisface y envilece tanto como cualquier otra actividad laboral, y lo peor, no permite dedicarse a otra labor, como cualquier actividad laboral. El problema es que, al ser invisible y personal, socialmente no está reconocida. La sociedad no mira lo que forma parte de su esencia. Por eso no remunera ni agradece. Por eso, si vuelven a preguntarle al amo de casa a qué se dedica, seguirá diciendo “corrector de estilo en un periódico regional”. Podría suceder que si dice “amo de casa”, bajen a toda su familia y revisen todo el auto, centímetro a centímetro. Ser amo de casa, aún en la triunfadora sociedad del glorioso siglo XXI, es sospechoso.

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