ASTROLABIO

El primero de los conocimientos

El hambre puede funcionar como metáfora de conceptos poco mundanos, pero nada se compara al hueco en el estómago que taladra a su vez el cerebro, la existencia entera de quien la sufre

Por LUIS MORENO /

Ilustración: MARIANNA MADRIZ

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Quédate dos días sin comer

y veras qué hermosa es la vida:

carne, frijoles, pan.

 

Jaime Sabines

Puede que el hambre sea camaleón y pretenda parecer algo más, pero nunca podrá negar que en el fondo es un reptil. Y un reptil voraz, venenoso. El hambre, no el apetito, es un jinete apocalíptico en un grabado de Durero; es la bandera de promesa gubernamental, productora de votos al por mayor; es la tortura necesaria para que el inocente se declare culpable; es la razón por la que Jean Valjean pasa casi 20 años en la cárcel. El hambre es destructora de hogares, de sociedades, de civilizaciones. El hambre hizo que Esaú cediera su primogenitura a su hermano Jacob. El hambre movió a la composición de Restaurant, de Los Tres. El hambre es la llave para abrir ciudades que han resistido el asedio por meses. El hambre sirvió como motor para que un campesino japonés desafiara y venciera a un invicto maestro de espadas ganando así una gran recompensa. El hambre es carencia y deseo, así, juntos.

 

El hambre es usada por Kafka en Un artista del hambre como una metáfora de la obra artística vista por el artista que la crea. El protagonista del relato, publicado en 1924, se empeña tanto en el hecho artístico, pasar días sin probar bocado, que para él son pocos los 40 días que dura su acto, aunque este tiempo signifique el récord tradicional cristiano del ayuno. Incluso, hace todo lo posible por hacer evidente su inconformidad cuando, entre espectadores admirados, fanfarrias y toda una ceremonia festiva, lo hacen salir de su jaula, luego de cumplir su hazaña. Poco a poco, su acto deja de ser interesante al público, por lo que decide ser contratado por un circo, donde el artista lleva su acto hasta el límite de lo posible y muere, pero aún así, el mundo es indiferente a su obra. Al parecer, los hombres no valoran el hecho de someter y controlar el hambre, sino el de acabar con ella; por eso la pantera que el dueño del circo pone en la jaula que ocupaba el artista muerto tiene mucha concurrencia. El miedo al hambre provoca admiración hacia la voracidad animal. Hambre y arte.

 

Si la historia literaria le hiciera justicia a Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver no sería la tonta historia de enanos y gigantes que se les cuenta a los niños y Una modesta propuesta sería una obra paradigmática de sátira política por todos conocida. Y es que el nivel de ironía y sarcasmo en la obra es tal, que no todos sus lectores contemporáneos entendieron el texto cabalmente. En Una modesta propuesta, publicado en 1729, el escritor irlandés hace una irónica crítica a la situación económica que se vivía, y mediante una atrevida maniobra, propone acabar con el hambre, la miseria y el exceso de pobres en el país. La solución: que los campesinos que no pueden mantener a su familia vendan a sus hijos a los ricos terratenientes para que éstos se los coman. Los nuevos criadores del nuevo ganado ganarían dinero suficiente para vivir y engordar niños para luego venderlos a buen precio, y los terratenientes tendrían comida fresca todos los días. El hambre, el azote de siglos, acabaría en sólo unos años.

 

Quien haya visto la película El Vagabundo, protagonizada por Tin Tan, seguro recuerda dos escenas precisas: la primera es la del personaje principal contemplando un taco, mirándolo, observándolo casi con devoción religiosa; lo lleva a la boca, pero no se atreve a dar el mordisco; lo huele, lo vuelve a contemplar sin decidirse a engullirlo. Al final, se lo da a un pequeño vagabundo que lleva tiempo a su lado, mirando también el bocado y el hambre sigue haciendo de las suyas en el interior y en la cabeza del pachuco vestido de peladito. La segunda escena es la que sucede a la pelea de comida que provoca el mismo protagonista. Luego de parapetarse en un rincón del restaurante, toma entre sus manos un pollo y le da un mordisco. Sus ojos se ponen en blanco, sus pupilas desaparecen; la cámara sigue el camino del bocado: boca, tráquea, esófago, estómago. Al caer el ansiado y necesario alimento en el interior del vagabundo, se escuchan campanas echadas al vuelo. El hambre termina y el protagonista vuelve a ver la vida con ojos de hombre agradecido y hasta con tendencias a las reflexiones moralistas de la época. Ésa es el hambre que la mayoría conoce, pero que pocos experimentan; que la mayoría se imagina, pero que nadie, excepto los ascetas, se atreven a buscar, a mirarla a los ojos, a sentir sus dientes en el vientre, en la cabeza, en todo el cuerpo. Miguel Hernández lo sabía y lo dijo:

 

El hambre es el primero de los conocimientos:

tener hambre es la cosa primera que se aprende.

Y la ferocidad de nuestros sentimientos,

allá donde el estómago se origina, se enciende.

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