CRÓNICA

El porno aventurero vive
en las salas independientes
de Guadalajara

 

Ni el caudaloso río de géneros pornográficos que trajo la web ha matado las ganas
que tiene la gente de ver cosas en lo oscurito.

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Los jóvenes no están aquí. El interminable catálogo de culos y tetas que es internet mató la necesidad de conseguir pornografía en la calle. Si acaso, forman colectivos y organizan muestras de cine erótico, porque entre jóvenes puede más la moda que el morbo, y lo de hoy es hacer versiones políticamente correctas de todo. Los viejos, en cambio, ellos sí que están aquí. Tres, cuatro, a veces diez, pero viejos todos. Porque para ellos, ver pornografía todavía significa portarse mal, es algo que se lleva a cabo fuera del alcance de las buenas conciencias, en una sala tan oscura como la del cine Greta Garbo, ubicado en la calle Pino Suárez casi esquina con San Felipe. El centro de Guadalajara contiene un puñado de salas independientes como esta, las cuales de ninguna manera buscan competir con los complejos que proyectan la última de Pixar en 3D. Lo suyo es mantenerse en pie gracias a una generación que se acostumbró a tomar riesgos cuando de ver películas porno se trataba.

 

Ni siquiera la broma que el destino aplicó a la famosa actriz sueca habría puesto fin al mote de “la mujer que no ríe”. Hoy su nombre, escrito en letras amarillas, decora la entrada de un cine que se antoja tan decadente como el final de la película que proyecta en su interior, un orgasmo masculino en cámara lenta como para aplazar la sensación que probablemente tuvo el actor después de liberarlo. Hay que pagar treinta pesos en una taquilla deslucida para sentarse en esta sala y ver el viejo porno amateur que aparece en pantalla, mientras en el fondo los encargados de manejar el proyector hablan a sus anchas de cualquier otra cosa. En el lobby se ofrecen cacahuates garapiñados y papitas que nadie se atreve a comprar, y un poster de Tara Reid anuncia los horarios y las promociones de 2x1 en parejas que quieran ser arropadas por la oscuridad conciliadora de este lugar. Todo aquí está desgastado, excepto las ganas de los clientes por separarse un momento de ese mundo exterior que los obliga a mostrar sólo una cara de lo que son, a conducirse únicamente por las más aceptables de sus motivaciones.

 

 

Damas y caballeros

A un costado del Hospicio Cabañas, muy cerca del mercado San Juan de Dios, hay un conjunto de locales entre los que sobresalen una cantina y un recinto que luce el letrero de “Cinema Plaza”.  Dentro, la antesala recibe a los visitantes con un montón de fotos quemadas por el sol en las paredes, mostrando las esbeltas figuras de famosas de antaño que poblaron la imaginación de millones de adolescentes en plena ebullición. Por aquí Cindy Crawford, por acá Jenna Jameson y alguna que otra exuberante anónima. La sala de proyección es más pequeña que la del Greta Garbo, y en lugar de la clásica forma rectangular, la pantalla es un cuadrado. Las filas de asientos están divididas por un pasillo que cruza por el medio, y dos letreros luminosos a ambos lados de la pantalla indican quién se sienta dónde: damas a la izquierda y caballeros a la derecha. A los asistentes no les queda más que ignorar olímpicamente la disposición de la empresa, porque damas en la sala no se ven por ningún lado. Un caballero sentado en la sección femenina ignora también la advertencia de no fumar.

 

El flujo de personas en el Cinema Plaza es constante: salen dos y entran cuatro, hombres siempre. Se sientan lo más alejado posible unos de otros, descansan los pies en el asiento de adelante y esconden las manos entre su ropa. Así se disfruta del cine XXX cuando la modernidad no le ha quitado el sentido de aventura a la experiencia de ver porno en un lugar público. Nadie quiere palomitas ni refrescos, por más que los directivos del local consideren que el tentempié debe ser parte de la ecuación.

 

 

Detrás de la fruta

Un incendio podrá haber acabado con el mercado Corona, pero uno de sus secretos mejor guardados sigue tan vivo como el rojo de los jitomates que se venden a unos metros de las ruinas del lugar, en la calle Zaragoza. Ahí, sólo hace falta asomarse al fondo de uno de tantos establecimientos que ofrecen frutas y verduras de temporada, para notar el anuncio en luces de neón que avisa a dónde se ha llegado: el Cinema Corona. El lobby, además de lucir una foto de Britney Spears que pareciera sugerir que en algún momento se proyectará una película porno estelarizada por la cantante, tiene un añejo pizarrón negro en la pared, el cual indica con letras blancas de plástico que lo que en este cine se muestra es “la más audaz y nueva programación para adultos de amplio criterio”. También dice que la sala abre todos los días a las 10:30 de la mañana.

 

Dentro de la sala, una película argentina con subtítulos en inglés muestra escenas de sexo cuya banda sonora está hecha con guitarras y teclados alegres que para nada inspiran sensualidad, pero que por alguna extraña razón embonan perfecto con lo que se ve en pantalla. La película contiene la trama más elaborada que puede esperarse en este caso: un tipo sin camisa está en el cuarto de un hotel y pide servicio a la habitación; acto seguido, una rubia operada con silicón y vestida de camarera sexy llega para complacerlo. No hace falta contar el resto de la historia. Al lado de la pantalla, por un pasillo que se abre a la derecha, está el baño. Un señor grueso, de unos sesenta años, que lleva lentes y gorra, se lava las manos y se dirige a la salida del lugar, donde se encuentra con otro señor muy parecido a él. Lo acaricia, le toca la cara y el pecho con un gesto que parece de verdadero cariño ¿Será que el amor también se resiste a morir aquí? Quién sabe, pero a la salida hay fruta, por si alguien tiene antojo de papaya.

 

 

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